por Javierpah | Dic 14, 2025 | Noticias
La memoria como hilo conductor de una España plural
El Hilo Ibérico de Francisco Muñoz-Martín se inscribe en esa línea de obras que buscan comprender la identidad desde la fractura y la memoria, desde lo que somos y lo que hemos sido, desde las voces que nos construyen incluso cuando no las escuchamos. Este poemario, publicado con una ambición formal y conceptual notable, propone un viaje por la geografía española entendida no como mapa político sino como tejido vivo, como constelación de memorias que se entrelazan sin disolverse.
El autor, psicoanalista con función didáctica de la Asociación Psicoanalítica de Madrid, compositor musical y poeta, trae a su escritura una sensibilidad particular para lo inconsciente colectivo, para aquello que subyace bajo las palabras y las banderas. Su formación en psicoanálisis no es un dato menor cobra una especial intensidad cuando leemos versos que exploran conceptos como el narcisismo de las pequeñas diferencias, ese mecanismo freudiano que explica por qué quienes más se parecen se odian con mayor encono. Muñoz-Martín no teoriza, no da lecciones, pero su mirada clínica atraviesa el poemario como una luz oblicua que revela lo que permanecía en sombra.
La propuesta central del libro es a la vez sencilla y compleja España no como fusión sino como integración, no como uniformidad sino como tapiz donde cada hilo conserva su color mientras contribuye al conjunto. Es una metáfora que el autor desarrolla con coherencia a lo largo de toda la obra, visitando cada comunidad autónoma con una mirada que busca lo singular sin caer en el tópico, lo identitario sin derivar en lo esencialista. Andalucía aparece como madre nutricia que germina flamenco desde las cuevas del inconsciente, Euskadi como lengua que no se traduce sino que se respira, Galicia con su saudade que no paraliza sino que canta. Cada territorio recibe un tratamiento que equilibra lo histórico y lo simbólico, lo real y lo imaginado.
Lo que distingue a este libro de otros intentos de cartografía poética de España es su rechazo explícito a la nostalgia nacionalista y su apuesta por la elaboración del duelo. Término psicoanalítico que Muñoz-Martín conoce bien y que significa reconocer el dolor, mirarlo a la cara, y seguir adelante sin que nos paralice. España, sugiere el autor, tiene traumas sin elaborar la Guerra Civil, la dictadura, la represión cultural, el terrorismo, los conflictos territoriales que permanecen abiertos como heridas que supuran. El libro no ignora estos traumas, los nombra, pero no se regodea en el victimismo ni alimenta rencores. Propone, en cambio, coser lo roto, tender puentes, tejer conexiones.
El gesto multilingüe del poemario no es ornamental sino estructural. Muñoz-Martín traduce la totalidad de los poemas al catalán, euskera y gallego, con epílogos cantados en cada lengua. Este trabajo de traducción, realizado con traductores digitales especializados según reconoce el propio autor, representa un acto de reconocimiento simbólico. No se trata de dominar esas lenguas sino de darles el mismo espacio textual, la misma dignidad formal que al castellano. En un país donde el debate lingüístico permanece enquistado, donde las lenguas propias son vistas por unos como patrimonio y por otros como amenaza, este gesto tiene un valor performativo que trasciende lo literario.
La dimensión musical del proyecto añade una capa de complejidad y alcance. Los 21 poemas han sido musicalizados por el propio autor y cantados por vocalistas profesionales, accesibles mediante códigos QR integrados en el libro. Esta decisión no es caprichosa la música, como sabemos desde los griegos, llega donde las palabras no alcanzan, toca el inconsciente directamente sin pasar por la aduana del intelecto. Cuando se trata de identidad y pertenencia, que son asuntos tanto de razón como de afecto, la música se convierte en aliada indispensable.
Técnicamente, el poemario muestra un manejo solvente de los recursos líricos. Las metáforas sensoriales abundan sin saturar Andalucía con sus pies de cal encendida, Madrid como foguera de pasos y horizontes, Murcia en su sed que no se sacia sino que cultiva. El uso de la anfora y la repetición estructural crea ritmos que subrayan la insistencia, el martilleo de la memoria sobre el presente. Los versos libres permiten una respiración natural que huye del corsé métrico sin caer en la prosa disfrazada.
Sin embargo, el libro no está exento de limitaciones. En ocasiones, el lenguaje se vuelve excesivamente denso, saturado de símbolos que requieren conocimiento previo no solo literario sino también psicoanalítico. Un lector no familiarizado con conceptos como escisión psíquica o fantasías inconscientes puede sentirse ajeno a capas de sentido que el autor da por supuestas. Además, la voluntad de ser exhaustivo cada comunidad autónoma recibe su poema conduce en algunos momentos a cierta homogeneidad en el tono, como si la necesidad de equidad formal limitara las posibilidades de exploración estilística más arriesgada.
También resulta problemático, aunque comprensible, el uso de traductores digitales para las versiones en catalán, euskera y gallego. Por más especializados que sean estos programas, la traducción poética exige una sensibilidad para el matiz, la música y la connotación que ninguna inteligencia artificial domina todavía. Hubiera sido deseable contar con traductores humanos, poetas en esas lenguas, que pudieran trasladar no solo el contenido sino también el latido del verso original.
En términos de mercado, El Hilo Ibérico se sitúa en un espacio singular. No es un poemario convencional que aspire al circuito de pequeñas editoriales y lectores especializados, ni tampoco un producto comercial que busque el gran público. Su formato multilingüe, su dimensión musical, su ambición conceptual lo convierten en un objeto híbrido que podría interesar tanto a lectores de poesía comprometida como a educadores, mediadores culturales o instituciones interesadas en el diálogo territorial.
El momento de publicación no es casual. En una España fragmentada por polarizaciones políticas, donde el debate territorial vuelve a enconarse y donde la memoria histórica divide más que une, un libro como este propone una pausa, un espacio de respiro. Muñoz-Martín no ofrece soluciones mágicas el propio autor reconoce con humildad que esto es «solamente poesía». Pero la poesía, cuando es honesta y profunda, puede hacer algo que la política olvida crear condiciones simbólicas para que el diálogo sea posible, para que el otro deje de ser amenaza y se convierta en interlocutor.
La apuesta del autor por la integración frente a la fusión, por el reconocimiento mutuo frente a la uniformidad, por la elaboración del duelo frente a la repetición del trauma, tiene resonancias tanto clínicas como políticas. En el fondo, lo que Muñoz-Martín propone es una terapia colectiva a través de la palabra poética un espacio donde cada territorio pueda decir su verdad sin negar la del otro, donde la diferencia no sea problema sino riqueza, donde el tapiz se muestre en toda su complejidad cromática.
El Hilo Ibérico es, en definitiva, un libro necesario. No porque resuelva nada, sino porque plantea preguntas urgentes desde la serenidad del verso y la hondura del símbolo. En tiempos de griterío, su voz pausada y reflexiva es una invitación a pensar España de otro modo, a imaginarla no como problema irresoluble sino como proyecto inacabado que requiere, más que soluciones definitivas, paciencia, escucha y voluntad de encuentro.
por Antonio Graña Ojeda | Dic 9, 2025 | Noticias
La poesía como acto de resistencia en tiempos de fragmentación: una lectura de «Juguetes Líricos»
«Juguetes Líricos» de José Carlos Turrado de la Fuente constituye una apuesta radical en el panorama de la poesía española contemporánea. En una época donde el verso libre domina con hegemonía casi absoluta, donde la brevedad se confunde con intensidad y la fragmentación se erige como estética dominante, este poemario de más de ciento setenta páginas supone un gesto contracultural que merece atención detenida. No se trata de nostalgia formal ni de arqueología literaria, sino de algo más profundo: la defensa de la excelencia como posición ética frente al facilismo que permea nuestra cultura.
El libro reúne seis poemas largos construidos con rigor métrico absoluto, donde cada verso —todos, sin excepción— responde a patrones heredados de la tradición española: el romance octosílabo, el soneto endecasílabo, la décima espinela, la silva arromanzada. La «Fábula de Dulcinea», con sus quinientos setenta y cuatro versos en romance octosílabo manteniendo rima asonante perfecta, representa una hazaña técnica que sitúa a Turrado al nivel de los grandes versificadores del pasado. Pero la perfección formal no es ornamento sino estructura profunda que determina el significado del texto, como demostró el estructuralismo hace décadas y como el autor parece comprender visceralmente.
La memoria se hace presente en estos poemas con intensidad que trasciende lo anecdótico. Turrado recupera episodios históricos olvidados, como el sitio de Cartagena de Indias por Blas de Lezo, y les otorga dignidad épica mediante la silva arromanzada. El lenguaje se vuelve entonces instrumento de resistencia contra el presentismo cultural, esa enfermedad contemporánea que nos condena a vivir en un eterno presente sin raíces. Escribir en métrica clásica exige conocer toda la tradición poética española, dialogar con el Romancero medieval, con Lope de Vega, con Góngora, con García Lorca, estableciendo una conversación diacrónica que combate la amnesia colectiva.
La cuestión feminista atraviesa el poemario sin estridencias programáticas pero con lucidez penetrante. La «Fábula de Dulcinea» explora la invisibilidad femenina en el canon literario español, dando voz a quien fue siempre pretexto, nunca sujeto. El poeta utiliza formas tradicionales para vehicular contenido crítico contemporáneo, demostrando que la métrica clásica no está determinada ideológicamente por su origen, sino que permanece polivalente, abierta a significados nuevos. Esta operación dialéctica —tradición en la forma, radicalidad en el contenido— caracteriza lo que podríamos llamar tradición crítica, concepto que supera la falsa oposición entre anacronismo y vanguardia.
Lo que distingue a Turrado de la Fuente de otros poetas que ocasionalmente practican formas métricas es la sistematicidad de su proyecto. No se trata de sonetos aislados insertados en libros de verso libre, sino de una obra completa construida desde la convicción de que la forma métrica no es convención arbitraria sino sistema expresivo que genera capacidades cognitivas específicas: memoria de trabajo, concentración sostenida, planificación anticipada. En una cultura digital que erosiona estas facultades mediante la fragmentación atencional, la práctica de la métrica rigurosa funciona como gimnasia mental que entrena capacidades amenazadas por la transformación tecnológica.
El riesgo del elitismo acecha toda defensa de la excelencia formal, y el autor parece consciente de esta tensión. Pero existe diferencia sustancial entre elitismo excluyente y exigencia democrática: el primero desprecia al lector común, la segunda lo invita a elevar sus capacidades. Turrado no adapta su arte a un público fragmentado sino que propone al lector un desafío: recuperar la concentración profunda, la lectura sostenida, el placer estético de la musicalidad verbal. Esta posición ética rechaza la banalización cultural, ese proceso por el cual la cultura se adapta al consumidor en lugar de exigir que el consumidor se eleve hacia ella.
La poesía de Turrado de la Fuente dialoga con los maestros del siglo XX que también practicaron métrica rigurosa desde sensibilidad contemporánea: García Lorca en «Romancero gitano», Rafael Alberti en «Marinero en tierra», y más recientemente Luis Alberto de Cuenca y Aurora Luque. Pero su apuesta es más ambiciosa en términos de extensión narrativa y complejidad formal. Los poemas largos permiten desarrollos épicos y líricos que la brevedad hegemónica del micropoema contemporáneo imposibilita. «Juguetes Líricos» recupera así una tradición del poema narrativo extenso que parecía perdida, demostrando que aún puede decir cosas que otras formas no dicen.
El contexto de recepción condiciona inevitablemente la lectura de esta obra. En un campo poético donde más del noventa por ciento de la producción antologada utiliza verso libre, donde la enseñanza de la métrica ha desaparecido de los programas educativos, donde lectores jóvenes no distinguen un octosílabo de un endecasílabo, la perfección técnica de Turrado corre el riesgo de pasar inadvertida. Esta situación plantea cuestiones culturales de largo alcance sobre la transmisión de competencias literarias y sobre el tipo de relación que queremos establecer con nuestra tradición poética.
«Juguetes Líricos» constituye, en definitiva, una propuesta de resistencia cultural contra tres tendencias dominantes en la contemporaneidad: la fragmentación cognitiva producida por la economía digital de la atención, el presentismo que rompe vínculos con la tradición literaria, y la equiparación posmoderna de accesibilidad inmediata con valor democrático. La apuesta de Turrado de la Fuente es clara: la poesía como disciplina mental, como conversación intergeneracional, como defensa de la excelencia contra el facilismo. Una apuesta que, en el panorama actual de la poesía española, adquiere dimensión no solo estética sino ética y política en el sentido más noble de estos términos.
Antonio Graña Ojeda
por Ana María Olivares | Dic 6, 2025 | Noticias
LOS DÍAS QUE NO BRILLAMOS Y ESTÁ BIEN
Me llega Renacida en mi calma de Lucía García Ramos y me pasa lo que me suele pasar con ciertos libros: los abro con cierta prevención, con ese recelo de quien ya ha leído demasiada poesía que promete sanación y acaba sonando a manual de autoayuda mal versificado, y de repente me encuentro subrayando versos, asintiendo con la cabeza como una tonta, reconociéndome en experiencias que creía solo mías. Porque eso tiene la buena poesía, ¿no? Que te hace creer que alguien ha estado husmeando en tus cajones cuando no mirabas.
La autora es joven, nacida en el año 2000, de Jumilla, y este es su segundo poemario después de Ama desde tus adentros. Pertenece a esa generación que ha crecido entre crisis, trabajos precarios y la dictadura del postureo en redes sociales. Una generación a la que le ha tocado construirse sola porque las estructuras que sostenían a sus padres ya no existen, o existen mal, o de forma tan intermitente que no te puedes fiar. Y se nota en los versos. Cuando escribe «Soy el lugar donde descanso, / el refugio que tantas veces busqué afuera», no está haciendo poesía bonita. Está documentando una necesidad real, urgente, de convertirse en casa propia porque fuera no hay dónde cobijarse.
El libro está organizado con una pulcritud que se agradece: cinco secciones, veinticinco poemas, cinco por sección. Renacer, Raíces, Alas, Puentes, Horizontes. Podría parecer demasiado calculado, demasiado perfecto, pero funciona porque García Ramos entiende que el caos emocional necesita estructura para no ahogarse en sí mismo. Es como cuando ordenas tu habitación no porque seas una maníatica del orden sino porque necesitas encontrar algo en medio del desastre. La estructura de este libro es eso: una forma de no perderse mientras exploras territorios que dan vértigo.
Lo que más me gusta de este poemario es que no te engaña. No te promete que vas a renacer para siempre y convertirte en una versión mejorada e infalible de ti misma. No te vende esa felicidad de anuncio de yogur que tanto se estila ahora. García Ramos es más honesta que todo eso. En cada sección, justo cuando ya te estás creyendo el cuento del crecimiento personal, aparece un poema que te dice: espera, que tampoco es tan fácil. «Los días que no soy luz», «Cuando me permito caer». Y ese gesto, ese reconocimiento de que hay días en que no puedes con todo y está bien, me parece más valiente que todos los discursos motivacionales que nos bombardean.
Hay un verso que me ha quedado grabado: «Hay días que no puedo, / y está bien». Cinco palabras que desmontan toda esa presión terrible de tener que estar siempre bien, siempre luminosa, siempre radiante. ¿No estamos hartas ya de esa exigencia? ¿De tener que fingir fortaleza constante como si fuéramos superheroínas de cómic? García Ramos te da permiso para ser humana, para caerte, para no llegar algunos días. Y ese permiso, créeme, es más necesario de lo que parece.
La autora tiene un don para convertir lo abstracto en algo que puedes tocar. No hace esa poesía de conceptos flotantes que no sabes muy bien qué quieren decir. Escribe «Me quito la piel que ya no me sirve» y sabes exactamente de qué habla porque tú también te has quitado pieles que ya no te servían, aunque no supieras ponerle palabras. Escribe «Me temblaban las manos / pero la voz salió firme» y reconoces esa sensación de miedo físico y determinación simultánea, esa contradicción que es pura verdad. Escribe «He cargado piedras que no eran mías» y piensas en todas las veces que has cargado con expectativas ajenas, con dolores heredados, con responsabilidades que nunca te correspondieron.
El lenguaje es sencillo sin ser simple, que no es lo mismo. García Ramos no necesita palabras rimbombantes ni metáforas rebuscadas para decir cosas importantes. Habla claro, como quien te cuenta algo importante en una conversación de sobremesa, pero sin perder la intensidad poética. Usa imágenes que todos entendemos: la casa, las raíces, las alas, los puentes. Son metáforas viejas como la poesía misma, es verdad, pero ella las hace suyas, las habita desde su experiencia, les da una vuelta que las renueva.
Me gusta especialmente cómo trata la memoria de Benedetti. En el último poema escribe «Recuerdo a Benedetti, / la alegría se defiende». No es una cita pedante para demostrar que ha leído, es más bien como invocar a un maestro cuya voz te sostiene cuando la tuya flaquea. Y tiene sentido, porque Benedetti también escribía esa poesía directa, sin artificios, que te habla al corazón sin pasar por el manual de instrucciones. García Ramos se inscribe en esa tradición de poetas que prefieren ser entendidos antes que admirados por su complejidad.
Ahora bien, no todo es perfecto. El poemario tiene sus limitaciones y sería trampa no mencionarlas. Todos los poemas hablan desde la misma calma, desde esa serenidad de quien ya ha procesado el dolor. Y a veces echo de menos el durante, el caos sin resolver, la rabia en bruto, la confusión que todavía no tiene nombre. García Ramos escribe desde el después de la tormenta, cuando ya has limpiado los cristales rotos y puedes mirar el desastre con perspectiva. Y está bien, pero también me pregunto qué pasaría si se atreviera a escribir desde el centro mismo de la tormenta, cuando todavía no sabes si vas a sobrevivir.
También es cierto que formalmente no hay mucho riesgo. El verso libre que emplea es efectivo pero conservador. No juega con la disposición visual de los poemas, no rompe ritmos, no experimenta con formas que nos saquen de la zona de confort. Es poesía que se lee fácil, que fluye sin obstáculos, y eso está bien para lo que pretende, pero a veces me gustaría que se atreviera a poner alguna piedra en el camino del lector.
Y luego está esa cosa que me incomoda un poco: todo es muy personal, muy íntimo, muy hacia dentro. No hay ni rastro de lo político, de lo social, de las estructuras que nos condicionan. Como si bastara con trabajarse a una misma para resolver problemas que tienen raíces colectivas. Entiendo que no es ese el libro que quería escribir, que su búsqueda es otra, pero en alguien de su generación, tan golpeada por la precariedad estructural, esa despolitización total me llama la atención. Aunque quién soy yo para decirle a nadie sobre qué debe escribir.
Pero estas objeciones no invalidan lo que el libro tiene de valioso. Para muchas lectoras, especialmente mujeres jóvenes que están atravesando procesos de reconstrucción personal, este poemario puede ser exactamente lo que necesitan. Esa validación de que no estás loca, de que otras han pasado por lo mismo, de que hay palabras para experiencias que parecían innombrables. La poesía también sirve para eso, para acompañar, para sostener, para recordarte que no estás sola en el desastre.
Me acuerdo de cuando tenía veintitantos años y necesitaba desesperadamente libros que me dijeran que era normal sentir lo que sentía, que no había una sola forma correcta de ser mujer, que podías caerte mil veces y levantarte mil y una. Este libro habría sido importante para mí entonces. Y sé que será importante para muchas lectoras ahora. No porque sea una obra maestra que entrará en todas las antologías futuras, sino porque es un libro honesto escrito desde necesidad real.
García Ramos no finge saberlo todo, no adopta pose de gurú que tiene todas las respuestas. Simplemente comparte su proceso, sus descubrimientos, sus recaídas. «Me hago un café, / me quedo quieta / y dejo pasar las horas», escribe en uno de los poemas. Y esa imagen doméstica, pequeña, casi insignificante, contiene toda una filosofía del autocuidado que no necesita ser espectacular para ser efectiva.
Lo que me llevo de este libro es precisamente eso: el permiso para ser pequeña, para no brillar todos los días, para caerme sabiendo que mañana volveré «el doble de clara, / el doble de yo». Ojalá más poetas jóvenes escribieran con esta honestidad, sin pretender ser lo que no son, sin vendernos curaciones milagrosas. Ojalá más libros nos recordaran que está bien no estar bien siempre, que la vulnerabilidad no es debilidad sino parte de la experiencia humana.
Renacida en mi calma no va a revolucionar la poesía española, pero tampoco pretende hacerlo. Es un libro que acompaña, que sostiene, que valida. Y en tiempos de tanto ruido y tanta exigencia, esa calma que propone el título se agradece. Lucía García Ramos es una voz que seguir, una poeta que escribe desde verdad y no desde pose. Su camino apenas empieza y será interesante ver cómo evoluciona, qué nuevos territorios explora, si se atreve a adentrarse en zonas más oscuras y complejas. Pero mientras tanto, este segundo poemario cumple con lo que promete: recordarnos que renacer no es dejar de caerse, sino aprender a levantarse cada vez con un poco más de nosotras mismas.
Y eso, créeme, ya es bastante.
Ana María Olivares
por Ana María Olivares | Dic 1, 2025 | Noticias
Las palabras que llevamos en el bolso
El otro día vi a una mujer en el metro que rebuscaba desesperada en su bolso. Sacaba pañuelos arrugados, un boli sin capuchón, tickets viejos, caramelos pegajosos. La miraba fascinada porque reconocía en ese gesto algo profundamente femenino y universal: el bolso como archivo de la vida, ese desorden íntimo que nadie ve pero que dice tanto de nosotras. Y entonces me acordé de este libro de María Navas, Poemas en el bolso, que lleva en el título esa misma imagen tan cotidiana y tan poderosa.
Me acuerdo de cuando leí por primera vez «He borrado tu nombre del wasap / y toda nuestra historia se volvió una cifra». Sentí un escalofrío. ¿Quién no ha hecho eso alguna vez? ¿Quién no ha borrado un nombre creyendo que así se borra también el dolor, la rabia, la ausencia? María Navas escribe sobre las cosas que nos pasan a todas, pero lo hace con una precisión que te deja sin respiración. No hay artificio. No hay pose. Solo una mujer contando lo que le duele, lo que le falta, lo que la sostiene.
Hay un poema que me partió el alma. Se titula «Soledad de mariliendre» y habla de la muerte de un amigo gay. Dice: «No encuentro mi lugar en este duelo / porque más allá de la amistad, no tengo un nombre». Yo leí eso y pensé en todas las veces que los afectos que construimos fuera de la familia no tienen sitio en los protocolos del dolor. ¿Cómo llamas a ese vacío cuando pierdes a alguien que no era tu hermano pero lo era todo? María Navas le pone palabras a esa orfandad que no aparece en ningún formulario. Y lo hace sin sentimentalismo, con una rabia tierna que te abraza y te sacude a la vez.
Lo que me gusta de esta poeta es que no finge. No se pone la máscara de la artista atormentada ni escribe como si estuviera en un pedestal. Escribe como hablamos entre amigas cuando nos quitamos la coraza: «Mi piel es de uva, / con un roce se desuella». Esa vulnerabilidad sin vergüenza es lo que hace que sus poemas funcionen. Te reconoces en ellos aunque no hayas vivido exactamente lo mismo. Porque todas hemos querido tener una piel más gorda, «de lajas de pizarra / que brillen al sol», para aguantar mejor los golpes.
Y luego están los poemas que hablan del amor, ese amor del bueno que tanto cuesta encontrar. «Me da amor del bueno. / Bueno como el pan tierno / que venden en las tiendas hipsters, / del que no inflama las tripas después de haberte saciado». Me reí con eso. Porque es verdad, ¿no? Pasamos media vida tragando amores que nos sientan fatal, que nos hinchan, que nos dejan rotas. Y cuando por fin llega uno que no duele, que «calienta y no aprieta», casi no sabemos qué hacer con él. María Navas escribe sobre ese amor posible, el que no necesita drama para existir. Y en estos tiempos de precariedad emocional, donde todo parece diseñado para que nos hagamos daño, leer sobre un amor que sostiene sin apretar es casi revolucionario.
El libro es un viaje geográfico y emocional. Va del sur al norte, de la luz mediterránea a la niebla asturiana, del «rosa de las rosas rosas / en el jardín de mi abuela Margarita» a la Virgen de la Cueva en Infiesto. Pero sobre todo es un viaje hacia dentro, hacia esa extrañeza de quien se ha mudado de vida y ya no sabe quién es. «Un día despertó periférica y absurda, / sin entenderse en el espejo». ¿No les pasa a ustedes también? Esa sensación de haberse vuelto extraña en tu propia piel, de no reconocerte cuando te miras.
Hay un poema que se llama «Ahora callo» y es demoledor. Habla de todas las palabras que te tragas, que «circulan solas, de mi cabeza al estómago, / sin detenerse en los labios». Todas hemos vivido eso: el silencio impuesto, el silencio elegido, el silencio que enferma. «Tengo muchas palabras. / Lo que no tengo es voz». Esa última frase es un puñetazo. Porque tener palabras y no tener voz es la historia de demasiadas mujeres, la nuestra y la de nuestras madres y la de nuestras abuelas.
María Navas escribe también sobre la maternidad truncada, sobre ese hijo que no llegó pero que habitó una cuna sin llegar a abrigar en ella. Lo hace con una delicadeza brutal, sin caer en la autocompasión ni en el dramatismo vacío. «La ropa de tu cuna / no te abrigaba». Son poemas que duelen físicamente, que te obligan a mirar lo que casi nadie quiere ver.
Me gusta que haya decidido llamar al libro Poemas en el bolso y no Poemas del alma o cualquier otra cosa grandilocuente. Porque los poemas en el bolso son esos que viven con nosotras entre lo urgente y lo olvidado, entre el chicle rancio y el caramelo pegajoso, entre la lista de la compra y el boli sin capuchón. Son poemas que respiran nuestro mismo aire contaminado de ciudad, que huelen a metro y a prisa y a café frío. No están en una urna de cristal. Están donde tiene que estar la poesía: en medio de la vida.
No sé si este libro les cambiará la existencia. No sé si después de leerlo verán el mundo de otra manera. Lo que sé es que María Navas ha escrito algo verdadero, sin imposturas, sin trampas. Y en un mundo literario lleno de poses y de gente que escribe como si quisiera impresionar a un tribunal de eruditos, encontrar una voz así es un alivio. Una voz que habla como hablamos, que siente como sentimos, que sangra como sangramos.
Ana María Olivares
por Andrés García Pérez-Tomás | Nov 30, 2025 | Noticias
Afouteza & Certeça de Sabela Gondulfes
Con la bayoneta calada y el alma en los dientes
Uno termina harto de tanta pamplina de escaparate, de tanto versito inocuo diseñado para no ofender a la tropa de ofendiditos que patrulla las redes sociales y de tanta literatura de autoayuda camuflada de profundidad ontológica. Vivimos tiempos blandos, líquidos, donde la estupidez se ha hecho fuerte en las trincheras de la cultura y donde a cualquier zascandil con un micrófono le llaman poeta. Por eso, cuando cae en las manos un artefacto como este Afouteza & Certeça, uno no tiene más remedio que cuadrarse, pedir otra copa y reconocer que todavía queda gente con redaños en este valle de lágrimas. Sabela Gondulfes, que así firma la autora, no ha venido aquí a hacer amigos ni a darnos palmaditas en la espalda, sino a poner las cartas sobre la mesa con esa honestidad brutal, casi suicida, de quien sabe que la vida es una pelea de perros donde casi siempre se pierde, pero donde la dignidad es lo único que no te pueden quitar si no te da la gana.
El título ya es toda una declaración de principios, una patente de corso para navegar por las aguas turbias de este siglo XXI que nos ha salido rana. «Afouteza», esa palabra gallega tan sonora y tan intraducible que es mucho más que coraje; es la disposición de ánimo de quien se planta frente a la adversidad con la barbilla alta, sin lloriqueos, dispuesto a vender cara la piel. Y eso es lo que hay en estas páginas: una mujer que se ha pateado el mundo, desde su Galicia natal hasta el Chile de Neruda, y que vuelve con las botas manchadas de barro y los bolsillos llenos de piedras y de semillas. Me gusta cómo se despacha a gusto contra los mercaderes del templo en esa «Carta abierta a la Barbarie», soltando verdades como puños sobre esos cuatro sinvergüenzas que manejan el cotarro político y económico mientras nosotros, imbéciles integrales, les seguimos bailando el agua. No hay aquí ese buenismo empalagoso que tanto se estila, sino la mala leche necesaria del que ha visto cómo desahucian al vecino o cómo nos roban el futuro a la cara.
Pero donde la autora te agarra de las solapas y no te suelta es cuando baja a la trinchera de los afectos, al cuerpo a cuerpo con la muerte y el olvido. Nada de metáforas alambicadas para hablar del alzhéimer de un padre o de la muerte de una madre; aquí hay carne, hay fluidos, hay esa «memoria resbaladiza» que duele más que un navajazo. Gondulfes escribe como quien respira después de haber estado a punto de ahogarse, con la urgencia de los supervivientes. Se nota que ha leído a los viejos maestros, a Celaya, a Miguel Hernández, a esos tipos que sabían que la poesía es un arma cargada de futuro y no un adorno de salón burgués. Hay en sus versos un eco de esa España y de esa América que sudan y sangran, una conexión telúrica con la tierra —la PachaMama, la llama— que suena a verdad antigua, a sabiduría de aldea y de marineros que saben que el mar no tiene amigos. En tiempos donde la lealtad es una moneda devaluada, ella la reivindica como único salvoconducto posible, lealtad a los suyos, a su estirpe, a esa «prístina célula» de la que venimos.
No es un libro para leer con prisas en el metro, sino para digerirlo despacio, con un vaso de vino recio al lado, dejando que las palabras se asienten como el poso de una vida vivida sin concesiones. Es reconfortante, en medio de tanta mediocridad y tanto ruido, encontrar una voz que no impostada, una voz de mujer que se reconstruye «a cachitos» y que tiene el valor de confesar que ha muerto y ha resucitado las veces que han hecho falta. Afouteza & Certeça es un manual de resistencia para náufragos, un recordatorio de que, aunque nos pinten bastos y la realidad se empeñe en ser un lugar inhóspito gobernado por canallas, siempre nos quedará la palabra precisa, el compromiso firme y el valor de mantenerse en pie cuando todo alrededor se derrumba. Y eso, oigan, en los tiempos que corren, es mucho más de lo que ofrecen la mayoría de esos libros que se apilan en las mesas de novedades.
Andrés García Pérez-Tomás
por Andrés García Pérez-Tomás | Nov 23, 2025 | Noticias
Cuando la poesía deja de ser adorno y se convierte en puñetazo
Les voy a contar una cosa, señoras y señores: hay libros que se leen cómodamente instalado en el sillón con una copa de vino al lado, y hay libros que te obligan a levantarte, caminar por la habitación y preguntarte dónde carajo guardaste la conciencia porque hace tiempo que no la usabas. «Job en Gaza», de Juan Argelina, pertenece a esta segunda categoría, y no precisamente porque el autor sea un psicópata literario, sino porque ha tenido los arrestos de escribir poesía sobre algo que la mayoría preferiríamos ignorar mientras nos tomamos el café del desayuno mirando Instagram. Que conste que no es el primer poemario sobre conflictos políticos, ni el más experimental, ni el que va a ganar el Nacional de Poesía, pero es un libro necesario, y lo necesario siempre es incómodo, lo cual en estos tiempos de literatura narcótica y poesía para frigoríficos de imanes ya es bastante.
Argelina es historiador, arqueólogo, uno de esos tipos que desenterraron la teoría queer en España cuando todavía había que explicarle a la gente qué significaba la palabra, y ahora a los sesenta y cinco años publica su primer poemario tomando el mito bíblico de Job y transportándolo a Gaza sin pedirle permiso a nadie. Y ojo, que cuando digo transportar no me refiero a ese juego posmoderno de referencias culturales que tanto gusta en los talleres literarios, sino a algo mucho más bestia: Argelina coge la estructura completa del Libro de Job, con sus ocho secciones, sus diálogos entre Dios y el diablo, su apuesta divina sobre el sufrimiento del justo, y lo convierte en alegoría directa, explícita, sin matices ni medias tintas, del sufrimiento palestino. No hay equidistancia aquí, no hay «ambos bandos tienen razón», no hay esa cobardía intelectual tan de moda. Hay un pueblo que sufre, hay quienes lo hacen sufrir, y hay un mundo que mira hacia otro lado porque es más cómodo. El libro te lo dice en la cara y si no te gusta, ahí tienes la puerta.
La estructura es ambiciosa, hay que reconocerlo: prólogo sobre la apuesta divina, ocho secciones que van desde el origen del dolor hasta la búsqueda de memoria, y un epílogo que conecta Gaza con Troya porque, claro está, todas las ciudades sitiadas se parecen y la historia es ese borracho que se empeña en contarnos la misma anécdota una y otra vez esperando que esta vez sí aprendamos algo, aunque nunca lo hacemos. Argelina alterna fragmentos líricos con prosa ensayística, mete datos históricos entre versos, te habla de Shabra y Chatila, del hospital Al-Ahli bombardeado, de Amnistía Internacional, de políticas de asentamientos, y todo eso podría convertirse en un infumable panfleto político si no fuera porque el tipo sabe escribir y, sobre todo, porque ha elegido el verso libre como arma y la metáfora bíblica como escudo. «Las cunas quedaron abiertas como bocas sin voz», escribe, y ahí te das cuenta de que no estás ante un activista con vocación poética sino ante un poeta con vocación testimonial, que no es lo mismo.
El problema —o la virtud, según se mire— es que Argelina no te deja respirar. Página tras página insiste: «Miradme y espantaos», «Alza tu voz», «¿Tienes tú ojos de carne?», y uno querría decirle oye Juan, tranquilo, que ya nos hemos enterado de que Gaza es un horror, pero el libro no para porque Job tampoco paró de clamar y porque, seamos sinceros, si el autor te diera un respiro aprovechas para irte a hacer un café y olvidar que acabas de leer sobre niños convertidos en cifras y casas convertidas en tumbas. La anáfora es el recurso técnico dominante aquí, esa repetición obsesiva de «Me alcanzaron días de aflicción / me alcanzaron noches interminables» que reproduce formalmente la insistencia del testigo que debe repetir su testimonio porque nadie escucha la primera vez, ni la segunda, ni probablemente la vigésima. Es poesía martillo, poesía que golpea hasta que duele, y si al lector le molesta pues mala suerte, porque el objetivo no es gustar sino despertar, que son verbos muy distintos aunque la industria editorial los haya confundido hace décadas.
Técnicamente el libro es sólido pero irregular, que es lo que cabría esperar de un primer poemario de alguien que ha dedicado la vida a escribir ensayos académicos. Hay versos memorables («Yo nací con lamento en la lengua / y sin embargo mi llanto fue semilla») y hay pasajes donde la prosa ensayística diluye la concentración poética y uno piensa que Argelina debería haber confiado más en la metáfora y menos en la explicación. La métrica es libre, como debe ser cuando se testimonia desde el caos, con versos cortos que jadean y versos largos que se derraman como el propio sufrimiento, y esa irregularidad formal no es torpeza sino coherencia: no se puede testimoniar el horror en endecasílabos perfectos porque el horror no tiene ritmo regular, el horror es arrítmico, impredecible, y la forma debe reproducir esa arritmia si quiere ser honesta.
La elección del mito de Job como matriz estructural es inteligente porque universaliza sin deshistorizar, que es la cuadratura del círculo de toda poesía política. Job es el inocente que sufre sin razón aparente, Gaza es el pueblo sitiado que no sabe qué hizo para merecer esto, y ambos preguntan al cielo por qué carajo pasa lo que pasa y el cielo, como es costumbre, no contesta o contesta con más bombas, que viene a ser lo mismo. Argelina sostiene el paralelismo durante todo el libro sin caer en la obviedad ni en el didactismo, salvo en algunos momentos donde uno quisiera decirle «ya lo pillamos, Juan, no hace falta que nos lo expliques», pero son pecados menores en un libro que se juega mucho más que la elegancia formal. Y luego está esa conexión final con Troya, con Príamo llorando por Héctor igual que las madres palestinas lloran por sus hijos, que es ese tipo de paralelismo histórico que funciona si lo haces bien y aquí funciona porque Argelina conoce sus clásicos y sabe que Homero ya contó esta historia hace casi tres mil años, solo que entonces teníamos la decencia de llamarla tragedia y ahora la llamamos «conflicto complejo de larga data», que es la forma cobarde que tienen los periodistas de no tomar partido.
Ahora bien, y aquí viene la parte que probablemente no les va a gustar a algunos, este libro no es para todo el mundo. Si ustedes buscan poesía que los consuele, que los haga sentir bien consigo mismos, que puedan leer en voz alta en un recital con fondo de guitarrita y todos aplauden emocionados, váyanse a otra parte porque esto no es eso. «Job en Gaza» es poesía que interpela, que acusa, que señala con el dedo y dice «tú también eres cómplice si callas», y ese tipo de acusación no es popular en una sociedad que ha convertido la neutralidad en virtud y el silencio en prudencia. Argelina escribe desde una posición moral clara: hay víctimas y hay verdugos, hay quien bombardea hospitales y hay quien muere en esos hospitales, y si esa claridad te parece simplificación excesiva es probable que seas de los que nunca han tenido que elegir entre mirar o apartar la vista cuando pasan cosas feas, lo cual, créanme, es un privilegio que no todo el mundo tiene. El libro no busca matices porque los matices, en según qué situaciones, son una forma elegante de lavarse las manos, y Argelina claramente decidió que no iba a lavarse las manos ni aunque le ofrecieran la palangana de plata de Pilatos.
La voz poética es profética pero no religiosa, testimonial pero no panfletaria, combativa pero no histérica, que es un equilibrio difícil de mantener cuando escribes sobre injusticia flagrante sin caer en el sermón o en el grito. Argelina maneja el registro bíblico sin caer en pastiche, usa expresiones como «Ahora pues, alza tu voz» o «Si pesasen mi queja y mi tormento» que podrían sonar ridículas en boca de otro pero aquí funcionan porque todo el libro está construido sobre esa tensión entre el mito antiguo y la realidad contemporánea, entre Job sentado en cenizas en la tierra de Uz y Job sentado en escombros en Gaza, que al final son la misma ceniza y los mismos escombros porque el sufrimiento del inocente no ha cambiado nada en tres mil años, solo hemos perfeccionado las armas y los eufemismos. Cuando el autor escribe «¿Tienes tú ojos de carne?» preguntándole a Dios si puede ver el sufrimiento humano con vulnerabilidad humana, está haciendo teología política de la buena, de esa que cuestiona el orden establecido desde las propias categorías del poder, que es la única forma efectiva de cuestionarlo.
Les diré una cosa más antes de terminar: este libro va a molestar a mucha gente, y eso es buena señal. Va a molestar a quienes creen que la poesía debe hablar de pajaritos y atardeceres, va a molestar a quienes piensan que criticar a Israel es antisemitismo, va a molestar a quienes prefieren que Gaza sea esa cosa lejana que sale de vez en cuando en las noticias entre el fútbol y el tiempo, y va a molestar especialmente a esos poetas acomodados que llevan treinta años escribiendo sobre su ombligo mientras el mundo se desmorona. Bien por Argelina. Necesitamos más libros molestos y menos libros amables, más poetas con arrestos y menos poetastros con carreras académicas que defender. «Job en Gaza» no es un libro perfecto, tiene sus caídas de ritmo y sus momentos de didactismo excesivo, pero es un libro valiente, y en estos tiempos de cobardía generalizada eso ya es suficiente. Si la poesía no sirve para sacudir conciencias entonces que alguien me explique para qué carajo sirve, porque adornar paredes y quedar bien en presentaciones de libros con cava barato me parece poco.
Así que ahí lo tienen, señoras y señores: «Job en Gaza», de Juan Argelina, publicado por Editorial Poesía eres tú, que al menos tuvo el coraje de publicarlo cuando otros sellos probablemente habrían salido corriendo al ver el tema. Léanlo si tienen el estómago preparado, y si no lo tienen léanlo de todas formas porque los libros incómodos son los que más nos hacen falta, aunque nos cueste admitirlo. Y si después de leerlo siguen pensando que la poesía debe hablar solo de cosas bonitas, pues nada, sigan con sus haikus sobre cerezos en flor, que para gustos se hicieron colores. Pero no digan que no se lo advertí.
Andrés García-Pérez Tomás