De la mano de Gloria. Tributo a Gloria Fuertes, de José Francisco Devís Capilla: Cuando Gloria Fuertes vuelve de viernes en viernes para recordarnos que estar vivos sigue siendo una buena noticia

Tengo la sospecha de que Gloria Fuertes nos sigue mirando desde algún sitio con esa sonrisa suya de terciopelo ajado y pensando que todo esto, lo de los libros, los podcast, las plataformas de streaming y los homenajes póstumos, le parece una forma muy enredada de hacer algo que ella siempre supo hacer sola y a mano: querer a la gente. Me acuerdo de que de niña escuché su voz en la televisión y no entendía exactamente qué era lo que hacía, si contaba cuentos, recitaba poesías o simplemente hablaba de su vida. Supongo que hacía las tres cosas a la vez, que eso es exactamente lo que hace la poesía cuando funciona de verdad.

Pues bien. Un abogado valenciano llamado José Francisco Devís Capilla tuvo un día la ocurrencia, o la valentía, o el descaro —no sé muy bien cómo llamarlo— de imitarla. No de citarla, no de estudiarla, sino de ponerse a escribir con su voz, con su ritmo, con esa manera suya de encontrarle la gracia a los días complicados. Lo hizo para cerrar los episodios de un podcast que lleva por nombre Qué bueno es vivir y que publica cada viernes en Spotify. Un programa de doce minutos, que no dura más, y que se propone cambiar la mirada del que escucha, del miedo a la esperanza. Cada semana, un tema de filosofía positiva, un poema al final como quien cierra la ventana antes de dormir dejando entrar un poco de aire fresco.

No sé si a ustedes les parece poca cosa. A mí me parece mucho, la verdad. Porque hay algo enormemente generoso en la decisión de terminar cada semana con un poema para los oyentes, sin cobrar por ello, sin pretensión de trascendencia literaria, solo para que quien escucha se vaya un poco mejor de lo que llegó. Y resulta que los poemas se fueron acumulando, y los seguidores del podcast empezaron a pedirle que los juntara en un libro, y él les hizo caso, que es algo que los autores raramente hacen pero que cuando sucede suele producir resultados honestos.

La historia de cómo llegó este libro a existir la cuenta el propio Devís en un apartado que titula, con modestia que desconcierta, «Historia de este libro», y que yo les recomiendo leer antes que los propios poemas porque es una de esas piezas de prosa autobiográfica que te enganchan desde la primera línea y que cuentan más sobre un ser humano que diez entrevistas con un periodista. Devís habla de su devoción por Gloria Fuertes —«siento auténtica devoción por ella, y no la conozco. Ella a mí sí que me conoce»—, habla de una voz en la televisión de los años setenta que se quedó guardada en algún lugar al que no sabía cómo volver, habla de «El camello cojito» y de la pregunta que se hizo al leerlo de adulto: «¿Quién ha podido ser capaz de escribir algo tan hermoso?». Y habla de algo que al principio suena a metáfora y que él dice con la mayor seriedad: que él pactó con Gloria prestarle su voz veinticinco años después de su muerte para que pudiera brotar de nuevo algo parecido al amor que emanaban sus poemas.

Uno podría reírse. Uno podría pensar que eso es mucho hablar para lo que es, en el fondo, un homenaje poético. Pero entonces recuerda que Gloria Fuertes también hablaba así, con esa mezcla de ternura y convicción que hacía que las cosas más inverosímiles sonaran como la verdad más simple del mundo, y entiende que Devís no está siendo pretencioso sino fiel. Fiel al tono de la maestra.

¿Y los poemas? Los poemas son, en su mayor parte, exactamente lo que dicen ser. Versos de arte menor, rimas que se pegan a la memoria, historias de animales con nombres propios que llevan dentro lecciones de filosofía práctica sin que se note demasiado el esfuerzo. Serafín el delfín, que ha aprendido a surfear las olas en lugar de pelearlas. Julio el junco, que se dobla ante el viento y sobrevive. La patita del lago a quien su madre quiere llamar Alegría, «ni Dolores ni Socorro / ni Angustias ni Piedad / ni Soledad ni Cruz tampoco / así jamás le llamaría». Hay algo en esa enumeración de nombres de mujer que llevan el dolor cosido a la sílaba que me resulta muy contemporáneo, muy de ahora, como si en ese pequeño poema sobre una pata de lago cupiera toda una reflexión sobre lo que hemos hecho durante siglos con los nombres que les poníamos a nuestras hijas.

Hay también un poema que se llama «La única verdad» y que me parece de los más honrados del libro. Ahí Devís escribe: «Siente al que viene en patera / al pobre, al loco, al gañán / al delincuente, a tu hermano / al que no sabes que está / al que te importa una mierda / al que te da un poco igual / como parte de ti mismo / es la única verdad.» Con esa palabra que chirría un poco en el contexto del libro, la palabra que dice que alguien te importa una mierda, Devís consigue lo que no siempre consiguen los libros de poesía positiva: no mentir. No decir que todo el mundo nos importa cuando la realidad es que hay personas que no nos importan nada y que quizá ahí, en ese espacio de indiferencia, es donde más falta hace la compasión.

Me pregunto qué pensaría Gloria Fuertes de este libro. Me imagino que se reiría de lo de los podcast y de Spotify, porque ella hacía sus poemas para el programa de los globos de la televisión pública y eso tampoco era exactamente el Parnaso, y que luego diría que el que se ríe de los poetas que trabajan para llegar a mucha gente no ha entendido nada de lo que es la poesía. Porque la poesía, le habría recordado, nació para decirse en voz alta.

El libro tiene también ilustraciones del pintor valenciano Juan José Lorente, que ha desarrollado una técnica que llama «monotipo», porque cada pieza es única e irrepetible, y que trabaja con el color como si fuera una energía que se transfiere al que mira. Lorente confesó que, al leer los poemas para ilustrarlos, creyó que eran de Gloria Fuertes. No lo sabía. Se enamoró de «la energía de Gloria Fuertes» sin saber que estaba enamorándose de la energía de Devís haciéndose pasar por Gloria. Eso, me parece a mí, es un cumplido del que no hay manera de que se canse el autor.

Cuando el editor de Editorial Poesía eres tú le escribió para decirle que publicaban el libro, Devís cuenta que tardó seis horas en leer el correo, que al leerlo se quedó clavado a la pantalla y que se puso a llorar. «Me caí muerto», escribe. No sé si hay una manera más directa de describir lo que siente un escritor cuando alguien le dice que su trabajo merece existir en forma de libro. No hay nada pretencioso en esas lágrimas. Hay simplemente la emoción de alguien que ha hecho algo con las manos, con los viernes, con la voz de una mujer a quien amaba sin haberla conocido en persona, y que de pronto recibe la confirmación de que aquello valía algo.

No sé si De la mano de Gloria va a ser un libro canónico. Tampoco creo que esa sea la ambición de quien lo escribe. Lo que sí es este libro es verdadero, generoso y útil. Y en un panorama donde muchos libros de poesía se publican para que los lean cuatro personas especializadas, no me parece poca cosa que alguien escriba veintiséis poemas para que los lea cualquier persona que necesite que le recuerden que «de tu mirada depende / el color que tenga el día». Que eso lo haga de la mano de Gloria Fuertes, aunque sea a través del tiempo y de un abogado valenciano con podcast, me parece lo más parecido a una buena noticia que he leído esta semana.

Ana María Olivares

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