Un granadino de veintidós años que escribe como si hubiera vivido cien
Cuando uno lleva tiempo leyendo poesía española —y digo esto sin vanidad, sino como quien constata un hábito adquirido, casi involuntario— desarrolla una especie de instinto para distinguir cuándo un verso está trabajado de cuándo está simplemente anotado. J. Carlos Mellado Fernández, nacido en Escóznar, Granada, en 2002, pertenece a esa categoría de poetas jóvenes que no saben todavía todo lo que saben. Y eso, precisamente eso, es lo que hace de Tempestades un primer libro que merece una lectura atenta y una valoración honesta.
El libro, editado por Editorial Poesía eres tú en su primera edición de 2026, se articula en tres secciones: Desangre, Abismo y Resistencias. No es una estructura arbitraria. Hay en ella una voluntad de trazar un itinerario existencial que va del desgarro afectivo a la herida interior, y de ahí a la conciencia generacional y política. Ese arco no siempre se sostiene con igual tensión a lo largo de los setenta y tantos poemas que componen el volumen, pero cuando funciona —y funciona en muchos de ellos—, lo hace con una convicción que no suele encontrarse en un primer libro.
La sección inicial, Desangre, está consagrada al amor en su dimensión más conflictiva: el amor que envenena, que enmudece, que sangra. «Hay una rosa que ya no dice nada; / su idioma es mi sangre, / y no paro de sangrar.» La imagen no es nueva, pero la manera de construirla sí lo es: hay en Mellado una tendencia a convertir los elementos naturales —la rosa, el cerezo, las mariposas, el volcán, la lluvia— en metáforas del cuerpo emocional, de modo que el mundo exterior y el interior se confunden hasta hacerse indistinguibles. Esta fusión entre naturaleza y afecto es uno de los recursos más genuinos del libro y, al mismo tiempo, uno de sus rasgos más representativos.
La segunda sección, Abismo, es la que exige al lector más concentración y la que devuelve, a cambio, mayor densidad. Aquí el poeta se enfrenta a algo que los poetas jóvenes suelen eludir o tratar con excesiva literariedad: la enfermedad mental como experiencia vivida desde dentro. «Hay un monstruo que me dice qué hacer, / que me quiere ver hundido, sin flotar. / Me susurra que me mate frente al cristal, / que me suba a la azotea y pruebe a volar.» El poema se titula «Monstruo» y es, quizá, el más arriesgado del conjunto: esa vuelta de tuerca final —»donde solo me veo yo»— convierte lo que podría haber sido una alegoría convencional del mal en algo mucho más incómodo y más verdadero. La memoria, el tiempo que pesa sobre el que escribe, el conflicto entre cómo nos ven y cómo somos: todo eso aparece en esta sección con una honestidad que no necesita adorno retórico para sostenerse.
Hay un poema que merece mención aparte. Se llama «Único» y está situado al final de la primera sección. En él el poeta habla de su primer amor —el más absoluto, el que nunca falló, el que estuvo presente en el momento más vulnerable—, y la revelación final, escalonada letra a letra: M, A, M, Á. Es un recurso que en manos de otro podría resultar sentimental hasta el exceso. En este libro no lo es, porque todo lo anterior ha construido una tensión emocional suficiente para que ese desenlace no suene a trampa sino a conclusión inevitable. La memoria afectiva y la experiencia biográfica son aquí, como en la mejor poesía, la misma cosa.
El último tramo, Resistencias, abre el foco hacia el mundo colectivo. Mellado escribe sobre su generación, sobre la precariedad, sobre la desconexión entre la vida digital y la vida vivida. «Vivimos en una sociedad que ha perdido la humanidad / aniquilada en aras de la productividad.» El tono cambia, se vuelve más declamatorio, más expuesto a los peligros del discurso. No todos los poemas de esta sección salen indemnes de ese riesgo. Pero la voluntad de trasladar la experiencia íntima al ámbito de lo compartido, de entender el yo como parte de un nosotros generacional, es en sí misma un gesto de madurez que no conviene menospreciar.
Tempestades es un libro irregular en el sentido más honorable del término: tiene poemas de distinta altura, momentos en que el impulso gana a la precisión, versos que buscan su forma todavía. Pero tiene también algo que los libros de poesía más pulidos y académicos a menudo no tienen: la sensación de que quien escribe lo necesitaba escribir, que entre el poema y quien lo firma hay una distancia cero. Y esa distancia, cuando es auténtica, es lo que convierte la poesía en algo más que un ejercicio de estilo.
Antonio Graña Ojeda