Cuando la poesía deja de ser adorno y se convierte en puñetazo

Les voy a contar una cosa, señoras y señores: hay libros que se leen cómodamente instalado en el sillón con una copa de vino al lado, y hay libros que te obligan a levantarte, caminar por la habitación y preguntarte dónde carajo guardaste la conciencia porque hace tiempo que no la usabas. «Job en Gaza», de Juan Argelina, pertenece a esta segunda categoría, y no precisamente porque el autor sea un psicópata literario, sino porque ha tenido los arrestos de escribir poesía sobre algo que la mayoría preferiríamos ignorar mientras nos tomamos el café del desayuno mirando Instagram. Que conste que no es el primer poemario sobre conflictos políticos, ni el más experimental, ni el que va a ganar el Nacional de Poesía, pero es un libro necesario, y lo necesario siempre es incómodo, lo cual en estos tiempos de literatura narcótica y poesía para frigoríficos de imanes ya es bastante.

Argelina es historiador, arqueólogo, uno de esos tipos que desenterraron la teoría queer en España cuando todavía había que explicarle a la gente qué significaba la palabra, y ahora a los sesenta y cinco años publica su primer poemario tomando el mito bíblico de Job y transportándolo a Gaza sin pedirle permiso a nadie. Y ojo, que cuando digo transportar no me refiero a ese juego posmoderno de referencias culturales que tanto gusta en los talleres literarios, sino a algo mucho más bestia: Argelina coge la estructura completa del Libro de Job, con sus ocho secciones, sus diálogos entre Dios y el diablo, su apuesta divina sobre el sufrimiento del justo, y lo convierte en alegoría directa, explícita, sin matices ni medias tintas, del sufrimiento palestino. No hay equidistancia aquí, no hay «ambos bandos tienen razón», no hay esa cobardía intelectual tan de moda. Hay un pueblo que sufre, hay quienes lo hacen sufrir, y hay un mundo que mira hacia otro lado porque es más cómodo. El libro te lo dice en la cara y si no te gusta, ahí tienes la puerta.

La estructura es ambiciosa, hay que reconocerlo: prólogo sobre la apuesta divina, ocho secciones que van desde el origen del dolor hasta la búsqueda de memoria, y un epílogo que conecta Gaza con Troya porque, claro está, todas las ciudades sitiadas se parecen y la historia es ese borracho que se empeña en contarnos la misma anécdota una y otra vez esperando que esta vez sí aprendamos algo, aunque nunca lo hacemos. Argelina alterna fragmentos líricos con prosa ensayística, mete datos históricos entre versos, te habla de Shabra y Chatila, del hospital Al-Ahli bombardeado, de Amnistía Internacional, de políticas de asentamientos, y todo eso podría convertirse en un infumable panfleto político si no fuera porque el tipo sabe escribir y, sobre todo, porque ha elegido el verso libre como arma y la metáfora bíblica como escudo. «Las cunas quedaron abiertas como bocas sin voz», escribe, y ahí te das cuenta de que no estás ante un activista con vocación poética sino ante un poeta con vocación testimonial, que no es lo mismo.

El problema —o la virtud, según se mire— es que Argelina no te deja respirar. Página tras página insiste: «Miradme y espantaos», «Alza tu voz», «¿Tienes tú ojos de carne?», y uno querría decirle oye Juan, tranquilo, que ya nos hemos enterado de que Gaza es un horror, pero el libro no para porque Job tampoco paró de clamar y porque, seamos sinceros, si el autor te diera un respiro aprovechas para irte a hacer un café y olvidar que acabas de leer sobre niños convertidos en cifras y casas convertidas en tumbas. La anáfora es el recurso técnico dominante aquí, esa repetición obsesiva de «Me alcanzaron días de aflicción / me alcanzaron noches interminables» que reproduce formalmente la insistencia del testigo que debe repetir su testimonio porque nadie escucha la primera vez, ni la segunda, ni probablemente la vigésima. Es poesía martillo, poesía que golpea hasta que duele, y si al lector le molesta pues mala suerte, porque el objetivo no es gustar sino despertar, que son verbos muy distintos aunque la industria editorial los haya confundido hace décadas.

Técnicamente el libro es sólido pero irregular, que es lo que cabría esperar de un primer poemario de alguien que ha dedicado la vida a escribir ensayos académicos. Hay versos memorables («Yo nací con lamento en la lengua / y sin embargo mi llanto fue semilla») y hay pasajes donde la prosa ensayística diluye la concentración poética y uno piensa que Argelina debería haber confiado más en la metáfora y menos en la explicación. La métrica es libre, como debe ser cuando se testimonia desde el caos, con versos cortos que jadean y versos largos que se derraman como el propio sufrimiento, y esa irregularidad formal no es torpeza sino coherencia: no se puede testimoniar el horror en endecasílabos perfectos porque el horror no tiene ritmo regular, el horror es arrítmico, impredecible, y la forma debe reproducir esa arritmia si quiere ser honesta.

La elección del mito de Job como matriz estructural es inteligente porque universaliza sin deshistorizar, que es la cuadratura del círculo de toda poesía política. Job es el inocente que sufre sin razón aparente, Gaza es el pueblo sitiado que no sabe qué hizo para merecer esto, y ambos preguntan al cielo por qué carajo pasa lo que pasa y el cielo, como es costumbre, no contesta o contesta con más bombas, que viene a ser lo mismo. Argelina sostiene el paralelismo durante todo el libro sin caer en la obviedad ni en el didactismo, salvo en algunos momentos donde uno quisiera decirle «ya lo pillamos, Juan, no hace falta que nos lo expliques», pero son pecados menores en un libro que se juega mucho más que la elegancia formal. Y luego está esa conexión final con Troya, con Príamo llorando por Héctor igual que las madres palestinas lloran por sus hijos, que es ese tipo de paralelismo histórico que funciona si lo haces bien y aquí funciona porque Argelina conoce sus clásicos y sabe que Homero ya contó esta historia hace casi tres mil años, solo que entonces teníamos la decencia de llamarla tragedia y ahora la llamamos «conflicto complejo de larga data», que es la forma cobarde que tienen los periodistas de no tomar partido.

Ahora bien, y aquí viene la parte que probablemente no les va a gustar a algunos, este libro no es para todo el mundo. Si ustedes buscan poesía que los consuele, que los haga sentir bien consigo mismos, que puedan leer en voz alta en un recital con fondo de guitarrita y todos aplauden emocionados, váyanse a otra parte porque esto no es eso. «Job en Gaza» es poesía que interpela, que acusa, que señala con el dedo y dice «tú también eres cómplice si callas», y ese tipo de acusación no es popular en una sociedad que ha convertido la neutralidad en virtud y el silencio en prudencia. Argelina escribe desde una posición moral clara: hay víctimas y hay verdugos, hay quien bombardea hospitales y hay quien muere en esos hospitales, y si esa claridad te parece simplificación excesiva es probable que seas de los que nunca han tenido que elegir entre mirar o apartar la vista cuando pasan cosas feas, lo cual, créanme, es un privilegio que no todo el mundo tiene. El libro no busca matices porque los matices, en según qué situaciones, son una forma elegante de lavarse las manos, y Argelina claramente decidió que no iba a lavarse las manos ni aunque le ofrecieran la palangana de plata de Pilatos.

La voz poética es profética pero no religiosa, testimonial pero no panfletaria, combativa pero no histérica, que es un equilibrio difícil de mantener cuando escribes sobre injusticia flagrante sin caer en el sermón o en el grito. Argelina maneja el registro bíblico sin caer en pastiche, usa expresiones como «Ahora pues, alza tu voz» o «Si pesasen mi queja y mi tormento» que podrían sonar ridículas en boca de otro pero aquí funcionan porque todo el libro está construido sobre esa tensión entre el mito antiguo y la realidad contemporánea, entre Job sentado en cenizas en la tierra de Uz y Job sentado en escombros en Gaza, que al final son la misma ceniza y los mismos escombros porque el sufrimiento del inocente no ha cambiado nada en tres mil años, solo hemos perfeccionado las armas y los eufemismos. Cuando el autor escribe «¿Tienes tú ojos de carne?» preguntándole a Dios si puede ver el sufrimiento humano con vulnerabilidad humana, está haciendo teología política de la buena, de esa que cuestiona el orden establecido desde las propias categorías del poder, que es la única forma efectiva de cuestionarlo.

Les diré una cosa más antes de terminar: este libro va a molestar a mucha gente, y eso es buena señal. Va a molestar a quienes creen que la poesía debe hablar de pajaritos y atardeceres, va a molestar a quienes piensan que criticar a Israel es antisemitismo, va a molestar a quienes prefieren que Gaza sea esa cosa lejana que sale de vez en cuando en las noticias entre el fútbol y el tiempo, y va a molestar especialmente a esos poetas acomodados que llevan treinta años escribiendo sobre su ombligo mientras el mundo se desmorona. Bien por Argelina. Necesitamos más libros molestos y menos libros amables, más poetas con arrestos y menos poetastros con carreras académicas que defender. «Job en Gaza» no es un libro perfecto, tiene sus caídas de ritmo y sus momentos de didactismo excesivo, pero es un libro valiente, y en estos tiempos de cobardía generalizada eso ya es suficiente. Si la poesía no sirve para sacudir conciencias entonces que alguien me explique para qué carajo sirve, porque adornar paredes y quedar bien en presentaciones de libros con cava barato me parece poco.

Así que ahí lo tienen, señoras y señores: «Job en Gaza», de Juan Argelina, publicado por Editorial Poesía eres tú, que al menos tuvo el coraje de publicarlo cuando otros sellos probablemente habrían salido corriendo al ver el tema. Léanlo si tienen el estómago preparado, y si no lo tienen léanlo de todas formas porque los libros incómodos son los que más nos hacen falta, aunque nos cueste admitirlo. Y si después de leerlo siguen pensando que la poesía debe hablar solo de cosas bonitas, pues nada, sigan con sus haikus sobre cerezos en flor, que para gustos se hicieron colores. Pero no digan que no se lo advertí.

Andrés García-Pérez Tomás

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