CUANDO LA CIUDAD SE SALVA EN CADA VUELTA DE PÁGINA

Me acuerdo de la primera vez que me di cuenta de que las ciudades también podían morir. Fue hace años, paseando por el centro de una capital de provincias que no voy a nombrar porque todas se parecen un poco cuando las abandonan. Tiendas cerradas, edificios vendidos, jóvenes que se habían ido. Y pensé: alguien debería escribir sobre esto, sobre cómo las ciudades se nos mueren sin que nadie les haga un funeral decente. Resulta que Martín Lorenzo Paredes Aparicio lo ha hecho, y lo ha hecho con Cuentos para un destierro digno, un libro que me ha dejado esa sensación extraña de haber leído algo importante sin que nadie me lo hubiera advertido.

No puedo evitar pensar en mi madre cuando leo este libro. Ella, que pasó media vida leyendo en tranvías y autobuses camino al trabajo, reconocería a la anciana violinista del primer relato como si fuera vecina suya. Esa mujer que recorre Jaén diariamente en tranvía con un libro en el regazo, ajena a los murmullos de los pasajeros, «admirando la belleza decadente de una ciudad que se hacía vieja sin capacidad de salvación». Qué frase, ¿no? Belleza decadente. Como esas señoras mayores que se siguen pintando los labios todos los días aunque ya no salgan de casa. Hay dignidad en eso, en mantener la compostura cuando todo se viene abajo.

Paredes Aparicio escribe desde Jaén y sobre Jaén con esa mezcla rara de amor y rabia que solo se le tiene a lo que te duele de verdad. Licenciado en Derecho —dato que me hace gracia porque los juristas suelen escribir con toda la poesía de un código civil—, trabaja ayudando a mujeres vulnerables en la Asociación de Mujeres La Muralla. Y se nota. Se nota en cada personaje marginal que puebla estos doce cuentos: ancianos solos, refugiados perdidos en estaciones, artistas sin reconocimiento, espíritus de ejecutados históricos. Todos los que nunca salen en las fotos oficiales de las ciudades.

El libro funciona como esos mosaicos que ves de lejos y te parecen bonitos pero cuando te acercas descubres que cada piedrita cuenta una historia terrible. Aquí cada relato es una piedra —y qué obsesión tiene este hombre con las piedras, «la piedra siempre es hermosa, cuando la materia prima es ella misma»— que documenta capas históricas de Jaén: el bombardeo nacional de 1937 que nadie recuerda, las brujas quemadas por la Inquisición, los conventos derribados por especulación. Y lo que me fascina es que Paredes Aparicio no se conforma con documentar. Hace que sus muertos asciendan en tranvías celestiales, que las brujas encuentren liberación siglos después, que los ancianos se reúnan con esposas perdidas en conciertos imposibles.

Hay quien dirá que es escapismo barato, ese realismo mágico que ahora está tan de moda. Pero no. Aquí la fantasía no anestesia, repara. Y hay diferencia. Cuando el autor escribe sobre el bombardeo de Jaén en 1937 —»murieron más de ciento cincuenta personas, la ciudad andaluza tuvo su propio Gernika»—, está documentando algo que la historia oficial borró. ¿Cuántos de nosotros sabíamos que Jaén fue bombardeada? Todos conocemos Guernica porque Picasso la pintó, porque está en los libros de texto. Pero Jaén no tuvo su Picasso. Tuvo su olvido. Y ahora tiene a Paredes Aparicio, que rescata a sus muertos con la única herramienta que tenemos los escritores: palabras que pesan como piedras.

La prosa de este hombre es densa, no voy a mentir. Hay que leerlo despacio, masticando cada frase, porque escribe como si fuera poesía disfrazada de cuento. «La música era el aire que necesitaba para respirar. La poesía, su pan». Frases así te obligan a parar, releer, pensar. No es lectura para el metro ni para antes de dormir. Es lectura para domingo lluvioso con café caliente y disposición a que te remuevan por dentro.

Y me pregunto qué pensarían las mujeres con las que trabaja en La Muralla si leyeran este libro. Mujeres vulnerables, dice su biografía. Mujeres a las que seguramente la vida les ha dado tantas hostias que ya no creen en cuentos de hadas ni en tranvías celestiales. Pero quizá precisamente ellas entenderían mejor que nadie esa frase del prólogo: «pronto acabarán las fechas en las que la humanidad se divierte regalando caridad». Porque la caridad humilla y la dignidad salva. Y este libro no regala caridad a Jaén: le devuelve dignidad nombrándola calle por calle, plaza por plaza, convento derribado por convento derribado.

Hay un relato que me ha dejado especialmente tocada. Se llama «Un cuento de Adviento» y rompe todas las expectativas. Un refugiado llega a la estación de Jaén sin destino conocido y el cuento termina ahí, en suspensión, sin redención fantástica ni final feliz. Después de varios relatos donde los muertos encuentran paz y las injusticias se reparan mágicamente, este corte seco duele. Es como si el autor nos dijera: esto que está pasando ahora, la crisis migratoria, los refugiados sin papeles, eso no tiene solución literaria. Eso requiere que nos bajemos del tranvía celestial y hagamos algo de verdad.

No sé si Paredes Aparicio es consciente de que ha escrito un libro feminista sin pretenderlo. Pero lo es. Todas esas ancianas violinistas que mantienen la cultura viva, esas brujas ejecutadas que siglos después encuentran liberación, esas mujeres que siguen leyendo en tranvías mientras la ciudad se desmorona a su alrededor. Hay reivindicación silenciosa en esos personajes femeninos que resisten mediante prácticas culturales —música, poesía, lectura— que el mundo considera lujos prescindibles cuando en realidad son lo único que nos mantiene humanos.

Y luego está Jaén. Jaén como personaje, como protagonista absoluta. Yo que vengo de Madrid, de esa ciudad monstruo que se traga todo, he aprendido más de Jaén en ciento diez páginas que en toda mi vida anterior. Plaza de Santa María, convento de la Coronada, palacio de los Covaleda-Nicuesa vendido a fondos buitre. Cada nombre es un epitafio. Cada calle nombrada es una forma de decir: esto existió, esto fue importante, no vais a borrarlo del mapa aunque derribéis los edificios.

Ediciones Amaniel publica el libro y me alegro de que sean editoriales pequeñas las que siguen apostando por literatura de verdad mientras las grandes se pelean por fichajes millonarios de influencers que escriben con los pies. Dieciséis euros cuesta. Lo mismo que tres cañas en Malasaña. Pero estas ciento diez páginas te emborrachan de otra manera, te dejan el resacón de haber entendido algo importante sobre este país nuestro que abandona sus periferias como si fueran parientes pobres.

No voy a decir que este libro es para todo el mundo porque sería mentira. Requiere paciencia, requiere concentración, requiere disposición a dejarte llevar por una prosa que a veces se enrolla como las enredaderas en los balcones jiennenses. Pero si eres de los que todavía creen que la literatura puede hacer algo más que entretenernos mientras esperamos el autobús, si eres de los que piensan que las palabras pueden ser formas de resistencia, entonces este libro te está esperando.

Me quedo pensando en esa anciana del tranvía, en cómo al final asciende en vehículo celestial tripulado por artistas muertos. Qué bonita manera de decir que la cultura nos salva incluso después de muertos. Que mientras alguien lea, mientras alguien toque el violín, mientras alguien nombre las piedras de su ciudad con amor y rabia, nada está del todo perdido. Ni siquiera Jaén. Ni siquiera nosotros.

Y ahora voy a hacer algo que no suelo hacer: voy a recomendar este libro a mi madre. Ella que leyó toda su vida en transportes públicos, ella que conoce esa soledad de las ciudades que envejecen, ella que siempre me decía que los libros son salvoconductos para llegar a mundos mejores. Creo que entendería a Martín Lorenzo Paredes Aparicio mejor que yo. Creo que reconocería en estas páginas algo que yo solo intuyo: que leer no es escapar sino resistir. Y que a veces, solo a veces, las ciudades se salvan en cada vuelta de página.

Ana María Olivares

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