Cuando la vida se mira al espejo con un poema
La otra tarde, en una cafetería cerca del Retiro, oí a una mujer mayor decirle a su amiga: «Mira, lo que más me molesta no es cumplir años, es que la gente crea que ya no te enteras de nada». Me acordé de esa frase mientras leía «El tiempo huele a papel», el nuevo poemario de Joseba Sasia Muñoz, porque de eso va, al fin y al cabo, este libro: de lo que se siente cuando uno se mira al espejo y se da cuenta de que la vida, simplemente, ha pasado.
Porque a mí lo que me ha gustado de Sasia es que escribe con una verdad que ya casi no se estila. En un momento en que la poesía joven va mucho por el artificio, por la rareza, por llamar la atención, este poeta vizcaíno de Barakaldo, nacido en 1957, Premio «Poemas de la Mar y sus Gentes» y Mención especial en el Concurso «Lorenzo Oliván» del Ayuntamiento de Castro Urdiales en 2025, hace lo contrario: se sienta, mira alrededor, y escribe lo que ve. Y lo que ve es un viaje en tren, una ventana, una mano, un padre que ya no está, un hijo que crece, un espejo en el que una —perdón, uno, pero la fórmula también vale— se reconoce cada mañana un poco más viejo.
Lean, si no, este poema: «Sencillamente, la vida… / se mira conmigo al espejo, / mientras flaquean los gestos, / entre arrugas y requiebros, / aceptando sin palabras, / que, ella y yo, / somos más viejos». Yo lo leí dos veces. La primera, deprisa, en el metro. La segunda, ya en casa, con la taza de café en la mano, porque uno intuye que estos poemas hay que leerlos despacio, como quien mira una fotografía antigua. Y fíjense en lo que no dice. Sasia no dice «estoy viejo», no dice «el tiempo me pesa», no dice «ojalá fuera más joven». Dice que la vida y él son más viejos, los dos, juntos. Y eso es una declaración de amor a lo que uno ha sido, no un lamento por lo que ya no es.
También hay sitio para el humor, sin estridencias, de ese que aparece cuando uno se describe con ironía: «Nasciturus por dentro, / 60 años, por fuera…» ¿Se puede decir mejor la contradicción de quien se siente por dentro siempre a punto de empezar y por fuera ya está acercándose al andén final? Yo creo que no. Sasia tiene la mano muy firme para los finales. Sus poemas cierran de manera limpia, sin aspavientos, como se cierran las jornadas de las personas que ya han visto muchas. Y eso, leído en frío, es un oficio que sólo se aprende cuando se ha dejado de temer a las palabras grandes.
Merece la pena que se dejen encontrar por este libro. Si tienen a mano un hijo, léanselo un domingo en voz alta, y verán cómo el chico entiende mejor a su padre. Si son ustedes los padres, entenderán mejor a sus hijos. Y si simplemente son lectores, encontrarán a alguien que escribe como habla la gente, con la verdad de la experiencia, sin imposturas. De esos libros que, cuando se cierran, dejan una extraña sensación de compañía. Y eso, en los tiempos que corren, no es poco. También ayuda que el libro esté bien editado, con un prólogo en verso que es ya una declaración de poética, y con una arquitectura en tres libros internos —el tiempo, los padres, el amor— que permite entrar y salir del poemario sin perder el hilo. Una se deja llevar, y al final del viaje se da cuenta de que ha leído más de lo que creía. Y de que, además, le ha gustado.
— Ángela de Claudia Soneira