por Javierpah | Ene 12, 2026 | Noticias
El poeta mestizo que escupió a la Inquisición
Uno tropieza con Así habló Arquipoeta en el estante y no sabe muy bien qué esperar. El título suena a parodia nietzscheana, el formato chirría un poco en las manos, y luego te encuentras con Miguel A. Torres Morales reconstruyendo la voz de un tal Arquipoeta Barranquino, poeta mestizo del virreinato peruano que tuvo las pelotas de llamar mequetrefe al arzobispo y mandar a la Inquisición directamente a hacer gárgaras. No es poca cosa.
El libro funciona como un artefacto extraño, mitad estudio filológico, mitad rescate arqueológico de una voz que nunca debió perderse. Torres Morales monta el tinglado completo: transcripciones paleográficas, notas a pie que pesan más que el verso, glosas que desentrañan cada maldición y cada blasfemia contenida. Y es que el Arquipoeta no se anda con contemplaciones. Cuando escribe «Viene la Inquisición, viene el arzobispo mequetrefe, / disfrazado de cuervo negro», uno casi puede oír el portazo de la celda.
Lo interesante del asunto es que este tipo no escribe desde el ateísmo ilustrado ni desde la comodidad del escéptico moderno. Escribe desde la fe más honda y más rabiosa, la de quien ha leído a Teresa de Ávila y a San Juan de la Cruz y ha comprendido que los verdaderos místicos siempre acabaron perseguidos por los burócratas de Dios. El Arquipoeta se inscribe en ese linaje maldito: los que amaron tanto a Dios que la Iglesia tuvo que encerrarlos.
Torres Morales reconstruye un perfil inquietante. Formado con los jesuitas, culto como pocos, capaz de citar a Duns Escoto y a Tomás de Aquino mientras denuncia que los prelados «creen que el alma con el cuerpo fina». Es decir, que los obispos ni siquiera creían en la inmortalidad del alma. Materialistas disfrazados de pastores. El poeta los desenmascara con una lucidez que hoy nos costaría un juicio por difamación.
Hay pasajes de una violencia verbal extraordinaria. Cuando el Arquipoeta proclama que los templos son «jaulas fabricadas para Dios por los falsarios», está dinamitando quince siglos de arquitectura sacra y de teología oficial. Y cuando asocia la religión institucional con el sistema financiero —»capital arlequinaje», «bancario estafador», «templo mentiroso»— anticipa la crítica materialista sin moverse un milímetro de su fe personal. Eso requiere un equilibrio intelectual que ya no se estila.
Lo que Torres Morales consigue es dotar de verosimilitud a un personaje que podría haber sido inventado. Los manuscritos existen, las referencias cruzadas cuadran, el dialecto y las formas arcaicas resisten el escrutinio filológico. Y sin embargo, uno tiene la sensación de estar leyendo una ficción necesaria, un poeta que debió existir aunque no lo hiciera. Porque en el fondo, lo que importa no es la autenticidad documental sino la verdad literaria: hubo voces así en el virreinato, voces que desafiaron el poder con la única arma que tenían, la palabra.
El libro no es fácil. Exige paciencia, un diccionario a mano y cierta familiaridad con la teología escolástica. Pero quien aguante el envite encontrará versos de una potencia inusual. Como aquel en que el poeta, tras enumerar sus sufrimientos, confiesa: «oh Señor si yo te dijera que te amo por todo lo sufrido, / mentira». Es una honestidad brutal, la de quien rechaza la teodicea consoladora y mira a Dios a los ojos para decirle: no entiendo tu silencio.
Torres Morales intercala sus propios análisis con generosidad, descifrando las capas de sentido, conectando al Arquipoeta con la tradición mística occidental y con los santos populares peruanos. El aparato crítico es sólido, las referencias bibliográficas impecables, y la edición respeta el caos original de los manuscritos sin domesticarlos. Se agradece que el editor no haya intentado pulir lo áspero ni suavizar lo incómodo.
Al final, Así habló Arquipoeta es un libro sobre la dignidad del que no se calla. Sobre la fe que no necesita templos. Sobre la poesía como último refugio de la verdad cuando todo lo demás está corrompido. El Arquipoeta Barranquino, real o inventado, formó parte de esa tribu de herejes que amaron a Dios más que la Iglesia y pagaron el precio. Rescatar su voz es un acto de justicia literaria. Y de decencia histórica.
por Andrés García Pérez-Tomás | Ene 10, 2026 | Noticias
Cuando Marte se rinde y Venus ya no está: una batalla perdida en el siglo XXI
Les voy a contar una cosa, señoras y señores: he visto pasar por mi mesa cientos de poemarios, algunos buenos, otros infames, la mayoría mediocres, pero hace tiempo que no me topaba con un libro que radiografiara con tanta precisión quirúrgica el naufragio sentimental de una generación entera. Marte retrógrado, Venus ausente de Almu Gambi es un tratado de guerra, un inventario de escombros, un manual de supervivencia para quienes han crecido amando a golpe de WhatsApp y despertando en camas ajenas con la misma facilidad con la que se pide una pizza a domicilio. Y lo digo sin ironía, con toda la seriedad que merece un libro que se atreve a llamar a las cosas por su nombre en una época donde todo se disfraza de eufemismo y nadie quiere reconocer que el amor se ha vuelto líquido, barato, prescindible.
La autora arranca el poemario con una imagen que ya lo dice todo: Marte derritiendo su acero, cansado de tanta guerra, buscando un cambio de escena. Quiero decir que la metáfora funciona porque es honesta, porque no hay trampa ni cartón, porque todos hemos conocido a ese tipo —o hemos sido ese tipo— que llega a una relación con las armas melladas, el pecho abolido, arrastrando cadáveres de batallas anteriores. Y lo que Gambi hace con esa imagen es convertirla en hilo conductor de todo el libro, en campo semántico que lo atraviesa de cabo a rabo: guerra, fronteras, territorio asediado, ayuda humanitaria, tratado de paz, napalm, sangre seca. No es casualidad, amigos míos, que una generación que ha crecido viendo guerras por televisión y consumiendo relaciones por aplicaciones haya terminado confundiendo una cosa con la otra.
Lo que me gusta de este libro —y créanme que no soy fácil de contentar— es que no se anda con mariconadas ni con sentimentalismos baratos. Gambi escribe desde la trinchera, con barro en las botas y metralla en el bolsillo. Sus poemas son breves, directos, certeros como una bala bien disparada. Lean esto, por ejemplo, y díganme si no es la radiografía perfecta del amor millennial: «Somos hijos del amor líquido / de ese que se escapa de las manos / del que dice ya te llamaré / y sabes que en muy poco se olvida». Ahí está todo, señores: la precariedad, el miedo al compromiso, la resaca, los mensajes escritos con la tinta del alcohol, el levantarse despacito para poder huir de la cama ajena. Y lo cuenta sin aspavientos, sin quejarse como una plañidera profesional, simplemente constatando los hechos como quien hace un parte de guerra.
Porque lo que Gambi ha entendido —y esto es lo que convierte su libro en algo más que un diario sentimental— es que el problema no es individual sino generacional, estructural, sistémico. No se trata de que ella haya tenido mala suerte en el amor o se haya tropezado con un miserable de manual. Se trata de que toda una generación ha sido educada en la cultura del usar y tirar, de la inmediatez, del producto defectuoso que no se puede devolver. Y eso lo vemos en poemas como «Reclamación», donde los romances son de Aliexpress, baratos, vulgares, superficiales, y cuando quieres poner queja no sabes dónde porque no hay servicio de atención al cliente para el corazón roto. O en «Aliexpress», donde el amor de tu vida aparece tres veces de media en un año, y te enganchas al misterio con la misma prisa con la que te enciendes otro cigarro esperando que sepa mejor. Es brutal, es despiadado, es verdad como un puño.
Y luego está el lenguaje, que es lo que al final sostiene o hunde un poemario. Gambi alterna el verso libre con estructuras clásicas —hay sonetos actualizados, hay ecos de Lope y de Quevedo reventados por la realidad del siglo XXI— y lo hace con naturalidad, sin forzar la máquina. Escribe con la lengua de su generación pero sin caer en el coloquialismo fácil ni en la chabacanería. Sus referenc son acertadas: Ícaro que cae al mar, Dafne y Apolo, Paulov y sus perros, Midas convirtiendo en oro lo que toca mientras ella solo escribe mierda. Y todo eso mezclado con WhatsApp, con Aliexpress, con Instagram, con el café sin azúcar y la vida sin edulcorar. Ese contraste entre lo clásico y lo contemporáneo es lo que da al libro su fuerza, su personalidad, su mordiente.
No les voy a engañar: hay poemas mejores y peores, como en todos los libros. Algunos son demasiado breves, casi haikus que se quedan en la superficie, y otros repiten ideas que ya se han dicho antes. Pero cuando Gambi acierta —y acierta más veces de las que falla— el resultado es demoledor. Lean el poema XLVII, el que cierra el libro, y díganme si no es una obra maestra en catorce versos: «Parece que se acabó nuestra guerra / y tras firmar el tratado de paz, / queda en el aire el aroma a napalm / y en el suelo un rastro de sangre seca». Y termina con Venus desolada encontrando flores blancas brotando entre las armas. Es la imagen perfecta para cerrar un libro que habla de devastación pero también de supervivencia, de campos yermos pero también de simientes que todavía pueden brotar si dejamos de bombardearnos los unos a los otros.
Porque al final, lo que Gambi está diciendo —y esto es lo que hace que el libro trascienda la anécdota personal— es que el amor en el siglo XXI se ha convertido en un campo de batalla donde no hay vencedores, solo supervivientes. Que hemos confundido la intimidad con el consumo, la entrega con la transacción, el cuerpo del otro con un producto de usar y tirar. Y que si queremos que algo distinto sea posible tendremos que desaprender todo lo que nos han enseñado, dejar de comportarnos como consumidores compulsivos de afecto y empezar a mirar al otro como lo que es: otro ser humano tan roto, tan perdido, tan necesitado de ternura como nosotros mismos.
Marte retrógrado, Venus ausente no es un libro perfecto pero es un libro necesario, honesto, valiente. Almu Gambi ha tenido el coraje de desnudarse en público, de contar sin filtros ni maquillaje cómo es amar y ser amada en una época donde el amor se ha convertido en mercancía y las personas en productos con fecha de caducidad. Y lo ha hecho con una voz propia, reconocible, sin imitar a nadie ni seguir modas. Eso ya es bastante más de lo que puede decirse de la mayoría de poemarios que se publican hoy en este país, señores. Así que mi consejo es sencillo: compren el libro, léanlo sin prisas, dejen que les incomode, que les remueva, que les haga mirarse al espejo y preguntarse si ellos también son hijos del amor líquido. Y después, si tienen un mínimo de decencia, intenten no ser parte del problema.
Andrés García Pérez-Tomás
por Ana María Olivares | Ene 4, 2026 | Noticias
Las palabras que no se dijeron a tiempo
Leía Existencial en la sala de espera del médico, rodeada de esa luz triste de los fluorescentes y del murmullo de gente que espera noticias que no siempre son buenas. Y me di cuenta, a mitad del segundo poema, de que había empezado a llorar sin darme cuenta, con esas lágrimas discretas que te resbalan por la cara mientras finges que estás concentrada en la lectura. Supongo que pasa con los libros de verdad: te pillan desprevenida, te abren una compuerta que creías cerrada y de repente estás ahí, vulnerable y expuesta, mientras el resto del mundo sigue a lo suyo. Ángel Jesús Martín González ha escrito este poemario desde un lugar al que nadie quiere ir pero al que muchos hemos tenido que viajar: el territorio del dolor profundo, de la pérdida, de esa soledad que no se cura con compañía ni con palabras amables.
El libro se abre con una dedicatoria que ya te parte el alma: «A mis tres hijos Ángel, Laura y Lola / y a todas las personas que han sufrido, / se sienten solas y han perdido a un ser querido». No hace falta más. Ahí está todo dicho, con una sinceridad que duele y que al mismo tiempo reconforta, porque sabes que quien escribe sabe de lo que habla, que no está haciendo literatura con mayúsculas sino poniendo palabras a heridas que todavía sangran. Y es que Existencial no es un libro para lucirse ni para presumir de talento lírico; es un libro escrito desde la necesidad, desde ese impulso urgente de nombrar lo que te está matando por dentro para ver si nombrándolo puedes empezar a convivir con ello.
Me acuerdo de haberle contado a mi madre, hace años, cómo a veces hay libros que te encuentran justo cuando los necesitas, como si alguien los hubiera dejado ahí aposta para ti. Y este es uno de esos libros. Martín González escribe sobre el silencio como refugio, sobre caminar despacio porque el corazón herido no soporta las prisas, sobre perros y gorriones que consuelan más que las personas, sobre noches en las que la oscuridad es tan densa que ni siquiera las estrellas consiguen atravesarla. «A menudo pienso que éste no es mi mundo», escribe en el poema que da título al libro, y una entiende perfectamente esa sensación de no encajar, de estar rodeada de ruido cuando lo único que necesitas es silencio, de sentir que hablas un idioma que nadie más comprende.
Lo que más me conmueve de estos poemas es su absoluta falta de artificio. No hay piruetas retóricas ni metáforas complicadas; hay un hombre que dice «mi corazón ya no late» y te lo crees porque lo está diciendo desde las tripas, sin filtros ni maquillaje literario. Habla de su perro como de un «compañero fiel que camina y guía despacio», de una alberca azul donde los peces le miran con comprensión, de gorriones de capuchón gris que se acercan a comer de su mano en una mañana fría y de repente le hacen sentir menos solo. Son imágenes sencillas, cotidianas, pero están cargadas de una ternura desgarradora porque sabes que son las únicas anclas que le quedan, los únicos hilos que todavía le atan a la vida.
Hay poemas que cuesta leer sin que se te encoja algo por dentro. «Me arrepiento / De no haber dicho lo que siento / de muchas veces callar / y dañar mi alma blanca», escribe, y ahí están todas las conversaciones que no tuvimos, todas las veces que nos callamos por miedo o por cobardía o simplemente porque creíamos que todavía habría tiempo. Y luego están las lágrimas que no llegaron a caer, que se quedaron «pegadas en las retinas / para al final perecer congeladas en ellas», esas lágrimas atrapadas que pesan más que todas las que sí rodaron por las mejillas. Martín González escribe sobre el llanto esquivo, sobre ese llanto que te niega su alivio justo cuando más lo necesitas, y lo hace con una precisión emocional que desarma.
Me pregunto qué pensaría alguien que nunca ha pasado por esto al leer estos versos. Probablemente los encontraría demasiado desnudos, demasiado crudos, quizá incluso demasiado simples. Pero para quien ha estado en ese pozo oscuro donde Martín González ha estado, cada palabra resuena como un eco de su propia experiencia. «Visité un día los caminos del infierno / Allí, entre grandes montañas el silencio se quedó / de por vida», escribe en «Locura o cordura», y uno intuye que está hablando de hospitales psiquiátricos, de esos lugares donde la frontera entre estar cuerdo y no estarlo se vuelve borrosa y terrorífica. «¿Sería yo el muerto entre los vivos?», se pregunta, y esa pregunta tiene un peso devastador porque quien la formula sabe que la respuesta no es sencilla.
Pero en medio de tanta oscuridad, el libro también busca razones para quedarse. «Hay razones para vivir, fuertes razones para seguir / y seguro que la luz saldrá algún día para mí y también para ti», nos dice en uno de los poemas centrales. Y esas razones son pequeñas, frágiles, a veces casi ridículas desde fuera: el sol que calienta la cara por la mañana, los cantos de los pájaros, una niña dormida en los brazos, el reflejo de las nubes en el agua quieta de una alberca. No son grandes revelaciones metafísicas ni certezas filosóficas; son anclajes mínimos, cotidianos, pero son los únicos que importan cuando estás al borde del precipicio.
Me gusta especialmente el poema «Gorriones de capuchón gris», donde el autor reparte migas de pan a los pájaros y a un perro callejero, y de repente se siente feliz, o al menos aliviado, porque esos pequeños gestos de cuidado hacia otros seres vulnerables le devuelven algo de sentido. «Me siento feliz», escribe al final, y esa frase tan simple tiene un peso inmenso después de todo lo que hemos leído antes. También está «Velas al anochecer», dedicado a las madres ucranianas, donde una mujer enciende velas cada noche esperando que su ser querido vuelva de la guerra, y mientras tanto les cuenta cuentos a sus hijos para que el miedo no los devore. Es un poema bellísimo y desgarrador a partes iguales, porque habla de la resistencia cotidiana, de cómo se sigue viviendo cuando todo parece haberse roto.
El lenguaje de Martín González es sencillo, casi coloquial, sin ínfulas de ningún tipo. A veces hay irregularidades métricas, versos que cojean un poco, imágenes que podrían estar mejor resueltas. Pero todo eso es secundario porque lo que importa aquí no es la perfección formal sino la verdad emocional, la capacidad de conmover sin trucos ni artificios. Este es un libro escrito desde la urgencia de decir, desde la necesidad de poner palabras a lo que duele, y esa urgencia se nota en cada verso. No está escrito para impresionar a nadie ni para ganar premios; está escrito para sobrevivir, para tender un puente hacia otros que también están solos y rotos, para decirles «yo también estuve ahí, yo también pensé que no iba a poder seguir, pero aquí sigo».
El último poema, «Madre», está dedicado a Mercedes, «toda una vida dedicada a la enseñanza de niños pequeños», que ahora «en algún lugar del cielo reposas serena». Y uno cierra el libro con un nudo en la garganta porque entiende que detrás de todos estos versos hay una vida atravesada por pérdidas, por ausencias que no se pueden llenar con nada, por preguntas que no tienen respuesta. Pero también hay una resistencia silenciosa, una voluntad de seguir adelante a pesar de todo, de buscar pequeñas luces en medio de la oscuridad. «Un día yo volaré / Con mis amigas golondrinas», escribe casi al final, y esa imagen de las golondrinas que le llevarán a un lugar seguro cuando llegue el momento tiene algo de consolador, como si el autor hubiera hecho las paces con la idea de que todo tiene un final pero que todavía no ha llegado el suyo.
Existencial no es un libro fácil ni agradable, pero es un libro necesario. Es el tipo de poesía que necesitamos más: honesta, directa, sin maquillaje, escrita desde la experiencia y no desde la pose. Ángel Jesús Martín González no nos pide que admiremos su talento ni que celebremos su maestría técnica; nos pide que le escuchemos, que le acompañemos un rato en su dolor, que reconozcamos en sus palabras algo de nuestro propio sufrimiento. Y eso, al final, es lo único que importa de verdad en la literatura: que alguien te hable desde la verdad y tú puedas reconocerte en lo que dice.
Ana María Olivares
por Javier Pérez-Ayala Huertas | Dic 27, 2025 | Noticias
Poesía sin corsé ni vergüenza
Llevo más de tres décadas leyendo poesía española y les aseguro que la mayor parte de lo que se publica hoy en día es pura filigrana para mandarines, versos que huelen a biblioteca cerrada y academicismo rancio, poesía que se lee con guantes blancos y que tiene tanto que ver con la vida como un manual de instrucciones con una noche de juerga. Por eso, cuando me llega De lo visceral a la piel de Manuel Lozano Figueroa, y leo el prólogo donde el tipo tiene los huevos de decir que no es poeta sino «contador de pequeñas historias rimadas», me entra una sonrisa que no puedo disimular. Ahí está la primera batalla ganada: la honestidad frente a la impostura, el reconocimiento de los límites propios frente a la vanidad de los que se creen Garcilaso reencarnado.
Este libro pelea en varios frentes a la vez, y lo hace sin pedir permiso ni disculparse. Está el cuerpo, señoras y señores, el cuerpo desnudo y sin circunloquios: «En una hamaca blanca / dejaría escapar mi vida mirándote, / besándote con mis ojos». Está el deseo carnal expresado sin eufemismos de salón literario, el sudor y la saliva de los que se aman de verdad, no de los que escriben sobre el amor desde la distancia aséptica del que nunca se ha revolcado en la arena. Hay poemas aquí que huelen a piel, a sábanas arrugadas, a ese momento en que la respiración se corta y el lenguaje se queda corto. Y eso, créanme, es una rareza en la poesía española actual, donde todo el mundo parece tener miedo de decir «te quiero follar» y prefiere hablar de «la dialéctica del deseo» o alguna estupidez semejante.
Pero Lozano Figueroa no se queda en lo erótico, que sería fácil y previsible. El tipo navega por aguas más turbulentas: está Cádiz y el flamenco, con ese «Sueño de un romance en Cádiz» que es un homenaje a la ciudad, a la Caleta, a las mojarras y las caballas, al levante que descansa y a las noches gaditanas que «endulzan y no empalagan». Ahí Lozano escribe con el acento puesto, sin avergonzarse del «pa» en lugar de «para», del «tó» en vez de «todo», porque sabe que la poesía también puede sonar a taberna y a calle, no solo a biblioteca de monasterio. Las «Odas a Titi Flores» son un catálogo sensorial del flamenco —soleá, bulería, martinete, granaínas, mineras— donde cada palo se convierte en imagen: la soleá son lágrimas del alma, la bulería impulsa los pies al aire, el martinete huele a hierro y pesar gitano. No es flamencología académica, es flamenco sentido desde dentro, desde la amistad con el bailaor, desde el respeto al arte jondo.
Y luego está el otro combate, el que libra Lozano contra la indiferencia del mundo. «Prohibido vivir» y «Mi voz no está en venta» son poemas que clavan el dedo en la llaga de esta sociedad anestesiada que ve morir a gente en pateras y cambia de canal para no perderse el partido. «Mi voz no callará / hasta que mis ojos vean / cómo desaparecen los inhumanos guetos», escribe el hombre, y uno siente que no está haciendo poesía social de postureo sino gritando una rabia auténtica. Hay algo de Blas de Otero en esa furia contenida, algo de Gabriel Celaya en ese compromiso que no pide perdón por ser político, aunque hoy esté de moda decir que la poesía no debe mancharse con la realidad.
El lenguaje de Lozano es directo como un navajazo, sin florituras barrocas ni juegos conceptuales para lucirse ante los colegas del gremio. Usa el verso libre con naturalidad, sin rima forzada pero con ritmo interno, con cadencia de quien sabe que la poesía es música antes que arquitectura. Hay momentos de ternura brutal, como en «En mi memoria», dedicado a su amigo Manuel muerto, donde escribe: «Te fuiste dejando risas en el viento, / un silencio que pesa, / como un abrazo que no se cierra». Y hay momentos de erotismo descarnado, como en «Nuestra bachata», donde la descripción del acto sexual no es pornografía ni cursilería sino celebración vital: «De nuestra bachata / lo hermoso comienza / cuando la música calla».
No es poesía para todos los paladares, les advierto. Si buscan metáforas ingeniosas para citar en tertulias, si quieren versos que parezcan crucigramas por resolver, si prefieren la poesía que se lee en voz baja y con gesto compungido, este no es su libro. Pero si quieren poesía que huela a vida vivida, a cuerpo sudado, a calle transitada, a rabia contra la injusticia y a celebración del deseo sin complejos, entonces Lozano Figueroa les está esperando con los brazos abiertos y sin pedir credenciales de acceso. El tipo escribe desde las tripas, no desde el intelecto refrigerado, y eso en estos tiempos de asepsia poética es un acto de rebeldía que merece ser celebrado.
Hay un verso en el libro que lo resume todo: «Poesía, / esa… que nadie sabe explicar / y, sin embargo, nos habita». Así de sencillo y así de complejo. Lozano Figueroa no explica, no teoriza, no se pone a dar lecciones de versificación. Cuenta lo que le duele, lo que le excita, lo que le indigna, lo que le hace sentirse vivo. Y lo hace con la valentía de quien sabe que va a recibir palos de la crítica académica pero le importa un carajo porque escribe para los que aún sienten, no para los que diseccionan. Compren este libro, léanlo sin prejuicios, dejen que les remueva algo por dentro. Y si no les pasa nada, si lo leen como quien lee un prospecto médico, entonces el problema no es del poeta sino del lector que ya tiene el corazón anestesiado. Ahí me las den todas.
Javier Pérez-Ayala
por Javierpah | Dic 14, 2025 | Noticias
La memoria como hilo conductor de una España plural
El Hilo Ibérico de Francisco Muñoz-Martín se inscribe en esa línea de obras que buscan comprender la identidad desde la fractura y la memoria, desde lo que somos y lo que hemos sido, desde las voces que nos construyen incluso cuando no las escuchamos. Este poemario, publicado con una ambición formal y conceptual notable, propone un viaje por la geografía española entendida no como mapa político sino como tejido vivo, como constelación de memorias que se entrelazan sin disolverse.
El autor, psicoanalista con función didáctica de la Asociación Psicoanalítica de Madrid, compositor musical y poeta, trae a su escritura una sensibilidad particular para lo inconsciente colectivo, para aquello que subyace bajo las palabras y las banderas. Su formación en psicoanálisis no es un dato menor cobra una especial intensidad cuando leemos versos que exploran conceptos como el narcisismo de las pequeñas diferencias, ese mecanismo freudiano que explica por qué quienes más se parecen se odian con mayor encono. Muñoz-Martín no teoriza, no da lecciones, pero su mirada clínica atraviesa el poemario como una luz oblicua que revela lo que permanecía en sombra.
La propuesta central del libro es a la vez sencilla y compleja España no como fusión sino como integración, no como uniformidad sino como tapiz donde cada hilo conserva su color mientras contribuye al conjunto. Es una metáfora que el autor desarrolla con coherencia a lo largo de toda la obra, visitando cada comunidad autónoma con una mirada que busca lo singular sin caer en el tópico, lo identitario sin derivar en lo esencialista. Andalucía aparece como madre nutricia que germina flamenco desde las cuevas del inconsciente, Euskadi como lengua que no se traduce sino que se respira, Galicia con su saudade que no paraliza sino que canta. Cada territorio recibe un tratamiento que equilibra lo histórico y lo simbólico, lo real y lo imaginado.
Lo que distingue a este libro de otros intentos de cartografía poética de España es su rechazo explícito a la nostalgia nacionalista y su apuesta por la elaboración del duelo. Término psicoanalítico que Muñoz-Martín conoce bien y que significa reconocer el dolor, mirarlo a la cara, y seguir adelante sin que nos paralice. España, sugiere el autor, tiene traumas sin elaborar la Guerra Civil, la dictadura, la represión cultural, el terrorismo, los conflictos territoriales que permanecen abiertos como heridas que supuran. El libro no ignora estos traumas, los nombra, pero no se regodea en el victimismo ni alimenta rencores. Propone, en cambio, coser lo roto, tender puentes, tejer conexiones.
El gesto multilingüe del poemario no es ornamental sino estructural. Muñoz-Martín traduce la totalidad de los poemas al catalán, euskera y gallego, con epílogos cantados en cada lengua. Este trabajo de traducción, realizado con traductores digitales especializados según reconoce el propio autor, representa un acto de reconocimiento simbólico. No se trata de dominar esas lenguas sino de darles el mismo espacio textual, la misma dignidad formal que al castellano. En un país donde el debate lingüístico permanece enquistado, donde las lenguas propias son vistas por unos como patrimonio y por otros como amenaza, este gesto tiene un valor performativo que trasciende lo literario.
La dimensión musical del proyecto añade una capa de complejidad y alcance. Los 21 poemas han sido musicalizados por el propio autor y cantados por vocalistas profesionales, accesibles mediante códigos QR integrados en el libro. Esta decisión no es caprichosa la música, como sabemos desde los griegos, llega donde las palabras no alcanzan, toca el inconsciente directamente sin pasar por la aduana del intelecto. Cuando se trata de identidad y pertenencia, que son asuntos tanto de razón como de afecto, la música se convierte en aliada indispensable.
Técnicamente, el poemario muestra un manejo solvente de los recursos líricos. Las metáforas sensoriales abundan sin saturar Andalucía con sus pies de cal encendida, Madrid como foguera de pasos y horizontes, Murcia en su sed que no se sacia sino que cultiva. El uso de la anfora y la repetición estructural crea ritmos que subrayan la insistencia, el martilleo de la memoria sobre el presente. Los versos libres permiten una respiración natural que huye del corsé métrico sin caer en la prosa disfrazada.
Sin embargo, el libro no está exento de limitaciones. En ocasiones, el lenguaje se vuelve excesivamente denso, saturado de símbolos que requieren conocimiento previo no solo literario sino también psicoanalítico. Un lector no familiarizado con conceptos como escisión psíquica o fantasías inconscientes puede sentirse ajeno a capas de sentido que el autor da por supuestas. Además, la voluntad de ser exhaustivo cada comunidad autónoma recibe su poema conduce en algunos momentos a cierta homogeneidad en el tono, como si la necesidad de equidad formal limitara las posibilidades de exploración estilística más arriesgada.
También resulta problemático, aunque comprensible, el uso de traductores digitales para las versiones en catalán, euskera y gallego. Por más especializados que sean estos programas, la traducción poética exige una sensibilidad para el matiz, la música y la connotación que ninguna inteligencia artificial domina todavía. Hubiera sido deseable contar con traductores humanos, poetas en esas lenguas, que pudieran trasladar no solo el contenido sino también el latido del verso original.
En términos de mercado, El Hilo Ibérico se sitúa en un espacio singular. No es un poemario convencional que aspire al circuito de pequeñas editoriales y lectores especializados, ni tampoco un producto comercial que busque el gran público. Su formato multilingüe, su dimensión musical, su ambición conceptual lo convierten en un objeto híbrido que podría interesar tanto a lectores de poesía comprometida como a educadores, mediadores culturales o instituciones interesadas en el diálogo territorial.
El momento de publicación no es casual. En una España fragmentada por polarizaciones políticas, donde el debate territorial vuelve a enconarse y donde la memoria histórica divide más que une, un libro como este propone una pausa, un espacio de respiro. Muñoz-Martín no ofrece soluciones mágicas el propio autor reconoce con humildad que esto es «solamente poesía». Pero la poesía, cuando es honesta y profunda, puede hacer algo que la política olvida crear condiciones simbólicas para que el diálogo sea posible, para que el otro deje de ser amenaza y se convierta en interlocutor.
La apuesta del autor por la integración frente a la fusión, por el reconocimiento mutuo frente a la uniformidad, por la elaboración del duelo frente a la repetición del trauma, tiene resonancias tanto clínicas como políticas. En el fondo, lo que Muñoz-Martín propone es una terapia colectiva a través de la palabra poética un espacio donde cada territorio pueda decir su verdad sin negar la del otro, donde la diferencia no sea problema sino riqueza, donde el tapiz se muestre en toda su complejidad cromática.
El Hilo Ibérico es, en definitiva, un libro necesario. No porque resuelva nada, sino porque plantea preguntas urgentes desde la serenidad del verso y la hondura del símbolo. En tiempos de griterío, su voz pausada y reflexiva es una invitación a pensar España de otro modo, a imaginarla no como problema irresoluble sino como proyecto inacabado que requiere, más que soluciones definitivas, paciencia, escucha y voluntad de encuentro.
por Antonio Graña Ojeda | Dic 9, 2025 | Noticias
La poesía como acto de resistencia en tiempos de fragmentación: una lectura de «Juguetes Líricos»
«Juguetes Líricos» de José Carlos Turrado de la Fuente constituye una apuesta radical en el panorama de la poesía española contemporánea. En una época donde el verso libre domina con hegemonía casi absoluta, donde la brevedad se confunde con intensidad y la fragmentación se erige como estética dominante, este poemario de más de ciento setenta páginas supone un gesto contracultural que merece atención detenida. No se trata de nostalgia formal ni de arqueología literaria, sino de algo más profundo: la defensa de la excelencia como posición ética frente al facilismo que permea nuestra cultura.
El libro reúne seis poemas largos construidos con rigor métrico absoluto, donde cada verso —todos, sin excepción— responde a patrones heredados de la tradición española: el romance octosílabo, el soneto endecasílabo, la décima espinela, la silva arromanzada. La «Fábula de Dulcinea», con sus quinientos setenta y cuatro versos en romance octosílabo manteniendo rima asonante perfecta, representa una hazaña técnica que sitúa a Turrado al nivel de los grandes versificadores del pasado. Pero la perfección formal no es ornamento sino estructura profunda que determina el significado del texto, como demostró el estructuralismo hace décadas y como el autor parece comprender visceralmente.
La memoria se hace presente en estos poemas con intensidad que trasciende lo anecdótico. Turrado recupera episodios históricos olvidados, como el sitio de Cartagena de Indias por Blas de Lezo, y les otorga dignidad épica mediante la silva arromanzada. El lenguaje se vuelve entonces instrumento de resistencia contra el presentismo cultural, esa enfermedad contemporánea que nos condena a vivir en un eterno presente sin raíces. Escribir en métrica clásica exige conocer toda la tradición poética española, dialogar con el Romancero medieval, con Lope de Vega, con Góngora, con García Lorca, estableciendo una conversación diacrónica que combate la amnesia colectiva.
La cuestión feminista atraviesa el poemario sin estridencias programáticas pero con lucidez penetrante. La «Fábula de Dulcinea» explora la invisibilidad femenina en el canon literario español, dando voz a quien fue siempre pretexto, nunca sujeto. El poeta utiliza formas tradicionales para vehicular contenido crítico contemporáneo, demostrando que la métrica clásica no está determinada ideológicamente por su origen, sino que permanece polivalente, abierta a significados nuevos. Esta operación dialéctica —tradición en la forma, radicalidad en el contenido— caracteriza lo que podríamos llamar tradición crítica, concepto que supera la falsa oposición entre anacronismo y vanguardia.
Lo que distingue a Turrado de la Fuente de otros poetas que ocasionalmente practican formas métricas es la sistematicidad de su proyecto. No se trata de sonetos aislados insertados en libros de verso libre, sino de una obra completa construida desde la convicción de que la forma métrica no es convención arbitraria sino sistema expresivo que genera capacidades cognitivas específicas: memoria de trabajo, concentración sostenida, planificación anticipada. En una cultura digital que erosiona estas facultades mediante la fragmentación atencional, la práctica de la métrica rigurosa funciona como gimnasia mental que entrena capacidades amenazadas por la transformación tecnológica.
El riesgo del elitismo acecha toda defensa de la excelencia formal, y el autor parece consciente de esta tensión. Pero existe diferencia sustancial entre elitismo excluyente y exigencia democrática: el primero desprecia al lector común, la segunda lo invita a elevar sus capacidades. Turrado no adapta su arte a un público fragmentado sino que propone al lector un desafío: recuperar la concentración profunda, la lectura sostenida, el placer estético de la musicalidad verbal. Esta posición ética rechaza la banalización cultural, ese proceso por el cual la cultura se adapta al consumidor en lugar de exigir que el consumidor se eleve hacia ella.
La poesía de Turrado de la Fuente dialoga con los maestros del siglo XX que también practicaron métrica rigurosa desde sensibilidad contemporánea: García Lorca en «Romancero gitano», Rafael Alberti en «Marinero en tierra», y más recientemente Luis Alberto de Cuenca y Aurora Luque. Pero su apuesta es más ambiciosa en términos de extensión narrativa y complejidad formal. Los poemas largos permiten desarrollos épicos y líricos que la brevedad hegemónica del micropoema contemporáneo imposibilita. «Juguetes Líricos» recupera así una tradición del poema narrativo extenso que parecía perdida, demostrando que aún puede decir cosas que otras formas no dicen.
El contexto de recepción condiciona inevitablemente la lectura de esta obra. En un campo poético donde más del noventa por ciento de la producción antologada utiliza verso libre, donde la enseñanza de la métrica ha desaparecido de los programas educativos, donde lectores jóvenes no distinguen un octosílabo de un endecasílabo, la perfección técnica de Turrado corre el riesgo de pasar inadvertida. Esta situación plantea cuestiones culturales de largo alcance sobre la transmisión de competencias literarias y sobre el tipo de relación que queremos establecer con nuestra tradición poética.
«Juguetes Líricos» constituye, en definitiva, una propuesta de resistencia cultural contra tres tendencias dominantes en la contemporaneidad: la fragmentación cognitiva producida por la economía digital de la atención, el presentismo que rompe vínculos con la tradición literaria, y la equiparación posmoderna de accesibilidad inmediata con valor democrático. La apuesta de Turrado de la Fuente es clara: la poesía como disciplina mental, como conversación intergeneracional, como defensa de la excelencia contra el facilismo. Una apuesta que, en el panorama actual de la poesía española, adquiere dimensión no solo estética sino ética y política en el sentido más noble de estos términos.
Antonio Graña Ojeda