Cuando Marte se rinde y Venus ya no está: una batalla perdida en el siglo XXI
Les voy a contar una cosa, señoras y señores: he visto pasar por mi mesa cientos de poemarios, algunos buenos, otros infames, la mayoría mediocres, pero hace tiempo que no me topaba con un libro que radiografiara con tanta precisión quirúrgica el naufragio sentimental de una generación entera. Marte retrógrado, Venus ausente de Almu Gambi es un tratado de guerra, un inventario de escombros, un manual de supervivencia para quienes han crecido amando a golpe de WhatsApp y despertando en camas ajenas con la misma facilidad con la que se pide una pizza a domicilio. Y lo digo sin ironía, con toda la seriedad que merece un libro que se atreve a llamar a las cosas por su nombre en una época donde todo se disfraza de eufemismo y nadie quiere reconocer que el amor se ha vuelto líquido, barato, prescindible.
La autora arranca el poemario con una imagen que ya lo dice todo: Marte derritiendo su acero, cansado de tanta guerra, buscando un cambio de escena. Quiero decir que la metáfora funciona porque es honesta, porque no hay trampa ni cartón, porque todos hemos conocido a ese tipo —o hemos sido ese tipo— que llega a una relación con las armas melladas, el pecho abolido, arrastrando cadáveres de batallas anteriores. Y lo que Gambi hace con esa imagen es convertirla en hilo conductor de todo el libro, en campo semántico que lo atraviesa de cabo a rabo: guerra, fronteras, territorio asediado, ayuda humanitaria, tratado de paz, napalm, sangre seca. No es casualidad, amigos míos, que una generación que ha crecido viendo guerras por televisión y consumiendo relaciones por aplicaciones haya terminado confundiendo una cosa con la otra.
Lo que me gusta de este libro —y créanme que no soy fácil de contentar— es que no se anda con mariconadas ni con sentimentalismos baratos. Gambi escribe desde la trinchera, con barro en las botas y metralla en el bolsillo. Sus poemas son breves, directos, certeros como una bala bien disparada. Lean esto, por ejemplo, y díganme si no es la radiografía perfecta del amor millennial: «Somos hijos del amor líquido / de ese que se escapa de las manos / del que dice ya te llamaré / y sabes que en muy poco se olvida». Ahí está todo, señores: la precariedad, el miedo al compromiso, la resaca, los mensajes escritos con la tinta del alcohol, el levantarse despacito para poder huir de la cama ajena. Y lo cuenta sin aspavientos, sin quejarse como una plañidera profesional, simplemente constatando los hechos como quien hace un parte de guerra.
Porque lo que Gambi ha entendido —y esto es lo que convierte su libro en algo más que un diario sentimental— es que el problema no es individual sino generacional, estructural, sistémico. No se trata de que ella haya tenido mala suerte en el amor o se haya tropezado con un miserable de manual. Se trata de que toda una generación ha sido educada en la cultura del usar y tirar, de la inmediatez, del producto defectuoso que no se puede devolver. Y eso lo vemos en poemas como «Reclamación», donde los romances son de Aliexpress, baratos, vulgares, superficiales, y cuando quieres poner queja no sabes dónde porque no hay servicio de atención al cliente para el corazón roto. O en «Aliexpress», donde el amor de tu vida aparece tres veces de media en un año, y te enganchas al misterio con la misma prisa con la que te enciendes otro cigarro esperando que sepa mejor. Es brutal, es despiadado, es verdad como un puño.
Y luego está el lenguaje, que es lo que al final sostiene o hunde un poemario. Gambi alterna el verso libre con estructuras clásicas —hay sonetos actualizados, hay ecos de Lope y de Quevedo reventados por la realidad del siglo XXI— y lo hace con naturalidad, sin forzar la máquina. Escribe con la lengua de su generación pero sin caer en el coloquialismo fácil ni en la chabacanería. Sus referenc son acertadas: Ícaro que cae al mar, Dafne y Apolo, Paulov y sus perros, Midas convirtiendo en oro lo que toca mientras ella solo escribe mierda. Y todo eso mezclado con WhatsApp, con Aliexpress, con Instagram, con el café sin azúcar y la vida sin edulcorar. Ese contraste entre lo clásico y lo contemporáneo es lo que da al libro su fuerza, su personalidad, su mordiente.
No les voy a engañar: hay poemas mejores y peores, como en todos los libros. Algunos son demasiado breves, casi haikus que se quedan en la superficie, y otros repiten ideas que ya se han dicho antes. Pero cuando Gambi acierta —y acierta más veces de las que falla— el resultado es demoledor. Lean el poema XLVII, el que cierra el libro, y díganme si no es una obra maestra en catorce versos: «Parece que se acabó nuestra guerra / y tras firmar el tratado de paz, / queda en el aire el aroma a napalm / y en el suelo un rastro de sangre seca». Y termina con Venus desolada encontrando flores blancas brotando entre las armas. Es la imagen perfecta para cerrar un libro que habla de devastación pero también de supervivencia, de campos yermos pero también de simientes que todavía pueden brotar si dejamos de bombardearnos los unos a los otros.
Porque al final, lo que Gambi está diciendo —y esto es lo que hace que el libro trascienda la anécdota personal— es que el amor en el siglo XXI se ha convertido en un campo de batalla donde no hay vencedores, solo supervivientes. Que hemos confundido la intimidad con el consumo, la entrega con la transacción, el cuerpo del otro con un producto de usar y tirar. Y que si queremos que algo distinto sea posible tendremos que desaprender todo lo que nos han enseñado, dejar de comportarnos como consumidores compulsivos de afecto y empezar a mirar al otro como lo que es: otro ser humano tan roto, tan perdido, tan necesitado de ternura como nosotros mismos.
Marte retrógrado, Venus ausente no es un libro perfecto pero es un libro necesario, honesto, valiente. Almu Gambi ha tenido el coraje de desnudarse en público, de contar sin filtros ni maquillaje cómo es amar y ser amada en una época donde el amor se ha convertido en mercancía y las personas en productos con fecha de caducidad. Y lo ha hecho con una voz propia, reconocible, sin imitar a nadie ni seguir modas. Eso ya es bastante más de lo que puede decirse de la mayoría de poemarios que se publican hoy en este país, señores. Así que mi consejo es sencillo: compren el libro, léanlo sin prisas, dejen que les incomode, que les remueva, que les haga mirarse al espejo y preguntarse si ellos también son hijos del amor líquido. Y después, si tienen un mínimo de decencia, intenten no ser parte del problema.
Andrés García Pérez-Tomás