La memoria tallada en piedra
Hay libros que llegan hasta nosotros cargados con el peso de siglos enterrados, con la densidad de civilizaciones que desaparecieron sin dejar apenas rastro salvo estas voces grabadas en mármol. El Durmiente Pétreo de Mak Dizdar, traducido por Dragan Bećirović y publicado por Ediciones Rilke, pertenece a esa estirpe infrecuente de obras que interrogan simultáneamente al pasado medieval y al presente contemporáneo, estableciendo entre ambos una dialéctica inquietante donde los muertos hablan con urgencia de vivos. El poeta bosnio construye aquí un edificio lírico excepcional a partir de las inscripciones funerarias de los stecci, esas lápidas medievales desperdigadas por los montes balcánicos como testimonios pétreos de la tradición bogomila, aquella herejía dualista que floreció en Bosnia entre los siglos XIII y XV. No estamos ante un ejercicio de arqueología lírica ni ante una curiosidad folclórica oriental, sino ante una meditación profunda sobre la condición humana expresada mediante una poética de la inscripción que convierte la piedra en palabra y la palabra en piedra.
Dizdar parte de un hecho histórico concreto la existencia de estas lápidas medievales dispersas por el territorio bosnio como únicos vestigios de una cultura exterminada por la expansión otomana y la presión de las ortodoxias religiosas para construir una poesía que trasciende lo documental y se adentra en territorios metafísicos. Los bogomilos defendían una cosmovisión dualista donde el mundo material era creación del demiurgo maligno y solo el espíritu merecía consideración, concepción que atraviesa estos poemas como un sustrato teológico que interroga permanentemente la relación entre carne y alma, entre lo perecedero y lo eterno. Esta tensión se expresa con particular intensidad en «La letra sobre el hombre», secuencia que despliega la condición carcelaria del ser humano encerrado en su propio cuerpo como quien habita una prisión sin salida posible. «Encerrado en el cuerpo encerrado en la piel / Sueñas que el cielo vuelva y se multiplique», escribe Dizdar con una precisión que condensa siglos de pensamiento gnóstico en dos versos de brutal concisión.
El lenguaje de Dizdar se caracteriza por una aspereza deliberada, una voluntad de despojamiento que rechaza cualquier ornamento superfluo y busca la palabra esencial, aquella capaz de contener la mayor densidad de significado en el menor espacio posible. Esta economía expresiva tiene precedentes en la gran tradición de la poesía metafísica europea, desde los místicos medievales hasta T.S. Eliot, pero adquiere en Dizdar una tonalidad específicamente balcánica, marcada por la experiencia histórica de violencia, destierro y resistencia que define la memoria colectiva de esa región. Los poemas funcionan como epitafios expandidos donde el muerto que habla desde la tumba no busca consuelo ni ofrece lamentación piadosa, sino que establece con el lector una relación de interpelación directa que borra las distancias cronológicas. En «El Escrito en Dos Aguas», el difunto Radojica Bjelic se dirige a los vivos con una franqueza que desarma cualquier retórica funeraria convencional «Perdóneme / Por rogarle a pesar de todo / (…) Porque yo estuve donde vosotros estáis / y estaréis donde yo estoy». La formulación contiene la verdad esencial del memento mori despojada de toda beatería, reducida a su núcleo existencial más radical.
El volumen se articula en torno a ciertos núcleos temáticos recurrentes que establecen entre sí una red de correspondencias y resonancias. La reflexión sobre el lenguaje y la letra ocupa un lugar central, manifestándose en poemas como «La Palabra» o «El Escrito sobre la Letra» donde Dizdar interroga la naturaleza misma del signo lingüístico con una radicalidad que anticipa las preocupaciones de la poesía experimental posterior. «Las palabras están contenidas en todo / Son todo y son límites de todo / Y una sola se está esperando / La que tiene que llegar desde lejos, desde los orígenes del tiempo», escribe en un pasaje que condensa tanto la confianza en el poder revelador de la palabra como la conciencia de su insuficiencia constitutiva. Esta tensión entre la palabra que nombra y la palabra que oculta, entre el lenguaje como instrumento de conocimiento y como velo que nos separa de lo real, atraviesa todo el poemario como una corriente subterránea que alimenta su energía poética.
«Radimlja», uno de los poemas más extensos y complejos del volumen, funciona como núcleo teológico donde Dizdar despliega una iconografía cristiana heterodoxa poblada de símbolos gnósticos la parra y el viñedo, la puerta estrecha, el Cristo soleado que poco tienen que ver con la ortodoxia eclesiástica. «Aquí está presente aquel / Que según una fiel contemplación dijo / Soy la Parra y mi padre verdadero es el dueño del viñedo que es / Capaz de cortar sobre mí cada cepa / Incluso la que da los mejores frutos», escribe recuperando el lenguaje evangélico pero despojándolo de toda beatería para convertirlo en instrumento de conocimiento iniciático. La muerte misma aparece aquí como umbral insuficiente, como tránsito que no garantiza liberación alguna «La muerte le estuvo buscando pero no encontró nada / No encontraron ni los huesos, ni la carne, ni la sangre / Quedaba solamente la huella como un augurio». Esta concepción de la muerte como desaparición que deja únicamente huella, como ausencia que se manifiesta solo a través del signo que perdura, conecta directamente con la poética de la inscripción que sustenta todo el volumen.
Los poemas que tematizan la guerra y el honor feudal presentan una visión profundamente desmitificadora que desmonta cualquier épica heroica mediante la acumulación de detalles concretos que revelan la brutalidad del sistema. «Las Paces» despliega una genealogía de los Vukac, linaje de guerreros que sirven fielmente a sus señores y mueren uno tras otro en batallas ajenas, culminando en una constatación de sequedad brutal «Todo por su fiel servicio a su señor». La fidelidad vasallática queda expuesta como mecanismo de perpetuación de la violencia donde los hijos heredan de los padres el privilegio de morir por causas que no les pertenecen. «Gorcin» profundiza esta desmitificación mediante el testimonio póstumo de un soldado que participó en cincuenta y cinco batallas «Sin escudo ni armadura», que afirma «No pisé una hormiga / Pero me hice / Soldado», y termina confesando desde la tumba «perecí por el dolor / no me sané / a mi novia la hicieron esclava». Ninguna gloria, ningún honor, ninguna compensación solo dolor, despojo y una lucidez amarga que solo la muerte permite expresar sin censura.
«La Casa en las Miles» constituye quizá el poema de mayor densidad política del volumen, una letanía de los perseguidos y proscritos que funciona como manifiesto de resistencia histórica. El poema enumera con ritmo de salmodia a quiénes debe permanecer abierta la casa ancestral a los quemados en la hoguera, a los que tuvieron que huir «De su casa quemada / Del vasto círculo ígneo», a aquellos «cuya carne se la quemaron / Y con el sello ígneo / Su mejilla limpia / Marcaron», a los que les arrancaron la lengua «Por no haber revelado / La palabra jurada». La enumeración construye un catálogo de la violencia inquisitorial y feudal que tiene la precisión del documento histórico y el furor del testimonio personal, pero el poema culmina con una maldición feroz si alguien cierra esa puerta de la piedad, «que la casa de los abuelos / se derribe y destruya hasta los cimientos / dentro de mi alma». La memoria debe permanecer abierta como herida que no cicatriza o mejor destruirla completamente que cerrarla mediante el olvido selectivo.
La estructura del volumen revela una arquitectura deliberada donde cada poema funciona como lápida independiente pero el conjunto construye un cementerio donde todas las voces establecen diálogos, ecos y correspondencias. No hay progresión narrativa ni desarrollo argumental lineal, solo acumulación de testimonios, superposición de voces que se repiten, se contradicen, se complementan, generando un efecto hipnótico de temporalidad suspendida donde pasado y presente coexisten en un presente eterno que es el tiempo mismo de la lectura. «Con mi muerte murió también mi mundo / Pero el mundo del mundo / No quiere / Mudarse», escribe Dizdar expresando la paradoja esencial cada muerte es absoluta para quien muere pero el mundo continúa indiferente, perpetuando su mecanismo ciego de nacimiento y destrucción. Esta conciencia de la insignificancia última de la existencia individual frente a la permanencia impersonal del mundo no conduce en Dizdar al nihilismo sino a una forma particular de estoicismo poético que acepta la condición mortal sin lamentación pero tampoco sin resignación.
La traducción de Dragan Bećirović merece reconocimiento por su capacidad para trasladar al español la aspereza lírica del original sin domesticarla ni embellecerla mediante concesiones eufónicas. El traductor respeta la sintaxis entrecortada, los encabalgamientos abruptos, la puntuación deliberadamente irregular que reproduce el ritmo del pensamiento fragmentado, del habla desde la tumba que no puede articularse según las convenciones del discurso de los vivos. No hay voluntad de hacer bonito sino de hacer justicia a un lenguaje que nace de la piedra y vuelve a ella, que busca la permanencia del signo grabado en mármol antes que la musicalidad efímera de la palabra oral. Ediciones Rilke cumple así una labor editorial de primer orden al poner a disposición del lector español esta obra fundamental de la poesía europea del siglo XX, un texto que dialoga tanto con la tradición de la poesía metafísica occidental como con las especificidades de la experiencia histórica balcánica.
Leer El Durmiente Pétreo exige del lector una disposición para enfrentarse con preguntas incómodas sobre la muerte, el lenguaje, la memoria y el sentido o la ausencia de sentido de permanecer cuando todo está destinado a desaparecer. No es libro para el consuelo ni para la evasión, sino volumen que interpela y que deja marca, como esas inscripciones que los canteros medievales tallaban en la piedra sabiendo que sobrevivirían a imperios, religiones y lenguas. «Esta letra es monosilábica, divina / La monstruosa y sin miedo», escribe Dizdar en uno de los poemas finales. Esa letra monstruosa y sin miedo es la que el poeta bosnio consigue arrancar al silencio de los siglos, devolviéndonos voces que creíamos perdidas para siempre y que resultan, contra toda previsión, contemporáneas de nuestra propia perplejidad ante la condición mortal.
Antonio Graña Ojeda