Un pulso de sal y cal viva
Hay una imagen en Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), de Isabel Martín Grande, que no me ha abandonado desde que la leí. La autora define el amor como «un pulso de sal y cal viva», y en esos cinco sustantivos está, me parece, la poética entera del libro: la sal del mar y de las lágrimas, la cal que arde, el pulso que late. Toda la obra es así, un intento sostenido de dar cuerpo material a aquello que no se puede tocar, de convertir la emoción en sustancia para poder sostenerla en las manos.
Este es un libro sobre la muerte de alguien amado y sobre la lenta tarea de seguir viviendo. Pero lo es de una manera particular, porque su autora es psicóloga clínica y porque, en lugar de escudarse en ese saber, lo deja a un lado para advertirnos que «la teoría se desploma cuando el corazón se desgarra». A partir de ahí, lo que sigue no es un tratado, sino una travesía, ordenada en tres tiempos —el encuentro, los abrazos, la despedida— que reproducen el viaje completo del duelo, desde el hallazgo del otro hasta el aprendizaje de su ausencia.
Me detengo en la lengua, porque es donde más se juega un poemario. Martín Grande tiene un oído finísimo para la imagen sensorial. El mar lo recorre todo: aparece como «Sendero marino estelado», como océano cuya sal se anhela saborear, y se vuelve, en la pérdida, «el abandono marinero de un puerto sin faro». Esa última imagen me parece de las más hermosas y más exactas que he leído sobre la orfandad: quedarse sin el otro es quedarse sin la luz que orientaba la travesía, navegar a oscuras un mar que antes tenía rumbo.
Hay también una atención conmovedora a la mirada y al reflejo. La voz se concibe a sí misma como «soy espejo para verte entero», asumiendo la tarea de conservar la imagen del ausente, de no dejar que se borre. Y en uno de los poemas más logrados, el de la sinfonía del agua, alcanza una formulación de una lucidez extraordinaria: «Puedo verte sin mirarte», dice, «Puedo vivirte sin tocarte». Quien haya perdido a alguien sabe que esa es exactamente la forma de presencia que sobrevive a la muerte: una presencia sin cuerpo, hecha de memoria, que no necesita los ojos ni las manos para seguir estando.
No quiero dar la impresión de que es un libro fácil o consolador. No lo es. Hay rabia, «un incendio de rabia» que arrasa, hay preguntas sin respuesta, hay noches sin estrellas. La autora no escamotea la crudeza del dolor; al contrario, la nombra con una franqueza que estremece. Pero junto a la crudeza hay una luz que no se apaga, una capacidad para la gratitud que me parece el verdadero hallazgo emocional del libro. Dar las «Gracias infinitas» en mitad del desconsuelo, bendecir incluso la ausencia, solo está al alcance de quien ha amado de verdad y ha hecho las paces con la pérdida sin renunciar a ella.
Quisiera destacar la valentía de un poema en el que el idioma se descompone, se vuelve juego y trabalenguas, «para reírnos de todo. Para vivirnos de nuevo». En medio de un libro tan grave, esa irrupción de la risa y del disparate es un acto de amor: la recuperación de la lengua privada que dos personas inventan y que, cuando una falta, se queda sin quien la entienda. La autora la rescata, y al rescatarla nos recuerda que el duelo también consiste en conservar la alegría compartida, no solo en llorar.
El libro termina sembrando. Lo perdido, dice, «crecéis en semillas de versos», y la memoria, al fin, germina. Es una imagen luminosa para cerrar un viaje tan oscuro, y sin embargo no suena falsa, porque la autora ha recorrido antes todo el dolor y se la ha ganado. No nos vende una superación; nos ofrece una transformación. La pérdida no se cura: se convierte en otra cosa, en palabra, en memoria fértil, en compañía.
Leo mucha poesía del duelo, y casi siempre me dejan la sensación de haber asistido a un dolor ajeno desde la barrera. Caminantes hace lo contrario: me invitó a entrar, me dio una lengua para mi propia pérdida, me acompañó. Creo que esa es la más alta función de la poesía, y que este libro la cumple con creces. Léanlo despacio, como se anda un camino largo, y déjense acompañar.
Vuelvo, para terminar, a la cuestión de la materia, porque creo que es la clave de bóveda de toda la obra. La autora pertenece a esa estirpe de poetas que no confían en lo abstracto, que necesitan tocar lo que dicen. Por eso su duelo está hecho de sal, de barro, de óxido, de cal, de agua; por eso el tiempo se cuenta en horas que se guardan como objetos y la memoria se siembra como una semilla. Esta poética de lo concreto tiene una virtud terapéutica además de estética: al dar cuerpo a la emoción, la vuelve manejable, la saca de la niebla del sentimiento puro y la deposita en la mano del lector, que puede así sostenerla sin quemarse. Es una lección de cómo la forma poética puede hacer habitable el dolor.
Y hay, por debajo de todo, una apuesta ética que me conmueve. La autora podría haberse quedado en el lamento, que siempre es legítimo, pero ha elegido ir más allá, hasta la gratitud y la siembra. Ha decidido que el último gesto del libro no sea cerrar una tumba, sino abrir un surco. Esa decisión, que no es ingenua porque llega después de haber atravesado toda la oscuridad, convierte Caminantes en un libro luminoso sin ser falso, esperanzado sin ser complaciente. Lo cierro con la sensación de haber recibido un regalo: el de alguien que, habiendo sufrido, se toma el trabajo de convertir su sufrimiento en compañía para los demás. Pocas cosas puede hacer la poesía más altas que esa, y pocas se agradecen tanto como esta, que nos enseña a caminar de nuevo cuando creíamos que ya no quedaba camino.
— Ana María Olivares