Lo que la muerte se encontrará cuando llegue a buscar a Fernando Barbero
Les voy a hablar de un libro que no llega con alfombra roja ni campaña de marketing, que no tiene el aval de ningún premio dotado con cuatro ceros ni el respaldo de algún suplemento cultural de esos que solo reseñan lo que ya está bendecido por la tribu correcta. Llega, simplemente, como llegan los libros que importan: con la honestidad brutal de quien ha vivido lo que escribe y no necesita fingir que lo ha entendido desde un despacho climatizado.
El libro se llama La muerte siempre nos deja con algo por hacer, lo firma Fernando Barbero Carrasco y lo publica Ediciones Rilke en este 2026 que ya va revelando sus miserias y sus pocas alegrías. Y les digo desde el principio, señoras y señores, que en estas páginas hay más vida verdadera que en la mitad de las novedades que se exhiben en los escaparates con pretensiones de Literatura con mayúscula. Barbero es de esa estirpe de poetas que todavía creen que los versos sirven para algo más que para decorar la solapa de un curriculum vitae o conseguir una residencia artística en algún palacete subvencionado.
El hombre arranca con una dedicatoria que ya dice mucho de quién es: a su amor, a sus hijas y, de paso, a Matías Escalera y Daniel Núñez Hernández, «porque sin ellos, este poemario sería otro.» No hay pose en eso. Hay deuda reconocida, que es una forma de dignidad que escasea. Y luego, sin más ceremonia, te mete de cabeza en su mundo, que es el mundo de un tipo que ha cruzado fronteras físicas y morales con el mismo gesto decidido, el de quien sabe que la línea que no se traspasa es la que te deja varado en el marasmo acostumbrado y cómodo.
Porque de eso va el libro, en el fondo. De líneas. De las que hay que cruzar. En un poema que se llama «Líneas indefinidas» y que es, para mi dinero, la pieza que vertebra todo el edificio, Barbero escribe: «Una línea nos separa de la emoción absoluta / Debemos saber que si la pasamos / nada volverá a ser como antes.» Ahí está el programa. Ahí está la declaración de intenciones de un hombre que ha estado en los campamentos de refugiados de Tindouf, en el Delta de Tigre, en el Himalaya nepalí, en el Bairro Alto de Lisboa y en las azoteas de Assilah, y que no ha ido a ninguno de esos sitios a sacar fotos para Instagram ni a coleccionar sellos de pasaporte. Ha ido a ver. A entender. A cruzar la maldita línea.
Los poemas de viaje de este libro no son estampas turísticas. Que quede claro. Cuando Barbero escribe sobre los saharauis, no adorna el campamento con luz de crepúsculo: «Tindouf es una ciudad argelina en El Sáhara / En sus inmediaciones miles de personas / han aplazado sus vidas y sus pensamientos.» Aplazado. Esa es la palabra. La vida no suspendida por voluntad propia sino por la indiferencia de los que tienen el poder de devolverla. Y el poeta lo sabe, y lo dice, y no se disculpa por decirlo. Tampoco cuando describe la Argentina del Delta de Tigre con esa imagen tan exacta que duele: «oligarcas ajamonados que se bañan en pequeñas playas privadas y pibes pobres de cabello liso y sonrisa indestructible.» Es una metáfora del mundo, dice él. Y tiene razón. Y qué pena tener razón en esas cosas.
Pero cuidado, porque el libro no es un panfleto. Quien espere consignas rimadas o poesía de partido con fecha de caducidad se va a llevar una sorpresa. Barbero tiene el instinto del poeta que sabe que la belleza y la denuncia no se pelean, que un gondolero bajando de su barca «al terminar su jornada laboral» puede caber en el mismo libro que la «barrera vigilada por gente armada polisaria / que da paso a los campamentos saharauis.» El poeta de verdad no elige entre lo bello y lo justo: los reconcilia, que es el trabajo más difícil que existe sobre una página en blanco.
Hay una sección de montaña en el libro, la dedicada a los que el autor llama «vagabundos de la montaña», que tiene una altura que no es solo geográfica. En «Un espacio de tiempo» conviven las vías de escalada y las calles frente a los grises de la Transición, la cumbre y la revolución aplazada, postergada, suspendida. «No todo fue derrota», escribe Barbero. «Nos queda el ejercicio de la libertad total / La montaña y la amistad.» No es resignación. Es lo contrario: es la afirmación de quien entiende que la libertad, cuando no cabe en las instituciones, se practica igual, a cuatro mil metros o en la mesa de un bar, con un verso o con un piolet.
Y luego está ese «Himalaya nepalí» que podría haber sido sublime y grandilocuente y termina siendo una mañana de enebros ardiendo en un patio, porque Barbero ha entendido que el Himalaya más verdadero no es el de las fotos sino el que uno lleva dentro, pequeño y tibio y suyo. La deflación del sublime. El gesto más difícil en poesía, y el que mejor le sale.
El título del libro es una declaración de guerra a la resignación. La muerte siempre nos deja con algo por hacer. Siempre. Y Barbero tiene la lista larga: todavía hay que ir a más sitios, cruzar más líneas, escribir más versos contra la indiferencia de los poderosos, levantar más tazas de té en las jaimas del desierto, mirar más atardeceres sobre el Cantábrico desde un puente de hierro forjado por manos obreras. Lean este libro. Aunque solo sea para recordar que ustedes también tienen la lista larga y que el tiempo no sobra.
Javier Pérez-Ayala