Hay libros de debut que la crítica despacha con la frase de siempre —«promesa a seguir de cerca»— porque no sabe muy bien dónde colocarlos. Desde el Tártaro, el primer poemario de Iván Martín Yáñez, es de esos libros incómodos de clasificar, y conviene decirlo desde el principio: no es un poemario confesional sobre la enfermedad, aunque hable de enfermedad; no es poesía de la experiencia en el sentido en que España viene entendiendo esa etiqueta desde los años ochenta; y no es, tampoco, un ejercicio de estilo con vocabulario técnico como excentricidad decorativa. Es otra cosa, y esa otra cosa merece que se la nombre con precisión.
Conviene decir desde el principio una cosa: este es un libro escrito por alguien que no viene del mundo literario. Iván Martín Yáñez ha sido guionista, científico de datos, programador, agente inmobiliario, Scrum Master, y publicó hace casi veinte años una novela que pocos recuerdan. No es un dato anecdótico. Es la explicación de por qué este libro suena como suena: porque el autor no ha aprendido a escribir sobre el dolor en un taller literario, sino que ha llegado a la poesía con el único vocabulario que tenía disponible, el de sus oficios técnicos, y lo ha aplicado sin concesiones a la tarea de nombrar años de enfermedad crónica.
Hay que insistir en una cosa: esto no es un gesto ingenuo. El libro sabe exactamente lo que hace cuando escribe, en «Hormigón crudo», «No hay poros en esta piel de cemento», o cuando convierte, en «Sustancia perpetua», la permanencia psíquica en «Resina infinita del sistema, / polímero que impide la fuga del vertedero». No es metáfora ilustrativa. Es una operación más radical: el cuerpo enfermo y la mente que no puede detenerse se piensan directamente como materia industrial, sin el paso intermedio de la comparación. El poeta no dice que su cuerpo es «como» hormigón. Dice que es hormigón, y sigue adelante.
Ese gesto tiene una dimensión que va más allá de lo estilístico, y que a mí me interesa señalar con cuidado. La biografía del autor —guionista, científico de datos, programador, agente inmobiliario, técnico de logística, Scrum Master— es el currículum exacto de una generación que ha tenido que reinventarse profesionalmente varias veces desde 2008, acumulando lenguajes técnicos sin acumular estabilidad. Que ese currículum se convierta en el material de un libro sobre el colapso del cuerpo bajo presión médica y laboral no es casualidad ni ocurrencia: es, guste o no llamarlo así, un gesto político sobre lo que significa hoy escribir desde la precariedad multidisciplinar, sin que el libro tenga que decirlo en ningún momento de forma explícita.
Hay que decir, también, cómo está construido el libro, porque la forma aquí no es adorno sino argumento. Cinco secciones —el fondo, el territorio, el mundo exterior, la pieza mayor, el regreso— trazan un recorrido que va del colapso interior a la deambulación urbana y de ahí a una expansión lírica antes del cierre. No es casualidad que el poema más largo, «Planeta», ocupe el centro exacto de esa estructura: es el punto de máxima exposición del proyecto, el lugar donde el libro se juega más y donde, también, se nota más el riesgo asumido.
Conviene decir también dónde falla, porque no hacerlo sería un flaco favor al libro. «Planeta», la pieza central que ocupa toda la cuarta sección, es el punto donde el proyecto se tambalea: la acumulación anafórica se extiende durante páginas, y algunos de sus pasajes —la secuencia sobre deseo y espectáculo urbano en torno a los cuerpos jóvenes que pueblan sus versos finales— se deslizan hacia una estampa costumbrista genérica que no está a la altura de la precisión que domina el resto del libro. No hace falta disimularlo para defender el conjunto.
Lo que sí funciona, y funciona con una fuerza que no esperaba encontrar en un debut, es el modo en que el libro administra su propio léxico. «Cronometra la entropía, / disecciona tu mundo», leemos en «Yonki de la jerarquía», y ahí está la clave de todo el sistema: el yo no se lamenta, se audita. «La metamorfosis» lleva esa lógica hasta su formulación más limpia: «Soy larva que se ignora en el sustrato», y el proceso termina no en mariposa sino en «insecto de asfalto», una imagen que cancela deliberadamente la promesa de redención que el título del poema hace esperar.
Conviene decir algo más sobre la segunda sección del libro, «El territorio», que construye un paisaje de pesadilla organizado en «escalones» de deterioro: «oscuridad afilada, entornada», leemos en «Latitud gótica». Es la parte del libro donde el léxico industrial cede terreno, momentáneamente, a un imaginario más gótico y menos técnico, y funciona como contrapunto necesario antes de que la tercera sección devuelva al hablante a la calle, en un poema de errancia nocturna que tiene más de crónica que de confesión: «Destripaba argumentos adulterados de películas invisibles».
No es una novedad absoluta que la poesía española cruce vocabulario técnico con experiencia corporal, pero sí lo es la consistencia con la que este libro lo hace sin caer en la ironía distanciada ni en la sátira de la tecnocracia, dos salidas fáciles que Martín Yáñez evita en todo momento. Cuando el libro se permite, en «Unidos podíamos», abandonar por completo ese registro para escribir un poema de amor sin ingeniería de por medio, el contraste funciona precisamente porque ha sido ganado con las setenta páginas anteriores de disciplina léxica.
Este libro se va a leer poco, probablemente, porque no llega avalado por un nombre conocido ni por un premio, y porque exige de quien lo lee la misma paciencia con la que fue escrito: hay poemas, como «Instante múltiplo», que no se entregan a la primera y que muchos lectores abandonarán antes de tiempo. Pero merece más conversación de la que va a tener, precisamente porque hace algo que pocos libros recientes en español hacen con esta consistencia: convertir el vocabulario de la precariedad profesional en el idioma legítimo del dolor crónico, sin pedir disculpas por venir de donde viene.
— Ana María Olivares