Versos y Aversos de José Carlos Balagué Doménech: Cuando la forma nombra lo que el silencio no puede

Versos y Aversos de José Carlos Balagué Doménech: Cuando la forma nombra lo que el silencio no puede

Versos y Aversos de José Carlos Balagué Doménech: Cuando la forma nombra lo que el silencio no puede

Hay libros que llegan como cambia la luz en octubre: sin aviso, transformando el volumen de las cosas sin que uno sepa exactamente cuándo ocurrió. Versos y Aversos, de José Carlos Balagué Doménech —que se firma josecarlosbalague, sin mayúscula, como quien sabe que el nombre solo importa si el poema lo sostiene—, es uno de esos. No llega con ruido. Llega con una pregunta que uno llevaba sin hacerse: ¿hemos estado llamando verso a lo que no lo era?

La pregunta no es retórica. El libro la responde en el prefacio con una precisión que no busca polémica sino claridad: verso es composición sujeta a reglas de versificación —acento, ritmo, rima, cadencia, cesura, métrica—. Lo que se separa de esas reglas, lo que ha circulado bajo el nombre equivocado de «verso libre», es averso: no verso. Una distinción que la lengua tenía pendiente y que aquí se salda sin aspavientos, como se saldan las deudas verdaderas. Y a partir de esa distinción, el libro despliega sus capas.

La primera es la más visible: los versos y aversos del amor y el desamor, que abren el poemario con esa transparencia que solo consiguen los que han aprendido a no esquivar lo que duele. «Enseñame a amar que no me acuerdo. / Tanto tiempo hace que no he amado / que el placer de amar se me ha olvidado / y solo quedó en mi vago recuerdo.» La redondilla cumple lo que promete: cuatro octosílabos, rima abrazada, el olvido amoroso convertido en forma exacta. Hay algo en esa exactitud que recuerda a Machado cuando afirmaba que la poesía es «palabra en el tiempo» —no a pesar del tiempo, sino dentro de él, contando cada sílaba como quien cuenta los pasos de un regreso.

Debajo de esa capa, el libro descubre otra: los aversos filosóficos, donde el verso se ensancha y el ritmo se libera de la medida sin perder el peso. «Necesitaba compartir con otro ser / que coincidiera conmigo en la irrealidad, / sin limitaciones impuestas por disciplinas absurdas.» Aquí no hay rima. Hay otra arquitectura, más porosa, que deja pasar el aire. El prefacio lo anticipa con una frase que funciona casi como una poética: estas composiciones pueden «trascender a filosofía sin dejar de ser apoesía». Es una declaración que Cernuda habría entendido, él que sabía que la poesía vive exactamente en el borde entre lo que se puede decir y lo que solo se puede sentir.

La capa más profunda —y la más perturbadora para quien se acerque sin previo aviso— es la del surrealismo y el abstraccionismo poético. Vocablos que no pertenecen a ninguna lengua, construidos con rigor formal, sujetos a las mismas reglas de versificación que los sonetos más clásicos: «Albarduesco ugrade evan sentilifiero / Berguinduce grelario estrefani lardo.» No es capricho. Es la misma operación que hizo Kandinsky cuando decidió que el color no necesitaba nombrar objetos para ser verdadero. La forma existe antes que el significado. Y a veces la forma sola basta.

Pero hay una segunda parte en el libro que opera en dirección inversa a todo lo anterior. Los poemas dedicados a sus dos esposas fallecidas, Mayte y Graziela, donde la experimentación se retira y deja paso a algo más desnudo. Aquí el lenguaje no busca demostrar nada. Aquí el poeta ha colgado el andamio y lo que queda es la presencia de los ausentes, que es la única presencia que no envejece. Son los poemas que uno lee en voz baja, instintivamente, como si subirlos de tono fuera una descortesía.

Un libro construido sobre una distinción terminológica acaba siendo, paradójicamente, un libro sobre la imposibilidad de separar del todo la forma de lo que siente quien la elige. Quizá porque nombrar bien las cosas no es un acto intelectual. Es, también, una forma de quererlas.

Ana María Olivares

Parajes Impares de Mia Reig: Lo que guarda una maestra cuando nadie la está mirando

Parajes Impares de Mia Reig: Lo que guarda una maestra cuando nadie la está mirando

Parajes Impares de Mia Reig: Lo que guarda una maestra cuando nadie la está mirando

Hay gente que lleva la poesía dentro como quien lleva una navaja en el bolsillo: sin hacer alharaca, sin ponerla sobre la mesa hasta que toca. Mia Reig es de esas. Veinte años enseñando a otros —pedagogía terapéutica, educación inclusiva, aulas de adultos en la Safor valenciana— y todo ese tiempo escribiendo en silencio, archivando versos, esperando quién sabe qué señal o qué marea. Parajes Impares es el resultado de esa espera. Y les digo una cosa: hay peores maneras de llegar tarde.

El libro funciona como un sistema de rutas. Cada sección es un itinerario emocional distinto hacia el mismo territorio: la memoria que no avisa, el deseo que no pide permiso, la pérdida que llega «reducida a noche y agua», como escribe Reig en uno de los poemas más certeros del conjunto. La imagen viene de «Agua de coco», que es también el poema que mejor define el método de esta autora: anclar lo abstracto en lo concreto, encontrar la imagen exacta donde otros encontrarían el lugar común. Una nube de tiempo de agua de coco. Uno puede discutir si eso es o no es gran poesía; lo que no puede discutir es que es una imagen que no había visto antes. Y en poesía, señoras y señores, eso cuenta.

La voz de Reig tiene altibajos, como los tiene cualquier debut honesto. Algunos poemas se quedan a mitad de camino, atrapados entre el impulso de decirlo todo y la disciplina de callarse a tiempo. Pero cuando afina el tiro, da en el blanco con una precisión que descoloca. «Día azul plateado» vale por cinco poemas medianos: «¿intervino un dios, el azar o la suerte? / No sé, mas ella, mi mejor enemiga, / oscureció hasta desaparecer.» Tres versos. Una liberación, una amenaza que se disuelve, y la pregunta sin respuesta que convierte al lector en cómplice involuntario de algo que no acaba de entender pero que reconoce. Así funciona la buena poesía cuando aparece: sin dar explicaciones.

La sección final es la que a mí me parece más interesante, y no porque sea la más pulida —que no lo es— sino porque es la más arriesgada. Reig le dedica un bloque entero a Margarita Gil Roësset, escultora e intelectual de la Generación del 27, muerta a los veintiocho años, cuya obra lleva décadas mereciendo más atención de la que recibe. Dedicarle un poema es un gesto habitual. Dedicarle una sección estructural completa en un primer libro es otra cosa: es una declaración de principios. Hay autoras, parece decir Reig, que necesitan ser nombradas en voz alta y con regularidad para que no se hundan del todo en el olvido. Una pedagoga que entiende que la memoria también se enseña.

Parajes Impares no es un libro redondo. Pero tiene algo que escasea en la poesía que se publica hoy: tiene voz propia. No suena a nadie que Reig haya leído, no imita escuela ni tribu ni generación. Suena a ella, a sus parajes, a ese vocabulario que mezcla imágenes sensoriales concretas con preguntas que se niegan a cerrarse. Eso, en un debut, vale más que la perfección técnica. La perfección se aprende. La voz, o se tiene o no se tiene.

Javier Pérez-Ayala

Fuera de la Jaula de Andrés Martínez Díaz: El umbral hacia una nueva y conmovedora autonomía personal.

Fuera de la Jaula de Andrés Martínez Díaz: El umbral hacia una nueva y conmovedora autonomía personal.

Fuera de la Jaula de Andrés Martínez Díaz: El umbral hacia una nueva y conmovedora autonomía personal.

 

Hay libros que llegan a tus manos sin que nadie te los haya recomendado, sin que un algoritmo haya decidido que encajan con tu perfil lector, sin el bombo de una campaña de marketing que te avise de que esto es lo que toca leer este otoño. Este no llegó así. Este llegó de noche, en mensajes que Andrés me enviaba cuando el silencio ya era tan denso que no quedaba más remedio que escribir. Y yo, que llevo años leyendo sus versos todavía tibios, antes de que nadie más los hubiera tocado, me encontré de golpe, al ver el libro terminado y encuadernado, con algo distinto a lo que esperaba: no el libro que yo había acompañado poema a poema, sino otro más completo, más redondo, un hombre que habla de verdad puesto en orden y entre tapas.

Lo digo porque no es tan frecuente como parece. Los hombres hablan mucho, escriben mucho, publican mucho, pero hablar de verdad, con las entrañas al aire y sin los disfraces habituales del género, eso es más raro. Andrés Martínez Díaz es cantautor y poeta en Jumilla, lo cual quiere decir que escribe desde un sitio que no aparece en los mapas literarios que manejan las revistas académicas. Y quizás por eso, precisamente por eso, este libro tiene lo que a tantos libros de los que sí aparecen en esos mapas les falta: la sensación de que quien lo escribió no estaba pensando en ningún premio ni en ninguna crítica sino en la persona que iba a leerlo.

Me detuve mucho en los poemas de amor. No en los de amor romántico con mayúsculas, esos que todo el mundo sabe escribir a los veinte años, sino en los que hablan del amor de cuarenta y siete años de convivencia. Cuarenta y siete. Hagamos el cálculo: casi cinco décadas compartiendo nevera, despertador, preocupaciones, silencios y todo lo que no sale en los libros de poesía habituales porque es demasiado cotidiano para resultar literario. Y él lo escribe. Escribe esto: «Somos dos manecillas de un reloj / al que le faltan horas para poder marcar / lo vivido, siempre en la misma dirección, / imparable, funciona sólo por pulsos, / no precisa cuerda, ni fiscalización, / se recarga de amor por año de uso.» Se recarga de amor por año de uso. Estuve un buen rato con esa frase en la cabeza, pensando en cuántos hombres que conozco serían capaces de escribirla, y luego pensando en cuántas mujeres hemos esperado años a que alguien nos la dijera aunque fuera en prosa.

Cuando escribí el prólogo de este libro dije que la jaula de la que Andrés quiere salir «no tiene barrotes visibles. Es esa jaula más sutil que nos construimos con renuncias, silencios, miedos.» Lo escribí porque lo vi en sus poemas antes de que él mismo lo hubiera formulado del todo. Cuántas de nosotras existimos con más honestidad de noche, cuando el ruido del día ha parado por fin y uno puede escucharse. Hay en este hombre una sensibilidad que se reconoce en esa hora, la misma en que me llegaban sus mensajes con un poema nuevo pegado al final, casi sin presentación, casi como quien deja caer algo y sale corriendo antes de que le digan qué le parece.

No todo el libro es amor. Hay también indignación, y de la buena: la indignación sin partido, sin ideología que la encuadre y la domestique, la del ciudadano que mira a su alrededor y ve que las palabras justicia y democracia y fe han sido vaciadas de significado por quienes deberían defenderlas. Hay un poema que dice: «Es propio de la fuerza actuante / aprender a vivir del bulo, / cuando se es gobernante / interesa un pueblo inculto.» Cuatro líneas que deberían estar en la pared de algún Congreso, aunque me temo que los únicos que tienen permitido colgar cosas en las paredes de los congresos son los que el poema describe. La rabia de este libro no tiene bandera, lo cual la hace más incómoda y más verdadera.

Pero lo que a mí me llegó con más fuerza, lo que se me quedó después de cerrar el libro y poner la tetera, fueron las elegías. Los poemas a los amigos muertos. Hay tres: José Luis, Francisco, Carlos. Tres hombres nombrados con el afecto concreto de quien los conoció de verdad, no con la distancia de quien construye un monumento funerario. «Guardo tu canción y el disco de oro / del día que completamos aforo, / aunque no sea un archivo sonoro, / ni pueda sonar en tu gramófono, / sabes que ni el metal, ni el formato, / pueden enmudecer este alegato.» Un alegato que el tiempo no puede enmudecer. Eso es exactamente lo que son estos poemas: la negativa a olvidar, que es la única forma real de resistencia frente a la muerte que existe.

Hay algo que no dije en el prólogo por falta de espacio y que digo aquí: cuántas jaulas invisibles cargamos también las mujeres. Las nuestras tienen otros nombres, otras formas, otras historias detrás, pero la sensación de reconocer en las palabras de otro la propia experiencia del encierro y del impulso hacia la libertad es una de esas cosas que hacen que la poesía siga siendo necesaria, aunque el algoritmo diga que nadie la lee. Cuando le dije a Andrés que publicara, que sacara los poemas del cajón, una parte de ese argumento era ese: que la jaula del que escribe para nadie es más cerrada que cualquier otra.

El libro usa a veces el dialecto murciano, con palabras como «sentío» o «algunzo» o «pelerizos» que aparecen sin disculparse, sin nota a pie de página que las traduzca para los lectores de la capital. En el prólogo escribí que cuando Andrés escribe así no está cometiendo un error: está hablando desde su verdad, desde las palabras que bebió en las calles de Jumilla. Y lo sostengo. La lengua con acento no es lengua deficiente. Es lengua con historia, con geografía, con la memoria de la gente que vivió antes que tú en el mismo trozo de tierra. Hay algo en esa decisión de no pedir permiso lingüístico que me parece un acto de dignidad pequeño pero firme.

Termino diciéndoles que este libro no llegará probablemente a las listas de los más vendidos, ni lo reseñarán en los suplementos que deciden lo que vale la pena leer. Eso es una pérdida de esos suplementos, no del libro. A mí me dejó algo que los libros importantes siempre dejan, y eso que yo lo conocía de antes, verso a verso, noche a noche: la certeza de que la puerta de la jaula siempre se puede abrir, aunque para eso haya que decidir primero que uno se la merece abierta.

Ana María Olivares

De la mano de Gloria. Tributo a Gloria Fuertes, de José Francisco Devís Capilla: Cuando Gloria Fuertes vuelve de viernes en viernes para recordarnos que estar vivos sigue siendo una buena noticia

De la mano de Gloria. Tributo a Gloria Fuertes, de José Francisco Devís Capilla: Cuando Gloria Fuertes vuelve de viernes en viernes para recordarnos que estar vivos sigue siendo una buena noticia

De la mano de Gloria. Tributo a Gloria Fuertes, de José Francisco Devís Capilla: Cuando Gloria Fuertes vuelve de viernes en viernes para recordarnos que estar vivos sigue siendo una buena noticia

Tengo la sospecha de que Gloria Fuertes nos sigue mirando desde algún sitio con esa sonrisa suya de terciopelo ajado y pensando que todo esto, lo de los libros, los podcast, las plataformas de streaming y los homenajes póstumos, le parece una forma muy enredada de hacer algo que ella siempre supo hacer sola y a mano: querer a la gente. Me acuerdo de que de niña escuché su voz en la televisión y no entendía exactamente qué era lo que hacía, si contaba cuentos, recitaba poesías o simplemente hablaba de su vida. Supongo que hacía las tres cosas a la vez, que eso es exactamente lo que hace la poesía cuando funciona de verdad.

Pues bien. Un abogado valenciano llamado José Francisco Devís Capilla tuvo un día la ocurrencia, o la valentía, o el descaro —no sé muy bien cómo llamarlo— de imitarla. No de citarla, no de estudiarla, sino de ponerse a escribir con su voz, con su ritmo, con esa manera suya de encontrarle la gracia a los días complicados. Lo hizo para cerrar los episodios de un podcast que lleva por nombre Qué bueno es vivir y que publica cada viernes en Spotify. Un programa de doce minutos, que no dura más, y que se propone cambiar la mirada del que escucha, del miedo a la esperanza. Cada semana, un tema de filosofía positiva, un poema al final como quien cierra la ventana antes de dormir dejando entrar un poco de aire fresco.

No sé si a ustedes les parece poca cosa. A mí me parece mucho, la verdad. Porque hay algo enormemente generoso en la decisión de terminar cada semana con un poema para los oyentes, sin cobrar por ello, sin pretensión de trascendencia literaria, solo para que quien escucha se vaya un poco mejor de lo que llegó. Y resulta que los poemas se fueron acumulando, y los seguidores del podcast empezaron a pedirle que los juntara en un libro, y él les hizo caso, que es algo que los autores raramente hacen pero que cuando sucede suele producir resultados honestos.

La historia de cómo llegó este libro a existir la cuenta el propio Devís en un apartado que titula, con modestia que desconcierta, «Historia de este libro», y que yo les recomiendo leer antes que los propios poemas porque es una de esas piezas de prosa autobiográfica que te enganchan desde la primera línea y que cuentan más sobre un ser humano que diez entrevistas con un periodista. Devís habla de su devoción por Gloria Fuertes —«siento auténtica devoción por ella, y no la conozco. Ella a mí sí que me conoce»—, habla de una voz en la televisión de los años setenta que se quedó guardada en algún lugar al que no sabía cómo volver, habla de «El camello cojito» y de la pregunta que se hizo al leerlo de adulto: «¿Quién ha podido ser capaz de escribir algo tan hermoso?». Y habla de algo que al principio suena a metáfora y que él dice con la mayor seriedad: que él pactó con Gloria prestarle su voz veinticinco años después de su muerte para que pudiera brotar de nuevo algo parecido al amor que emanaban sus poemas.

Uno podría reírse. Uno podría pensar que eso es mucho hablar para lo que es, en el fondo, un homenaje poético. Pero entonces recuerda que Gloria Fuertes también hablaba así, con esa mezcla de ternura y convicción que hacía que las cosas más inverosímiles sonaran como la verdad más simple del mundo, y entiende que Devís no está siendo pretencioso sino fiel. Fiel al tono de la maestra.

¿Y los poemas? Los poemas son, en su mayor parte, exactamente lo que dicen ser. Versos de arte menor, rimas que se pegan a la memoria, historias de animales con nombres propios que llevan dentro lecciones de filosofía práctica sin que se note demasiado el esfuerzo. Serafín el delfín, que ha aprendido a surfear las olas en lugar de pelearlas. Julio el junco, que se dobla ante el viento y sobrevive. La patita del lago a quien su madre quiere llamar Alegría, «ni Dolores ni Socorro / ni Angustias ni Piedad / ni Soledad ni Cruz tampoco / así jamás le llamaría». Hay algo en esa enumeración de nombres de mujer que llevan el dolor cosido a la sílaba que me resulta muy contemporáneo, muy de ahora, como si en ese pequeño poema sobre una pata de lago cupiera toda una reflexión sobre lo que hemos hecho durante siglos con los nombres que les poníamos a nuestras hijas.

Hay también un poema que se llama «La única verdad» y que me parece de los más honrados del libro. Ahí Devís escribe: «Siente al que viene en patera / al pobre, al loco, al gañán / al delincuente, a tu hermano / al que no sabes que está / al que te importa una mierda / al que te da un poco igual / como parte de ti mismo / es la única verdad.» Con esa palabra que chirría un poco en el contexto del libro, la palabra que dice que alguien te importa una mierda, Devís consigue lo que no siempre consiguen los libros de poesía positiva: no mentir. No decir que todo el mundo nos importa cuando la realidad es que hay personas que no nos importan nada y que quizá ahí, en ese espacio de indiferencia, es donde más falta hace la compasión.

Me pregunto qué pensaría Gloria Fuertes de este libro. Me imagino que se reiría de lo de los podcast y de Spotify, porque ella hacía sus poemas para el programa de los globos de la televisión pública y eso tampoco era exactamente el Parnaso, y que luego diría que el que se ríe de los poetas que trabajan para llegar a mucha gente no ha entendido nada de lo que es la poesía. Porque la poesía, le habría recordado, nació para decirse en voz alta.

El libro tiene también ilustraciones del pintor valenciano Juan José Lorente, que ha desarrollado una técnica que llama «monotipo», porque cada pieza es única e irrepetible, y que trabaja con el color como si fuera una energía que se transfiere al que mira. Lorente confesó que, al leer los poemas para ilustrarlos, creyó que eran de Gloria Fuertes. No lo sabía. Se enamoró de «la energía de Gloria Fuertes» sin saber que estaba enamorándose de la energía de Devís haciéndose pasar por Gloria. Eso, me parece a mí, es un cumplido del que no hay manera de que se canse el autor.

Cuando el editor de Editorial Poesía eres tú le escribió para decirle que publicaban el libro, Devís cuenta que tardó seis horas en leer el correo, que al leerlo se quedó clavado a la pantalla y que se puso a llorar. «Me caí muerto», escribe. No sé si hay una manera más directa de describir lo que siente un escritor cuando alguien le dice que su trabajo merece existir en forma de libro. No hay nada pretencioso en esas lágrimas. Hay simplemente la emoción de alguien que ha hecho algo con las manos, con los viernes, con la voz de una mujer a quien amaba sin haberla conocido en persona, y que de pronto recibe la confirmación de que aquello valía algo.

No sé si De la mano de Gloria va a ser un libro canónico. Tampoco creo que esa sea la ambición de quien lo escribe. Lo que sí es este libro es verdadero, generoso y útil. Y en un panorama donde muchos libros de poesía se publican para que los lean cuatro personas especializadas, no me parece poca cosa que alguien escriba veintiséis poemas para que los lea cualquier persona que necesite que le recuerden que «de tu mirada depende / el color que tenga el día». Que eso lo haga de la mano de Gloria Fuertes, aunque sea a través del tiempo y de un abogado valenciano con podcast, me parece lo más parecido a una buena noticia que he leído esta semana.

Ana María Olivares

A la sombra del sauce de Luis de la Rosa Fernández: Cuando la memoria y el verso se funden en una misma voz

A la sombra del sauce de Luis de la Rosa Fernández: Cuando la memoria y el verso se funden en una misma voz

Cuando la memoria y el verso se funden en una misma voz

Hay libros que llegan con una verdad ya decantada, libros donde la madurez del autor no es solo un dato biográfico sino la materia misma de los poemas. A la sombra del sauce (Ediciones Rilke, 2026), octavo poemario de Luis de la Rosa Fernández, catedrático de Lengua y Literatura jubilado de Granada, es uno de esos libros donde el tiempo y la palabra han encontrado por fin su equilibrio, ese punto de serenidad ganada donde la voz poética no necesita ya demostrar nada, sino decir lo que sabe desde adentro.

De la Rosa lleva nueve años publicando poesía —desde los dos poemarios de 2017 hasta este de 2026— y en ese trayecto ha consolidado una escritura fiel a sí misma, que no ha buscado la novedad ni la ruptura sino la profundización en un territorio propio: el amor en sus múltiples tonalidades, la naturaleza como cifra de lo permanente, el tiempo que erosiona y a la vez sedimenta, y la memoria que convierte el pasado en presencia activa. A la sombra del sauce es, en ese sentido, el libro donde todos esos cauces convergen con mayor nitidez y coherencia. Sus cuarenta y un poemas, organizados en cinco secciones con sus respectivos epígrafes, trazan un mapa interior que tiene la precisión de quien ha recorrido el territorio muchas veces antes de ponerse a dibujarlo.

El poeta escribe desde la conciencia del tiempo que pasa y que deja huella. En el poema «¿Sazonado y maduro?», que da nombre metafórico a uno de los ejes del libro, hay una imagen que permanece en la memoria mucho después de que uno cierra el volumen: «todo en una vorágine de vivos y de muertos». No es una imagen fácil ni decorativa; es la imagen de alguien que ha alcanzado ese momento de la vida en que los que ya no están se confunden con los presentes, en que el pasado y el presente se funden sin ruptura. En ese verso hay también algo de la poesía de José Hierro, de ese modo de nombrar la experiencia sin estetizarla, sin ponerle otra piel que la que tiene. Y hay, sobre todo, la voz de un poeta que ha aprendido que la sencillez no está reñida con la hondura.

El bagaje de De la Rosa como docente y gramático —treinta y seis años en el aula, un tratado de sintaxis con varias ediciones, una formación enraizada en los clásicos de la poesía española— se percibe no como peso académico sino como músculo invisible que sostiene cada verso sin mostrarse. Sus sonetos respiran con naturalidad, los endecasílabos caen sin brusquedad, las rimas consonantes no chirríen ni fuerzan el sentido. Hay en ese oficio algo que recuerda a la tradición de la poesía española de posguerra en su vertiente más lírica y depurada, esa línea que va de Aleixandre a Ángel González, de la experiencia a la reflexión, de la imagen al concepto. El poeta conoce sus maestros, los ha asimilado, y escribe desde esa herencia sin ser su prisionero.

Es quizá en los poemas sobre la naturaleza y el tiempo donde A la sombra del sauce alcanza su mayor temperatura. «Como un niño» es uno de esos poemas que se instalan en la memoria del lector sin aviso: una mujer de cabellera dorada que «rompía corazones» de niña, y un cerezo que «aún sigue echando flores» como testimonio de lo que fue y de lo que el tiempo no ha podido borrar. El cerezo como símbolo de la persistencia frente a la caducidad humana tiene una larga tradición en la poesía japonesa que el poeta, quizá, conoce también; pero aquí esa tradición se disuelve en algo mucho más inmediato y propio, en una escena que cualquiera puede reconocer porque habla del tiempo que pasa y de la naturaleza que permanece, de esa asimetría que a veces duele y a veces consuela.

El libro termina, significativamente, con un poema de tono diferente al del conjunto: «¡Despiértate, alma mía!» es una llamada, casi una elegía política, donde el poeta interpela a la conciencia dormida ante el «mundo desquiciado» que percibe a su alrededor. Las «amapolas ya marchitas» sobre «lanzas bárbaras», la «alimaña» que invade el campo en que uno se mece: hay en esas imágenes toda la carga simbólica de la memoria histórica española, toda la urgencia de quien sabe que la contemplación tiene sus límites y que la poesía, en última instancia, también es un acto ético. Ese final no rompe la unidad del libro; la completa. Porque la serenidad contemplativa de los cuarenta poemas anteriores cobra más sentido cuando la confrontamos con esa llamada final a no abandonarse al letargo. La voz que ha sabido nombrar el amor y el tiempo y la naturaleza es la misma voz que no puede callarse ante el rumor de las lanzas.

En 2018, la Asociación de Editores de Poesía reconoció a De la Rosa con el Premio a la Mejor Obra de Poesía de Habla Hispana por No quedan ruiseñores junto al río. A la sombra del sauce es, en mi lectura, un paso más en esa trayectoria: más concentrado, más seguro, más consciente de lo que busca y de los medios con que cuenta para buscarlo. Ediciones Rilke, sello de referencia en la poesía española contemporánea, ha acertado plenamente con este libro, que merece lectores atentos y tiempo para posarse en él. La poesía de Luis de la Rosa Fernández es de esas que, como la sombra del sauce del título, ofrecen cobijo a quien se acerca sin prisa.

Antonio Graña Ojeda

Restauración de la Belleza de José Carlos Turrado de la Fuente: Lo que se pierde cuando nadie pelea por lo bello

Restauración de la Belleza de José Carlos Turrado de la Fuente: Lo que se pierde cuando nadie pelea por lo bello

Lo que se pierde cuando nadie pelea por lo bello

Me pasó algo raro con este libro. Lo empecé una tarde sin ganas especiales, de esas tardes en que una coge un libro más por compromiso que por deseo, y no lo solté hasta que se me fue la luz. No porque fuera cómodo —no lo es— sino porque tenía esa cualidad de las cosas que te incomodan de la manera exacta en que necesitas que te incomoden. Como cuando alguien te dice en voz alta algo que tú llevabas tiempo pensando pero no te atrevías ni a pensar del todo.

José Carlos Turrado de la Fuente es un poeta vallisoletano que lleva treinta y tantos libros publicados, que enseña Lengua y Literatura en un instituto de Laguna de Duero, y que ha ganado premios que importan aunque no suenen en los suplementos culturales de los periódicos que todo el mundo lee. O finge leer. Restauración de la Belleza, publicado por Ediciones Rilke en 2026, son ciento cuarenta y cuatro poemas y un epílogo escritos con metro clásico, con rima consonante, con endecasílabos que se sostienen solos. Uno se pregunta, al principio, qué hace este hombre escribiendo sonetos en 2026. Al final del libro uno se pregunta qué estamos haciendo todos los demás.

El libro empieza con una declaración que no pide permiso. Turrado mira al mundo del arte contemporáneo y le dice, con toda la educación que le permite la rabia, que lo que está viendo es feo. Que el arte es bello o no es arte. Que Shakespeare, Lope, Homero, Dante y Rembrandt no se merecen el vecindario en que los hemos instalado. Hay algo casi cómico en esa valentía, o en esa temeridad, según se mire. Un hombre solo, con sus versos bien medidos, plantándole cara al museo contemporáneo. Y sin embargo uno no se ríe, porque la rabia que hay debajo de esa elegancia formal es completamente real, y las cosas completamente reales, cuando las encuentras en un poema, hacen exactamente eso: te detienen.

Lo que más me llegó, con todo, no fue la denuncia sino el viaje. Porque este libro es también un recorrido por una España que existe de verdad, aunque parezca que nadie la visita ya salvo este poeta con su mochila y su obstinación. Parauta, en la sierra de Málaga, con sus dos caras de mujer: una que huele a jazmín, otra con un vestido blanco y un místico desorden en el pelo. Miranda del Castañar, donde una niña veraneante le estudia como a un ser de otro tiempo al bies de su cristal, y él le guiña el ojo con picardía. Guadalupe, donde llama al aldabón de Antonia, que siempre le abría, y esta vez no le abre porque Antonia ha muerto. «¡Qué horrible y silencioso hoy el cenar!», escribe, y eso es todo lo que hace falta escribir. Hay momentos así en el libro, momentos de una sencillez que te cogen desprevenida y te dejan con algo atorado en el pecho que no es exactamente tristeza pero se le parece bastante.

Y luego está la mujer. La amada sin nombre que cruza el libro de principio a fin como una corriente subterránea. Turrado la quiere con una fidelidad que ya no se lleva, con esa clase de amor que no sabe rendirse aunque todas las señales indiquen que rendirse sería lo sensato. «Y sin embargo yazco aquí, a tu lado, / a tu existencia suave condenado», termina uno de los sonetos, y la paradoja duele justamente porque es exacta: estar condenado a algo suave. Me pregunté, leyendo, cuántas personas habrán sentido exactamente eso sin encontrar nunca las palabras para decirlo. Esa es la función de la poesía, me dije, y me alegré de que alguien todavía se tome la molestia de ejercerla con rigor.

El libro acaba mal, o acaba bien, según cómo se mire. La poesía se va. El epílogo es un abandono: «creímos que podríamos / humillarla sin más, / mandar, porque era nuestra, / por siglos, tonta esposa servicial». Y entonces la poesía se marcha, dice adiós, y la última palabra del libro es «monos». Una se queda mirando esa palabra un momento. Luego cierra el libro. Luego lo piensa. Luego, si es honesta, reconoce que tiene razón. Que nos hemos portado mal con las cosas que merecían mejor trato. Con la belleza, con la lengua, con los versos bien hechos, con los profesores de instituto que llevan treinta libros escritos y siguen escribiendo porque no saben hacer otra cosa y porque, en el fondo, no quieren saber.

No sé si este libro va a llegar a mucha gente. Me temo que no. Pero la gente a la que llegue va a saber perfectamente por qué le llegó. Y eso, en estos tiempos en que todo llega a todos y nada llega a nadie, no es una cosa menor.

Ana María Olivares

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