La palabra que no duerme

«La palabra que no duerme —a veces le despierta en la madrugada—. Hoy está quieta.» Así empieza Gentilhombre y sus viajes (p. 7), el poemario de Mario Miguel Ojeda Ramírez publicado por Editorial Poesía eres tú, y en esa primera línea del «Liminar» está ya la clave de lectura del libro entero. La palabra no es aquí una herramienta del poeta, sino un sujeto que lo despierta, lo nombra y lo envía al camino. «Un día el poeta se despierta y la palabra le repite “eres poeta”», leemos en la segunda estampa. Lo que sigue, más de setenta poemas y una coda, es la crónica de ese encargo.

Conviene detenerse en la arquitectura, porque es lo más pensado del volumen. El «Liminar», en prosa y dividido en cinco tiempos, plantea la vocación como salida de casa: el poeta prepara una maleta, se pone en marcha, duda, se sienta, y vuelve a levantarse porque la palabra «le ordena, que sea valiente, que no se rinda» (p. 8). El cuerpo central, casi todo en sonetos, funciona como una sucesión de paradas. En su segunda mitad se sitúa la secuencia «Gentilhombre (Seis sonetos)», que da nombre al libro y narra una conversión: el yo recibe un nombre nuevo, se queda inerte ante «las múltiples llaves y puertas» (p. 64), descubre que «La palabra tiene poder» (p. 65) y acepta una misión. La «Coda», en cuatro partes que alternan prosa narrativa y verso libre, cierra el arco con el regreso a casa. Es una estructura de libro de viajes y, a la vez, de relato de vocación, y el autor la sostiene con coherencia de principio a fin.

El soneto es la forma elegida, y la elección tiene consecuencias. Ojeda Ramírez lo trata como un taller más que como un molde. Hay sonetos que cumplen con la rima consonante y la disposición clásica de cuartetos y tercetos, y hay otros que se toman libertades que el propio autor declara. En las notas finales explica que «Soneto con voz de paz», homenaje a Octavio Paz, «en la rima se abre a una asonancia final, en un gesto de libertad formal» (p. 97). Esa conciencia del procedimiento atraviesa el libro: el poeta habla del soneto mientras lo escribe, como en «A la luz nacen», donde los versos nacen «tentativos» y «Los tercetos vienen en cascada» (p. 76), o en «Un trato entre nos», que se detiene a contar su propia extensión: «Sí, son solamente catorce versos, / pero son una canción que resuena» (p. 75). La metapoesía no es aquí un juego de espejos sino una ética del trabajo, la del artesano que en «Árbol cómplice» pule su pieza «hasta que brilla tanto que asombra» (p. 39).

El segundo eje es el diálogo con la tradición, que el libro hace explícito en sus notas. «Luces» se presenta como un diálogo con un poema de César Vallejo de Los heraldos negros, del que toma, según el autor, «el motivo y la cadencia», aunque derivando hacia la gratitud. El verso inicial, que vuelve con variaciones al final del poema, es una afirmación: «Esta tarde llueve, como siempre; y sí / tengo ganas de vivir, mi Señor» (p. 21). Algo parecido ocurre con «El poeta a su amada», que conserva el título vallejiano y, en palabras de la nota, se desplaza «hacia la bendición, el renacimiento compartido y la fe como fundamento del amor» (p. 97). Y «Al dicho de Bataille» parte de la frase que el autor atribuye al pensador francés, «El hecho de los hombres fuera de sí», para preguntarse si al escribir trastoca la belleza de la expresión o se equivoca al salir de sí mismo (p. 23). Estos diálogos no persiguen la cita erudita: son la manera en que un poeta que ha dedicado buena parte de su vida a otra disciplina reconoce a sus maestros, con la cortesía de nombrarlos.

El tercer eje, el religioso, recorre el libro con más insistencia de la que el título deja suponer. «Canción a Jah», «De Él es la gloria», «Circunstancias» o «La gracia» son oraciones en forma de soneto, y la conversión del gentilhombre se lee en clave cristiana: la gracia frente al mérito, como precisa el cierre de «La gracia», donde la dicha de encontrar el tesoro llega «no por merecerlo, sino porque crece» (p. 69). La fe no es aquí un ornamento sino el fundamento de la poética: el poeta canta porque ha sido llamado. Esa coherencia tiene, sin embargo, un precio formal, sobre el que vuelvo más abajo.

Junto a los sonetos, el libro incluye un grupo de poemas en verso libre que merecen una lectura atenta, porque en ellos el autor encuentra un tono que no siempre alcanza dentro de la horma. «Nos vamos» es quizá el mejor ejemplo. Sin rima, con frases que avanzan como pasos, el poema dice el paso del tiempo con una sobriedad notable: «Nos vamos, día a día, por la vereda, / subiendo, siempre subiendo, / aunque, hay que decirlo, no sabemos adónde» (p. 32). Y termina sin consuelo y sin drama: «Lo que importa es el hecho: / lo que nos pasa, / y que nos vamos». «No es verdad», en la misma línea, se atreve con una reflexión casi ensayística que desemboca en una definición del ser humano como ficción en curso: «somos la verdad que ficcionamos» (p. 36).

Los reparos tienen que ver con la relación entre la forma y el sentido. La rima consonante, sostenida a lo largo de tantos sonetos, obliga en algunos casos a elecciones léxicas que el poema no justifica. En «Anomalía», la cadena de rimas en -ina produce versos de sentido opaco, como «Es una suerte de cabrestantina / que, como si fuera una cofradía» (p. 41). Otras veces es la propia rima la que se quiebra sin que el quiebre tenga función expresiva: en el primer soneto de la secuencia «Gentilhombre», el verso «Gritó: “¿Quieres la paz de algún aposento?”» (p. 62) rompe la rima consonante de «nombre» y «hombre» que el primer cuarteto había establecido. Hay, además, endecasílabos que solo lo son forzando sinalefas o dialefas, y una cierta homogeneidad en los cierres: muchos sonetos terminan con una exclamación o con una sentencia que resume lo que el poema ya había dicho, y el efecto, acumulado, rebaja la tensión del conjunto. Los poemas en verso libre, menos sujetos, respiran mejor.

Gentilhombre y sus viajes es, en suma, un libro de vocación escrito con convicción, de estructura clara y con una poética explícita que el autor defiende sin ambigüedad. Su mejor parte está en los momentos en que el viajero se detiene a mirar: el padre que siembra en «Andando y cantando», el niño que caza mariposas en «Imberbes éramos», el hombre que vuelve a casa en «Viaje de regreso». Y en el cierre de la «Coda», donde tres versos breves condensan el sentido del recorrido: «Es tu camino / es la Promesa / es tu paz» (p. 96). Ahí, sin énfasis, la palabra que no dormía encuentra reposo.

— Ana María Olivares

Añadir dirección

0

Tu carrito