Parajes Impares de Mia Reig: Lo que guarda una maestra cuando nadie la está mirando

Hay gente que lleva la poesía dentro como quien lleva una navaja en el bolsillo: sin hacer alharaca, sin ponerla sobre la mesa hasta que toca. Mia Reig es de esas. Veinte años enseñando a otros —pedagogía terapéutica, educación inclusiva, aulas de adultos en la Safor valenciana— y todo ese tiempo escribiendo en silencio, archivando versos, esperando quién sabe qué señal o qué marea. Parajes Impares es el resultado de esa espera. Y les digo una cosa: hay peores maneras de llegar tarde.

El libro funciona como un sistema de rutas. Cada sección es un itinerario emocional distinto hacia el mismo territorio: la memoria que no avisa, el deseo que no pide permiso, la pérdida que llega «reducida a noche y agua», como escribe Reig en uno de los poemas más certeros del conjunto. La imagen viene de «Agua de coco», que es también el poema que mejor define el método de esta autora: anclar lo abstracto en lo concreto, encontrar la imagen exacta donde otros encontrarían el lugar común. Una nube de tiempo de agua de coco. Uno puede discutir si eso es o no es gran poesía; lo que no puede discutir es que es una imagen que no había visto antes. Y en poesía, señoras y señores, eso cuenta.

La voz de Reig tiene altibajos, como los tiene cualquier debut honesto. Algunos poemas se quedan a mitad de camino, atrapados entre el impulso de decirlo todo y la disciplina de callarse a tiempo. Pero cuando afina el tiro, da en el blanco con una precisión que descoloca. «Día azul plateado» vale por cinco poemas medianos: «¿intervino un dios, el azar o la suerte? / No sé, mas ella, mi mejor enemiga, / oscureció hasta desaparecer.» Tres versos. Una liberación, una amenaza que se disuelve, y la pregunta sin respuesta que convierte al lector en cómplice involuntario de algo que no acaba de entender pero que reconoce. Así funciona la buena poesía cuando aparece: sin dar explicaciones.

La sección final es la que a mí me parece más interesante, y no porque sea la más pulida —que no lo es— sino porque es la más arriesgada. Reig le dedica un bloque entero a Margarita Gil Roësset, escultora e intelectual de la Generación del 27, muerta a los veintiocho años, cuya obra lleva décadas mereciendo más atención de la que recibe. Dedicarle un poema es un gesto habitual. Dedicarle una sección estructural completa en un primer libro es otra cosa: es una declaración de principios. Hay autoras, parece decir Reig, que necesitan ser nombradas en voz alta y con regularidad para que no se hundan del todo en el olvido. Una pedagoga que entiende que la memoria también se enseña.

Parajes Impares no es un libro redondo. Pero tiene algo que escasea en la poesía que se publica hoy: tiene voz propia. No suena a nadie que Reig haya leído, no imita escuela ni tribu ni generación. Suena a ella, a sus parajes, a ese vocabulario que mezcla imágenes sensoriales concretas con preguntas que se niegan a cerrarse. Eso, en un debut, vale más que la perfección técnica. La perfección se aprende. La voz, o se tiene o no se tiene.

Javier Pérez-Ayala

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