por Andrés García Pérez-Tomás | Nov 30, 2025 | Noticias
Afouteza & Certeça de Sabela Gondulfes
Con la bayoneta calada y el alma en los dientes
Uno termina harto de tanta pamplina de escaparate, de tanto versito inocuo diseñado para no ofender a la tropa de ofendiditos que patrulla las redes sociales y de tanta literatura de autoayuda camuflada de profundidad ontológica. Vivimos tiempos blandos, líquidos, donde la estupidez se ha hecho fuerte en las trincheras de la cultura y donde a cualquier zascandil con un micrófono le llaman poeta. Por eso, cuando cae en las manos un artefacto como este Afouteza & Certeça, uno no tiene más remedio que cuadrarse, pedir otra copa y reconocer que todavía queda gente con redaños en este valle de lágrimas. Sabela Gondulfes, que así firma la autora, no ha venido aquí a hacer amigos ni a darnos palmaditas en la espalda, sino a poner las cartas sobre la mesa con esa honestidad brutal, casi suicida, de quien sabe que la vida es una pelea de perros donde casi siempre se pierde, pero donde la dignidad es lo único que no te pueden quitar si no te da la gana.
El título ya es toda una declaración de principios, una patente de corso para navegar por las aguas turbias de este siglo XXI que nos ha salido rana. «Afouteza», esa palabra gallega tan sonora y tan intraducible que es mucho más que coraje; es la disposición de ánimo de quien se planta frente a la adversidad con la barbilla alta, sin lloriqueos, dispuesto a vender cara la piel. Y eso es lo que hay en estas páginas: una mujer que se ha pateado el mundo, desde su Galicia natal hasta el Chile de Neruda, y que vuelve con las botas manchadas de barro y los bolsillos llenos de piedras y de semillas. Me gusta cómo se despacha a gusto contra los mercaderes del templo en esa «Carta abierta a la Barbarie», soltando verdades como puños sobre esos cuatro sinvergüenzas que manejan el cotarro político y económico mientras nosotros, imbéciles integrales, les seguimos bailando el agua. No hay aquí ese buenismo empalagoso que tanto se estila, sino la mala leche necesaria del que ha visto cómo desahucian al vecino o cómo nos roban el futuro a la cara.
Pero donde la autora te agarra de las solapas y no te suelta es cuando baja a la trinchera de los afectos, al cuerpo a cuerpo con la muerte y el olvido. Nada de metáforas alambicadas para hablar del alzhéimer de un padre o de la muerte de una madre; aquí hay carne, hay fluidos, hay esa «memoria resbaladiza» que duele más que un navajazo. Gondulfes escribe como quien respira después de haber estado a punto de ahogarse, con la urgencia de los supervivientes. Se nota que ha leído a los viejos maestros, a Celaya, a Miguel Hernández, a esos tipos que sabían que la poesía es un arma cargada de futuro y no un adorno de salón burgués. Hay en sus versos un eco de esa España y de esa América que sudan y sangran, una conexión telúrica con la tierra —la PachaMama, la llama— que suena a verdad antigua, a sabiduría de aldea y de marineros que saben que el mar no tiene amigos. En tiempos donde la lealtad es una moneda devaluada, ella la reivindica como único salvoconducto posible, lealtad a los suyos, a su estirpe, a esa «prístina célula» de la que venimos.
No es un libro para leer con prisas en el metro, sino para digerirlo despacio, con un vaso de vino recio al lado, dejando que las palabras se asienten como el poso de una vida vivida sin concesiones. Es reconfortante, en medio de tanta mediocridad y tanto ruido, encontrar una voz que no impostada, una voz de mujer que se reconstruye «a cachitos» y que tiene el valor de confesar que ha muerto y ha resucitado las veces que han hecho falta. Afouteza & Certeça es un manual de resistencia para náufragos, un recordatorio de que, aunque nos pinten bastos y la realidad se empeñe en ser un lugar inhóspito gobernado por canallas, siempre nos quedará la palabra precisa, el compromiso firme y el valor de mantenerse en pie cuando todo alrededor se derrumba. Y eso, oigan, en los tiempos que corren, es mucho más de lo que ofrecen la mayoría de esos libros que se apilan en las mesas de novedades.
Andrés García Pérez-Tomás
por Andrés García Pérez-Tomás | Nov 23, 2025 | Noticias
Cuando la poesía deja de ser adorno y se convierte en puñetazo
Les voy a contar una cosa, señoras y señores: hay libros que se leen cómodamente instalado en el sillón con una copa de vino al lado, y hay libros que te obligan a levantarte, caminar por la habitación y preguntarte dónde carajo guardaste la conciencia porque hace tiempo que no la usabas. «Job en Gaza», de Juan Argelina, pertenece a esta segunda categoría, y no precisamente porque el autor sea un psicópata literario, sino porque ha tenido los arrestos de escribir poesía sobre algo que la mayoría preferiríamos ignorar mientras nos tomamos el café del desayuno mirando Instagram. Que conste que no es el primer poemario sobre conflictos políticos, ni el más experimental, ni el que va a ganar el Nacional de Poesía, pero es un libro necesario, y lo necesario siempre es incómodo, lo cual en estos tiempos de literatura narcótica y poesía para frigoríficos de imanes ya es bastante.
Argelina es historiador, arqueólogo, uno de esos tipos que desenterraron la teoría queer en España cuando todavía había que explicarle a la gente qué significaba la palabra, y ahora a los sesenta y cinco años publica su primer poemario tomando el mito bíblico de Job y transportándolo a Gaza sin pedirle permiso a nadie. Y ojo, que cuando digo transportar no me refiero a ese juego posmoderno de referencias culturales que tanto gusta en los talleres literarios, sino a algo mucho más bestia: Argelina coge la estructura completa del Libro de Job, con sus ocho secciones, sus diálogos entre Dios y el diablo, su apuesta divina sobre el sufrimiento del justo, y lo convierte en alegoría directa, explícita, sin matices ni medias tintas, del sufrimiento palestino. No hay equidistancia aquí, no hay «ambos bandos tienen razón», no hay esa cobardía intelectual tan de moda. Hay un pueblo que sufre, hay quienes lo hacen sufrir, y hay un mundo que mira hacia otro lado porque es más cómodo. El libro te lo dice en la cara y si no te gusta, ahí tienes la puerta.
La estructura es ambiciosa, hay que reconocerlo: prólogo sobre la apuesta divina, ocho secciones que van desde el origen del dolor hasta la búsqueda de memoria, y un epílogo que conecta Gaza con Troya porque, claro está, todas las ciudades sitiadas se parecen y la historia es ese borracho que se empeña en contarnos la misma anécdota una y otra vez esperando que esta vez sí aprendamos algo, aunque nunca lo hacemos. Argelina alterna fragmentos líricos con prosa ensayística, mete datos históricos entre versos, te habla de Shabra y Chatila, del hospital Al-Ahli bombardeado, de Amnistía Internacional, de políticas de asentamientos, y todo eso podría convertirse en un infumable panfleto político si no fuera porque el tipo sabe escribir y, sobre todo, porque ha elegido el verso libre como arma y la metáfora bíblica como escudo. «Las cunas quedaron abiertas como bocas sin voz», escribe, y ahí te das cuenta de que no estás ante un activista con vocación poética sino ante un poeta con vocación testimonial, que no es lo mismo.
El problema —o la virtud, según se mire— es que Argelina no te deja respirar. Página tras página insiste: «Miradme y espantaos», «Alza tu voz», «¿Tienes tú ojos de carne?», y uno querría decirle oye Juan, tranquilo, que ya nos hemos enterado de que Gaza es un horror, pero el libro no para porque Job tampoco paró de clamar y porque, seamos sinceros, si el autor te diera un respiro aprovechas para irte a hacer un café y olvidar que acabas de leer sobre niños convertidos en cifras y casas convertidas en tumbas. La anáfora es el recurso técnico dominante aquí, esa repetición obsesiva de «Me alcanzaron días de aflicción / me alcanzaron noches interminables» que reproduce formalmente la insistencia del testigo que debe repetir su testimonio porque nadie escucha la primera vez, ni la segunda, ni probablemente la vigésima. Es poesía martillo, poesía que golpea hasta que duele, y si al lector le molesta pues mala suerte, porque el objetivo no es gustar sino despertar, que son verbos muy distintos aunque la industria editorial los haya confundido hace décadas.
Técnicamente el libro es sólido pero irregular, que es lo que cabría esperar de un primer poemario de alguien que ha dedicado la vida a escribir ensayos académicos. Hay versos memorables («Yo nací con lamento en la lengua / y sin embargo mi llanto fue semilla») y hay pasajes donde la prosa ensayística diluye la concentración poética y uno piensa que Argelina debería haber confiado más en la metáfora y menos en la explicación. La métrica es libre, como debe ser cuando se testimonia desde el caos, con versos cortos que jadean y versos largos que se derraman como el propio sufrimiento, y esa irregularidad formal no es torpeza sino coherencia: no se puede testimoniar el horror en endecasílabos perfectos porque el horror no tiene ritmo regular, el horror es arrítmico, impredecible, y la forma debe reproducir esa arritmia si quiere ser honesta.
La elección del mito de Job como matriz estructural es inteligente porque universaliza sin deshistorizar, que es la cuadratura del círculo de toda poesía política. Job es el inocente que sufre sin razón aparente, Gaza es el pueblo sitiado que no sabe qué hizo para merecer esto, y ambos preguntan al cielo por qué carajo pasa lo que pasa y el cielo, como es costumbre, no contesta o contesta con más bombas, que viene a ser lo mismo. Argelina sostiene el paralelismo durante todo el libro sin caer en la obviedad ni en el didactismo, salvo en algunos momentos donde uno quisiera decirle «ya lo pillamos, Juan, no hace falta que nos lo expliques», pero son pecados menores en un libro que se juega mucho más que la elegancia formal. Y luego está esa conexión final con Troya, con Príamo llorando por Héctor igual que las madres palestinas lloran por sus hijos, que es ese tipo de paralelismo histórico que funciona si lo haces bien y aquí funciona porque Argelina conoce sus clásicos y sabe que Homero ya contó esta historia hace casi tres mil años, solo que entonces teníamos la decencia de llamarla tragedia y ahora la llamamos «conflicto complejo de larga data», que es la forma cobarde que tienen los periodistas de no tomar partido.
Ahora bien, y aquí viene la parte que probablemente no les va a gustar a algunos, este libro no es para todo el mundo. Si ustedes buscan poesía que los consuele, que los haga sentir bien consigo mismos, que puedan leer en voz alta en un recital con fondo de guitarrita y todos aplauden emocionados, váyanse a otra parte porque esto no es eso. «Job en Gaza» es poesía que interpela, que acusa, que señala con el dedo y dice «tú también eres cómplice si callas», y ese tipo de acusación no es popular en una sociedad que ha convertido la neutralidad en virtud y el silencio en prudencia. Argelina escribe desde una posición moral clara: hay víctimas y hay verdugos, hay quien bombardea hospitales y hay quien muere en esos hospitales, y si esa claridad te parece simplificación excesiva es probable que seas de los que nunca han tenido que elegir entre mirar o apartar la vista cuando pasan cosas feas, lo cual, créanme, es un privilegio que no todo el mundo tiene. El libro no busca matices porque los matices, en según qué situaciones, son una forma elegante de lavarse las manos, y Argelina claramente decidió que no iba a lavarse las manos ni aunque le ofrecieran la palangana de plata de Pilatos.
La voz poética es profética pero no religiosa, testimonial pero no panfletaria, combativa pero no histérica, que es un equilibrio difícil de mantener cuando escribes sobre injusticia flagrante sin caer en el sermón o en el grito. Argelina maneja el registro bíblico sin caer en pastiche, usa expresiones como «Ahora pues, alza tu voz» o «Si pesasen mi queja y mi tormento» que podrían sonar ridículas en boca de otro pero aquí funcionan porque todo el libro está construido sobre esa tensión entre el mito antiguo y la realidad contemporánea, entre Job sentado en cenizas en la tierra de Uz y Job sentado en escombros en Gaza, que al final son la misma ceniza y los mismos escombros porque el sufrimiento del inocente no ha cambiado nada en tres mil años, solo hemos perfeccionado las armas y los eufemismos. Cuando el autor escribe «¿Tienes tú ojos de carne?» preguntándole a Dios si puede ver el sufrimiento humano con vulnerabilidad humana, está haciendo teología política de la buena, de esa que cuestiona el orden establecido desde las propias categorías del poder, que es la única forma efectiva de cuestionarlo.
Les diré una cosa más antes de terminar: este libro va a molestar a mucha gente, y eso es buena señal. Va a molestar a quienes creen que la poesía debe hablar de pajaritos y atardeceres, va a molestar a quienes piensan que criticar a Israel es antisemitismo, va a molestar a quienes prefieren que Gaza sea esa cosa lejana que sale de vez en cuando en las noticias entre el fútbol y el tiempo, y va a molestar especialmente a esos poetas acomodados que llevan treinta años escribiendo sobre su ombligo mientras el mundo se desmorona. Bien por Argelina. Necesitamos más libros molestos y menos libros amables, más poetas con arrestos y menos poetastros con carreras académicas que defender. «Job en Gaza» no es un libro perfecto, tiene sus caídas de ritmo y sus momentos de didactismo excesivo, pero es un libro valiente, y en estos tiempos de cobardía generalizada eso ya es suficiente. Si la poesía no sirve para sacudir conciencias entonces que alguien me explique para qué carajo sirve, porque adornar paredes y quedar bien en presentaciones de libros con cava barato me parece poco.
Así que ahí lo tienen, señoras y señores: «Job en Gaza», de Juan Argelina, publicado por Editorial Poesía eres tú, que al menos tuvo el coraje de publicarlo cuando otros sellos probablemente habrían salido corriendo al ver el tema. Léanlo si tienen el estómago preparado, y si no lo tienen léanlo de todas formas porque los libros incómodos son los que más nos hacen falta, aunque nos cueste admitirlo. Y si después de leerlo siguen pensando que la poesía debe hablar solo de cosas bonitas, pues nada, sigan con sus haikus sobre cerezos en flor, que para gustos se hicieron colores. Pero no digan que no se lo advertí.
Andrés García-Pérez Tomás
por Andrés García Pérez-Tomás | Nov 16, 2025 | Noticias
Cuando la poesía deja de ser poesía y se convierte en artefacto mental
He aquí un libro que no pide permiso para existir. Alabanzas de esto y de lo otro, de José Soriano Recio, es uno de esos textos que aparecen de vez en cuando para recordarnos que la literatura española no está del todo muerta, solo un poco aletargada entre tanta complacencia editorial. Digo esto porque estamos hartos de poemarios que parecen escritos con plantilla, donde la emoción viene envasada al vacío y la palabra exacta se sustituye por el gesto bonito. Soriano Recio, en cambio, no busca complacer. No le interesa que le entiendan de inmediato. Lo suyo es otra cosa: construir un lenguaje que piense, que se mire a sí mismo mientras te mira a ti, y que te obligue a leer despacio o a dejarlo en la mesilla con cierta inquietud.
El libro abre con unos cerditos de cuento que ya no son de cuento, con un lobo que huyó de Troya y con un caserón lleno de marcas de otras narrativas rotas. No es capricho. Es declaración de principios. Soriano Recio te avisa desde el primer poema que vas a entrar en un territorio donde los personajes han perdido sus cuentos, donde las formas geométricas condicionan la percepción y donde un lenguado adaptándose al fondo marino es, en realidad, un tratado sobre la memoria y la identidad. Porque resulta que este autor no usa los animales para hacer fábulas morales. Los usa como variables epistemológicas, como piezas de un laboratorio donde se prueban hipótesis sobre cómo conocemos, cómo recordamos y cómo el lenguaje nos construye mientras creemos que construimos con él.
Hay que decirlo sin rodeos: este no es un libro fácil. No porque sea oscuro o pretencioso, sino porque exige. Exige atención, paciencia y cierta disposición a que te descoloquen. Los poemas no cuentan historias al uso. Más bien plantean problemas: qué pasa cuando un triángulo condiciona el cielo, cómo se comporta una mente que solo se alimenta de conceptos, de qué forma la memoria es una catedral excavada en el cerebro, qué significa jugar cuando jugar es la única realidad posible. Y todo esto lo hace con una prosa poética que a veces parece matemática, a veces filosofía, a veces bestiario, a veces juego, pero que siempre funciona como artefacto que piensa.
Porque de eso va esto: de pensar. No de sentir bonito ni de conmover con la metáfora justa. Aquí las metáforas son operaciones lógicas. Un cerdito no simboliza la domesticación; es la domesticación. Un mono no representa lo liminal; lo ejecuta. Un lenguado que tuerce el ojo para ver el cielo no es imagen poética, es demostración de que cambiar las reglas del cuerpo cambia las reglas de la realidad. Soriano Recio ha leído a Wittgenstein, a Huizinga, a Caillois, y los ha digerido sin academicismo, sin pose erudita, simplemente dejando que esas ideas respiren dentro de la poesía y la transformen.
La sección central del libro, titulada «Alabanzas», es donde el asunto se pone serio. Aquí el autor se mete de lleno en la paradoja del lenguaje: cómo nombrar lo innombrable, cómo describir sabiendo que toda descripción es construcción, cómo habitar los límites del decir sin caer en el silencio ni en la palabrería. Cada alabanza es un poema que se mira a sí mismo, que cuenta sus propias palabras, que se convierte en sistema descriptivo que nace, crece, se reproduce y muere. Y no es juego gratuito. Es rigor filosófico disfrazado de poesía, o al revés, tanto da. Lo importante es que funciona, que te hace pensar, que te obliga a releer para entender cómo diablos ha conseguido que un poema sobre un envase de yogurt caducado te haga reflexionar sobre la relación entre lenguaje y experiencia.
He leído en los últimos años demasiada poesía que se conforma con emocionar, con decir lo justo para que el lector asiente y se sienta comprendido. Eso no está mal, pero tampoco es suficiente. La literatura, cuando funciona de verdad, incomoda, desplaza, obliga a repensar. Y este libro incomoda. Te saca de tu zona de lectura habitual y te mete en un territorio donde las reglas son otras, donde un poema puede repetir «punto recta» ciento cincuenta veces y eso no es locura sino demostración formal de un problema matemático. Donde personajes de distintos cuentos se cruzan en escenarios imposibles porque sus narrativas originales colapsaron. Donde la geometría no es decorado sino sintaxis del pensamiento.
No voy a decir que este sea un libro para todos. No lo es. Requiere lector dispuesto a jugar el juego que propone, a aceptar que la poesía puede ser laboratorio, que puede pensarse a sí misma sin dejar de ser poesía. Requiere también cierta paciencia con una prosa que a veces se enreda en sus propias ramificaciones, que no teme la repetición ni la estructura serial ni el poema que parece inconcluso porque su inconclusión es parte del sentido. Pero para quien esté dispuesto a entrar en esa lógica, el libro ofrece recompensas inusuales. Te devuelve la sensación de que la poesía todavía puede descubrir algo, de que no todo está dicho ni escrito, de que quedan territorios por explorar más allá del yo emotivo y la anécdota bien contada.
Soriano Recio ha escrito un libro raro. Y lo raro, en estos tiempos de uniformidad editorial, es casi un acto de resistencia. Un libro que no busca público masivo ni premio fácil ni reseña condescendiente. Un libro que simplemente existe porque tenía que existir, porque había algo que decir y la única forma de decirlo era esta. Con cerditos que han perdido su cuento, con lenguados que adaptan su percepción, con triángulos que condicionan el cielo, con monos que esperan junto a Huizinga y Estragón, con memoria excavada en catedrales topológicas, con lenguaje que se envasa a sí mismo y transforma lo que nombra. Todo eso está aquí, esperando al lector que sepa qué hacer con ello. O al lector que no lo sepa pero esté dispuesto a intentarlo, que al final es lo mismo.
Andrés García-Pérez Tomás
por Javier Pérez-Ayala Huertas | Nov 9, 2025 | Noticias
Cuatro estaciones de la ausencia: el libro que convierte el ciclo estacional en crónica íntima
Desde el primer verso, Ángel Jesús Martín González entrega un libro que no se limita a describir estaciones, sino que hace de ellas el espejo de la memoria, del amor y la ausencia. Cuatro estaciones, versos para ella es una colección de poemas que navega entre la realidad y el anhelo, entre lo palpable y lo soñado, entre lo que ya fue y lo que sigue. El libro, arquitectado en cuatro partes, empareja el calendario de la naturaleza con el calendario de la emoción, y convierte el paisaje andaluz en escenario de duelos y esperanzas.
La voz del poeta es directa, precisa, sin florituras vacías ni pretensiones de complicación innecesaria. Habla de la soledad desde una ventana, de la nostalgia en los jardines desiertos, de la vivacidad de los recuerdos en los patios llenos de ecos. El lenguaje no se exonera, permite la claridad y la transparencia, pero sin renunciar a la belleza sutil de lo que se siente y no se dice. Los colores no decoran, ordenan el alma: el verde espera, el oro calienta, el blanco protege y el malva acompaña en la transición. El libro decide no esconder las ausencias, las pone en el centro, frente a la luz, y las vuelve versos, rituales, cápsulas de tiempo.
La elegancia del poemario no está en la erudición, sino en la capacidad de Martín González de encontrar, entre los símbolos tradicionales y la arquitectura de la poesía, el tono justo para cada estación, para cada sentimiento. El lector no se enfrenta a enigmas, sino a situaciones: el silencio de un invierno, la inquietud de una primavera, la piel erizada por los recuerdos, el eco de una voz que ya no llega.
No se trata de un libro de invenciones caprichosas, sino de un retrato íntimo, sincero, que descubre la belleza de lo que ha sucedido y lo que ya no sucede. La poesía corta caminos, brinda sentimientos, propone evocaciones, y deja al lector, al final, con la certeza de que el ciclo de la naturaleza y el de la vida pueden, y deben, leerse juntos. El libro de Martín González, en este sentido, cumple la tarea fundamental de la poesía: hacer fácil lo más difícil de expresar y hacer amable lo que duele recordar.
Javier Pérez-Ayala
por Antonio Graña Ojeda | Nov 2, 2025 | Noticias
Himnos a Urlil, de Carlos Blanco
Carlos Blanco y la reinvención del himno: una propuesta poética contra el pragmatismo de nuestro tiempo
Hay libros que desafían el canon establecido y otros que, directamente, lo ignoran. Himnos a Urlil, de Carlos Blanco, pertenece a esta segunda categoría. En un panorama poético español donde predomina el verso contenido, la intimidad doméstica y el tono conversacional, Blanco se atreve con un proyecto que parece salido de otra época: escribir himnos en pleno siglo XXI. Y no himnos a cualquier cosa, sino a Urlil, una entidad que el propio autor inventa tomando prestado un nombre de la antigua mitología hitita para convertirlo en principio universal accesible a cualquier lector.
Este gesto fundacional merece detenerse en él. Blanco, conocido principalmente por su trabajo filosófico, construye una divinidad poética que funciona como recipiente vacío capaz de albergar las inquietudes trascendentes de un lector contemporáneo que ya no encuentra respuestas en las religiones tradicionales pero que tampoco se resigna al nihilismo que caracteriza buena parte de la producción cultural actual. Urlil no es Cristo ni Alá ni Buda: es una invención consciente que permite recuperar el discurso sobre lo sagrado sin las ataduras dogmáticas de las confesiones establecidas.
El lenguaje que emplea Blanco en este poemario resulta deliberadamente arcaizante, elevado, cargado de una solemnidad que choca frontalmente con los usos poéticos dominantes. Donde la mayoría de poetas contemporáneos buscan la naturalidad coloquial, Blanco opta por la densidad epitetaria que caracterizaba a los himnos de Píndaro: «Luz inextinguible, claridad desbordante, fulgor eterno». Esta acumulación de atributos no responde a un simple gusto ornamental sino que cumple una función específica: construir mediante la repetición y la variación una presencia que se va haciendo cada vez más tangible en la imaginación del lector.
La estructura del libro revela una ambición cosmopolita poco frecuente en la poesía española actual. Blanco no se limita a invocar a Urlil desde un espacio abstracto, sino que lo hace presente en geografías concretas que abarcan cuatro continentes. Estambul, Jerusalén, el Taj Mahal, las bibliotecas europeas, Marrakech, las cataratas del Iguazú, Machu Picchu: cada uno de estos espacios se convierte en escenario donde lo sagrado puede manifestarse. Lo que Blanco propone es una cartografía de lo trascendente que trasciende las fronteras culturales y religiosas para articular una espiritualidad genuinamente universal.
Esta operación conecta el libro con una tradición que arranca en Píndaro y atraviesa la mística española de San Juan de la Cruz, el romanticismo alemán de Novalis y Hölderlin, hasta llegar a nuestra época profundamente desacralizada. Blanco no imita servilmente a estos predecesores: los metaboliza, los reinterpreta, los actualiza. De Píndaro toma la elevación tonal pero rechaza el aristocratismo; de San Juan toma el vocabulario del anhelo pero se libera de la ortodoxia católica; de los románticos alemanes toma la intensidad visionaria pero evita la melancolía que los caracteriza.
El recurso sistemático a la anáfora, que atraviesa todo el poemario, merece especial atención. La repetición obsesiva de estructuras sintácticas idénticas al inicio de cada verso produce un efecto hipnótico que remite a las liturgias religiosas tradicionales. Esta técnica, lejos de ser un mero artificio retórico, cumple una función cognitiva: mediante la repetición, el lector va interiorizando progresivamente el contenido del himno hasta que la invocación deja de ser externa para convertirse en experiencia interior.
Las interrogaciones retóricas que pueblan el texto construyen un yo lírico que oscila entre la humildad del buscador y la autoridad del vidente. «¿Dónde te ocultas, luz que busco insaciable?» no es una pregunta que espere respuesta proposicional sino una forma de mantener viva la tensión entre búsqueda y encuentro, entre ausencia y presencia. Este equilibrio resulta especialmente productivo para articular una espiritualidad postsecular que no puede refugiarse en certezas dogmáticas pero que tampoco se resigna al escepticismo radical.
La apuesta de Blanco plantea interrogantes sobre la función de la poesía en nuestro tiempo. En una cultura dominada por el pragmatismo, donde el valor de cualquier actividad se mide por su utilidad inmediata, un libro como Himnos a Urlil reclama para la poesía una dimensión cognitiva que va más allá del entretenimiento o la catarsis emocional. Lo que el autor propone es que la poesía puede acceder a dimensiones de la realidad que permanecen vedadas tanto al discurso científico como al filosófico: la experiencia cualitativa de lo trascendente, la intuición estética de totalidades que resisten la fragmentación analítica, la construcción de sentido en un mundo que amenaza con perderlo definitivamente.
Este proyecto no está exento de riesgos. El lenguaje elevado puede percibirse como anacrónico o pretencioso; la densidad del texto exige un lector paciente y culto que reconozca las resonancias intertextuales; la seriedad sin ironía puede resultar incómoda en una época donde el distanciamiento irónico funciona como estrategia defensiva ante cualquier pretensión de trascendencia. Pero precisamente ahí radica el interés del libro: en su voluntad de arriesgar, de proponer algo que puede fracasar estrepitosamente pero que, si funciona, abre posibilidades que la poesía española contemporánea había clausurado prematuramente.
La cuestión de fondo que plantea Himnos a Urlil trasciende lo estrictamente literario para situarse en el terreno de las opciones existenciales. En un momento histórico donde las grandes narrativas se han desmoronado, donde las religiones tradicionales han perdido gran parte de su capacidad de convicción, donde el nihilismo se presenta como la única alternativa intelectualmente respetable, Blanco propone una tercera vía: ni recuperación nostálgica de ortodoxias caducas ni resignación ante el vacío, sino construcción deliberada de nuevos espacios simbólicos donde lo sagrado pueda seguir teniendo lugar. Que lo haga mediante la poesía, y no mediante la filosofía que es su territorio habitual, resulta significativo: sugiere que hay cosas que solo pueden decirse poéticamente, que existe una verdad estética irreductible al concepto filosófico o al dato científico.
Himnos a Urlil es, en última instancia, un libro incómodo. Incómodo para los defensores de una poesía testimonial anclada en lo cotidiano; incómodo para los practicantes del minimalismo expresivo que domina buena parte de la producción actual; incómodo para quienes consideran que toda pretensión trascendente es o ingenuidad o impostura. Pero quizá sea precisamente esa incomodidad lo que lo hace necesario. Porque si algo caracteriza a la buena literatura es su capacidad para poner en cuestión los consensos establecidos, para forzarnos a pensar de nuevo aquello que habíamos dado por definitivamente resuelto. Y Carlos Blanco, con este libro desmesurado y ambicioso, nos obliga a preguntarnos si realmente hemos renunciado definitivamente a la posibilidad de que la poesía diga algo sobre lo que importa, sobre aquello que trasciende la mera gestión eficiente de la existencia.
Antonio Graña Ojeda
por Antonio Graña Ojeda | Nov 1, 2025 | Noticias
Poesía transatlántica: cuando la amistad femenina construye el libro
Un firmamento de peces de Nuria Gázquez y Cecilia Guiter responde a una modalidad escasamente frecuentada en el panorama editorial español contemporáneo: la coautoría poética sostenida en vínculos afectivos profundos entre escritoras que habitan geografías separadas por el océano Atlántico. El volumen, publicado por Editorial Poesía eres tú del Grupo Editorial Pérez-Ayala, constituye materialización textual de conversaciones diarias mantenidas durante años entre dos mujeres cuya amistad se originó en los talleres literarios de Clara Obligado, donde Cecilia participó durante años, y que resistió el desplazamiento migratorio de Cecilia hacia Estados Unidos. Este dato biográfico no es anecdótico: configura la estructura misma del poemario, que se construye como diálogo implícito entre voz almeriense arraigada y voz expatriada que escribe desde Florida.
La arquitectura del libro se sustenta en alternancia sistemática entre poemas extensos desarrollados mediante verso libre y haikus que condensan instantes contemplativos. Esta hibridación formal no responde a eclecticismo caprichoso sino a búsqueda deliberada de ritmos complementarios: los poemas extensos despliegan narrativa, reconstruyen memoria familiar, documentan duelo por progenitores fallecidos, mientras que los haikus detienen temporalidad discursiva para capturar percepción instantánea. El conjunto configura respiración textual donde expansión y condensación se alternan generando dinamismo interno que sostiene coherencia del volumen.
La temática del libro gravita en torno a tres núcleos fundamentales que se entrelazan sin fusionarse completamente: memoria familiar y elaboración del duelo, experiencia migratoria contemporánea y sus paradojas, amistad femenina como anclaje identitario. Gázquez escribe elegías dedicadas a madre muerta que no caen en sentimentalismo ni melodrama, sino que reconstruyen figura materna mediante detalles precisos que la individualizan: «Morena eras, / de alegría salpicabas tus macetas», leemos en «La picarilla». Esta caracterización física y temperamental que podría parecer superficial adquiere densidad mediante acumulación de rasgos específicos que configuran retrato reconocible. La mención del pueblo almeriense «donde el sol quema y la tierra es seca» ancla elegía en geografía concreta que no es mero escenario decorativo sino condición material que moldea carácter de habitantes.
Guiter, desde Florida, construye poesía del exilio voluntario que no reproduce lamentos convencionales de expatriada nostálgica. Poemas como «Morir de calor» presentan Estado suroriental estadounidense mediante descripción que oscila entre admiración por exuberancia natural («Palmeras de cintura fina / que cantan y arrullan a la brisa») y extrañamiento cultural ante sociedad opulenta cuya riqueza material no disuelve sensación de inadaptación. El título del poema introduce ambivalencia: el calor que en superficie podría ser rasgo climático neutro se transforma en metáfora de incomodidad existencial. «Perdidos en Nueva York» reactualiza experiencia lorquiana documentada en Poeta en Nueva York: búsqueda imposible de sensibilidad mediterránea en metropolis que la niega, intento de localizar referencias culturales propias en ciudad que no las alberga.
La sencillez léxica del volumen merece análisis detenido. Gázquez y Guiter privilegian vocabulario cotidiano —mar, peces, estrellas, lluvia, flores, casa, brazos, nietos— construyendo mediante estas palabras de repertorio común significados que poesía hermética contemporánea frecuentemente persigue mediante oscuridad terminológica y complejidad sintáctica. Esta opción estilística reproduce poética de la desnudez expresiva juanramoniana: el despojamiento ornamental no empobrece sino que intensifica, porque obliga a extraer densidad semántica de palabras humildes sin recurrir a artificios retóricos que disfracen vacío conceptual. «Llueven los años / como hojas de otoño / sobre mi piel arrugada» condensa reflexión sobre temporalidad y envejecimiento mediante imagen vegetal accesible pero eficaz, evitando tanto abstracción conceptual como metaforización rebuscada.
El tema de la amistad femenina que vertebra el proyecto se manifiesta a lo largo de todo el poemario mediante una voz compartida que no necesita tematizarse mediante declaraciones grandilocuentes ni idealizaciones románticas. La persistencia del vínculo se afirma mediante la propia existencia del libro como proyecto común, testimonio de lealtad que atraviesa distancias geográficas y se materializa en palabra compartida. Esta economía expresiva resulta más potente que desarrollos explicativos extensos porque sugiere profundidad histórica del vínculo sin necesidad de documentarlo exhaustivamente.
Los haikus del volumen presentan flexibilización característica de adaptación hispánica del género japonés. «Danzan las nubes / deslumbrantes en su piel / pálidas novias» respeta proporción silábica canónica de 5-7-5, pero otros como «Marea sorda / se duermen los mares / la barca espera» introducen variación que preserva espíritu de condensación extrema sin reproducir mecánicamente parámetros métricos de lengua origen. Esta libertad adaptativa evidencia comprensión del haiku no como fórmula rígida sino como principio estético de brevedad y yuxtaposición imagística.
La dimensión autobiográfica del libro no se oculta ni se problematiza. La sinopsis declara explícitamente que el volumen constituye «diario secreto compartido» derivado de «conversaciones diarias» entre autoras, estableciendo desde paratextos pacto de lectura que invita a interpretar poemas como testimonio directo de experiencias vividas. Esta decisión de no ficcionalizar experiencia mediante distanciamiento literario inscribe Un firmamento de peces en tradición de escritura confesional que poesía femenina hispanohablante contemporánea ha desarrollado como estrategia de visibilización de experiencias históricamente silenciadas: duelo materno, migración voluntaria, amistad entre mujeres como relación constitutiva de identidad.
El contexto editorial del libro merece consideración. Editorial Poesía eres tú, sello que desde 2006 se especializa en descubrir voces nuevas de poesía contemporánea, publica mediante modelo de coedición profesional que responde a realidad estructural del mercado poético español donde ventas son escasas e inciertas. El catálogo de 402 títulos registrados evidencia actividad sostenida durante dos décadas privilegiando autores emergentes sin trayectoria consolidada previa. Un firmamento de peces se inscribe en esta línea editorial mediante publicación de dos autoras que no poseen nombre mediático consolidado en circuitos literarios institucionales pero que han construido proyecto poético riguroso sustentado en trabajo sostenido de años.
La lectura comparativa del volumen con corpus de poesía elegíaca española contemporánea revela continuidades y especificidades. La ausencia de consuelo metafísico que caracteriza elegías de Gázquez reproduce secularización del duelo característica de poesía española posterior a muerte de Dios: no hay promesa de reencuentro en otra vida ni sublimación del dolor mediante creencia en trascendencia del alma. El duelo permanece inmanente, terrenal, vinculado a tumbas concretas y cementerios visitables o inaccesibles. Esta inmanencia distingue elegías contemporáneas de tradición elegíaca clásica que recurría a compensación ultraterrena como estrategia de consuelo.
El proyecto colaborativo entre Gázquez y Guiter plantea interrogantes sobre autoría que libro no resuelve explícitamente. No existe atribución individual de poemas específicos a cada autora, generando ambigüedad sobre quién escribe qué. Esta indeterminación puede interpretarse como gesto deliberado de construcción de voz colectiva que trasciende individualidad autoral, o como simple decisión editorial de no fragmentar volumen mediante atribuciones que interrumpirían lectura. La sinopsis indica que el libro recoge más de 45 poemas de ambas autoras en 129 páginas, sugiriendo contribución cuantitativa aproximadamente equivalente, pero no especifica distribución concreta.
La comparación con otros proyectos de coautoría poética en panorama español reciente evidencia rareza de modalidad. Salvo excepciones puntuales —como Daniel de Piedad Bonnett y Chantal Maillard, coautoría del duelo entre dos madres cuyos hijos se suicidaron—, la poesía española contemporánea privilegia autoría individual. Un firmamento de peces representa así apuesta por colaboración literaria que no es frecuente en género históricamente asociado a expresión de subjetividad individual. El hecho de que coautoría se sustente en amistad femenina añade dimensión adicional: no se trata de colaboración puntual motivada por proyecto editorial específico sino de materialización textual de vínculo afectivo preexistente.
Un firmamento de peces constituye testimonio de que poesía puede construirse desde vínculos afectivos sostenidos en tiempo y resistentes a distancia geográfica. El libro no aspira a innovación formal revolucionaria ni a refundación del género poético. Su valor reside en honestidad expresiva, en capacidad de transformar experiencia cotidiana de amistad, duelo y migración en material poético sin grandilocuencia ni impostación. En panorama editorial saturado de publicaciones que persiguen visibilidad mediante estridencia formal o temática, este volumen propone sencillez trabajada, contención expresiva y confianza en poder evocador de palabra precisa. Esa modestia ambiciosa merece reconocimiento.
Antonio Graña Ojeda