La poesía española e hispanoamericana ha convivido en las últimas décadas con un problema de forma recurrente: cómo dar unidad a un libro cuando la experiencia que lo origina es, por definición, plural. Muchos poemarios optan por resolverlo mediante la homogeneidad de tono; otros, más arriesgados, aceptan la dispersión y confían en que alguna estructura subterránea la sostenga. «El mosaico del duende», primer libro de Igor Wilk, pertenece decididamente a la segunda familia, y lo hace con una conciencia formal poco frecuente en un debut.
El propio título anuncia el método. Wilk lo declara sin ambages en el poema preliminar: «No soy fragmentos aislados. Soy un mosaico en movimiento.» La afirmación funciona como programa de lectura para las cuatro partes del volumen, «Magia del duende», «Sin presiones», «Latidos» y «Tengo el duende», que no comparten tono ni procedimiento, pero sí una misma disposición de la mirada: la atención sostenida sobre lo mínimo, tratado con una seriedad que no decae en ningún momento del libro.
Conviene detenerse en el modo en que se construye esa mirada. En «miga de pan», poema que abre el volumen, el sujeto poético permanece oculto hasta el último verso, cuando se revela como testigo lateral de una araña doméstica: «lo vi a contraluz, acercándose a la miga de pan» (p. 13). Ese distanciamiento inicial, observar sin intervenir, es una decisión de construcción, no un accidente de estilo, y se sostiene a lo largo de buena parte de la primera sección, donde objetos y criaturas mínimas, una uva enamorada (p. 14), una plantita de supermercado que «quería ser especial para alguien» (p. 17), una grapadora que «nadie la usa ya» (p. 22), reciben tratamiento narrativo pleno, con inicio, desarrollo y desenlace, como si de personajes se tratara.
La segunda parte, «Sin presiones», cumple en la arquitectura del libro una función de contrapunto que conviene no pasar por alto. Frente a la narratividad de la primera sección, aquí el poema se contrae: en «poemas breves», Wilk ensaya una serie de piezas de aliento haikuesco, «té bien caliente, con o sin un chorrito, abriga en otoño» (p. 42), que introducen una respiración distinta, más cercana a la contemplación que a la anécdota. Ese cambio de régimen, situado en el centro del libro, permite que la tercera parte, dedicada al deseo, y la cuarta, dedicada a la pérdida, no resulten un simple escalamiento emocional, sino el resultado de una pausa deliberadamente construida.
El recurso más singular del libro, sin embargo, no es la personificación, que tiene una tradición amplia en la poesía en lengua española, sino la incorporación de datos verificables como material lírico. En «80 latidos por minuto», poema que abre «Latidos», la tercera parte, la declaración amorosa se construye sobre coordenadas exactas: «603 metros sobre el nivel del mar, viernes, el 8 de agosto de 2025» (p. 48). Lo interesante aquí no reside en la novedad del procedimiento, sino en la economía con la que Wilk lo resuelve: apenas dos versos de materia sensible, «tus respiraciones atraviesan, mi cuello y la espalda» (p. 48), bastan para que el rigor cuantitativo ceda ante el cuerpo, sin que el poema necesite insistir en la oposición.
Merece también un comentario aparte «hacen juego con una vida», poema de la última sección construido, según su propio colofón, «por tachado selectivo» de un texto publicitario sobre electrodomésticos (p. 67). El procedimiento del poema encontrado no es ajeno a la tradición contemporánea, pero pocas veces se ha aplicado con un objetivo tan preciso: extraer, por sustracción, una crítica de la mercantilización de lo doméstico sin que el poeta necesite formularla en términos discursivos. «Venden corazón, artesanalmente, fundido esmaltado» (p. 67) funciona como síntesis del propio proyecto del libro.
El libro incorpora, además, dos poemas íntegros escritos en alemán y en inglés, sin traducción interna, que responden a una biografía migrante, el autor, de origen polaco, ha residido en varios países europeos antes de instalarse en Santiago de Chile, y que el volumen integra sin subrayado explicativo. Esa misma condición migrante aparece en registro más contenido en poemas como «la anciana de Düsseldorf» (p. 26), donde «una anciana clava su bastón» en la acera, o en «arterias oxidadas», donde el Vístula y las cigüeñas polacas entran, de forma oblicua, en un poema de pérdida amorosa.
La cuarta parte, «Tengo el duende», culmina el recorrido con un giro que reordena retrospectivamente todo el libro. El poema de cierre, «huella sin firma», organiza cuatro voces, la arena, la marea, la madre, el hijo, en torno a la enfermedad materna, y resuelve la voz poética, hasta entonces oblicua, en una primera persona plenamente expuesta: «carente de esperanza, de estar a tu lado» (p. 73). El trayecto que va del testigo lateral de «miga de pan» al sujeto expuesto de «huella sin firma» es, en rigor, el verdadero argumento del libro, más allá de la anécdota de cada poema individual.
«El mosaico del duende» es un primer libro de ambición formal considerable, que convive con riesgos evidentes, la heterogeneidad de recursos, el multilingüismo sin traducción, la ruptura tipográfica de poemas como «partido», sin que ninguno de ellos comprometa la cohesión del conjunto. Es, en definitiva, un libro que hace honor a su propio título: no una colección de poemas dispares, sino, efectivamente, un mosaico cuya unidad se revela solo al final del recorrido.
— Antonio Isidro Graña Ojeda