Ese silencio tuyo que me cuesta tanto nombrar
Me acuerdo de una tarde en la que me senté a leer un poemario y no pude evitar preguntarme si la poesía todavía sirve para algo más que para quedar bien en las conversaciones. Tu silencio, de Nancy Ordóñez, llegó justo en ese momento de duda y me devolvió a la sensación de que hay libros que no pretenden consolar sino acompañar, que no buscan palabras bonitas sino palabras necesarias. Es un libro que habla desde Colombia pero que podría estar hablando desde cualquier rincón donde alguien haya sentido que el mundo se le viene encima y las palabras no alcanzan. Nancy Ordóñez, que es maestra de matemáticas, poeta autodidacta y mujer que ha trabajado en las aulas de Bogotá durante más de treinta años, ha escrito estos poemas como quien respira hondo antes de decir lo que duele.
El poemario está dividido en cuatro partes y cada una tiene su propio territorio emocional, aunque ninguna de ellas te deja salir ilesa. «Entre las sombras del silencio» abre con el vacío convertido en personaje, con el reflejo cubierto de rojo y la serpiente azul que recorre el cuerpo mientras el tiempo y el destiempo caminan por la pupila. Nancy escribe «Somos» y uno lee «No somos», porque ahí está la nada que nos habita, esa ausencia que a veces es más real que cualquier presencia. Cuando dice que todo el tiempo ama a Pompeya pero que su ira ganó, que quemó el valle entero y sus raíces y que el Vesubio ya no tiene humo, solo recuerdos, está hablando del amor como devastación, del amor que deja cenizas. No hay aquí romantización del dolor ni metáforas complacientes hay honestidad brutal. En «Rescate» pregunta cómo variar el ritmo, cómo danzar con los colores y hacerse libre, cómo unirse al tornado de gaviotas aunque el mar esté lejos, y esas preguntas quedan flotando porque Nancy sabe que no todas las preguntas tienen respuesta.
La segunda parte, «Los ojos silenciados», es donde el libro se vuelve incómodo y necesario a partes iguales. Aquí entra el Covid, la primera línea sanitaria convertida en mártir, la violencia del Chocó, los cuerpos que navegan sin memoria en sus sarcófagos de agua desde el dos mil dos. Nancy no escribe desde la distancia de quien observa el horror por televisión, escribe desde la cercanía de quien lo ha visto en los ojos de sus estudiantes, en las noticias que ya no sorprenden, en el mundo que se ha vuelto tan brutal que ya ni nos inmutamos. Dice que es de este tiempo, el de las mentiras y tristezas, donde las palabras rapaces sepultan las ideas y los cuerpos sangrientos visten los paisajes. Y luego viene «Un silencio en silencio», donde el algoritmo no siente frío, donde su piel sigue lisa, no se eriza, donde la ternura se vende en pantalla y los humanos ya no escriben, ya no son canto. Ahí está el diagnóstico de este siglo nuestro, el de la tecnología que nos promete conexión y nos devuelve soledad. En «Serpiente azul» el poema se expande hasta convertirse en río herido, en Chocó mutilado, en cuerpos que flotan y en hadas de piel azul que retornan con sus tímidos alabaos mientras por las heridas del río aún sucumben los cardúmenes humanos. No puedo evitarlo, al leer estos versos pensé en todas las veces que hemos normalizado la barbarie, en todas las veces que hemos mirado para otro lado.
«Voces que rompen el silencio», la tercera parte, es el momento en que el libro respira y te pide que respires con él. Nancy le habla a la mujer y le dice que se mire al espejo, que se coloque el casco y la coraza brillante, que desenfunde su espada y atraviese los vientos antes que el nuevo dolor se siembre en su alma. Está la niña chocoana con el río Atrato besándole los pies descalzos, están los cantos y rondas fúnebres que emergen al mundo en las risas de la tía abuela. Está Amalia Rodrigues, la reina del fado que nació bajo la capa del franquismo y que fue mar de barcos pesqueros diluyendo sus fatalidades en las ondas canciones populares. Nancy construye aquí un altar a las mujeres que no se rindieron, que tejieron abrigo con sus recuerdos, que se rearmaron frente al espejo con canciones impuestas a sus sesos contenidas en los acertijos de sus gritos. En «La Comedia Femenil» hay un inventario de derrotas que no son derrotas: fui princesa sin vestido verde, me entregué cual presa, me hundí en los caminos del David con Miguel Ángel, caí de la alfombra mágica después de las mil noches, me levanté del acantilado y sané con llanto y barro. ¿No es eso lo que hacemos todas, levantarnos del acantilado una y otra vez? ¿No es eso la resistencia, sanar con llanto y barro y seguir adelante?
La cuarta parte, «En las aguas de la vida», cierra el libro sin cerrar las heridas porque las heridas no se cierran, se aprende a vivir con ellas. Aquí están los sueños de libertad, las heroínas que retrocedieron con Cuba en su canto mientras nacían en Colombia los doce engendros llenos de sangre y dólar. Nancy habla de un primer amanecer del dos mil veintitrés cuando el sol abraza la luna y la dignidad se viste de verde, cuando los hijos del sol emergen entre los campos de la verdad con sus sueños de libertad. Hay esperanza ahí, sí, pero no es la esperanza impostada de los finales felices es la esperanza de quien sabe que el camino es largo y que habrá más caídas. En «Gratitud» la poeta se reconoce andando cual babosa pegada a la vida, marcando la arena con sus pasos de día, pero ahora mira la vida sin leyes ni vacíos, pintando corazones de rojo mientras sigue bebiendo su elixir de agua y gritando al mundo su existencia. Esa es la voz de alguien que ha sobrevivido no porque el mundo se lo pusiera fácil, sino porque decidió que el naufragio no sería definitivo.
Nancy Ordóñez Salinas es licenciada en Matemáticas por la Universidad Nacional de Colombia, especialista en Edumática, docente desde 1990 hasta 2024 en instituciones educativas de Bogotá, coautora de un libro sobre innovación educativa y mujer que ha centrado su investigación pedagógica en la interdisciplinariedad y la pedagogía crítica. Todo eso importa porque Tu silencio no es el libro de alguien que ha vivido en la torre de marfil de la literatura es el libro de alguien que ha estado en las trincheras del aula, que ha visto de cerca los problemas socioeconómicos de sus estudiantes, que ha mirado al dolor y ha decidido no darle la espalda. Tal vez por eso sus poemas suenan a verdad, incluso cuando duelen. Tal vez por eso cuando escribe «esa palabra siempre será ella vestida con mis poemas» uno siente que no está haciendo literatura sino desentrañando vida.
Este poemario no busca gustar según los cánones de la belleza establecida, no pretende que salgas de su lectura sintiéndote mejor. Busca que mires de frente lo que preferirías esquivar el vacío, la pandemia, la violencia, la injusticia, la dicotomía entre las emociones humanas y la tecnología que nos devora. Y luego, cuando ya no queda más remedio que aceptar el desastre, ofrece un hilo de luz no la luz impostada sino la luz pequeña y terca de quien ha decidido seguir adelante. Nancy Ordóñez ha escrito un libro necesario, de esos que no se leen para pasar el rato sino para recordar que la poesía, cuando es honesta, no salva a nadie pero al menos tiene la decencia de acompañar sin mentir.
Ana María Olivares