A la sombra del sauce de Luis de la Rosa Fernández: Cuando la memoria y el verso se funden en una misma voz

A la sombra del sauce de Luis de la Rosa Fernández: Cuando la memoria y el verso se funden en una misma voz

Cuando la memoria y el verso se funden en una misma voz

Hay libros que llegan con una verdad ya decantada, libros donde la madurez del autor no es solo un dato biográfico sino la materia misma de los poemas. A la sombra del sauce (Ediciones Rilke, 2026), octavo poemario de Luis de la Rosa Fernández, catedrático de Lengua y Literatura jubilado de Granada, es uno de esos libros donde el tiempo y la palabra han encontrado por fin su equilibrio, ese punto de serenidad ganada donde la voz poética no necesita ya demostrar nada, sino decir lo que sabe desde adentro.

De la Rosa lleva nueve años publicando poesía —desde los dos poemarios de 2017 hasta este de 2026— y en ese trayecto ha consolidado una escritura fiel a sí misma, que no ha buscado la novedad ni la ruptura sino la profundización en un territorio propio: el amor en sus múltiples tonalidades, la naturaleza como cifra de lo permanente, el tiempo que erosiona y a la vez sedimenta, y la memoria que convierte el pasado en presencia activa. A la sombra del sauce es, en ese sentido, el libro donde todos esos cauces convergen con mayor nitidez y coherencia. Sus cuarenta y un poemas, organizados en cinco secciones con sus respectivos epígrafes, trazan un mapa interior que tiene la precisión de quien ha recorrido el territorio muchas veces antes de ponerse a dibujarlo.

El poeta escribe desde la conciencia del tiempo que pasa y que deja huella. En el poema «¿Sazonado y maduro?», que da nombre metafórico a uno de los ejes del libro, hay una imagen que permanece en la memoria mucho después de que uno cierra el volumen: «todo en una vorágine de vivos y de muertos». No es una imagen fácil ni decorativa; es la imagen de alguien que ha alcanzado ese momento de la vida en que los que ya no están se confunden con los presentes, en que el pasado y el presente se funden sin ruptura. En ese verso hay también algo de la poesía de José Hierro, de ese modo de nombrar la experiencia sin estetizarla, sin ponerle otra piel que la que tiene. Y hay, sobre todo, la voz de un poeta que ha aprendido que la sencillez no está reñida con la hondura.

El bagaje de De la Rosa como docente y gramático —treinta y seis años en el aula, un tratado de sintaxis con varias ediciones, una formación enraizada en los clásicos de la poesía española— se percibe no como peso académico sino como músculo invisible que sostiene cada verso sin mostrarse. Sus sonetos respiran con naturalidad, los endecasílabos caen sin brusquedad, las rimas consonantes no chirríen ni fuerzan el sentido. Hay en ese oficio algo que recuerda a la tradición de la poesía española de posguerra en su vertiente más lírica y depurada, esa línea que va de Aleixandre a Ángel González, de la experiencia a la reflexión, de la imagen al concepto. El poeta conoce sus maestros, los ha asimilado, y escribe desde esa herencia sin ser su prisionero.

La sección dedicada al amor, con poemas como «El retrato de tu amor» y «Amor eterno», despliega la vertiente más íntima del libro. Aquí la voz poética convoca al ser amado con una ternura que no excluye la conciencia del tiempo transcurrido: «un amor que ha resistido / todos los soles pasados / y que quedará grabado / mientras el mundo haya sido». La rima circular, el endecasílabo que vuelve sobre sí mismo, tienen en ese poema una función semántica: el amor que resiste es también el verso que resiste, la forma que dura porque está bien hecha. Hay en esa identidad entre forma y contenido algo que los maestros del Siglo de Oro entendían como virtud cardinal del poema.

Pero es quizá en los poemas sobre la naturaleza y el tiempo donde A la sombra del sauce alcanza su mayor temperatura. «Como un niño» es uno de esos poemas que se instalan en la memoria del lector sin aviso: una mujer de cabellera dorada que «rompía corazones» de niña, y un cerezo que «aún sigue echando flores» como testimonio de lo que fue y de lo que el tiempo no ha podido borrar. El cerezo como símbolo de la persistencia frente a la caducidad humana tiene una larga tradición en la poesía japonesa que el poeta, quizá, conoce también; pero aquí esa tradición se disuelve en algo mucho más inmediato y propio, en una escena que cualquiera puede reconocer porque habla del tiempo que pasa y de la naturaleza que permanece, de esa asimetría que a veces duele y a veces consuela.

El libro termina, significativamente, con un poema de tono diferente al del conjunto: «¡Despiértate, alma mía!» es una llamada, casi una elegía política, donde el poeta interpela a la conciencia dormida ante el «mundo desquiciado» que percibe a su alrededor. Las «amapolas ya marchitas» sobre «lanzas bárbaras», la «alimaña» que invade el campo en que uno se mece: hay en esas imágenes toda la carga simbólica de la memoria histórica española, toda la urgencia de quien sabe que la contemplación tiene sus límites y que la poesía, en última instancia, también es un acto ético. Ese final no rompe la unidad del libro; la completa. Porque la serenidad contemplativa de los cuarenta poemas anteriores cobra más sentido cuando la confrontamos con esa llamada final a no abandonarse al letargo. La voz que ha sabido nombrar el amor y el tiempo y la naturaleza es la misma voz que no puede callarse ante el rumor de las lanzas.

En 2018, la Asociación de Editores de Poesía reconoció a De la Rosa con el Premio a la Mejor Obra de Poesía de Habla Hispana por No quedan ruiseñores junto al río. A la sombra del sauce es, en mi lectura, un paso más en esa trayectoria: más concentrado, más seguro, más consciente de lo que busca y de los medios con que cuenta para buscarlo. Ediciones Rilke, sello de referencia en la poesía española contemporánea, ha acertado plenamente con este libro, que merece lectores atentos y tiempo para posarse en él. La poesía de Luis de la Rosa Fernández es de esas que, como la sombra del sauce del título, ofrecen cobijo a quien se acerca sin prisa.

Antonio Graña Ojeda

Restauración de la Belleza de José Carlos Turrado de la Fuente: Lo que se pierde cuando nadie pelea por lo bello

Restauración de la Belleza de José Carlos Turrado de la Fuente: Lo que se pierde cuando nadie pelea por lo bello

Lo que se pierde cuando nadie pelea por lo bello

Me pasó algo raro con este libro. Lo empecé una tarde sin ganas especiales, de esas tardes en que una coge un libro más por compromiso que por deseo, y no lo solté hasta que se me fue la luz. No porque fuera cómodo —no lo es— sino porque tenía esa cualidad de las cosas que te incomodan de la manera exacta en que necesitas que te incomoden. Como cuando alguien te dice en voz alta algo que tú llevabas tiempo pensando pero no te atrevías ni a pensar del todo.

José Carlos Turrado de la Fuente es un poeta vallisoletano que lleva treinta y tantos libros publicados, que enseña Lengua y Literatura en un instituto de Laguna de Duero, y que ha ganado premios que importan aunque no suenen en los suplementos culturales de los periódicos que todo el mundo lee. O finge leer. Restauración de la Belleza, publicado por Ediciones Rilke en 2026, son ciento cuarenta y cuatro poemas y un epílogo escritos con metro clásico, con rima consonante, con endecasílabos que se sostienen solos. Uno se pregunta, al principio, qué hace este hombre escribiendo sonetos en 2026. Al final del libro uno se pregunta qué estamos haciendo todos los demás.

El libro empieza con una declaración que no pide permiso. Turrado mira al mundo del arte contemporáneo y le dice, con toda la educación que le permite la rabia, que lo que está viendo es feo. Que el arte es bello o no es arte. Que Shakespeare, Lope, Homero, Dante y Rembrandt no se merecen el vecindario en que los hemos instalado. Hay algo casi cómico en esa valentía, o en esa temeridad, según se mire. Un hombre solo, con sus versos bien medidos, plantándole cara al museo contemporáneo. Y sin embargo uno no se ríe, porque la rabia que hay debajo de esa elegancia formal es completamente real, y las cosas completamente reales, cuando las encuentras en un poema, hacen exactamente eso: te detienen.

Lo que más me llegó, con todo, no fue la denuncia sino el viaje. Porque este libro es también un recorrido por una España que existe de verdad, aunque parezca que nadie la visita ya salvo este poeta con su mochila y su obstinación. Parauta, en la sierra de Málaga, con sus dos caras de mujer: una que huele a jazmín, otra con un vestido blanco y un místico desorden en el pelo. Miranda del Castañar, donde una niña veraneante le estudia como a un ser de otro tiempo al bies de su cristal, y él le guiña el ojo con picardía. Guadalupe, donde llama al aldabón de Antonia, que siempre le abría, y esta vez no le abre porque Antonia ha muerto. «¡Qué horrible y silencioso hoy el cenar!», escribe, y eso es todo lo que hace falta escribir. Hay momentos así en el libro, momentos de una sencillez que te cogen desprevenida y te dejan con algo atorado en el pecho que no es exactamente tristeza pero se le parece bastante.

Y luego está la mujer. La amada sin nombre que cruza el libro de principio a fin como una corriente subterránea. Turrado la quiere con una fidelidad que ya no se lleva, con esa clase de amor que no sabe rendirse aunque todas las señales indiquen que rendirse sería lo sensato. «Y sin embargo yazco aquí, a tu lado, / a tu existencia suave condenado», termina uno de los sonetos, y la paradoja duele justamente porque es exacta: estar condenado a algo suave. Me pregunté, leyendo, cuántas personas habrán sentido exactamente eso sin encontrar nunca las palabras para decirlo. Esa es la función de la poesía, me dije, y me alegré de que alguien todavía se tome la molestia de ejercerla con rigor.

El libro acaba mal, o acaba bien, según cómo se mire. La poesía se va. El epílogo es un abandono: «creímos que podríamos / humillarla sin más, / mandar, porque era nuestra, / por siglos, tonta esposa servicial». Y entonces la poesía se marcha, dice adiós, y la última palabra del libro es «monos». Una se queda mirando esa palabra un momento. Luego cierra el libro. Luego lo piensa. Luego, si es honesta, reconoce que tiene razón. Que nos hemos portado mal con las cosas que merecían mejor trato. Con la belleza, con la lengua, con los versos bien hechos, con los profesores de instituto que llevan treinta libros escritos y siguen escribiendo porque no saben hacer otra cosa y porque, en el fondo, no quieren saber.

No sé si este libro va a llegar a mucha gente. Me temo que no. Pero la gente a la que llegue va a saber perfectamente por qué le llegó. Y eso, en estos tiempos en que todo llega a todos y nada llega a nadie, no es una cosa menor.

Ana María Olivares

Tempestades de J. Carlos Mellado Fernández. Un granadino de veintidós años que escribe como si hubiera vivido cien

Tempestades de J. Carlos Mellado Fernández. Un granadino de veintidós años que escribe como si hubiera vivido cien

Un granadino de veintidós años que escribe como si hubiera vivido cien

Cuando uno lleva tiempo leyendo poesía española —y digo esto sin vanidad, sino como quien constata un hábito adquirido, casi involuntario— desarrolla una especie de instinto para distinguir cuándo un verso está trabajado de cuándo está simplemente anotado. J. Carlos Mellado Fernández, nacido en Escóznar, Granada, en 2002, pertenece a esa categoría de poetas jóvenes que no saben todavía todo lo que saben. Y eso, precisamente eso, es lo que hace de Tempestades un primer libro que merece una lectura atenta y una valoración honesta.

El libro, editado por Editorial Poesía eres tú en su primera edición de 2026, se articula en tres secciones: Desangre, Abismo y Resistencias. No es una estructura arbitraria. Hay en ella una voluntad de trazar un itinerario existencial que va del desgarro afectivo a la herida interior, y de ahí a la conciencia generacional y política. Ese arco no siempre se sostiene con igual tensión a lo largo de los setenta y tantos poemas que componen el volumen, pero cuando funciona —y funciona en muchos de ellos—, lo hace con una convicción que no suele encontrarse en un primer libro.

La sección inicial, Desangre, está consagrada al amor en su dimensión más conflictiva: el amor que envenena, que enmudece, que sangra. «Hay una rosa que ya no dice nada; / su idioma es mi sangre, / y no paro de sangrar.» La imagen no es nueva, pero la manera de construirla sí lo es: hay en Mellado una tendencia a convertir los elementos naturales —la rosa, el cerezo, las mariposas, el volcán, la lluvia— en metáforas del cuerpo emocional, de modo que el mundo exterior y el interior se confunden hasta hacerse indistinguibles. Esta fusión entre naturaleza y afecto es uno de los recursos más genuinos del libro y, al mismo tiempo, uno de sus rasgos más representativos.

La segunda sección, Abismo, es la que exige al lector más concentración y la que devuelve, a cambio, mayor densidad. Aquí el poeta se enfrenta a algo que los poetas jóvenes suelen eludir o tratar con excesiva literariedad: la enfermedad mental como experiencia vivida desde dentro. «Hay un monstruo que me dice qué hacer, / que me quiere ver hundido, sin flotar. / Me susurra que me mate frente al cristal, / que me suba a la azotea y pruebe a volar.» El poema se titula «Monstruo» y es, quizá, el más arriesgado del conjunto: esa vuelta de tuerca final —»donde solo me veo yo»— convierte lo que podría haber sido una alegoría convencional del mal en algo mucho más incómodo y más verdadero. La memoria, el tiempo que pesa sobre el que escribe, el conflicto entre cómo nos ven y cómo somos: todo eso aparece en esta sección con una honestidad que no necesita adorno retórico para sostenerse.

Hay un poema que merece mención aparte. Se llama «Único» y está situado al final de la primera sección. En él el poeta habla de su primer amor —el más absoluto, el que nunca falló, el que estuvo presente en el momento más vulnerable—, y la revelación final, escalonada letra a letra: M, A, M, Á. Es un recurso que en manos de otro podría resultar sentimental hasta el exceso. En este libro no lo es, porque todo lo anterior ha construido una tensión emocional suficiente para que ese desenlace no suene a trampa sino a conclusión inevitable. La memoria afectiva y la experiencia biográfica son aquí, como en la mejor poesía, la misma cosa.

El último tramo, Resistencias, abre el foco hacia el mundo colectivo. Mellado escribe sobre su generación, sobre la precariedad, sobre la desconexión entre la vida digital y la vida vivida. «Vivimos en una sociedad que ha perdido la humanidad / aniquilada en aras de la productividad.» El tono cambia, se vuelve más declamatorio, más expuesto a los peligros del discurso. No todos los poemas de esta sección salen indemnes de ese riesgo. Pero la voluntad de trasladar la experiencia íntima al ámbito de lo compartido, de entender el yo como parte de un nosotros generacional, es en sí misma un gesto de madurez que no conviene menospreciar.

Tempestades es un libro irregular en el sentido más honorable del término: tiene poemas de distinta altura, momentos en que el impulso gana a la precisión, versos que buscan su forma todavía. Pero tiene también algo que los libros de poesía más pulidos y académicos a menudo no tienen: la sensación de que quien escribe lo necesitaba escribir, que entre el poema y quien lo firma hay una distancia cero. Y esa distancia, cuando es auténtica, es lo que convierte la poesía en algo más que un ejercicio de estilo.

Antonio Graña Ojeda

La muerte siempre nos deja con algo por hacer de Fernando Barbero Carrasco. Lo que la muerte se encontrará cuando llegue a buscar a Fernando Barbero

La muerte siempre nos deja con algo por hacer de Fernando Barbero Carrasco. Lo que la muerte se encontrará cuando llegue a buscar a Fernando Barbero

Lo que la muerte se encontrará cuando llegue a buscar a Fernando Barbero

Les voy a hablar de un libro que no llega con alfombra roja ni campaña de marketing, que no tiene el aval de ningún premio dotado con cuatro ceros ni el respaldo de algún suplemento cultural de esos que solo reseñan lo que ya está bendecido por la tribu correcta. Llega, simplemente, como llegan los libros que importan: con la honestidad brutal de quien ha vivido lo que escribe y no necesita fingir que lo ha entendido desde un despacho climatizado.

El libro se llama La muerte siempre nos deja con algo por hacer, lo firma Fernando Barbero Carrasco y lo publica Ediciones Rilke en este 2026 que ya va revelando sus miserias y sus pocas alegrías. Y les digo desde el principio, señoras y señores, que en estas páginas hay más vida verdadera que en la mitad de las novedades que se exhiben en los escaparates con pretensiones de Literatura con mayúscula. Barbero es de esa estirpe de poetas que todavía creen que los versos sirven para algo más que para decorar la solapa de un curriculum vitae o conseguir una residencia artística en algún palacete subvencionado.

El hombre arranca con una dedicatoria que ya dice mucho de quién es: a su amor, a sus hijas y, de paso, a Matías Escalera y Daniel Núñez Hernández, «porque sin ellos, este poemario sería otro.» No hay pose en eso. Hay deuda reconocida, que es una forma de dignidad que escasea. Y luego, sin más ceremonia, te mete de cabeza en su mundo, que es el mundo de un tipo que ha cruzado fronteras físicas y morales con el mismo gesto decidido, el de quien sabe que la línea que no se traspasa es la que te deja varado en el marasmo acostumbrado y cómodo.

Porque de eso va el libro, en el fondo. De líneas. De las que hay que cruzar. En un poema que se llama «Líneas indefinidas» y que es, para mi dinero, la pieza que vertebra todo el edificio, Barbero escribe: «Una línea nos separa de la emoción absoluta / Debemos saber que si la pasamos / nada volverá a ser como antes.» Ahí está el programa. Ahí está la declaración de intenciones de un hombre que ha estado en los campamentos de refugiados de Tindouf, en el Delta de Tigre, en el Himalaya nepalí, en el Bairro Alto de Lisboa y en las azoteas de Assilah, y que no ha ido a ninguno de esos sitios a sacar fotos para Instagram ni a coleccionar sellos de pasaporte. Ha ido a ver. A entender. A cruzar la maldita línea.

Los poemas de viaje de este libro no son estampas turísticas. Que quede claro. Cuando Barbero escribe sobre los saharauis, no adorna el campamento con luz de crepúsculo: «Tindouf es una ciudad argelina en El Sáhara / En sus inmediaciones miles de personas / han aplazado sus vidas y sus pensamientos.» Aplazado. Esa es la palabra. La vida no suspendida por voluntad propia sino por la indiferencia de los que tienen el poder de devolverla. Y el poeta lo sabe, y lo dice, y no se disculpa por decirlo. Tampoco cuando describe la Argentina del Delta de Tigre con esa imagen tan exacta que duele: «oligarcas ajamonados que se bañan en pequeñas playas privadas y pibes pobres de cabello liso y sonrisa indestructible.» Es una metáfora del mundo, dice él. Y tiene razón. Y qué pena tener razón en esas cosas.

Pero cuidado, porque el libro no es un panfleto. Quien espere consignas rimadas o poesía de partido con fecha de caducidad se va a llevar una sorpresa. Barbero tiene el instinto del poeta que sabe que la belleza y la denuncia no se pelean, que un gondolero bajando de su barca «al terminar su jornada laboral» puede caber en el mismo libro que la «barrera vigilada por gente armada polisaria / que da paso a los campamentos saharauis.» El poeta de verdad no elige entre lo bello y lo justo: los reconcilia, que es el trabajo más difícil que existe sobre una página en blanco.

Hay una sección de montaña en el libro, la dedicada a los que el autor llama «vagabundos de la montaña», que tiene una altura que no es solo geográfica. En «Un espacio de tiempo» conviven las vías de escalada y las calles frente a los grises de la Transición, la cumbre y la revolución aplazada, postergada, suspendida. «No todo fue derrota», escribe Barbero. «Nos queda el ejercicio de la libertad total / La montaña y la amistad.» No es resignación. Es lo contrario: es la afirmación de quien entiende que la libertad, cuando no cabe en las instituciones, se practica igual, a cuatro mil metros o en la mesa de un bar, con un verso o con un piolet.

Y luego está ese «Himalaya nepalí» que podría haber sido sublime y grandilocuente y termina siendo una mañana de enebros ardiendo en un patio, porque Barbero ha entendido que el Himalaya más verdadero no es el de las fotos sino el que uno lleva dentro, pequeño y tibio y suyo. La deflación del sublime. El gesto más difícil en poesía, y el que mejor le sale.

El título del libro es una declaración de guerra a la resignación. La muerte siempre nos deja con algo por hacer. Siempre. Y Barbero tiene la lista larga: todavía hay que ir a más sitios, cruzar más líneas, escribir más versos contra la indiferencia de los poderosos, levantar más tazas de té en las jaimas del desierto, mirar más atardeceres sobre el Cantábrico desde un puente de hierro forjado por manos obreras. Lean este libro. Aunque solo sea para recordar que ustedes también tienen la lista larga y que el tiempo no sobra.

 

Javier Pérez-Ayala

CUANDO UN POETA SE NIEGA A SER CÓMPLICE DE LA SIMULACIÓN

CUANDO UN POETA SE NIEGA A SER CÓMPLICE DE LA SIMULACIÓN

CUANDO UN POETA SE NIEGA A SER CÓMPLICE DE LA SIMULACIÓN

Señoras y señores, estamos hasta las narices de poesía blanda. De versitos de Instagram que prometen sanación inmediata con la profundidad de un charco. De poemarios que son puñados de arena resbaladiza entre los dedos, sin peso ni borde. Y por eso cuando uno se topa con Moneda del sentir de César Tomé Martín —editado por Ediciones Rilke, que aquí hacen bien las cosas—, respira hondo y piensa que todavía hay quien no se arrodilla ante la tiranía del like y la catarsis exprés. Quiero decir que Tomé pertenece a esa estirpe —hoy en peligro de extinción— de poetas que escriben porque no pueden no escribir, pero que publican solo cuando tienen algo que decir y no cada vez que les pica el ego. Dieciséis años de silencio editorial. Dieciséis. Mientras media España poética vomitaba un libro anual para mantenerse en el escaparate, este tipo de Lerma se quedó en su trinchera callado, escribiendo sin prisas, esperando que el libro madurara como los vinos de su Ribera del Duero natal. Y ahora vuelve con ochenta y seis páginas que funcionan como una moneda de verdad, de las que pesan y tienen tres caras, no dos: anverso visible, canto olvidado donde habita la verdad no exhibida, y reverso que cierra pero no resuelve. Como la vida misma, vaya.

El libro se abre con un manifiesto en mayúsculas —POSICIONARSE pronto, qué solución creíble— que te arroja de cabeza al combate sin pedir permiso. Aquí no hay blandura aniñada ni puestos edulcorados, como escribe Tomé. Aquí se entra por la puerta grande o no se entra. Posicionarse siempre a favor de los cuerpos que, sin fruto prohibido, se contemplan. Eso escribe en el Anverso, que funciona como declaración de principios, y uno piensa que por fin alguien ha tenido los arrestos de decir alto y claro que el cuerpo no miente, que el deseo no es decoración sino territorio de verdad, y que frente a las efigies de niebla y los cuartos huraños donde prevalece la negación, hay quien elige plantarse del lado de lo auténtico aunque duela. Porque duele, no se hagan ilusiones. Este no es un libro de autoayuda poética de esos que prometen que todo irá bien si respiras hondo y te quieres mucho. Es un libro que dice me desvivo por ser el dueño de mi historia, temo y en cambio olvido, dudo y en cambio soy. Contradicciones asumidas, vulnerabilidad sin victimismo. Poesía de adultos para lectores adultos.

La arquitectura formal del libro es de esas que te recuerdan que la poesía también se construye con cálculo y oficio, no solo con arrebato. Treinta y dos poemas numerados —sin títulos, porque aquí no se regala nada— que forman el Canto o parte olvidada, esa zona intermedia de la moneda que nadie mira pero que contiene todo el peso. Y ahí está la apuesta: Tomé no cuenta una historia lineal, no te narra un amor que empieza y acaba, sino que vuelve obsesivamente sobre el mismo dilema desde ángulos distintos. Cómo sostener el deseo sin caer en el autoengaño, cómo distinguir lo auténtico de la simulación, cómo insistir cuando todo empuja hacia la resignación. Cada poema es variación del mismo tema, acumulación de matices sobre una sola pregunta. Y funciona porque Tomé tiene músculo técnico de sobra para que la repetición temática no se convierta en monotonía. El tipo maneja un verso libre que gravita alrededor del endecasílabo sin someterse a él, construye metáforas sensoriales que materializan abstracciones —mis dedos como lápices de llama sin horario, mi mano como iris dormido entre las suyas— y alterna registro culto y coloquial sin que se note la costura. Del bum de la mañana, una imagen de peso, escribe, y uno sonríe porque la expresión coloquial convive sin fricción con máculasinmarcesible y otros cultismos que elevan el tono cuando hace falta.

Lo que distingue este poemario de la saturación de libros de amor que inundan las mesas de novedades es el tono. Aquí no hay autocompasión. Aunque el libro explore la soledad, el desencanto, la dificultad del encuentro, el sujeto poético jamás se lamenta. Se afirma. No permito la venda que ejerce de mentora, escribe en el último poema, y esa negación funciona como forma de dignidad. Frente al cinismo posmoderno que dice que el amor es imposible y frente al idealismo bobo que promete finales felices, Tomé construye una postura intermedia: el deseo es difícil pero posible, frágil pero necesario, y la única opción decente es insistir sin ingenuidad. Ambiciono blindarme y renacer, escribe. No es optimismo barato: es combatividad lúcida. Y eso, señoras y señores, en tiempos donde la poesía mayoritaria oscila entre el lloriqueo terapéutico y la frialdad de laboratorio, tiene un valor que no se cotiza pero que existe.

El enemigo aquí no son otros poetas —Tomé no entra en esas guerrillas— sino la simulación, la rutina, el conformismo, todo lo que empuja hacia la negación del deseo auténtico. Frustremos los conflictos que amenazan con su niebla los intentos de vigorizar o renovar, escribe en el Poema 1, y esa frase resume la poética del libro: combatir la bruma que todo lo empaña, rescatar la claridad aunque cueste. Las metáforas bélicas no son gratuitas: aquí se libra una guerra, sí, pero no contra otros sino contra uno mismo y contra las fuerzas que conspiran para que te rindas. ¡Fuera!, roca cortante, o señuelo, o prisión, escribe. Imperativo directo, sin medias tintas. Esto es poesía de barricada existencial, no de salón literario.

Y funciona en varios niveles. Primera lectura: es un poemario sobre el deseo maduro, accesible para cualquiera con experiencia vital y poética. Segunda lectura: es un ejercicio formal sofisticado que dialoga con tradiciones —la poesía de la experiencia de García Montero, el impulso metafórico del 27— y construye un sistema donde cada decisión responde al concepto central. La metáfora de la moneda no es ornamento: es el libro mismo. Cuando Tomé escribe O la forma de pago de quien desea en la contraportada, no está siendo ingenioso: está activando todo el sistema: el sentimiento como objeto de intercambio, con valor de curso legal, con dos caras visibles y un grosor olvidado donde habita la sustancia. Léxico del intercambio —acopio, circulación, peso, desgaste— que atraviesa todo el poemario, estructura tripartita que obliga al lector a recorrer físicamente la metáfora, y concepto sostenido sin fisuras durante ochenta y seis páginas. Eso, amigos, se llama arquitectura poética. Y es rara. Muy rara.

Lo que más me gusta de este libro —y aquí hablo como lector compulsivo, no como crítico profesional— es que no te suelta. Una vez que entras en el juego, que aceptas el pacto de concentración que Tomé te propone, descubres que cada poema añade una capa de comprensión que los anteriores no tenían. Es lectura acumulativa, no episódica. No puedes leer tres poemas y dejarlo ahí porque el sentido se construye en la insistencia, en la variación constante sobre el mismo asunto. Y eso exige un tipo de lector específico —lectores que conocen la poesía española, que valoran la complejidad formal sin hermetismo, que entienden que la profundidad no está reñida con la emoción— pero cuando encuentras a ese lector, el libro funciona como un mecanismo de relojería. Cada pieza encaja. Cada decisión —la numeración arábiga sin títulos, el índice al final en lugar de al principio, la ausencia de rupturas tonales— responde a la lógica interna del sistema.

Y luego está el cierre. El Reverso, que retoma el tono de manifiesto del Anverso pero desde la experiencia acumulada en los treinta y dos poemas intermedios. Qué más da lo que nada es si conforta acogerse, sin tapujos, a las temperaturas o cinceles de arrobo del deseo, escribe Tomé. Y termina: Si salta el runrún del letal desamor, volvamos a la estrella de salida, mostrémonos como bosque que entona un derroche de embrujos. Esa última imagen —el bosque, la multiplicidad, el misterio— es deliberadamente ambigua. Puede leerse como invitación esperanzada —siempre se puede volver a empezar— o como reconocimiento escéptico —volver al principio es no avanzar—. Y Tomé no resuelve la ambigüedad. No cierra con respuesta sino con postura. Eso es honestidad poética. La que escasea.

Niéguense, señoras y señores, a ser cómplices de la poesía sin peso. De los poemarios que son colecciones de frases bonitas sin arquitectura ni concepto. De la saturación confesional que confunde exhibicionismo con autenticidad. Tómense en serio, lean despacio, relean si hace falta. Moneda del sentir no es libro para consumo rápido: es compañía reflexiva para quienes entienden que la poesía —la de verdad, la que importa— es trabajo compartido entre autor y lector, no producto de consumo emocional. Y si encuentran el libro demasiado denso, demasiado complejo, demasiado exigente, pues ahí me las den todas. Porque prefiero un poeta que pide concentración a cien que prometen consuelo barato. Prefiero ochenta y seis páginas con peso a quinientos poemarios de arena resbaladiza. Prefiero a Tomé callado dieciséis años y volviendo con esto, a media España poética publicando cada año para mantenerse en el mercado. La tribu de los lectores —la de verdad, no la de las redes sociales— sabe distinguir. Y este libro es para ellos.

Javier Pérez-Ayala

Tu silencio, de Nancy Ordóñez. Ese silencio tuyo que me cuesta tanto nombrar

Tu silencio, de Nancy Ordóñez. Ese silencio tuyo que me cuesta tanto nombrar

Ese silencio tuyo que me cuesta tanto nombrar

Me acuerdo de una tarde en la que me senté a leer un poemario y no pude evitar preguntarme si la poesía todavía sirve para algo más que para quedar bien en las conversaciones. Tu silencio, de Nancy Ordóñez, llegó justo en ese momento de duda y me devolvió a la sensación de que hay libros que no pretenden consolar sino acompañar, que no buscan palabras bonitas sino palabras necesarias. Es un libro que habla desde Colombia pero que podría estar hablando desde cualquier rincón donde alguien haya sentido que el mundo se le viene encima y las palabras no alcanzan. Nancy Ordóñez, que es maestra de matemáticas, poeta autodidacta y mujer que ha trabajado en las aulas de Bogotá durante más de treinta años, ha escrito estos poemas como quien respira hondo antes de decir lo que duele.

El poemario está dividido en cuatro partes y cada una tiene su propio territorio emocional, aunque ninguna de ellas te deja salir ilesa. «Entre las sombras del silencio» abre con el vacío convertido en personaje, con el reflejo cubierto de rojo y la serpiente azul que recorre el cuerpo mientras el tiempo y el destiempo caminan por la pupila. Nancy escribe «Somos» y uno lee «No somos», porque ahí está la nada que nos habita, esa ausencia que a veces es más real que cualquier presencia. Cuando dice que todo el tiempo ama a Pompeya pero que su ira ganó, que quemó el valle entero y sus raíces y que el Vesubio ya no tiene humo, solo recuerdos, está hablando del amor como devastación, del amor que deja cenizas. No hay aquí romantización del dolor ni metáforas complacientes hay honestidad brutal. En «Rescate» pregunta cómo variar el ritmo, cómo danzar con los colores y hacerse libre, cómo unirse al tornado de gaviotas aunque el mar esté lejos, y esas preguntas quedan flotando porque Nancy sabe que no todas las preguntas tienen respuesta.

La segunda parte, «Los ojos silenciados», es donde el libro se vuelve incómodo y necesario a partes iguales. Aquí entra el Covid, la primera línea sanitaria convertida en mártir, la violencia del Chocó, los cuerpos que navegan sin memoria en sus sarcófagos de agua desde el dos mil dos. Nancy no escribe desde la distancia de quien observa el horror por televisión, escribe desde la cercanía de quien lo ha visto en los ojos de sus estudiantes, en las noticias que ya no sorprenden, en el mundo que se ha vuelto tan brutal que ya ni nos inmutamos. Dice que es de este tiempo, el de las mentiras y tristezas, donde las palabras rapaces sepultan las ideas y los cuerpos sangrientos visten los paisajes. Y luego viene «Un silencio en silencio», donde el algoritmo no siente frío, donde su piel sigue lisa, no se eriza, donde la ternura se vende en pantalla y los humanos ya no escriben, ya no son canto. Ahí está el diagnóstico de este siglo nuestro, el de la tecnología que nos promete conexión y nos devuelve soledad. En «Serpiente azul» el poema se expande hasta convertirse en río herido, en Chocó mutilado, en cuerpos que flotan y en hadas de piel azul que retornan con sus tímidos alabaos mientras por las heridas del río aún sucumben los cardúmenes humanos. No puedo evitarlo, al leer estos versos pensé en todas las veces que hemos normalizado la barbarie, en todas las veces que hemos mirado para otro lado.

«Voces que rompen el silencio», la tercera parte, es el momento en que el libro respira y te pide que respires con él. Nancy le habla a la mujer y le dice que se mire al espejo, que se coloque el casco y la coraza brillante, que desenfunde su espada y atraviese los vientos antes que el nuevo dolor se siembre en su alma. Está la niña chocoana con el río Atrato besándole los pies descalzos, están los cantos y rondas fúnebres que emergen al mundo en las risas de la tía abuela. Está Amalia Rodrigues, la reina del fado que nació bajo la capa del franquismo y que fue mar de barcos pesqueros diluyendo sus fatalidades en las ondas canciones populares. Nancy construye aquí un altar a las mujeres que no se rindieron, que tejieron abrigo con sus recuerdos, que se rearmaron frente al espejo con canciones impuestas a sus sesos contenidas en los acertijos de sus gritos. En «La Comedia Femenil» hay un inventario de derrotas que no son derrotas: fui princesa sin vestido verde, me entregué cual presa, me hundí en los caminos del David con Miguel Ángel, caí de la alfombra mágica después de las mil noches, me levanté del acantilado y sané con llanto y barro. ¿No es eso lo que hacemos todas, levantarnos del acantilado una y otra vez? ¿No es eso la resistencia, sanar con llanto y barro y seguir adelante?

La cuarta parte, «En las aguas de la vida», cierra el libro sin cerrar las heridas porque las heridas no se cierran, se aprende a vivir con ellas. Aquí están los sueños de libertad, las heroínas que retrocedieron con Cuba en su canto mientras nacían en Colombia los doce engendros llenos de sangre y dólar. Nancy habla de un primer amanecer del dos mil veintitrés cuando el sol abraza la luna y la dignidad se viste de verde, cuando los hijos del sol emergen entre los campos de la verdad con sus sueños de libertad. Hay esperanza ahí, sí, pero no es la esperanza impostada de los finales felices es la esperanza de quien sabe que el camino es largo y que habrá más caídas. En «Gratitud» la poeta se reconoce andando cual babosa pegada a la vida, marcando la arena con sus pasos de día, pero ahora mira la vida sin leyes ni vacíos, pintando corazones de rojo mientras sigue bebiendo su elixir de agua y gritando al mundo su existencia. Esa es la voz de alguien que ha sobrevivido no porque el mundo se lo pusiera fácil, sino porque decidió que el naufragio no sería definitivo.

Nancy Ordóñez Salinas es licenciada en Matemáticas por la Universidad Nacional de Colombia, especialista en Edumática, docente desde 1990 hasta 2024 en instituciones educativas de Bogotá, coautora de un libro sobre innovación educativa y mujer que ha centrado su investigación pedagógica en la interdisciplinariedad y la pedagogía crítica. Todo eso importa porque Tu silencio no es el libro de alguien que ha vivido en la torre de marfil de la literatura es el libro de alguien que ha estado en las trincheras del aula, que ha visto de cerca los problemas socioeconómicos de sus estudiantes, que ha mirado al dolor y ha decidido no darle la espalda. Tal vez por eso sus poemas suenan a verdad, incluso cuando duelen. Tal vez por eso cuando escribe «esa palabra siempre será ella vestida con mis poemas» uno siente que no está haciendo literatura sino desentrañando vida.

Este poemario no busca gustar según los cánones de la belleza establecida, no pretende que salgas de su lectura sintiéndote mejor. Busca que mires de frente lo que preferirías esquivar el vacío, la pandemia, la violencia, la injusticia, la dicotomía entre las emociones humanas y la tecnología que nos devora. Y luego, cuando ya no queda más remedio que aceptar el desastre, ofrece un hilo de luz no la luz impostada sino la luz pequeña y terca de quien ha decidido seguir adelante. Nancy Ordóñez ha escrito un libro necesario, de esos que no se leen para pasar el rato sino para recordar que la poesía, cuando es honesta, no salva a nadie pero al menos tiene la decencia de acompañar sin mentir.

Ana María Olivares

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