Poesía sin corsé ni vergüenza
Llevo más de tres décadas leyendo poesía española y les aseguro que la mayor parte de lo que se publica hoy en día es pura filigrana para mandarines, versos que huelen a biblioteca cerrada y academicismo rancio, poesía que se lee con guantes blancos y que tiene tanto que ver con la vida como un manual de instrucciones con una noche de juerga. Por eso, cuando me llega De lo visceral a la piel de Manuel Lozano Figueroa, y leo el prólogo donde el tipo tiene los huevos de decir que no es poeta sino «contador de pequeñas historias rimadas», me entra una sonrisa que no puedo disimular. Ahí está la primera batalla ganada: la honestidad frente a la impostura, el reconocimiento de los límites propios frente a la vanidad de los que se creen Garcilaso reencarnado.
Este libro pelea en varios frentes a la vez, y lo hace sin pedir permiso ni disculparse. Está el cuerpo, señoras y señores, el cuerpo desnudo y sin circunloquios: «En una hamaca blanca / dejaría escapar mi vida mirándote, / besándote con mis ojos». Está el deseo carnal expresado sin eufemismos de salón literario, el sudor y la saliva de los que se aman de verdad, no de los que escriben sobre el amor desde la distancia aséptica del que nunca se ha revolcado en la arena. Hay poemas aquí que huelen a piel, a sábanas arrugadas, a ese momento en que la respiración se corta y el lenguaje se queda corto. Y eso, créanme, es una rareza en la poesía española actual, donde todo el mundo parece tener miedo de decir «te quiero follar» y prefiere hablar de «la dialéctica del deseo» o alguna estupidez semejante.
Pero Lozano Figueroa no se queda en lo erótico, que sería fácil y previsible. El tipo navega por aguas más turbulentas: está Cádiz y el flamenco, con ese «Sueño de un romance en Cádiz» que es un homenaje a la ciudad, a la Caleta, a las mojarras y las caballas, al levante que descansa y a las noches gaditanas que «endulzan y no empalagan». Ahí Lozano escribe con el acento puesto, sin avergonzarse del «pa» en lugar de «para», del «tó» en vez de «todo», porque sabe que la poesía también puede sonar a taberna y a calle, no solo a biblioteca de monasterio. Las «Odas a Titi Flores» son un catálogo sensorial del flamenco —soleá, bulería, martinete, granaínas, mineras— donde cada palo se convierte en imagen: la soleá son lágrimas del alma, la bulería impulsa los pies al aire, el martinete huele a hierro y pesar gitano. No es flamencología académica, es flamenco sentido desde dentro, desde la amistad con el bailaor, desde el respeto al arte jondo.
Y luego está el otro combate, el que libra Lozano contra la indiferencia del mundo. «Prohibido vivir» y «Mi voz no está en venta» son poemas que clavan el dedo en la llaga de esta sociedad anestesiada que ve morir a gente en pateras y cambia de canal para no perderse el partido. «Mi voz no callará / hasta que mis ojos vean / cómo desaparecen los inhumanos guetos», escribe el hombre, y uno siente que no está haciendo poesía social de postureo sino gritando una rabia auténtica. Hay algo de Blas de Otero en esa furia contenida, algo de Gabriel Celaya en ese compromiso que no pide perdón por ser político, aunque hoy esté de moda decir que la poesía no debe mancharse con la realidad.
El lenguaje de Lozano es directo como un navajazo, sin florituras barrocas ni juegos conceptuales para lucirse ante los colegas del gremio. Usa el verso libre con naturalidad, sin rima forzada pero con ritmo interno, con cadencia de quien sabe que la poesía es música antes que arquitectura. Hay momentos de ternura brutal, como en «En mi memoria», dedicado a su amigo Manuel muerto, donde escribe: «Te fuiste dejando risas en el viento, / un silencio que pesa, / como un abrazo que no se cierra». Y hay momentos de erotismo descarnado, como en «Nuestra bachata», donde la descripción del acto sexual no es pornografía ni cursilería sino celebración vital: «De nuestra bachata / lo hermoso comienza / cuando la música calla».
No es poesía para todos los paladares, les advierto. Si buscan metáforas ingeniosas para citar en tertulias, si quieren versos que parezcan crucigramas por resolver, si prefieren la poesía que se lee en voz baja y con gesto compungido, este no es su libro. Pero si quieren poesía que huela a vida vivida, a cuerpo sudado, a calle transitada, a rabia contra la injusticia y a celebración del deseo sin complejos, entonces Lozano Figueroa les está esperando con los brazos abiertos y sin pedir credenciales de acceso. El tipo escribe desde las tripas, no desde el intelecto refrigerado, y eso en estos tiempos de asepsia poética es un acto de rebeldía que merece ser celebrado.
Hay un verso en el libro que lo resume todo: «Poesía, / esa… que nadie sabe explicar / y, sin embargo, nos habita». Así de sencillo y así de complejo. Lozano Figueroa no explica, no teoriza, no se pone a dar lecciones de versificación. Cuenta lo que le duele, lo que le excita, lo que le indigna, lo que le hace sentirse vivo. Y lo hace con la valentía de quien sabe que va a recibir palos de la crítica académica pero le importa un carajo porque escribe para los que aún sienten, no para los que diseccionan. Compren este libro, léanlo sin prejuicios, dejen que les remueva algo por dentro. Y si no les pasa nada, si lo leen como quien lee un prospecto médico, entonces el problema no es del poeta sino del lector que ya tiene el corazón anestesiado. Ahí me las den todas.
Javier Pérez-Ayala