Un amor sin ley de Silvia Vaquero: Amor, código penal y metralla sentimental

Hay libros que no se leen: se tramitan. Como una causa complicada que entra en un juzgado saturado, este poemario llega al lector con el expediente ya inflamado de antecedentes, diligencias, partes policiales y autos de varios años de locura amorosa y burocrática. Un amor sin ley no es un título puesto para empatizar, sino la constatación de una evidencia: lo que aquí se cuenta hubiera hecho las delicias de cualquier fiscal con vocación de hierro y de cualquier juez con tendencia a la mano dura. Pocas veces la mezcla de amor, Código Penal y psiquiatría ha producido un documento tan incómodo y tan difícil de clasificar, a medio camino entre la declaración indagatoria, el parte forense y la carta de amor que nunca dejaría dormir a un abogado defensor.

Desde el primer poema —ese “Encerrados, / privados de libertad. / En el calabozo más oscuro / y maloliente. / También así / nos amaríamos” que abre fuego— queda claro que no estamos ante lirismo de sobremesa, sino ante alguien que ha pasado por el calabozo, el hospital psiquiátrico y la sala de vistas, y ha salido de allí con los nudillos llenos de cicatrices y un cuaderno bajo el brazo. Lo que era para otros un sumario, para Silvia Vaquero es materia prima poética. Ella convierte la jerga legal en vocabulario del deseo: órdenes de alejamiento, conformidades, comparecencias apud acta, procedimientos, fiscales, letrados, jueces, Mossos d’Esquadra, hospitales. La geografía sentimental de este libro son la comisaría del carrer d’Iradier, los barrios de Gràcia y el Born, la sala de un teatro y la habitación de un psiquiátrico. Todo atravesado por un solo delito: haberse enamorado sin frenos ni cinturón de seguridad. “Solo me he enamorado. / Solo me he enamorado. / Solo me he enamorado. / Ni que hubiera asaltado / un banco”, escribe, con esa mezcla de ingenuidad herida y lucidez brutal que sostiene el libro como una cuerda floja sobre el abismo.

La operación que ejecuta Vaquero es simple y feroz: invertir la gramática del poder. Donde el sistema dicta órdenes de alejamiento, ella sueña “ORDEN DE ACERCAMIENTO”, y desea que sea un juez quien les obligue a no separarse “ni un milímetro”, bajo amenaza de cárcel si incumplen la obligación de acercarse. Donde el Derecho levanta muros, ella pide grilletes compartidos. El amor como delito flagrante, sí, pero deseado; la condena como forma extrema de convivencia. En otra época, la poesía romántica se conformaba con suspiros y balcones; aquí hay esposas, patrullas, denuncias y correos electrónicos convertidos en prueba incriminatoria. “Todos estos disparos, / esta sangre que corre, / esta pistola con la que me apuntas… / Todo este daño desmesurado. / ¿Por qué tanto dolor? / Simplemente por comprar una entrada / para ir a verte al teatro ya te pones así”, apunta en uno de los poemas más secos y demoledores del libro.

Podría parecer una hipérbole, pero no lo es. Una década de denuncias, órdenes, comparecencias diarias en el juzgado, ingresos psiquiátricos y miedo: todo eso está aquí contado, versificado y, de algún modo, revivido. El yo poético asume su culpa con una obstinación casi suicida: “Una y otra vez soy culpable / de amarte”. No pide absolución, ni indulto, ni amnistía; solo el final del procedimiento, el cierre del sumario sentimental. La fiscal no aparece, pero su sombra recorre estas páginas igual que la del actor amado —nunca nombrado en verso de forma neutra, sino con toda la contundencia de los apellidos en mayúsculas del atestado— que prefiere el correo delictivo, el expediente, la denuncia, antes que el beso que pondría punto final a la guerra.

En términos de oficio, el libro se sostiene sobre un andamiaje sencillo: verso libre, sintaxis directa, reiteración obsesiva de campos semánticos (ley, violencia, tiempo, miedo, retraso, persecución) y un tú interpelado sin descanso. No hay barroquismo ni coartada culta que distraiga: la autora no trata de ser elegante, sino precisa. Elige el lenguaje coloquial, la frase que podría salir de una declaración en comisaría o de una conversación a la salida del juzgado, y la deja caer en el poema sin afeites. Eso, que en manos torpes sería simple prosa partida en líneas, aquí funciona porque hay una experiencia real sosteniendo cada verso, y porque Vaquero sabe dónde apretar para que duela. Cuando escribe “Diez años de destrozarme / la vida. / Por fin todo estaba bien / y vuelves otra vez a martillearme”, uno escucha detrás el martillo de su señoría y, de paso, el de la propia conciencia machacando siempre el mismo clavo.

La otra pata sobre la que camina este libro es el tiempo. No el de los relojes, sino el de las vidas que se esperan y no terminan de empezar. Ella lo resume con una frase que podría servir de epitafio para toda una generación de amores aplazados: “Tiempo entre condena y condena. / Tiempo entre canción y canción. / Tiempo que se nos ha ido / y ya no vuelve”. Frente a la lentitud exasperante del otro —que lo quiere todo “a su manera”, siempre detrás de la pantalla, siempre tarde, siempre después—, la voz del poema empuja, corre, protesta, se fuga del hospital, compra entradas, viaja a Barcelona, llega a la puerta y se vuelve por miedo. La tensión entre esa urgencia de carne y el freno sistemático de la ley y del amado es el núcleo del libro: una especie de guerra fría sentimental en la que nunca se dispara el misil definitivo del encuentro. Todo se queda en sirenas, patrullas y simulacros.

Hay también una dimensión cultural que merece atención. La autora escribe mezclando catalán y castellano con naturalidad, situando la acción en un territorio concreto —la Barcelona de Gràcia, el Born, Canet de Mar— que no necesita folclore para ser reconocible. Ese bilingüismo no es un adorno, sino el registro real de una vida que pasa de un idioma a otro según quién hable por dentro. Del mismo modo, conviven en el libro referencias a Taylor Swift, Sabina, Mikel Izal o Coldplay con la jerga judicial y policial más árida. Es el siglo XXI puesto en verso: playlists, pantallas, entradas compradas por internet, actores de moda, Mossos d’Esquadra llamando al timbre, psiquiatras que pasan test y forenses que rellenan formularios. La vieja lírica amorosa se ha mudado a los tiempos de las redes, los correos electrónicos y las denuncias online.

Que un sello como Editorial Poesía eres tú publique un libro así no es casualidad. Forma parte de una apuesta clara: sacar la poesía de las vitrinas y ponerla en manos de gente que reconoce su propia vida, sus propios miedos y sus propios errores en lo que lee. Aquí no hay metáforas de jardín francés ni cisnes modernistas: hay órdenes de alejamiento, calabozos, Sant Joan convertido en fusilería de petardos y una mujer que se sabe “reincidente” y asume sin coartadas que seguirá intentándolo aunque la vuelvan a detener. El resultado es un poemario incómodo, desaseado en el mejor sentido, que no pretende quedar bonito en la estantería, sino dejar al lector con la sensación de haber asistido a un vis a vis sentimental en el locutorio de una prisión. Si la poesía actual busca ser carne y no museo, difícil encontrar un ejemplo más claro de lo que significa escribir, literalmente, con la ley y la locura respirándole en la nuca.

Javier Pérez-Ayala

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