Las palabras que no se dijeron a tiempo

Leía Existencial en la sala de espera del médico, rodeada de esa luz triste de los fluorescentes y del murmullo de gente que espera noticias que no siempre son buenas. Y me di cuenta, a mitad del segundo poema, de que había empezado a llorar sin darme cuenta, con esas lágrimas discretas que te resbalan por la cara mientras finges que estás concentrada en la lectura. Supongo que pasa con los libros de verdad: te pillan desprevenida, te abren una compuerta que creías cerrada y de repente estás ahí, vulnerable y expuesta, mientras el resto del mundo sigue a lo suyo. Ángel Jesús Martín González ha escrito este poemario desde un lugar al que nadie quiere ir pero al que muchos hemos tenido que viajar: el territorio del dolor profundo, de la pérdida, de esa soledad que no se cura con compañía ni con palabras amables.

El libro se abre con una dedicatoria que ya te parte el alma: «A mis tres hijos Ángel, Laura y Lola / y a todas las personas que han sufrido, / se sienten solas y han perdido a un ser querido». No hace falta más. Ahí está todo dicho, con una sinceridad que duele y que al mismo tiempo reconforta, porque sabes que quien escribe sabe de lo que habla, que no está haciendo literatura con mayúsculas sino poniendo palabras a heridas que todavía sangran. Y es que Existencial no es un libro para lucirse ni para presumir de talento lírico; es un libro escrito desde la necesidad, desde ese impulso urgente de nombrar lo que te está matando por dentro para ver si nombrándolo puedes empezar a convivir con ello.

Me acuerdo de haberle contado a mi madre, hace años, cómo a veces hay libros que te encuentran justo cuando los necesitas, como si alguien los hubiera dejado ahí aposta para ti. Y este es uno de esos libros. Martín González escribe sobre el silencio como refugio, sobre caminar despacio porque el corazón herido no soporta las prisas, sobre perros y gorriones que consuelan más que las personas, sobre noches en las que la oscuridad es tan densa que ni siquiera las estrellas consiguen atravesarla. «A menudo pienso que éste no es mi mundo», escribe en el poema que da título al libro, y una entiende perfectamente esa sensación de no encajar, de estar rodeada de ruido cuando lo único que necesitas es silencio, de sentir que hablas un idioma que nadie más comprende.

Lo que más me conmueve de estos poemas es su absoluta falta de artificio. No hay piruetas retóricas ni metáforas complicadas; hay un hombre que dice «mi corazón ya no late» y te lo crees porque lo está diciendo desde las tripas, sin filtros ni maquillaje literario. Habla de su perro como de un «compañero fiel que camina y guía despacio», de una alberca azul donde los peces le miran con comprensión, de gorriones de capuchón gris que se acercan a comer de su mano en una mañana fría y de repente le hacen sentir menos solo. Son imágenes sencillas, cotidianas, pero están cargadas de una ternura desgarradora porque sabes que son las únicas anclas que le quedan, los únicos hilos que todavía le atan a la vida.

Hay poemas que cuesta leer sin que se te encoja algo por dentro. «Me arrepiento / De no haber dicho lo que siento / de muchas veces callar / y dañar mi alma blanca», escribe, y ahí están todas las conversaciones que no tuvimos, todas las veces que nos callamos por miedo o por cobardía o simplemente porque creíamos que todavía habría tiempo. Y luego están las lágrimas que no llegaron a caer, que se quedaron «pegadas en las retinas / para al final perecer congeladas en ellas», esas lágrimas atrapadas que pesan más que todas las que sí rodaron por las mejillas. Martín González escribe sobre el llanto esquivo, sobre ese llanto que te niega su alivio justo cuando más lo necesitas, y lo hace con una precisión emocional que desarma.

Me pregunto qué pensaría alguien que nunca ha pasado por esto al leer estos versos. Probablemente los encontraría demasiado desnudos, demasiado crudos, quizá incluso demasiado simples. Pero para quien ha estado en ese pozo oscuro donde Martín González ha estado, cada palabra resuena como un eco de su propia experiencia. «Visité un día los caminos del infierno / Allí, entre grandes montañas el silencio se quedó / de por vida», escribe en «Locura o cordura», y uno intuye que está hablando de hospitales psiquiátricos, de esos lugares donde la frontera entre estar cuerdo y no estarlo se vuelve borrosa y terrorífica. «¿Sería yo el muerto entre los vivos?», se pregunta, y esa pregunta tiene un peso devastador porque quien la formula sabe que la respuesta no es sencilla.

Pero en medio de tanta oscuridad, el libro también busca razones para quedarse. «Hay razones para vivir, fuertes razones para seguir / y seguro que la luz saldrá algún día para mí y también para ti», nos dice en uno de los poemas centrales. Y esas razones son pequeñas, frágiles, a veces casi ridículas desde fuera: el sol que calienta la cara por la mañana, los cantos de los pájaros, una niña dormida en los brazos, el reflejo de las nubes en el agua quieta de una alberca. No son grandes revelaciones metafísicas ni certezas filosóficas; son anclajes mínimos, cotidianos, pero son los únicos que importan cuando estás al borde del precipicio.

Me gusta especialmente el poema «Gorriones de capuchón gris», donde el autor reparte migas de pan a los pájaros y a un perro callejero, y de repente se siente feliz, o al menos aliviado, porque esos pequeños gestos de cuidado hacia otros seres vulnerables le devuelven algo de sentido. «Me siento feliz», escribe al final, y esa frase tan simple tiene un peso inmenso después de todo lo que hemos leído antes. También está «Velas al anochecer», dedicado a las madres ucranianas, donde una mujer enciende velas cada noche esperando que su ser querido vuelva de la guerra, y mientras tanto les cuenta cuentos a sus hijos para que el miedo no los devore. Es un poema bellísimo y desgarrador a partes iguales, porque habla de la resistencia cotidiana, de cómo se sigue viviendo cuando todo parece haberse roto.

El lenguaje de Martín González es sencillo, casi coloquial, sin ínfulas de ningún tipo. A veces hay irregularidades métricas, versos que cojean un poco, imágenes que podrían estar mejor resueltas. Pero todo eso es secundario porque lo que importa aquí no es la perfección formal sino la verdad emocional, la capacidad de conmover sin trucos ni artificios. Este es un libro escrito desde la urgencia de decir, desde la necesidad de poner palabras a lo que duele, y esa urgencia se nota en cada verso. No está escrito para impresionar a nadie ni para ganar premios; está escrito para sobrevivir, para tender un puente hacia otros que también están solos y rotos, para decirles «yo también estuve ahí, yo también pensé que no iba a poder seguir, pero aquí sigo».

El último poema, «Madre», está dedicado a Mercedes, «toda una vida dedicada a la enseñanza de niños pequeños», que ahora «en algún lugar del cielo reposas serena». Y uno cierra el libro con un nudo en la garganta porque entiende que detrás de todos estos versos hay una vida atravesada por pérdidas, por ausencias que no se pueden llenar con nada, por preguntas que no tienen respuesta. Pero también hay una resistencia silenciosa, una voluntad de seguir adelante a pesar de todo, de buscar pequeñas luces en medio de la oscuridad. «Un día yo volaré / Con mis amigas golondrinas», escribe casi al final, y esa imagen de las golondrinas que le llevarán a un lugar seguro cuando llegue el momento tiene algo de consolador, como si el autor hubiera hecho las paces con la idea de que todo tiene un final pero que todavía no ha llegado el suyo.

Existencial no es un libro fácil ni agradable, pero es un libro necesario. Es el tipo de poesía que necesitamos más: honesta, directa, sin maquillaje, escrita desde la experiencia y no desde la pose. Ángel Jesús Martín González no nos pide que admiremos su talento ni que celebremos su maestría técnica; nos pide que le escuchemos, que le acompañemos un rato en su dolor, que reconozcamos en sus palabras algo de nuestro propio sufrimiento. Y eso, al final, es lo único que importa de verdad en la literatura: que alguien te hable desde la verdad y tú puedas reconocerte en lo que dice.

Ana María Olivares

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