por Ana María Olivares | May 21, 2026 | Noticias
Se ha dicho muy poco de este libro. No porque sea malo —es lo contrario— sino porque los mecanismos de la crítica literaria española tienen cierta dificultad con los debutantes que no encajan en ninguna de sus categorías habituales. José Castellà Blanch publica su primer poemario a los setenta y nueve años, con Editorial Poesía eres tú, y el resultado es un libro que incomoda de la mejor manera posible: porque no es lo que esperábamos.
Conviene decirlo desde el principio: El brillo de los cristales rotos no es el libro nostálgico y bienpensante que el perfil biográfico de su autor podría anticipar. Castellà Blanch —nacido en Tortosa en 1947, asentado en Alicante desde 1966, premiado en los últimos años con el Premio UGT de Poesía y el Numen, finalista del Caligrama 2024— no escribe desde la gratitud del que finalmente llega sino desde la lucidez del que ha tenido tiempo de pensar. Esa es la diferencia.
La poética del libro parte de una inversión: la memoria no preserva sino destruye. Recordar es fragmentar, y los fragmentos —los cristales rotos del título— brillan precisamente porque están rotos, porque la integridad se ha perdido. No es una metáfora decorativa. Es la estructura del libro entero. Cuarenta poemas que no miran el pasado con ternura sino con esa especie de frialdad afectiva que es más honesta que la ternura.
Hay que insistir en una cosa: la forma está al servicio de esa poética. Castellà Blanch no escribe poesía de verso libre descuidado. Las líneas tienen peso. El encabalgamiento sabe cuándo aparecer. Hay poemas —el que abre el libro, el de la muchacha de papel couché, el poema del título— que funcionan como mecanismos bien construidos: nada sobra, nada falta, el efecto es el que se buscaba. Eso no es fácil. Y menos en un debut.
Lo que este libro hace, en definitiva, es plantear una pregunta que va más allá de sí mismo: qué significa llegar tarde a la literatura. No como fracaso ni como rareza, sino como una forma específica de conocimiento. Hay cosas que solo se pueden escribir cuando ya han pasado, y cuando ya se ha tenido tiempo de entender por qué duelen.
Este libro debería leerse antes de que alguien decida que ya no es novedad.
— Ana María Olivares
por Antonio Graña Ojeda | May 21, 2026 | Noticias
La poesía española contemporánea ha atravesado en las últimas décadas un pacto tácito con la elaboración formal: lo que importa es cómo está hecho el poema, y la materia prima pasa a un segundo plano. En ese contexto, Libertad, el primer poemario de Silvia Cubeles Vaquero publicado por Editorial Poesía eres tú, llega como una anomalía necesaria.
El libro recoge sesenta poemas escritos desde el encierro real —el centro penitenciario de Wad-Ras en Barcelona y un centro psiquiátrico— durante dos años de proceso judicial. La decisión formal es coherente con la materia: poemas breves, versos libres de corte prosístico, léxico cotidiano, ausencia de puntuación sistemática. Esta reducción no es torpeza sino consecuencia necesaria: cuando la libertad desaparece, el poema también pierde ornamento.
Conviene detenerse en el tratamiento de la lengua. Cubeles Vaquero alterna el español y el catalán con una lógica emocional: el catalán aparece en los momentos de mayor intensidad, como lengua-refugio. En «NO TENS PERDÓ», la anáfora triple funciona como golpe de martillo sostenido. La rima interna —perdó, presó, cordó, amor— agudiza el dolor en lugar de suavizarlo. Hay aquí un instinto formal que la urgencia no ha borrado sino afilado.
La libertad no es aquí una abstracción filosófica sino una enumeración de objetos y personas: el mar, la playa, la cama, el padre, la perra. La repetición de estos elementos de poema en poema crea una red semántica que da cohesión al conjunto. Hay momentos en que la urgencia comunicativa sobrepasa la elaboración poética, pero la honestidad de la voz compensa lo que falta de artificio.
Libertad no nace de la tradición de la poesía testimonial española sino que la reencuentra por necesidad propia, lo que le da una autenticidad que la literatura fabricada desde la conciencia del género raras veces consigue.
Es, en definitiva, un libro que merece ser leído con atención. Hay en él una voz que ha encontrado su forma —austera, directa, bilingüe— y que la usa con coherencia hasta el final. En poesía, eso no es poco.
— Antonio Graña Ojeda
por Ana María Olivares | Abr 3, 2026 | Noticias
¡Lo callado, a gritos! de Myrna L. Betancourt: Lo que el tiempo deposita
Hay un momento en que el silencio deja de ser ausencia y se convierte en sustancia. Como el mbar que preserva lo que tocó una sola vez, hay memorias que no se cuentan porque no encuentran el molde donde cuajar, o porque quien las guarda teme que nombrarlas las desgaste. ¡Lo callado, a gritos!, de Myrna L. Betancourt, es el libro que nace cuando ese silencio sedimentado durante años encuentra, al fin, su forma.
La poeta puertorriqueña llega a la escritura no desde la institución literaria sino desde la vida acumulada, y lo dice sin rodeos al principio del libro: «Nunca fingiré ser escritora, / pero me apasiona escribir.» Ese verso tiene la textura áspera de la honestidad no performativa. No es modestia ni disculpa; es la declaración de alguien que ha entendido que la escritura no necesita credenciales académicas para ser verdadera, que le basta con haber habitado lo que cuenta.
El libro se divide en dos territorios de distinta naturaleza. El primero transita por el dolor contemporáneo: el acoso laboral, el rechazo, la herida que dejan quienes ejercen poder sobre los más vulnerables. Algunos poemas de esta primera parte dicen más de lo que muestran, como si la autora desconfiara del silencio entre líneas y quisiera asegurarse de que el lector no pierda el hilo. Pero hay momentos en que el verso se aquieta y entonces surge algo que persiste: «No soy víctima de mis cicatrices, / solo prueba de supervivencia.» En esa frase habita una arqueología entera, los estratos de todo lo que hubo que atravesar para poder decirla así, con esa calma que no es resignación sino conocimiento.
La segunda parte, «Crónicas de un Bambú Familiar», es donde la escritura de Betancourt encuentra su temperatura natural. Puerto Rico rural, siete hermanos, el arroyo que había que cruzar para entrar al bosque, el bambú que se inclinaba al paso. «Entrábamos al bosque cruzando un arroyo, / escuchando el viento en el bambú soplar; / las cañas se inclinan con leve apoyo, / con una venia nos ven pasar.» Lo que esos versos retienen no es solo una imagen de infancia; es una manera de estar en el mundo, una ética del cuerpo que aprendió antes que la mente que doblarse no es caer. La geografía aquí no es decorado, es mapa interior: el campo puertorriqueño como espacio donde se formó todo lo que luego fue necesario para sobrevivir lo que vendría.
El bambú vertebra la segunda parte como podría hacerlo un río subterráneo: sin mostrarse del todo pero organizando el paisaje desde abajo. La familia como rizoma, los vínculos como raíces que no se ven pero sostienen. Betancourt no lo teoriza, lo habita, y esa es la diferencia entre un símbolo prestado y uno vivido. Cuando llega el éxodo a la ciudad —las rejas en las ventanas, el cemento que ahoga lo que el campo dejaba libre, la voz de los niños que aprende a bajar su volumen— la pérdida no se nombra directamente. Se percibe como se perciben los cambios de luz: sin poder señalar el instante exacto en que la claridad se vuelve sombra.
Hay en este libro una ética sin moralismo, un compromiso con la verdad que no busca el elogio ni la reivindicación ruidosa. Lo que Betancourt ha escrito es un testimonio de lo que se guarda en el cuerpo cuando la memoria no tiene todavía palabras, y de lo que ocurre cuando esas palabras llegan tarde pero llegan enteras. Tal vez la poesía sea siempre eso: el lenguaje que encuentra su forma cuando ya no hay urgencia de defenderse, solo de dejar constancia de que algo ocurrió y que valió la pena haberlo vivido, incluso lo que dolió.
Y uno se pregunta, al cerrar el libro, cuántas voces como esta permanecen calladas todavía, esperando el instante en que el silencio se vuelva demasiado pesado para seguir sosteniéndolo.
Ana María Olivares