La sierpe sabe lo que el turismo ignora
Las huellas de la Sierpe es exactamente lo que la poesía española sobre el territorio necesita y casi nunca consigue: un libro que habla de un lugar concreto sin convertirlo en postal y sin disfrazarlo de abstracción. María Ángeles Solís del Río escribe sobre Jaén con la autoridad de quien conoce la diferencia entre amar un sitio y usarlo como fondo de pantalla, y esa diferencia es la que distingue su poemario de buena parte de lo que pasa por poesía de arraigo en los catálogos editoriales actuales.
Conviene decirlo desde el principio: no estamos ante un libro nostálgico. La nostalgia es el recurso de los que necesitan que el pasado sea mejor que el presente para justificar haberlo dejado atrás. Solís del Río no necesita ese recurso porque no ha dejado nada atrás. Jaén está aquí, en el presente del libro, con sus plazas empedradas y sus olivos y su lagarto y su catedral, y la poeta escribe sobre ello con la urgencia de alguien que tiene cosas que decir y no toda la vida para decirlas.
El lagarto de la Magdalena —la sierpe que según la leyenda habitó el raudal del barrio jaenés hasta que un preso ingenioso la mató a cambio de su libertad— es el eje simbólico del libro. Pero Solís del Río no usa la leyenda como pintoresquismo local. La usa como lo que es: un relato sobre el miedo colectivo y sobre las condiciones en que los pueblos se liberan de sus monstruos. «Y ofrecieron recompensa / para dar caza al Lagarto», escribe en el romance «Leyenda», y cualquiera que haya visto alguna vez cómo funciona el poder cuando tiene miedo sabe exactamente de qué habla ese verso.
Lo que se ha subrayado en las primeras aproximaciones al libro —el itinerario monumental, la variedad métrica, la maestría formal— es real y merece el elogio. Pero hay una capa que esas lecturas han pasado menos tiempo mirando, y es la capa más política del libro: la que conecta la sierpe con la condición femenina. «Mujer, sálvate y vuela, / que solo por ello, / pudo cambiar el mundo.» El poema «Magdalena» hace de la figura bíblica un arquetipo de la mujer acosada que sobrevive. La sierpe retrocede ante el fruto de Magdalena: hay ahí una inversión del orden habitual de la leyenda donde el héroe masculino mata al monstruo. Aquí el monstruo retrocede solo ante la maternidad, ante el amor que cuida a lo que merece ser salvado. No es un gesto pequeño.
El libro termina con un secreto. En el poema final, «Catedral», el alma blanca sabe quién pintó las puertas de verde. No lo sabemos nosotros. Y la sierpe aparece allí por última vez, ya no como amenaza sino como guardiana de ese secreto. El desplazamiento semántico de la sierpe a lo largo del libro —de bestia acuática a guardiana del misterio— es la operación simbólica más sofisticada del volumen, y la que da a Las huellas de la Sierpe una dimensión que va más allá del retrato de ciudad.
Hay que hablar también de la forma. La décima espinela de apertura, la terza rima dantesca de «Brazo de Mar», los sonetos de la tercera parte, las quintillas de los poemas breves, el romance de «Leyenda»: Solís del Río domina estas formas con una solvencia que no tiene necesidad de exhibirse. La terza rima —una de las formas más exigentes del castellano— produce en «Brazo de Mar» un efecto de avance inevitable que imita el movimiento de la sierpe antes de que aparezca en el texto. La forma sabe lo que va a pasar antes de que lo sepa el lector.
Se ha dicho menos, pero merece decirse: este es un libro sobre la memoria olivarera de Jaén que tiene conciencia de la injusticia histórica. «De esta tierra, la condena, / la bendición de tu fruto. / Siendo tu alma el gran tributo / negado: es riqueza ajena.» No hay en esos versos heroísmo rural ni victimismo: hay precisión. La tierra de Jaén ha producido riqueza que ha ido a parar a otros sitios, y la poeta lo dice en una décima que se respeta a sí misma.
Este libro se va a seguir leyendo. Y debería seguir discutiéndose: no solo como poemario de un lugar concreto sino como propuesta sobre lo que la poesía puede hacer cuando se niega a separar el territorio de la política, el mito de la identidad femenina y la forma de lo que se quiere decir con ella.
— Ana María Olivares