Versos y Aversos de José Carlos Balagué Doménech: Cuando la forma nombra lo que el silencio no puede
Hay libros que llegan como cambia la luz en octubre: sin aviso, transformando el volumen de las cosas sin que uno sepa exactamente cuándo ocurrió. Versos y Aversos, de José Carlos Balagué Doménech —que se firma josecarlosbalague, sin mayúscula, como quien sabe que el nombre solo importa si el poema lo sostiene—, es uno de esos. No llega con ruido. Llega con una pregunta que uno llevaba sin hacerse: ¿hemos estado llamando verso a lo que no lo era?
La pregunta no es retórica. El libro la responde en el prefacio con una precisión que no busca polémica sino claridad: verso es composición sujeta a reglas de versificación —acento, ritmo, rima, cadencia, cesura, métrica—. Lo que se separa de esas reglas, lo que ha circulado bajo el nombre equivocado de «verso libre», es averso: no verso. Una distinción que la lengua tenía pendiente y que aquí se salda sin aspavientos, como se saldan las deudas verdaderas. Y a partir de esa distinción, el libro despliega sus capas.
La primera es la más visible: los versos y aversos del amor y el desamor, que abren el poemario con esa transparencia que solo consiguen los que han aprendido a no esquivar lo que duele. «Enseñame a amar que no me acuerdo. / Tanto tiempo hace que no he amado / que el placer de amar se me ha olvidado / y solo quedó en mi vago recuerdo.» La redondilla cumple lo que promete: cuatro octosílabos, rima abrazada, el olvido amoroso convertido en forma exacta. Hay algo en esa exactitud que recuerda a Machado cuando afirmaba que la poesía es «palabra en el tiempo» —no a pesar del tiempo, sino dentro de él, contando cada sílaba como quien cuenta los pasos de un regreso.
Debajo de esa capa, el libro descubre otra: los aversos filosóficos, donde el verso se ensancha y el ritmo se libera de la medida sin perder el peso. «Necesitaba compartir con otro ser / que coincidiera conmigo en la irrealidad, / sin limitaciones impuestas por disciplinas absurdas.» Aquí no hay rima. Hay otra arquitectura, más porosa, que deja pasar el aire. El prefacio lo anticipa con una frase que funciona casi como una poética: estas composiciones pueden «trascender a filosofía sin dejar de ser apoesía». Es una declaración que Cernuda habría entendido, él que sabía que la poesía vive exactamente en el borde entre lo que se puede decir y lo que solo se puede sentir.
La capa más profunda —y la más perturbadora para quien se acerque sin previo aviso— es la del surrealismo y el abstraccionismo poético. Vocablos que no pertenecen a ninguna lengua, construidos con rigor formal, sujetos a las mismas reglas de versificación que los sonetos más clásicos: «Albarduesco ugrade evan sentilifiero / Berguinduce grelario estrefani lardo.» No es capricho. Es la misma operación que hizo Kandinsky cuando decidió que el color no necesitaba nombrar objetos para ser verdadero. La forma existe antes que el significado. Y a veces la forma sola basta.
Pero hay una segunda parte en el libro que opera en dirección inversa a todo lo anterior. Los poemas dedicados a sus dos esposas fallecidas, Mayte y Graziela, donde la experimentación se retira y deja paso a algo más desnudo. Aquí el lenguaje no busca demostrar nada. Aquí el poeta ha colgado el andamio y lo que queda es la presencia de los ausentes, que es la única presencia que no envejece. Son los poemas que uno lee en voz baja, instintivamente, como si subirlos de tono fuera una descortesía.
Un libro construido sobre una distinción terminológica acaba siendo, paradójicamente, un libro sobre la imposibilidad de separar del todo la forma de lo que siente quien la elige. Quizá porque nombrar bien las cosas no es un acto intelectual. Es, también, una forma de quererlas.
Ana María Olivares