CUANDO UN POETA SE NIEGA A SER CÓMPLICE DE LA SIMULACIÓN

Señoras y señores, estamos hasta las narices de poesía blanda. De versitos de Instagram que prometen sanación inmediata con la profundidad de un charco. De poemarios que son puñados de arena resbaladiza entre los dedos, sin peso ni borde. Y por eso cuando uno se topa con Moneda del sentir de César Tomé Martín —editado por Ediciones Rilke, que aquí hacen bien las cosas—, respira hondo y piensa que todavía hay quien no se arrodilla ante la tiranía del like y la catarsis exprés. Quiero decir que Tomé pertenece a esa estirpe —hoy en peligro de extinción— de poetas que escriben porque no pueden no escribir, pero que publican solo cuando tienen algo que decir y no cada vez que les pica el ego. Dieciséis años de silencio editorial. Dieciséis. Mientras media España poética vomitaba un libro anual para mantenerse en el escaparate, este tipo de Lerma se quedó en su trinchera callado, escribiendo sin prisas, esperando que el libro madurara como los vinos de su Ribera del Duero natal. Y ahora vuelve con ochenta y seis páginas que funcionan como una moneda de verdad, de las que pesan y tienen tres caras, no dos: anverso visible, canto olvidado donde habita la verdad no exhibida, y reverso que cierra pero no resuelve. Como la vida misma, vaya.

El libro se abre con un manifiesto en mayúsculas —POSICIONARSE pronto, qué solución creíble— que te arroja de cabeza al combate sin pedir permiso. Aquí no hay blandura aniñada ni puestos edulcorados, como escribe Tomé. Aquí se entra por la puerta grande o no se entra. Posicionarse siempre a favor de los cuerpos que, sin fruto prohibido, se contemplan. Eso escribe en el Anverso, que funciona como declaración de principios, y uno piensa que por fin alguien ha tenido los arrestos de decir alto y claro que el cuerpo no miente, que el deseo no es decoración sino territorio de verdad, y que frente a las efigies de niebla y los cuartos huraños donde prevalece la negación, hay quien elige plantarse del lado de lo auténtico aunque duela. Porque duele, no se hagan ilusiones. Este no es un libro de autoayuda poética de esos que prometen que todo irá bien si respiras hondo y te quieres mucho. Es un libro que dice me desvivo por ser el dueño de mi historia, temo y en cambio olvido, dudo y en cambio soy. Contradicciones asumidas, vulnerabilidad sin victimismo. Poesía de adultos para lectores adultos.

La arquitectura formal del libro es de esas que te recuerdan que la poesía también se construye con cálculo y oficio, no solo con arrebato. Treinta y dos poemas numerados —sin títulos, porque aquí no se regala nada— que forman el Canto o parte olvidada, esa zona intermedia de la moneda que nadie mira pero que contiene todo el peso. Y ahí está la apuesta: Tomé no cuenta una historia lineal, no te narra un amor que empieza y acaba, sino que vuelve obsesivamente sobre el mismo dilema desde ángulos distintos. Cómo sostener el deseo sin caer en el autoengaño, cómo distinguir lo auténtico de la simulación, cómo insistir cuando todo empuja hacia la resignación. Cada poema es variación del mismo tema, acumulación de matices sobre una sola pregunta. Y funciona porque Tomé tiene músculo técnico de sobra para que la repetición temática no se convierta en monotonía. El tipo maneja un verso libre que gravita alrededor del endecasílabo sin someterse a él, construye metáforas sensoriales que materializan abstracciones —mis dedos como lápices de llama sin horario, mi mano como iris dormido entre las suyas— y alterna registro culto y coloquial sin que se note la costura. Del bum de la mañana, una imagen de peso, escribe, y uno sonríe porque la expresión coloquial convive sin fricción con máculasinmarcesible y otros cultismos que elevan el tono cuando hace falta.

Lo que distingue este poemario de la saturación de libros de amor que inundan las mesas de novedades es el tono. Aquí no hay autocompasión. Aunque el libro explore la soledad, el desencanto, la dificultad del encuentro, el sujeto poético jamás se lamenta. Se afirma. No permito la venda que ejerce de mentora, escribe en el último poema, y esa negación funciona como forma de dignidad. Frente al cinismo posmoderno que dice que el amor es imposible y frente al idealismo bobo que promete finales felices, Tomé construye una postura intermedia: el deseo es difícil pero posible, frágil pero necesario, y la única opción decente es insistir sin ingenuidad. Ambiciono blindarme y renacer, escribe. No es optimismo barato: es combatividad lúcida. Y eso, señoras y señores, en tiempos donde la poesía mayoritaria oscila entre el lloriqueo terapéutico y la frialdad de laboratorio, tiene un valor que no se cotiza pero que existe.

El enemigo aquí no son otros poetas —Tomé no entra en esas guerrillas— sino la simulación, la rutina, el conformismo, todo lo que empuja hacia la negación del deseo auténtico. Frustremos los conflictos que amenazan con su niebla los intentos de vigorizar o renovar, escribe en el Poema 1, y esa frase resume la poética del libro: combatir la bruma que todo lo empaña, rescatar la claridad aunque cueste. Las metáforas bélicas no son gratuitas: aquí se libra una guerra, sí, pero no contra otros sino contra uno mismo y contra las fuerzas que conspiran para que te rindas. ¡Fuera!, roca cortante, o señuelo, o prisión, escribe. Imperativo directo, sin medias tintas. Esto es poesía de barricada existencial, no de salón literario.

Y funciona en varios niveles. Primera lectura: es un poemario sobre el deseo maduro, accesible para cualquiera con experiencia vital y poética. Segunda lectura: es un ejercicio formal sofisticado que dialoga con tradiciones —la poesía de la experiencia de García Montero, el impulso metafórico del 27— y construye un sistema donde cada decisión responde al concepto central. La metáfora de la moneda no es ornamento: es el libro mismo. Cuando Tomé escribe O la forma de pago de quien desea en la contraportada, no está siendo ingenioso: está activando todo el sistema: el sentimiento como objeto de intercambio, con valor de curso legal, con dos caras visibles y un grosor olvidado donde habita la sustancia. Léxico del intercambio —acopio, circulación, peso, desgaste— que atraviesa todo el poemario, estructura tripartita que obliga al lector a recorrer físicamente la metáfora, y concepto sostenido sin fisuras durante ochenta y seis páginas. Eso, amigos, se llama arquitectura poética. Y es rara. Muy rara.

Lo que más me gusta de este libro —y aquí hablo como lector compulsivo, no como crítico profesional— es que no te suelta. Una vez que entras en el juego, que aceptas el pacto de concentración que Tomé te propone, descubres que cada poema añade una capa de comprensión que los anteriores no tenían. Es lectura acumulativa, no episódica. No puedes leer tres poemas y dejarlo ahí porque el sentido se construye en la insistencia, en la variación constante sobre el mismo asunto. Y eso exige un tipo de lector específico —lectores que conocen la poesía española, que valoran la complejidad formal sin hermetismo, que entienden que la profundidad no está reñida con la emoción— pero cuando encuentras a ese lector, el libro funciona como un mecanismo de relojería. Cada pieza encaja. Cada decisión —la numeración arábiga sin títulos, el índice al final en lugar de al principio, la ausencia de rupturas tonales— responde a la lógica interna del sistema.

Y luego está el cierre. El Reverso, que retoma el tono de manifiesto del Anverso pero desde la experiencia acumulada en los treinta y dos poemas intermedios. Qué más da lo que nada es si conforta acogerse, sin tapujos, a las temperaturas o cinceles de arrobo del deseo, escribe Tomé. Y termina: Si salta el runrún del letal desamor, volvamos a la estrella de salida, mostrémonos como bosque que entona un derroche de embrujos. Esa última imagen —el bosque, la multiplicidad, el misterio— es deliberadamente ambigua. Puede leerse como invitación esperanzada —siempre se puede volver a empezar— o como reconocimiento escéptico —volver al principio es no avanzar—. Y Tomé no resuelve la ambigüedad. No cierra con respuesta sino con postura. Eso es honestidad poética. La que escasea.

Niéguense, señoras y señores, a ser cómplices de la poesía sin peso. De los poemarios que son colecciones de frases bonitas sin arquitectura ni concepto. De la saturación confesional que confunde exhibicionismo con autenticidad. Tómense en serio, lean despacio, relean si hace falta. Moneda del sentir no es libro para consumo rápido: es compañía reflexiva para quienes entienden que la poesía —la de verdad, la que importa— es trabajo compartido entre autor y lector, no producto de consumo emocional. Y si encuentran el libro demasiado denso, demasiado complejo, demasiado exigente, pues ahí me las den todas. Porque prefiero un poeta que pide concentración a cien que prometen consuelo barato. Prefiero ochenta y seis páginas con peso a quinientos poemarios de arena resbaladiza. Prefiero a Tomé callado dieciséis años y volviendo con esto, a media España poética publicando cada año para mantenerse en el mercado. La tribu de los lectores —la de verdad, no la de las redes sociales— sabe distinguir. Y este libro es para ellos.

Javier Pérez-Ayala

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