La dentadura y la mariposa

Conviene decir desde el principio lo que este libro no es. No es un tratado sobre el más allá, aunque el subtítulo, «El amor es más que la vida», tenga algo de tesis y algo de consigna. La respuesta es el primer poemario de Alejandro Lama Prada y es, antes que cualquier otra cosa, un libro de duelo: el hijo que acompaña al padre hasta la muerte y después intenta seguir hablándole. Lo mejor que tiene aparece cuando el poeta deja de explicar el amor y se limita a mirar una cama de hospital. Lo más frágil, cuando vuelve a explicarlo.

El título sale de un poema temprano, «El sendero», que se cierra con una especie de acertijo: «Sintiendo / mi pregunta, / a tu espalda / la respuesta». La espalda funciona como un lugar, casi como una orientación, y el libro regresa a ella con una insistencia que no parece casual: en «Desde el tacto» la vida «a nuestra espalda / se mueve», y ya en la tercera sección el amor se siente «a la espalda de la muerte». Es una idea sencilla y bien encontrada: lo perdido no está delante, donde uno lo busca, sino detrás, donde no se ve y sin embargo se nota.

Lama Prada nació en Sevilla en 1978, es licenciado en Derecho y trabaja en la administración de la Universidad de Sevilla. Antes de este libro relató en dos volúmenes la aventura de Theia y publicó un texto autobiográfico que combinaba el cuento con la poesía. Quien conozca el primero de esos títulos, Cicatrices mojadas, lo reconocerá incrustado en «Luna de sangre», como una contraseña para los lectores de antes. El paso al poemario se nota en algo muy concreto: aquí no hay aventura que sostenga el texto, y el verso tiene que hacerlo todo solo.

La elegía por el padre es uno de los géneros más transitados de nuestra lengua, y desde Manrique cualquier hijo que escribe la muerte del suyo lo hace con una sombra muy larga detrás. La manera de entrar de Lama Prada es doble. Una vía de consuelo, casi de revelación, lee la naturaleza como un sistema de señales —nubes, mariposas, ramas, luz—. Otra, documental, pegada a la habitación y a los objetos, es donde el libro se juega de verdad su valor. El volumen se ordena en tres secciones, «Aproximación», «En tránsito» y «Seguimos», precedidas de un poema de agradecimiento dedicado «A nuestro ángel» y a una mariposa cuya identidad el texto prefiere no precisar. El pacto de lectura pide respetar esa reserva.

La primera sección es la más irregular. Aprende a mirar el paisaje —el pinar de «El sendero», la roca varada de «Desolación», la montaña de «El reflejo»— y a veces lo convierte en alegoría con demasiada prisa: después de una montaña bien dibujada, el poema remata con «Así nosotros / sin amor», y la imagen, que ya lo decía todo, queda explicada como en una fábula. «Horizonte unido» ofrece la poética del conjunto sin rodeos: «no es una idea la poesía. / Es una emoción». El libro se toma esa frase al pie de la letra, para bien y para mal. Para bien en «Huellas de amor», donde la hija de quien habla define las nubes como «Algodones de azúcar / que a los ángeles / han sobrado hoy», y esa voz infantil aligera la metafísica hasta dejarla en una línea seca: «Escuchar la muerte / también es vivir». Para mal cuando la emoción se enuncia en lugar de construirse, como en el cierre de «Fe cierta»: «No es fe, / cuando se siente / certeza es». Es la tesis del libro, dicha pronto y sin argumento.

Todo cambia en «En tránsito», que es el corazón del libro y su mejor argumento. Aquí Lama Prada escribe con los ojos abiertos. «Tu mano» empieza con una observación casi clínica, «Tu mano estaba fría / y antes de irme / su temperatura cambió», y el consuelo llega sin retórica, apoyado en el dato. «La risa que no escuché» contiene los versos más valientes del conjunto: «Hoy, en la cama del hospital / se desfigura tu cara sin dentadura / y vuelves a reír». No hay pudor impostado ni embellecimiento. La dignidad del padre está en la risa, no en la imagen, y el poema lo sabe. Luego llega un giro gramatical atrevido, «Y sentir / que mi te quiero / vives», donde el «te quiero» se vuelve sustantivo y el padre pasa a habitarlo. Es una torsión arriesgada, y aquí funciona.

«Duelo de amor» es otra cosa, y quizá lo más logrado en lo formal: versos brevísimos, que montan la escena como planos sucesivos. «Rosario cantado, / cartón de abanico». Después, «Máquinas avisan, / los médicos corren. / Tú sobrevolabas». El estribillo del vuelo, repetido tres veces, separa el cuerpo que se apaga del ser que ya mira desde arriba. En «Mar de nubes» la última conciencia del padre cabe en un saludo, «Hola hijo», y el hijo responde con uno de los mejores versos del libro: «Iré construyendo tu orgullo de padre / en esas nubes que se lleva el viento». «El lienzo» se atreve a nombrar la enfermedad, «Tintes de un tumor / se cuelan en el cuadro», y «Recuerdo» cierra la sección con la memoria de los sentidos, la colonia por el pasillo y «el humo de tu cigarro». Esa es la forma más honesta de la elegía: la que no idealiza al muerto, lo huele.

El reparo hay que hacerlo en la tercera sección. Cuando el libro abandona la habitación y se instala en la trascendencia, el vocabulario se estrecha: alma, esencia, amor infinito, eterno, sentir, vuelven una y otra vez hasta gastarse. La mariposa, que en la dedicatoria tenía misterio, reaparece tantas veces que acaba siendo más emblema que imagen. Y en algunos momentos el registro se quiebra por un préstamo de otro idioma, el de la divulgación: «La información vibra / al ritmo del corazón», leemos en «Tu regalo»; «mientras yo dejaré perdido / mi sistema límbico», en «Umbral de pasión»; «Convergen mis sentidos / en la sinestesia / de nuestro sentir», en «Ya no eres tiempo», donde el poema nombra la figura en vez de producirla. No son errores graves, pero sí síntomas: el subtítulo se afirma en estos poemas más de lo que se demuestra, y la afirmación, repetida, pierde la fuerza que tenía la risa sin dentadura.

No todo es así en «Seguimos». «Restos de vida» encuentra una frase exacta en su sencillez, «No me sorprende / que tus cenizas / huelan a mar». «Instante largo» detiene el reloj con un detalle doméstico, «Aguantando la paloma / el poyete de tu ventana», y «Luna de sangre» condensa en dos versos lo que otros poemas despliegan en cuarenta: «Lo que se va, / está». El cierre está bien pensado: «El cuarto de la costura» responde a «El hilo amarillo», el poema que clausuraba la primera sección, y convierte la costura en estructura: alguien cose amor en la vida de quien habla «y no te gusta dejar / hilo suelto». El libro termina con una confidencia, «Te confiaré un secreto, / después de morir / te voy a seguir amando», que en otro contexto sonaría a fórmula y aquí suena a promesa cumplida.

La respuesta es un libro desigual y sincero, y las dos cosas nacen de la misma fuente. Su fe, que no esconde, le lleva a veces a decir lo que el poema ya había mostrado. Pero cuando confía en lo que ve —una mano que cambia de temperatura, un rosario, un cartón de abanico, una colonia en el pasillo— encuentra una voz que no necesita subtítulos. Ahí, y no en la tesis, está la respuesta que promete el título: en la risa de un hombre sin dentadura que todavía celebra la broma de su hijo.

— Ana María Olivares

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