No es un libro sobre víctimas
Se ha dicho, o se dirá, que Detrás de ti es un poemario sobre la violencia de género. Lo es, desde luego, pero conviene decirlo con precisión: es sobre todo un libro sobre la identidad partida, y sobre lo que cuesta reconstruir un yo cuando alguien se ha dedicado a demolerlo. La diferencia no es menor. Reducirlo a su tema sería hacerle el mismo flaco favor que la crítica suele hacer a la poesía escrita por mujeres cuando la despacha como confesión.
Nadina Fernández Caurel escribe bien. No solo eso: escribe con una conciencia de la forma que desmiente la lectura fácil de su aparente sencillez. Hay que insistir en una cosa: la anáfora que estructura sus poemas no es un adorno emocional, es el armazón que sostiene el edificio. Cuando repite «Detrás de esa sonrisa» hasta desembocar en «sonrisa frontera, entre el bien y el mal», no está enfatizando: está pensando con la forma.
El libro toma partido, y lo hace sin panfleto. Dedica un poema a Gisèle Pélicot, inscribe la fecha del 25 de noviembre, y sin embargo no cae nunca en la consigna: trabaja por metáfora sostenida, deja que el horror se deduzca de sus efectos. Esa contención es una decisión política tanto como estética. Hay que decirlo, porque la poesía de denuncia que más se celebra suele ser la que más subraya, y esta hace justo lo contrario.
No basta con decir que es un buen debut. Lo interesante es dónde se sitúa. Frente a una tradición que ha hecho del cuerpo femenino territorio de deseo, Fernández Caurel escribe el cuerpo agredido y, a la vez, el cuerpo que se rehace: «Son las mil y unas vidas que te hacen ser Una y no otra más». La escisión no se resuelve por eliminación de una de las mitades —que es lo que pedía la tradición del doble— sino por suma. Ese desenlace integrador es lo más original del libro.
Vale la pena reparar en un detalle de composición que la lectura apresurada se pierde. El poema que da título al libro no está al principio, donde lo pondría un autor más obvio, sino casi al final. Esa decisión permite que la expresión «detrás de ti» llegue cargada de todos sus sentidos antes de que la autora la haga girar sobre sí misma. Es una jugada de estructura, no de inspiración, y demuestra que Fernández Caurel piensa el libro como un todo y no como una suma de arranques afortunados. Hay además un sustrato musical, flamenco, que la emparenta con Lorca sin subordinarla a él: el cante como cauce del dolor, el baile como cifra de un cuerpo que primero vivió y luego padeció. Ese anclaje cultural salva al libro del riesgo de la abstracción, que es donde suele morir la poesía de tesis.
Tiene costuras, claro. Algunos poemas de transición no aguantan la comparación con los mejores, y en los más largos sobra materia. Pero incluso cuando el libro flojea, se le nota la ambición, y la ambición en un primer poemario es una noticia mejor que la perfección tímida.
Este es el tipo de libro al que merece la pena dedicarle una discusión larga, y más de una: por lo que dice, por cómo lo dice y por el lugar desde el que lo dice. Se va a seguir leyendo. Y debería seguir discutiéndose, más allá del elogio de compromiso que se reserva a los temas incómodos. Porque lo que está en juego, cuando una mujer escribe su propio cuerpo agredido y consigue que sea literatura y no confesión, es exactamente la diferencia entre ser mirada y mirar. Fernández Caurel, en su primer libro, ya ha decidido de qué lado quiere estar.
— Ana María Olivares