Fuera de la Jaula de Andrés Martínez Díaz: El umbral hacia una nueva y conmovedora autonomía personal.
Hay libros que llegan a tus manos sin que nadie te los haya recomendado, sin que un algoritmo haya decidido que encajan con tu perfil lector, sin el bombo de una campaña de marketing que te avise de que esto es lo que toca leer este otoño. Este no llegó así. Este llegó de noche, en mensajes que Andrés me enviaba cuando el silencio ya era tan denso que no quedaba más remedio que escribir. Y yo, que llevo años leyendo sus versos todavía tibios, antes de que nadie más los hubiera tocado, me encontré de golpe, al ver el libro terminado y encuadernado, con algo distinto a lo que esperaba: no el libro que yo había acompañado poema a poema, sino otro más completo, más redondo, un hombre que habla de verdad puesto en orden y entre tapas.
Lo digo porque no es tan frecuente como parece. Los hombres hablan mucho, escriben mucho, publican mucho, pero hablar de verdad, con las entrañas al aire y sin los disfraces habituales del género, eso es más raro. Andrés Martínez Díaz es cantautor y poeta en Jumilla, lo cual quiere decir que escribe desde un sitio que no aparece en los mapas literarios que manejan las revistas académicas. Y quizás por eso, precisamente por eso, este libro tiene lo que a tantos libros de los que sí aparecen en esos mapas les falta: la sensación de que quien lo escribió no estaba pensando en ningún premio ni en ninguna crítica sino en la persona que iba a leerlo.
Me detuve mucho en los poemas de amor. No en los de amor romántico con mayúsculas, esos que todo el mundo sabe escribir a los veinte años, sino en los que hablan del amor de cuarenta y siete años de convivencia. Cuarenta y siete. Hagamos el cálculo: casi cinco décadas compartiendo nevera, despertador, preocupaciones, silencios y todo lo que no sale en los libros de poesía habituales porque es demasiado cotidiano para resultar literario. Y él lo escribe. Escribe esto: «Somos dos manecillas de un reloj / al que le faltan horas para poder marcar / lo vivido, siempre en la misma dirección, / imparable, funciona sólo por pulsos, / no precisa cuerda, ni fiscalización, / se recarga de amor por año de uso.» Se recarga de amor por año de uso. Estuve un buen rato con esa frase en la cabeza, pensando en cuántos hombres que conozco serían capaces de escribirla, y luego pensando en cuántas mujeres hemos esperado años a que alguien nos la dijera aunque fuera en prosa.
Cuando escribí el prólogo de este libro dije que la jaula de la que Andrés quiere salir «no tiene barrotes visibles. Es esa jaula más sutil que nos construimos con renuncias, silencios, miedos.» Lo escribí porque lo vi en sus poemas antes de que él mismo lo hubiera formulado del todo. Cuántas de nosotras existimos con más honestidad de noche, cuando el ruido del día ha parado por fin y uno puede escucharse. Hay en este hombre una sensibilidad que se reconoce en esa hora, la misma en que me llegaban sus mensajes con un poema nuevo pegado al final, casi sin presentación, casi como quien deja caer algo y sale corriendo antes de que le digan qué le parece.
No todo el libro es amor. Hay también indignación, y de la buena: la indignación sin partido, sin ideología que la encuadre y la domestique, la del ciudadano que mira a su alrededor y ve que las palabras justicia y democracia y fe han sido vaciadas de significado por quienes deberían defenderlas. Hay un poema que dice: «Es propio de la fuerza actuante / aprender a vivir del bulo, / cuando se es gobernante / interesa un pueblo inculto.» Cuatro líneas que deberían estar en la pared de algún Congreso, aunque me temo que los únicos que tienen permitido colgar cosas en las paredes de los congresos son los que el poema describe. La rabia de este libro no tiene bandera, lo cual la hace más incómoda y más verdadera.
Pero lo que a mí me llegó con más fuerza, lo que se me quedó después de cerrar el libro y poner la tetera, fueron las elegías. Los poemas a los amigos muertos. Hay tres: José Luis, Francisco, Carlos. Tres hombres nombrados con el afecto concreto de quien los conoció de verdad, no con la distancia de quien construye un monumento funerario. «Guardo tu canción y el disco de oro / del día que completamos aforo, / aunque no sea un archivo sonoro, / ni pueda sonar en tu gramófono, / sabes que ni el metal, ni el formato, / pueden enmudecer este alegato.» Un alegato que el tiempo no puede enmudecer. Eso es exactamente lo que son estos poemas: la negativa a olvidar, que es la única forma real de resistencia frente a la muerte que existe.
Hay algo que no dije en el prólogo por falta de espacio y que digo aquí: cuántas jaulas invisibles cargamos también las mujeres. Las nuestras tienen otros nombres, otras formas, otras historias detrás, pero la sensación de reconocer en las palabras de otro la propia experiencia del encierro y del impulso hacia la libertad es una de esas cosas que hacen que la poesía siga siendo necesaria, aunque el algoritmo diga que nadie la lee. Cuando le dije a Andrés que publicara, que sacara los poemas del cajón, una parte de ese argumento era ese: que la jaula del que escribe para nadie es más cerrada que cualquier otra.
El libro usa a veces el dialecto murciano, con palabras como «sentío» o «algunzo» o «pelerizos» que aparecen sin disculparse, sin nota a pie de página que las traduzca para los lectores de la capital. En el prólogo escribí que cuando Andrés escribe así no está cometiendo un error: está hablando desde su verdad, desde las palabras que bebió en las calles de Jumilla. Y lo sostengo. La lengua con acento no es lengua deficiente. Es lengua con historia, con geografía, con la memoria de la gente que vivió antes que tú en el mismo trozo de tierra. Hay algo en esa decisión de no pedir permiso lingüístico que me parece un acto de dignidad pequeño pero firme.
Termino diciéndoles que este libro no llegará probablemente a las listas de los más vendidos, ni lo reseñarán en los suplementos que deciden lo que vale la pena leer. Eso es una pérdida de esos suplementos, no del libro. A mí me dejó algo que los libros importantes siempre dejan, y eso que yo lo conocía de antes, verso a verso, noche a noche: la certeza de que la puerta de la jaula siempre se puede abrir, aunque para eso haya que decidir primero que uno se la merece abierta.
Ana María Olivares