por Javier Pérez-Ayala Huertas | Ene 2, 2026 | Noticias
Un amor sin ley de Silvia Vaquero: Amor, código penal y metralla sentimental
Hay libros que no se leen: se tramitan. Como una causa complicada que entra en un juzgado saturado, este poemario llega al lector con el expediente ya inflamado de antecedentes, diligencias, partes policiales y autos de varios años de locura amorosa y burocrática. Un amor sin ley no es un título puesto para empatizar, sino la constatación de una evidencia: lo que aquí se cuenta hubiera hecho las delicias de cualquier fiscal con vocación de hierro y de cualquier juez con tendencia a la mano dura. Pocas veces la mezcla de amor, Código Penal y psiquiatría ha producido un documento tan incómodo y tan difícil de clasificar, a medio camino entre la declaración indagatoria, el parte forense y la carta de amor que nunca dejaría dormir a un abogado defensor.
Desde el primer poema —ese “Encerrados, / privados de libertad. / En el calabozo más oscuro / y maloliente. / También así / nos amaríamos” que abre fuego— queda claro que no estamos ante lirismo de sobremesa, sino ante alguien que ha pasado por el calabozo, el hospital psiquiátrico y la sala de vistas, y ha salido de allí con los nudillos llenos de cicatrices y un cuaderno bajo el brazo. Lo que era para otros un sumario, para Silvia Vaquero es materia prima poética. Ella convierte la jerga legal en vocabulario del deseo: órdenes de alejamiento, conformidades, comparecencias apud acta, procedimientos, fiscales, letrados, jueces, Mossos d’Esquadra, hospitales. La geografía sentimental de este libro son la comisaría del carrer d’Iradier, los barrios de Gràcia y el Born, la sala de un teatro y la habitación de un psiquiátrico. Todo atravesado por un solo delito: haberse enamorado sin frenos ni cinturón de seguridad. “Solo me he enamorado. / Solo me he enamorado. / Solo me he enamorado. / Ni que hubiera asaltado / un banco”, escribe, con esa mezcla de ingenuidad herida y lucidez brutal que sostiene el libro como una cuerda floja sobre el abismo.
La operación que ejecuta Vaquero es simple y feroz: invertir la gramática del poder. Donde el sistema dicta órdenes de alejamiento, ella sueña “ORDEN DE ACERCAMIENTO”, y desea que sea un juez quien les obligue a no separarse “ni un milímetro”, bajo amenaza de cárcel si incumplen la obligación de acercarse. Donde el Derecho levanta muros, ella pide grilletes compartidos. El amor como delito flagrante, sí, pero deseado; la condena como forma extrema de convivencia. En otra época, la poesía romántica se conformaba con suspiros y balcones; aquí hay esposas, patrullas, denuncias y correos electrónicos convertidos en prueba incriminatoria. “Todos estos disparos, / esta sangre que corre, / esta pistola con la que me apuntas… / Todo este daño desmesurado. / ¿Por qué tanto dolor? / Simplemente por comprar una entrada / para ir a verte al teatro ya te pones así”, apunta en uno de los poemas más secos y demoledores del libro.
Podría parecer una hipérbole, pero no lo es. Una década de denuncias, órdenes, comparecencias diarias en el juzgado, ingresos psiquiátricos y miedo: todo eso está aquí contado, versificado y, de algún modo, revivido. El yo poético asume su culpa con una obstinación casi suicida: “Una y otra vez soy culpable / de amarte”. No pide absolución, ni indulto, ni amnistía; solo el final del procedimiento, el cierre del sumario sentimental. La fiscal no aparece, pero su sombra recorre estas páginas igual que la del actor amado —nunca nombrado en verso de forma neutra, sino con toda la contundencia de los apellidos en mayúsculas del atestado— que prefiere el correo delictivo, el expediente, la denuncia, antes que el beso que pondría punto final a la guerra.
En términos de oficio, el libro se sostiene sobre un andamiaje sencillo: verso libre, sintaxis directa, reiteración obsesiva de campos semánticos (ley, violencia, tiempo, miedo, retraso, persecución) y un tú interpelado sin descanso. No hay barroquismo ni coartada culta que distraiga: la autora no trata de ser elegante, sino precisa. Elige el lenguaje coloquial, la frase que podría salir de una declaración en comisaría o de una conversación a la salida del juzgado, y la deja caer en el poema sin afeites. Eso, que en manos torpes sería simple prosa partida en líneas, aquí funciona porque hay una experiencia real sosteniendo cada verso, y porque Vaquero sabe dónde apretar para que duela. Cuando escribe “Diez años de destrozarme / la vida. / Por fin todo estaba bien / y vuelves otra vez a martillearme”, uno escucha detrás el martillo de su señoría y, de paso, el de la propia conciencia machacando siempre el mismo clavo.
La otra pata sobre la que camina este libro es el tiempo. No el de los relojes, sino el de las vidas que se esperan y no terminan de empezar. Ella lo resume con una frase que podría servir de epitafio para toda una generación de amores aplazados: “Tiempo entre condena y condena. / Tiempo entre canción y canción. / Tiempo que se nos ha ido / y ya no vuelve”. Frente a la lentitud exasperante del otro —que lo quiere todo “a su manera”, siempre detrás de la pantalla, siempre tarde, siempre después—, la voz del poema empuja, corre, protesta, se fuga del hospital, compra entradas, viaja a Barcelona, llega a la puerta y se vuelve por miedo. La tensión entre esa urgencia de carne y el freno sistemático de la ley y del amado es el núcleo del libro: una especie de guerra fría sentimental en la que nunca se dispara el misil definitivo del encuentro. Todo se queda en sirenas, patrullas y simulacros.
Hay también una dimensión cultural que merece atención. La autora escribe mezclando catalán y castellano con naturalidad, situando la acción en un territorio concreto —la Barcelona de Gràcia, el Born, Canet de Mar— que no necesita folclore para ser reconocible. Ese bilingüismo no es un adorno, sino el registro real de una vida que pasa de un idioma a otro según quién hable por dentro. Del mismo modo, conviven en el libro referencias a Taylor Swift, Sabina, Mikel Izal o Coldplay con la jerga judicial y policial más árida. Es el siglo XXI puesto en verso: playlists, pantallas, entradas compradas por internet, actores de moda, Mossos d’Esquadra llamando al timbre, psiquiatras que pasan test y forenses que rellenan formularios. La vieja lírica amorosa se ha mudado a los tiempos de las redes, los correos electrónicos y las denuncias online.
Que un sello como Editorial Poesía eres tú publique un libro así no es casualidad. Forma parte de una apuesta clara: sacar la poesía de las vitrinas y ponerla en manos de gente que reconoce su propia vida, sus propios miedos y sus propios errores en lo que lee. Aquí no hay metáforas de jardín francés ni cisnes modernistas: hay órdenes de alejamiento, calabozos, Sant Joan convertido en fusilería de petardos y una mujer que se sabe “reincidente” y asume sin coartadas que seguirá intentándolo aunque la vuelvan a detener. El resultado es un poemario incómodo, desaseado en el mejor sentido, que no pretende quedar bonito en la estantería, sino dejar al lector con la sensación de haber asistido a un vis a vis sentimental en el locutorio de una prisión. Si la poesía actual busca ser carne y no museo, difícil encontrar un ejemplo más claro de lo que significa escribir, literalmente, con la ley y la locura respirándole en la nuca.
Javier Pérez-Ayala
por Javier Pérez-Ayala Huertas | Dic 27, 2025 | Noticias
Poesía sin corsé ni vergüenza
Llevo más de tres décadas leyendo poesía española y les aseguro que la mayor parte de lo que se publica hoy en día es pura filigrana para mandarines, versos que huelen a biblioteca cerrada y academicismo rancio, poesía que se lee con guantes blancos y que tiene tanto que ver con la vida como un manual de instrucciones con una noche de juerga. Por eso, cuando me llega De lo visceral a la piel de Manuel Lozano Figueroa, y leo el prólogo donde el tipo tiene los huevos de decir que no es poeta sino «contador de pequeñas historias rimadas», me entra una sonrisa que no puedo disimular. Ahí está la primera batalla ganada: la honestidad frente a la impostura, el reconocimiento de los límites propios frente a la vanidad de los que se creen Garcilaso reencarnado.
Este libro pelea en varios frentes a la vez, y lo hace sin pedir permiso ni disculparse. Está el cuerpo, señoras y señores, el cuerpo desnudo y sin circunloquios: «En una hamaca blanca / dejaría escapar mi vida mirándote, / besándote con mis ojos». Está el deseo carnal expresado sin eufemismos de salón literario, el sudor y la saliva de los que se aman de verdad, no de los que escriben sobre el amor desde la distancia aséptica del que nunca se ha revolcado en la arena. Hay poemas aquí que huelen a piel, a sábanas arrugadas, a ese momento en que la respiración se corta y el lenguaje se queda corto. Y eso, créanme, es una rareza en la poesía española actual, donde todo el mundo parece tener miedo de decir «te quiero follar» y prefiere hablar de «la dialéctica del deseo» o alguna estupidez semejante.
Pero Lozano Figueroa no se queda en lo erótico, que sería fácil y previsible. El tipo navega por aguas más turbulentas: está Cádiz y el flamenco, con ese «Sueño de un romance en Cádiz» que es un homenaje a la ciudad, a la Caleta, a las mojarras y las caballas, al levante que descansa y a las noches gaditanas que «endulzan y no empalagan». Ahí Lozano escribe con el acento puesto, sin avergonzarse del «pa» en lugar de «para», del «tó» en vez de «todo», porque sabe que la poesía también puede sonar a taberna y a calle, no solo a biblioteca de monasterio. Las «Odas a Titi Flores» son un catálogo sensorial del flamenco —soleá, bulería, martinete, granaínas, mineras— donde cada palo se convierte en imagen: la soleá son lágrimas del alma, la bulería impulsa los pies al aire, el martinete huele a hierro y pesar gitano. No es flamencología académica, es flamenco sentido desde dentro, desde la amistad con el bailaor, desde el respeto al arte jondo.
Y luego está el otro combate, el que libra Lozano contra la indiferencia del mundo. «Prohibido vivir» y «Mi voz no está en venta» son poemas que clavan el dedo en la llaga de esta sociedad anestesiada que ve morir a gente en pateras y cambia de canal para no perderse el partido. «Mi voz no callará / hasta que mis ojos vean / cómo desaparecen los inhumanos guetos», escribe el hombre, y uno siente que no está haciendo poesía social de postureo sino gritando una rabia auténtica. Hay algo de Blas de Otero en esa furia contenida, algo de Gabriel Celaya en ese compromiso que no pide perdón por ser político, aunque hoy esté de moda decir que la poesía no debe mancharse con la realidad.
El lenguaje de Lozano es directo como un navajazo, sin florituras barrocas ni juegos conceptuales para lucirse ante los colegas del gremio. Usa el verso libre con naturalidad, sin rima forzada pero con ritmo interno, con cadencia de quien sabe que la poesía es música antes que arquitectura. Hay momentos de ternura brutal, como en «En mi memoria», dedicado a su amigo Manuel muerto, donde escribe: «Te fuiste dejando risas en el viento, / un silencio que pesa, / como un abrazo que no se cierra». Y hay momentos de erotismo descarnado, como en «Nuestra bachata», donde la descripción del acto sexual no es pornografía ni cursilería sino celebración vital: «De nuestra bachata / lo hermoso comienza / cuando la música calla».
No es poesía para todos los paladares, les advierto. Si buscan metáforas ingeniosas para citar en tertulias, si quieren versos que parezcan crucigramas por resolver, si prefieren la poesía que se lee en voz baja y con gesto compungido, este no es su libro. Pero si quieren poesía que huela a vida vivida, a cuerpo sudado, a calle transitada, a rabia contra la injusticia y a celebración del deseo sin complejos, entonces Lozano Figueroa les está esperando con los brazos abiertos y sin pedir credenciales de acceso. El tipo escribe desde las tripas, no desde el intelecto refrigerado, y eso en estos tiempos de asepsia poética es un acto de rebeldía que merece ser celebrado.
Hay un verso en el libro que lo resume todo: «Poesía, / esa… que nadie sabe explicar / y, sin embargo, nos habita». Así de sencillo y así de complejo. Lozano Figueroa no explica, no teoriza, no se pone a dar lecciones de versificación. Cuenta lo que le duele, lo que le excita, lo que le indigna, lo que le hace sentirse vivo. Y lo hace con la valentía de quien sabe que va a recibir palos de la crítica académica pero le importa un carajo porque escribe para los que aún sienten, no para los que diseccionan. Compren este libro, léanlo sin prejuicios, dejen que les remueva algo por dentro. Y si no les pasa nada, si lo leen como quien lee un prospecto médico, entonces el problema no es del poeta sino del lector que ya tiene el corazón anestesiado. Ahí me las den todas.
Javier Pérez-Ayala
por Javierpah | Dic 14, 2025 | Noticias
La memoria como hilo conductor de una España plural
El Hilo Ibérico de Francisco Muñoz-Martín se inscribe en esa línea de obras que buscan comprender la identidad desde la fractura y la memoria, desde lo que somos y lo que hemos sido, desde las voces que nos construyen incluso cuando no las escuchamos. Este poemario, publicado con una ambición formal y conceptual notable, propone un viaje por la geografía española entendida no como mapa político sino como tejido vivo, como constelación de memorias que se entrelazan sin disolverse.
El autor, psicoanalista con función didáctica de la Asociación Psicoanalítica de Madrid, compositor musical y poeta, trae a su escritura una sensibilidad particular para lo inconsciente colectivo, para aquello que subyace bajo las palabras y las banderas. Su formación en psicoanálisis no es un dato menor cobra una especial intensidad cuando leemos versos que exploran conceptos como el narcisismo de las pequeñas diferencias, ese mecanismo freudiano que explica por qué quienes más se parecen se odian con mayor encono. Muñoz-Martín no teoriza, no da lecciones, pero su mirada clínica atraviesa el poemario como una luz oblicua que revela lo que permanecía en sombra.
La propuesta central del libro es a la vez sencilla y compleja España no como fusión sino como integración, no como uniformidad sino como tapiz donde cada hilo conserva su color mientras contribuye al conjunto. Es una metáfora que el autor desarrolla con coherencia a lo largo de toda la obra, visitando cada comunidad autónoma con una mirada que busca lo singular sin caer en el tópico, lo identitario sin derivar en lo esencialista. Andalucía aparece como madre nutricia que germina flamenco desde las cuevas del inconsciente, Euskadi como lengua que no se traduce sino que se respira, Galicia con su saudade que no paraliza sino que canta. Cada territorio recibe un tratamiento que equilibra lo histórico y lo simbólico, lo real y lo imaginado.
Lo que distingue a este libro de otros intentos de cartografía poética de España es su rechazo explícito a la nostalgia nacionalista y su apuesta por la elaboración del duelo. Término psicoanalítico que Muñoz-Martín conoce bien y que significa reconocer el dolor, mirarlo a la cara, y seguir adelante sin que nos paralice. España, sugiere el autor, tiene traumas sin elaborar la Guerra Civil, la dictadura, la represión cultural, el terrorismo, los conflictos territoriales que permanecen abiertos como heridas que supuran. El libro no ignora estos traumas, los nombra, pero no se regodea en el victimismo ni alimenta rencores. Propone, en cambio, coser lo roto, tender puentes, tejer conexiones.
El gesto multilingüe del poemario no es ornamental sino estructural. Muñoz-Martín traduce la totalidad de los poemas al catalán, euskera y gallego, con epílogos cantados en cada lengua. Este trabajo de traducción, realizado con traductores digitales especializados según reconoce el propio autor, representa un acto de reconocimiento simbólico. No se trata de dominar esas lenguas sino de darles el mismo espacio textual, la misma dignidad formal que al castellano. En un país donde el debate lingüístico permanece enquistado, donde las lenguas propias son vistas por unos como patrimonio y por otros como amenaza, este gesto tiene un valor performativo que trasciende lo literario.
La dimensión musical del proyecto añade una capa de complejidad y alcance. Los 21 poemas han sido musicalizados por el propio autor y cantados por vocalistas profesionales, accesibles mediante códigos QR integrados en el libro. Esta decisión no es caprichosa la música, como sabemos desde los griegos, llega donde las palabras no alcanzan, toca el inconsciente directamente sin pasar por la aduana del intelecto. Cuando se trata de identidad y pertenencia, que son asuntos tanto de razón como de afecto, la música se convierte en aliada indispensable.
Técnicamente, el poemario muestra un manejo solvente de los recursos líricos. Las metáforas sensoriales abundan sin saturar Andalucía con sus pies de cal encendida, Madrid como foguera de pasos y horizontes, Murcia en su sed que no se sacia sino que cultiva. El uso de la anfora y la repetición estructural crea ritmos que subrayan la insistencia, el martilleo de la memoria sobre el presente. Los versos libres permiten una respiración natural que huye del corsé métrico sin caer en la prosa disfrazada.
Sin embargo, el libro no está exento de limitaciones. En ocasiones, el lenguaje se vuelve excesivamente denso, saturado de símbolos que requieren conocimiento previo no solo literario sino también psicoanalítico. Un lector no familiarizado con conceptos como escisión psíquica o fantasías inconscientes puede sentirse ajeno a capas de sentido que el autor da por supuestas. Además, la voluntad de ser exhaustivo cada comunidad autónoma recibe su poema conduce en algunos momentos a cierta homogeneidad en el tono, como si la necesidad de equidad formal limitara las posibilidades de exploración estilística más arriesgada.
También resulta problemático, aunque comprensible, el uso de traductores digitales para las versiones en catalán, euskera y gallego. Por más especializados que sean estos programas, la traducción poética exige una sensibilidad para el matiz, la música y la connotación que ninguna inteligencia artificial domina todavía. Hubiera sido deseable contar con traductores humanos, poetas en esas lenguas, que pudieran trasladar no solo el contenido sino también el latido del verso original.
En términos de mercado, El Hilo Ibérico se sitúa en un espacio singular. No es un poemario convencional que aspire al circuito de pequeñas editoriales y lectores especializados, ni tampoco un producto comercial que busque el gran público. Su formato multilingüe, su dimensión musical, su ambición conceptual lo convierten en un objeto híbrido que podría interesar tanto a lectores de poesía comprometida como a educadores, mediadores culturales o instituciones interesadas en el diálogo territorial.
El momento de publicación no es casual. En una España fragmentada por polarizaciones políticas, donde el debate territorial vuelve a enconarse y donde la memoria histórica divide más que une, un libro como este propone una pausa, un espacio de respiro. Muñoz-Martín no ofrece soluciones mágicas el propio autor reconoce con humildad que esto es «solamente poesía». Pero la poesía, cuando es honesta y profunda, puede hacer algo que la política olvida crear condiciones simbólicas para que el diálogo sea posible, para que el otro deje de ser amenaza y se convierta en interlocutor.
La apuesta del autor por la integración frente a la fusión, por el reconocimiento mutuo frente a la uniformidad, por la elaboración del duelo frente a la repetición del trauma, tiene resonancias tanto clínicas como políticas. En el fondo, lo que Muñoz-Martín propone es una terapia colectiva a través de la palabra poética un espacio donde cada territorio pueda decir su verdad sin negar la del otro, donde la diferencia no sea problema sino riqueza, donde el tapiz se muestre en toda su complejidad cromática.
El Hilo Ibérico es, en definitiva, un libro necesario. No porque resuelva nada, sino porque plantea preguntas urgentes desde la serenidad del verso y la hondura del símbolo. En tiempos de griterío, su voz pausada y reflexiva es una invitación a pensar España de otro modo, a imaginarla no como problema irresoluble sino como proyecto inacabado que requiere, más que soluciones definitivas, paciencia, escucha y voluntad de encuentro.
por Antonio Graña Ojeda | Dic 9, 2025 | Noticias
La poesía como acto de resistencia en tiempos de fragmentación: una lectura de «Juguetes Líricos»
«Juguetes Líricos» de José Carlos Turrado de la Fuente constituye una apuesta radical en el panorama de la poesía española contemporánea. En una época donde el verso libre domina con hegemonía casi absoluta, donde la brevedad se confunde con intensidad y la fragmentación se erige como estética dominante, este poemario de más de ciento setenta páginas supone un gesto contracultural que merece atención detenida. No se trata de nostalgia formal ni de arqueología literaria, sino de algo más profundo: la defensa de la excelencia como posición ética frente al facilismo que permea nuestra cultura.
El libro reúne seis poemas largos construidos con rigor métrico absoluto, donde cada verso —todos, sin excepción— responde a patrones heredados de la tradición española: el romance octosílabo, el soneto endecasílabo, la décima espinela, la silva arromanzada. La «Fábula de Dulcinea», con sus quinientos setenta y cuatro versos en romance octosílabo manteniendo rima asonante perfecta, representa una hazaña técnica que sitúa a Turrado al nivel de los grandes versificadores del pasado. Pero la perfección formal no es ornamento sino estructura profunda que determina el significado del texto, como demostró el estructuralismo hace décadas y como el autor parece comprender visceralmente.
La memoria se hace presente en estos poemas con intensidad que trasciende lo anecdótico. Turrado recupera episodios históricos olvidados, como el sitio de Cartagena de Indias por Blas de Lezo, y les otorga dignidad épica mediante la silva arromanzada. El lenguaje se vuelve entonces instrumento de resistencia contra el presentismo cultural, esa enfermedad contemporánea que nos condena a vivir en un eterno presente sin raíces. Escribir en métrica clásica exige conocer toda la tradición poética española, dialogar con el Romancero medieval, con Lope de Vega, con Góngora, con García Lorca, estableciendo una conversación diacrónica que combate la amnesia colectiva.
La cuestión feminista atraviesa el poemario sin estridencias programáticas pero con lucidez penetrante. La «Fábula de Dulcinea» explora la invisibilidad femenina en el canon literario español, dando voz a quien fue siempre pretexto, nunca sujeto. El poeta utiliza formas tradicionales para vehicular contenido crítico contemporáneo, demostrando que la métrica clásica no está determinada ideológicamente por su origen, sino que permanece polivalente, abierta a significados nuevos. Esta operación dialéctica —tradición en la forma, radicalidad en el contenido— caracteriza lo que podríamos llamar tradición crítica, concepto que supera la falsa oposición entre anacronismo y vanguardia.
Lo que distingue a Turrado de la Fuente de otros poetas que ocasionalmente practican formas métricas es la sistematicidad de su proyecto. No se trata de sonetos aislados insertados en libros de verso libre, sino de una obra completa construida desde la convicción de que la forma métrica no es convención arbitraria sino sistema expresivo que genera capacidades cognitivas específicas: memoria de trabajo, concentración sostenida, planificación anticipada. En una cultura digital que erosiona estas facultades mediante la fragmentación atencional, la práctica de la métrica rigurosa funciona como gimnasia mental que entrena capacidades amenazadas por la transformación tecnológica.
El riesgo del elitismo acecha toda defensa de la excelencia formal, y el autor parece consciente de esta tensión. Pero existe diferencia sustancial entre elitismo excluyente y exigencia democrática: el primero desprecia al lector común, la segunda lo invita a elevar sus capacidades. Turrado no adapta su arte a un público fragmentado sino que propone al lector un desafío: recuperar la concentración profunda, la lectura sostenida, el placer estético de la musicalidad verbal. Esta posición ética rechaza la banalización cultural, ese proceso por el cual la cultura se adapta al consumidor en lugar de exigir que el consumidor se eleve hacia ella.
La poesía de Turrado de la Fuente dialoga con los maestros del siglo XX que también practicaron métrica rigurosa desde sensibilidad contemporánea: García Lorca en «Romancero gitano», Rafael Alberti en «Marinero en tierra», y más recientemente Luis Alberto de Cuenca y Aurora Luque. Pero su apuesta es más ambiciosa en términos de extensión narrativa y complejidad formal. Los poemas largos permiten desarrollos épicos y líricos que la brevedad hegemónica del micropoema contemporáneo imposibilita. «Juguetes Líricos» recupera así una tradición del poema narrativo extenso que parecía perdida, demostrando que aún puede decir cosas que otras formas no dicen.
El contexto de recepción condiciona inevitablemente la lectura de esta obra. En un campo poético donde más del noventa por ciento de la producción antologada utiliza verso libre, donde la enseñanza de la métrica ha desaparecido de los programas educativos, donde lectores jóvenes no distinguen un octosílabo de un endecasílabo, la perfección técnica de Turrado corre el riesgo de pasar inadvertida. Esta situación plantea cuestiones culturales de largo alcance sobre la transmisión de competencias literarias y sobre el tipo de relación que queremos establecer con nuestra tradición poética.
«Juguetes Líricos» constituye, en definitiva, una propuesta de resistencia cultural contra tres tendencias dominantes en la contemporaneidad: la fragmentación cognitiva producida por la economía digital de la atención, el presentismo que rompe vínculos con la tradición literaria, y la equiparación posmoderna de accesibilidad inmediata con valor democrático. La apuesta de Turrado de la Fuente es clara: la poesía como disciplina mental, como conversación intergeneracional, como defensa de la excelencia contra el facilismo. Una apuesta que, en el panorama actual de la poesía española, adquiere dimensión no solo estética sino ética y política en el sentido más noble de estos términos.
Antonio Graña Ojeda
por Ana María Olivares | Dic 6, 2025 | Noticias
LOS DÍAS QUE NO BRILLAMOS Y ESTÁ BIEN
Me llega Renacida en mi calma de Lucía García Ramos y me pasa lo que me suele pasar con ciertos libros: los abro con cierta prevención, con ese recelo de quien ya ha leído demasiada poesía que promete sanación y acaba sonando a manual de autoayuda mal versificado, y de repente me encuentro subrayando versos, asintiendo con la cabeza como una tonta, reconociéndome en experiencias que creía solo mías. Porque eso tiene la buena poesía, ¿no? Que te hace creer que alguien ha estado husmeando en tus cajones cuando no mirabas.
La autora es joven, nacida en el año 2000, de Jumilla, y este es su segundo poemario después de Ama desde tus adentros. Pertenece a esa generación que ha crecido entre crisis, trabajos precarios y la dictadura del postureo en redes sociales. Una generación a la que le ha tocado construirse sola porque las estructuras que sostenían a sus padres ya no existen, o existen mal, o de forma tan intermitente que no te puedes fiar. Y se nota en los versos. Cuando escribe «Soy el lugar donde descanso, / el refugio que tantas veces busqué afuera», no está haciendo poesía bonita. Está documentando una necesidad real, urgente, de convertirse en casa propia porque fuera no hay dónde cobijarse.
El libro está organizado con una pulcritud que se agradece: cinco secciones, veinticinco poemas, cinco por sección. Renacer, Raíces, Alas, Puentes, Horizontes. Podría parecer demasiado calculado, demasiado perfecto, pero funciona porque García Ramos entiende que el caos emocional necesita estructura para no ahogarse en sí mismo. Es como cuando ordenas tu habitación no porque seas una maníatica del orden sino porque necesitas encontrar algo en medio del desastre. La estructura de este libro es eso: una forma de no perderse mientras exploras territorios que dan vértigo.
Lo que más me gusta de este poemario es que no te engaña. No te promete que vas a renacer para siempre y convertirte en una versión mejorada e infalible de ti misma. No te vende esa felicidad de anuncio de yogur que tanto se estila ahora. García Ramos es más honesta que todo eso. En cada sección, justo cuando ya te estás creyendo el cuento del crecimiento personal, aparece un poema que te dice: espera, que tampoco es tan fácil. «Los días que no soy luz», «Cuando me permito caer». Y ese gesto, ese reconocimiento de que hay días en que no puedes con todo y está bien, me parece más valiente que todos los discursos motivacionales que nos bombardean.
Hay un verso que me ha quedado grabado: «Hay días que no puedo, / y está bien». Cinco palabras que desmontan toda esa presión terrible de tener que estar siempre bien, siempre luminosa, siempre radiante. ¿No estamos hartas ya de esa exigencia? ¿De tener que fingir fortaleza constante como si fuéramos superheroínas de cómic? García Ramos te da permiso para ser humana, para caerte, para no llegar algunos días. Y ese permiso, créeme, es más necesario de lo que parece.
La autora tiene un don para convertir lo abstracto en algo que puedes tocar. No hace esa poesía de conceptos flotantes que no sabes muy bien qué quieren decir. Escribe «Me quito la piel que ya no me sirve» y sabes exactamente de qué habla porque tú también te has quitado pieles que ya no te servían, aunque no supieras ponerle palabras. Escribe «Me temblaban las manos / pero la voz salió firme» y reconoces esa sensación de miedo físico y determinación simultánea, esa contradicción que es pura verdad. Escribe «He cargado piedras que no eran mías» y piensas en todas las veces que has cargado con expectativas ajenas, con dolores heredados, con responsabilidades que nunca te correspondieron.
El lenguaje es sencillo sin ser simple, que no es lo mismo. García Ramos no necesita palabras rimbombantes ni metáforas rebuscadas para decir cosas importantes. Habla claro, como quien te cuenta algo importante en una conversación de sobremesa, pero sin perder la intensidad poética. Usa imágenes que todos entendemos: la casa, las raíces, las alas, los puentes. Son metáforas viejas como la poesía misma, es verdad, pero ella las hace suyas, las habita desde su experiencia, les da una vuelta que las renueva.
Me gusta especialmente cómo trata la memoria de Benedetti. En el último poema escribe «Recuerdo a Benedetti, / la alegría se defiende». No es una cita pedante para demostrar que ha leído, es más bien como invocar a un maestro cuya voz te sostiene cuando la tuya flaquea. Y tiene sentido, porque Benedetti también escribía esa poesía directa, sin artificios, que te habla al corazón sin pasar por el manual de instrucciones. García Ramos se inscribe en esa tradición de poetas que prefieren ser entendidos antes que admirados por su complejidad.
Ahora bien, no todo es perfecto. El poemario tiene sus limitaciones y sería trampa no mencionarlas. Todos los poemas hablan desde la misma calma, desde esa serenidad de quien ya ha procesado el dolor. Y a veces echo de menos el durante, el caos sin resolver, la rabia en bruto, la confusión que todavía no tiene nombre. García Ramos escribe desde el después de la tormenta, cuando ya has limpiado los cristales rotos y puedes mirar el desastre con perspectiva. Y está bien, pero también me pregunto qué pasaría si se atreviera a escribir desde el centro mismo de la tormenta, cuando todavía no sabes si vas a sobrevivir.
También es cierto que formalmente no hay mucho riesgo. El verso libre que emplea es efectivo pero conservador. No juega con la disposición visual de los poemas, no rompe ritmos, no experimenta con formas que nos saquen de la zona de confort. Es poesía que se lee fácil, que fluye sin obstáculos, y eso está bien para lo que pretende, pero a veces me gustaría que se atreviera a poner alguna piedra en el camino del lector.
Y luego está esa cosa que me incomoda un poco: todo es muy personal, muy íntimo, muy hacia dentro. No hay ni rastro de lo político, de lo social, de las estructuras que nos condicionan. Como si bastara con trabajarse a una misma para resolver problemas que tienen raíces colectivas. Entiendo que no es ese el libro que quería escribir, que su búsqueda es otra, pero en alguien de su generación, tan golpeada por la precariedad estructural, esa despolitización total me llama la atención. Aunque quién soy yo para decirle a nadie sobre qué debe escribir.
Pero estas objeciones no invalidan lo que el libro tiene de valioso. Para muchas lectoras, especialmente mujeres jóvenes que están atravesando procesos de reconstrucción personal, este poemario puede ser exactamente lo que necesitan. Esa validación de que no estás loca, de que otras han pasado por lo mismo, de que hay palabras para experiencias que parecían innombrables. La poesía también sirve para eso, para acompañar, para sostener, para recordarte que no estás sola en el desastre.
Me acuerdo de cuando tenía veintitantos años y necesitaba desesperadamente libros que me dijeran que era normal sentir lo que sentía, que no había una sola forma correcta de ser mujer, que podías caerte mil veces y levantarte mil y una. Este libro habría sido importante para mí entonces. Y sé que será importante para muchas lectoras ahora. No porque sea una obra maestra que entrará en todas las antologías futuras, sino porque es un libro honesto escrito desde necesidad real.
García Ramos no finge saberlo todo, no adopta pose de gurú que tiene todas las respuestas. Simplemente comparte su proceso, sus descubrimientos, sus recaídas. «Me hago un café, / me quedo quieta / y dejo pasar las horas», escribe en uno de los poemas. Y esa imagen doméstica, pequeña, casi insignificante, contiene toda una filosofía del autocuidado que no necesita ser espectacular para ser efectiva.
Lo que me llevo de este libro es precisamente eso: el permiso para ser pequeña, para no brillar todos los días, para caerme sabiendo que mañana volveré «el doble de clara, / el doble de yo». Ojalá más poetas jóvenes escribieran con esta honestidad, sin pretender ser lo que no son, sin vendernos curaciones milagrosas. Ojalá más libros nos recordaran que está bien no estar bien siempre, que la vulnerabilidad no es debilidad sino parte de la experiencia humana.
Renacida en mi calma no va a revolucionar la poesía española, pero tampoco pretende hacerlo. Es un libro que acompaña, que sostiene, que valida. Y en tiempos de tanto ruido y tanta exigencia, esa calma que propone el título se agradece. Lucía García Ramos es una voz que seguir, una poeta que escribe desde verdad y no desde pose. Su camino apenas empieza y será interesante ver cómo evoluciona, qué nuevos territorios explora, si se atreve a adentrarse en zonas más oscuras y complejas. Pero mientras tanto, este segundo poemario cumple con lo que promete: recordarnos que renacer no es dejar de caerse, sino aprender a levantarse cada vez con un poco más de nosotras mismas.
Y eso, créeme, ya es bastante.
Ana María Olivares
por Ana María Olivares | Dic 1, 2025 | Noticias
Las palabras que llevamos en el bolso
El otro día vi a una mujer en el metro que rebuscaba desesperada en su bolso. Sacaba pañuelos arrugados, un boli sin capuchón, tickets viejos, caramelos pegajosos. La miraba fascinada porque reconocía en ese gesto algo profundamente femenino y universal: el bolso como archivo de la vida, ese desorden íntimo que nadie ve pero que dice tanto de nosotras. Y entonces me acordé de este libro de María Navas, Poemas en el bolso, que lleva en el título esa misma imagen tan cotidiana y tan poderosa.
Me acuerdo de cuando leí por primera vez «He borrado tu nombre del wasap / y toda nuestra historia se volvió una cifra». Sentí un escalofrío. ¿Quién no ha hecho eso alguna vez? ¿Quién no ha borrado un nombre creyendo que así se borra también el dolor, la rabia, la ausencia? María Navas escribe sobre las cosas que nos pasan a todas, pero lo hace con una precisión que te deja sin respiración. No hay artificio. No hay pose. Solo una mujer contando lo que le duele, lo que le falta, lo que la sostiene.
Hay un poema que me partió el alma. Se titula «Soledad de mariliendre» y habla de la muerte de un amigo gay. Dice: «No encuentro mi lugar en este duelo / porque más allá de la amistad, no tengo un nombre». Yo leí eso y pensé en todas las veces que los afectos que construimos fuera de la familia no tienen sitio en los protocolos del dolor. ¿Cómo llamas a ese vacío cuando pierdes a alguien que no era tu hermano pero lo era todo? María Navas le pone palabras a esa orfandad que no aparece en ningún formulario. Y lo hace sin sentimentalismo, con una rabia tierna que te abraza y te sacude a la vez.
Lo que me gusta de esta poeta es que no finge. No se pone la máscara de la artista atormentada ni escribe como si estuviera en un pedestal. Escribe como hablamos entre amigas cuando nos quitamos la coraza: «Mi piel es de uva, / con un roce se desuella». Esa vulnerabilidad sin vergüenza es lo que hace que sus poemas funcionen. Te reconoces en ellos aunque no hayas vivido exactamente lo mismo. Porque todas hemos querido tener una piel más gorda, «de lajas de pizarra / que brillen al sol», para aguantar mejor los golpes.
Y luego están los poemas que hablan del amor, ese amor del bueno que tanto cuesta encontrar. «Me da amor del bueno. / Bueno como el pan tierno / que venden en las tiendas hipsters, / del que no inflama las tripas después de haberte saciado». Me reí con eso. Porque es verdad, ¿no? Pasamos media vida tragando amores que nos sientan fatal, que nos hinchan, que nos dejan rotas. Y cuando por fin llega uno que no duele, que «calienta y no aprieta», casi no sabemos qué hacer con él. María Navas escribe sobre ese amor posible, el que no necesita drama para existir. Y en estos tiempos de precariedad emocional, donde todo parece diseñado para que nos hagamos daño, leer sobre un amor que sostiene sin apretar es casi revolucionario.
El libro es un viaje geográfico y emocional. Va del sur al norte, de la luz mediterránea a la niebla asturiana, del «rosa de las rosas rosas / en el jardín de mi abuela Margarita» a la Virgen de la Cueva en Infiesto. Pero sobre todo es un viaje hacia dentro, hacia esa extrañeza de quien se ha mudado de vida y ya no sabe quién es. «Un día despertó periférica y absurda, / sin entenderse en el espejo». ¿No les pasa a ustedes también? Esa sensación de haberse vuelto extraña en tu propia piel, de no reconocerte cuando te miras.
Hay un poema que se llama «Ahora callo» y es demoledor. Habla de todas las palabras que te tragas, que «circulan solas, de mi cabeza al estómago, / sin detenerse en los labios». Todas hemos vivido eso: el silencio impuesto, el silencio elegido, el silencio que enferma. «Tengo muchas palabras. / Lo que no tengo es voz». Esa última frase es un puñetazo. Porque tener palabras y no tener voz es la historia de demasiadas mujeres, la nuestra y la de nuestras madres y la de nuestras abuelas.
María Navas escribe también sobre la maternidad truncada, sobre ese hijo que no llegó pero que habitó una cuna sin llegar a abrigar en ella. Lo hace con una delicadeza brutal, sin caer en la autocompasión ni en el dramatismo vacío. «La ropa de tu cuna / no te abrigaba». Son poemas que duelen físicamente, que te obligan a mirar lo que casi nadie quiere ver.
Me gusta que haya decidido llamar al libro Poemas en el bolso y no Poemas del alma o cualquier otra cosa grandilocuente. Porque los poemas en el bolso son esos que viven con nosotras entre lo urgente y lo olvidado, entre el chicle rancio y el caramelo pegajoso, entre la lista de la compra y el boli sin capuchón. Son poemas que respiran nuestro mismo aire contaminado de ciudad, que huelen a metro y a prisa y a café frío. No están en una urna de cristal. Están donde tiene que estar la poesía: en medio de la vida.
No sé si este libro les cambiará la existencia. No sé si después de leerlo verán el mundo de otra manera. Lo que sé es que María Navas ha escrito algo verdadero, sin imposturas, sin trampas. Y en un mundo literario lleno de poses y de gente que escribe como si quisiera impresionar a un tribunal de eruditos, encontrar una voz así es un alivio. Una voz que habla como hablamos, que siente como sentimos, que sangra como sangramos.
Ana María Olivares