Lo que se pierde cuando nadie pelea por lo bello

Me pasó algo raro con este libro. Lo empecé una tarde sin ganas especiales, de esas tardes en que una coge un libro más por compromiso que por deseo, y no lo solté hasta que se me fue la luz. No porque fuera cómodo —no lo es— sino porque tenía esa cualidad de las cosas que te incomodan de la manera exacta en que necesitas que te incomoden. Como cuando alguien te dice en voz alta algo que tú llevabas tiempo pensando pero no te atrevías ni a pensar del todo.

José Carlos Turrado de la Fuente es un poeta vallisoletano que lleva treinta y tantos libros publicados, que enseña Lengua y Literatura en un instituto de Laguna de Duero, y que ha ganado premios que importan aunque no suenen en los suplementos culturales de los periódicos que todo el mundo lee. O finge leer. Restauración de la Belleza, publicado por Ediciones Rilke en 2026, son ciento cuarenta y cuatro poemas y un epílogo escritos con metro clásico, con rima consonante, con endecasílabos que se sostienen solos. Uno se pregunta, al principio, qué hace este hombre escribiendo sonetos en 2026. Al final del libro uno se pregunta qué estamos haciendo todos los demás.

El libro empieza con una declaración que no pide permiso. Turrado mira al mundo del arte contemporáneo y le dice, con toda la educación que le permite la rabia, que lo que está viendo es feo. Que el arte es bello o no es arte. Que Shakespeare, Lope, Homero, Dante y Rembrandt no se merecen el vecindario en que los hemos instalado. Hay algo casi cómico en esa valentía, o en esa temeridad, según se mire. Un hombre solo, con sus versos bien medidos, plantándole cara al museo contemporáneo. Y sin embargo uno no se ríe, porque la rabia que hay debajo de esa elegancia formal es completamente real, y las cosas completamente reales, cuando las encuentras en un poema, hacen exactamente eso: te detienen.

Lo que más me llegó, con todo, no fue la denuncia sino el viaje. Porque este libro es también un recorrido por una España que existe de verdad, aunque parezca que nadie la visita ya salvo este poeta con su mochila y su obstinación. Parauta, en la sierra de Málaga, con sus dos caras de mujer: una que huele a jazmín, otra con un vestido blanco y un místico desorden en el pelo. Miranda del Castañar, donde una niña veraneante le estudia como a un ser de otro tiempo al bies de su cristal, y él le guiña el ojo con picardía. Guadalupe, donde llama al aldabón de Antonia, que siempre le abría, y esta vez no le abre porque Antonia ha muerto. «¡Qué horrible y silencioso hoy el cenar!», escribe, y eso es todo lo que hace falta escribir. Hay momentos así en el libro, momentos de una sencillez que te cogen desprevenida y te dejan con algo atorado en el pecho que no es exactamente tristeza pero se le parece bastante.

Y luego está la mujer. La amada sin nombre que cruza el libro de principio a fin como una corriente subterránea. Turrado la quiere con una fidelidad que ya no se lleva, con esa clase de amor que no sabe rendirse aunque todas las señales indiquen que rendirse sería lo sensato. «Y sin embargo yazco aquí, a tu lado, / a tu existencia suave condenado», termina uno de los sonetos, y la paradoja duele justamente porque es exacta: estar condenado a algo suave. Me pregunté, leyendo, cuántas personas habrán sentido exactamente eso sin encontrar nunca las palabras para decirlo. Esa es la función de la poesía, me dije, y me alegré de que alguien todavía se tome la molestia de ejercerla con rigor.

El libro acaba mal, o acaba bien, según cómo se mire. La poesía se va. El epílogo es un abandono: «creímos que podríamos / humillarla sin más, / mandar, porque era nuestra, / por siglos, tonta esposa servicial». Y entonces la poesía se marcha, dice adiós, y la última palabra del libro es «monos». Una se queda mirando esa palabra un momento. Luego cierra el libro. Luego lo piensa. Luego, si es honesta, reconoce que tiene razón. Que nos hemos portado mal con las cosas que merecían mejor trato. Con la belleza, con la lengua, con los versos bien hechos, con los profesores de instituto que llevan treinta libros escritos y siguen escribiendo porque no saben hacer otra cosa y porque, en el fondo, no quieren saber.

No sé si este libro va a llegar a mucha gente. Me temo que no. Pero la gente a la que llegue va a saber perfectamente por qué le llegó. Y eso, en estos tiempos en que todo llega a todos y nada llega a nadie, no es una cosa menor.

Ana María Olivares

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