Cuando la memoria y el verso se funden en una misma voz
Hay libros que llegan con una verdad ya decantada, libros donde la madurez del autor no es solo un dato biográfico sino la materia misma de los poemas. A la sombra del sauce (Ediciones Rilke, 2026), octavo poemario de Luis de la Rosa Fernández, catedrático de Lengua y Literatura jubilado de Granada, es uno de esos libros donde el tiempo y la palabra han encontrado por fin su equilibrio, ese punto de serenidad ganada donde la voz poética no necesita ya demostrar nada, sino decir lo que sabe desde adentro.
De la Rosa lleva nueve años publicando poesía —desde los dos poemarios de 2017 hasta este de 2026— y en ese trayecto ha consolidado una escritura fiel a sí misma, que no ha buscado la novedad ni la ruptura sino la profundización en un territorio propio: el amor en sus múltiples tonalidades, la naturaleza como cifra de lo permanente, el tiempo que erosiona y a la vez sedimenta, y la memoria que convierte el pasado en presencia activa. A la sombra del sauce es, en ese sentido, el libro donde todos esos cauces convergen con mayor nitidez y coherencia. Sus cuarenta y un poemas, organizados en cinco secciones con sus respectivos epígrafes, trazan un mapa interior que tiene la precisión de quien ha recorrido el territorio muchas veces antes de ponerse a dibujarlo.
El poeta escribe desde la conciencia del tiempo que pasa y que deja huella. En el poema «¿Sazonado y maduro?», que da nombre metafórico a uno de los ejes del libro, hay una imagen que permanece en la memoria mucho después de que uno cierra el volumen: «todo en una vorágine de vivos y de muertos». No es una imagen fácil ni decorativa; es la imagen de alguien que ha alcanzado ese momento de la vida en que los que ya no están se confunden con los presentes, en que el pasado y el presente se funden sin ruptura. En ese verso hay también algo de la poesía de José Hierro, de ese modo de nombrar la experiencia sin estetizarla, sin ponerle otra piel que la que tiene. Y hay, sobre todo, la voz de un poeta que ha aprendido que la sencillez no está reñida con la hondura.
El bagaje de De la Rosa como docente y gramático —treinta y seis años en el aula, un tratado de sintaxis con varias ediciones, una formación enraizada en los clásicos de la poesía española— se percibe no como peso académico sino como músculo invisible que sostiene cada verso sin mostrarse. Sus sonetos respiran con naturalidad, los endecasílabos caen sin brusquedad, las rimas consonantes no chirríen ni fuerzan el sentido. Hay en ese oficio algo que recuerda a la tradición de la poesía española de posguerra en su vertiente más lírica y depurada, esa línea que va de Aleixandre a Ángel González, de la experiencia a la reflexión, de la imagen al concepto. El poeta conoce sus maestros, los ha asimilado, y escribe desde esa herencia sin ser su prisionero.
La sección dedicada al amor, con poemas como «El retrato de tu amor» y «Amor eterno», despliega la vertiente más íntima del libro. Aquí la voz poética convoca al ser amado con una ternura que no excluye la conciencia del tiempo transcurrido: «un amor que ha resistido / todos los soles pasados / y que quedará grabado / mientras el mundo haya sido». La rima circular, el endecasílabo que vuelve sobre sí mismo, tienen en ese poema una función semántica: el amor que resiste es también el verso que resiste, la forma que dura porque está bien hecha. Hay en esa identidad entre forma y contenido algo que los maestros del Siglo de Oro entendían como virtud cardinal del poema.
Pero es quizá en los poemas sobre la naturaleza y el tiempo donde A la sombra del sauce alcanza su mayor temperatura. «Como un niño» es uno de esos poemas que se instalan en la memoria del lector sin aviso: una mujer de cabellera dorada que «rompía corazones» de niña, y un cerezo que «aún sigue echando flores» como testimonio de lo que fue y de lo que el tiempo no ha podido borrar. El cerezo como símbolo de la persistencia frente a la caducidad humana tiene una larga tradición en la poesía japonesa que el poeta, quizá, conoce también; pero aquí esa tradición se disuelve en algo mucho más inmediato y propio, en una escena que cualquiera puede reconocer porque habla del tiempo que pasa y de la naturaleza que permanece, de esa asimetría que a veces duele y a veces consuela.
El libro termina, significativamente, con un poema de tono diferente al del conjunto: «¡Despiértate, alma mía!» es una llamada, casi una elegía política, donde el poeta interpela a la conciencia dormida ante el «mundo desquiciado» que percibe a su alrededor. Las «amapolas ya marchitas» sobre «lanzas bárbaras», la «alimaña» que invade el campo en que uno se mece: hay en esas imágenes toda la carga simbólica de la memoria histórica española, toda la urgencia de quien sabe que la contemplación tiene sus límites y que la poesía, en última instancia, también es un acto ético. Ese final no rompe la unidad del libro; la completa. Porque la serenidad contemplativa de los cuarenta poemas anteriores cobra más sentido cuando la confrontamos con esa llamada final a no abandonarse al letargo. La voz que ha sabido nombrar el amor y el tiempo y la naturaleza es la misma voz que no puede callarse ante el rumor de las lanzas.
En 2018, la Asociación de Editores de Poesía reconoció a De la Rosa con el Premio a la Mejor Obra de Poesía de Habla Hispana por No quedan ruiseñores junto al río. A la sombra del sauce es, en mi lectura, un paso más en esa trayectoria: más concentrado, más seguro, más consciente de lo que busca y de los medios con que cuenta para buscarlo. Ediciones Rilke, sello de referencia en la poesía española contemporánea, ha acertado plenamente con este libro, que merece lectores atentos y tiempo para posarse en él. La poesía de Luis de la Rosa Fernández es de esas que, como la sombra del sauce del título, ofrecen cobijo a quien se acerca sin prisa.
Antonio Graña Ojeda