por Javier Pérez-Ayala Huertas | Oct 24, 2025 | Noticias
La brújula rota del alma
Hay libros que no se leen: se atraviesan. Almas errantes, de Kim Lemmen, pertenece a esa clase de obras que uno no pasa, sino que lo desgarran por dentro, como una marea lenta que arrastra certezas y devuelve dudas. No hay capítulo ni poema que se refugie en el consuelo de lo decorativo. Lo que ofrece Lemmen es otra cosa: una poética del desgarro, un viaje sin mapa por los fragmentos de uno mismo.
Desde su primer verso, el libro actúa como un espejo roto en el que cada pedazo refleja una identidad distinta. Su autora —antropóloga y poeta neerlandesa afincada en Galicia— sabe de lo que habla: ha hecho del análisis de la identidad su oficio, y del lenguaje, su arqueología emocional. Las tres partes del poemario, Dispersión, Dualismo y Bricolaje, no son simples títulos, sino estaciones de paso en la ruta hacia la comprensión del yo. Todo empieza con la pérdida, sigue con el diálogo imposible entre opuestos y concluye con una reconstrucción, precaria pero luminosa, de lo que significa ser.
Los poemas de Lemmen tienen algo de agua y de herida. Fluyen, se abren, dejan cicatrices. No buscan la belleza complaciente, sino una verdad que duele. “Vuelvo a ser lo que nunca he sido ni seré jamás”, escribe, con la lucidez de quien ha aprendido que la identidad no es puerto sino naufragio. Y en esa aceptación del naufragio está el milagro del libro: no hay redención, pero sí una forma callada de libertad, la que nace cuando uno se reconoce errante.
El estilo de Lemmen huye del exhibicionismo y se sostiene en un hilo de contención verbal que recuerda a ciertos poetas del exilio, de esos que aprendieron que escribir es una manera de regresar a ningún lugar. Entre lo filosófico y lo sensorial, su voz transita desde los pliegues más íntimos del pensamiento hasta los rincones del paisaje —mares, caminos, ríos— que funcionan como metáforas de movimiento interior. No hay lamento ni proclama: hay conciencia. Y eso, en los tiempos de la impostura emocional, se agradece.
Almas errantes no pretende cambiar la poesía —bastante tiene con hablar desde un sitio honesto—, pero le devuelve a la palabra su dimensión de búsqueda. No responde, pregunta. No grita, murmura. No promete alivio, ofrece compañía en la incertidumbre. Es un libro para quienes han estado perdidos alguna vez y comprendieron que perderse era, en realidad, la única forma de encontrarse.
Lemmen escribe con la serenidad de quien ha aceptado que la vida no se entiende, se sobrevive. En eso hay grandeza. Leerla es un acto de complicidad con la fragilidad humana. Es, también, una forma de mirar al espejo sabiendo que no todo lo que devuelve pertenece a uno mismo. Porque, al final, como sugiere cada página de este viaje lírico y brutalmente honesto, el alma —esa vieja palabra que olvidamos pronunciar sin ironía— no se posee: se busca. Siempre se busca.
Javier Pérez-Ayala
por Javierpah | Oct 20, 2025 | Noticias
El poeta peruano que escribe desde Alemania como si se le fuera la vida en cada verso
Me tropecé con Leyendas Peruanas de Miguel Torres Morales casi por casualidad, y confieso que no tenía ni idea de con qué me iba a encontrar. Pensé que sería un poemario más sobre la nostalgia de la patria perdida, ya sabéis, esas cosas que escriben los exiliados desde la distancia, mitad autobiografía mitad melancolía. Pero no. Esto es otra cosa. Esto es un tipo que lleva treinta años viviendo en Alemania, enseñando filosofía en un instituto alemán, y que cada noche se sienta a escribir sobre Barranco, un distrito de Lima al que probablemente no volverá nunca.
Y lo hace con un lenguaje que te obliga a pararte cada tres versos porque no entiendes qué diablos acaba de decir. Torres Morales escribe como si Góngora se hubiera reencarnado en un poeta peruano con ganas de complicarnos la vida. Hipérbaton violento, palabras rarísimas que nunca habías visto («ornitofitólatra», «clepsidra», «agerasia»), metáforas que se encadenan unas con otras hasta que pierdes el hilo y tienes que volver atrás a ver qué pasó. Y te preguntas: ¿por qué hace esto? ¿Por qué no escribe en cristiano como todo el mundo?.
Luego te das cuenta de que ahí está la clave. No es pedantería. Es apropiación política. Torres Morales está demostrando que un poeta peruano puede escribir español tan culto, tan complejo, tan perfecto como cualquier español de los de aquí, y llenarlo de contenido específicamente peruano. Hace hablar a Pachacámac, una deidad precolombina, con vocabulario del Siglo de Oro: «Insuperable Altísimo de fibra interminable». Y esa mezcla te descoloca porque te plantea una pregunta incómoda: ¿de quién es el idioma? ¿De los que conquistaron o de los que fueron conquistados?.
El libro se presenta como si fuera una recuperación de textos del siglo XVIII aparecidos en la Gazeta de Lima, imitando lo que hizo Ricardo Palma con sus Tradiciones Peruanas. Es decir, Torres Morales finge que está rescatando documentos antiguos cuando en realidad se los está inventando. Y lo justifica con una frase que me pareció brillante: «porque a los peruanos nos han robado muchos libros y nos han incendiado mil archivos, pero no podrán quitarnos nuestra historia porque nosotros mismos somos nuestra historia». Si te quemaron los archivos, invéntalos de nuevo. Si te robaron los libros, escríbelos otra vez. Me parece una respuesta perfecta al saqueo cultural.
Los personajes que aparecen son fantasmas. Mariano Melgar hablando justo antes de que lo fusilen en 1815, preguntándose para qué pulir versos hermosos si de todos modos vas a morir, si de todos modos Silvia te va a rechazar, si de todos modos el pelotón te va a matar. Juan del Valle y Caviedes, el poeta satírico colonial que escribía desde la pobreza extrema. El Inca Garcilaso, atrapado entre dos mundos que lo rechazan simultáneamente. Y todos repiten el mismo diagnóstico doloroso: «los peruanos aniquilan / a las almas más nobles». Desde Melgar hasta Arguedas pasando por Vallejo, el Perú ha destruido sistemáticamente a sus mejores escritores.
Y Torres Morales se sitúa en esa genealogía. Escribe desde Alemania porque sabe que si volviera a Lima lo invisibilizarían, lo olvidarían, acabaría dando clases en alguna universidad precaria. Su exilio no es sólo geográfico sino estratégico: escribe el Perú desde fuera para no ser devorado por dentro.
Lo que más me gusta es que no idealiza nada. No pinta el pasado colonial como maravilloso ni el Perú contemporáneo como terrible. Denuncia a los «Encomenderos» de ahora que siguen expoliando el país como los conquistadores expoliaban a los indios. Escribe sobre la fundación mítica de Barranco pero también sobre su destrucción mediante la especulación inmobiliaria. Las casas de madera demolidas, los acantilados erosionándose, la garúa gris que define Lima. Todo eso construye un Barranco que existe más plenamente en el verso que en la realidad.
Y hay algo entrañable en todo esto, algo que me conmueve. Torres Morales lleva treinta años escribiendo este libro. Treinta años componiendo fascículos manuscritos desde pueblos alemanes que nadie conoce. Treinta años construyendo una patria de palabras más sólida que cualquier geografía. Y lo hace sabiendo que probablemente será ignorado por la industria literaria, que su libro complicado y hermético no venderá mucho, que la crítica académica no le hará caso. Pero lo hace igual. Porque no puede no hacerlo.
Me pregunto qué pensará cuando vea en Facebook cómo Barranco se gentrifica, cómo ponen bares hipster donde había casas coloniales, cómo el Perú que él recuerda se va convirtiendo en otra cosa. Desde Alemania, conectado por internet, ve desaparecer su patria en tiempo real. Y responde escribiendo. Escribiendo versos incomprensibles, barrocos, densos. Como si la complejidad del lenguaje pudiera frenar la simplificación del mundo.
No es un libro fácil, ya lo aviso. Exige trabajo, paciencia, diccionarios. Pero los buenos libros siempre exigen. Y éste es un libro importante, creo, porque demuestra que se puede escribir sobre identidad nacional sin caer en el folklore barato. Que se puede fusionar lo mejor de la tradición española con lo más profundo de la memoria andina. Que la poesía, aunque no salve al poeta del olvido, preserva la memoria de los poetas sacrificados.
Dentro de cincuenta años, cuando las modas actuales hayan pasado, alguien descubrirá este libro y dirá: aquí había un poeta verdadero escribiendo cuando nadie prestaba atención. Y eso, al final, es lo que distingue la literatura de verdad de todo lo demás.
Aixa Delgado Sepulveda
por Javier Pérez-Ayala Huertas | Oct 19, 2025 | Noticias
Los territorios de la palabra» de José Luis Abraham López: La geografía de lo emergente
La geografía de lo emergente
Hay libros que nacen de una pasión prolongada, de una obstinación lectora que se resiste a la fugacidad del momento. Los territorios de la palabra, de José Luis Abraham López, pertenece a esa estirpe de trabajos sostenidos en el tiempo, tejidos desde la curiosidad y la generosidad crítica. Cinco años de reseñas literarias y entrevistas –primero semanales, luego mensuales– para el suplemento IDEAL en Clase del diario granadino El Ideal conforman el tejido de este volumen que Ediciones Amaniel publica ahora, en 2025, como una suerte de cartografía crítica de lecturas y pareceres.
No estamos ante una crítica académica, el propio autor lo advierte desde el prólogo, sino ante algo más valioso en estos tiempos de superficialidad informativa: el testimonio de un lector apasionado que comparte su curiosidad por la literatura y todo lo que la rodea. Más de cien textos reunidos y revisados que despliegan un mosaico rico y plural del panorama literario actual, especialmente en el ámbito hispánico. Narrativa, poesía, literatura infantil y juvenil, cómic, ensayo divulgativo, novela gráfica… La variedad de géneros abordados no diluye el propósito de una escritura crítica flexible, más orientada al diálogo que al veredicto severo.
Abraham López practica una crítica que podríamos definir como impresionista, subjetiva, comprometida con la experiencia personal del lector antes que con el análisis técnico distanciado. Sus textos nacen de una premisa común: compartir la pasión por la lectura en un tiempo caracterizado por el exceso de información de dudosa credibilidad y el consumo voraz de contenidos. Defender con honestidad el valor insustituible de la lectura pausada, analítica y emocional es, en palabras del autor, un acto de resistencia. Y este volumen se ofrece precisamente como esa trinchera desde la cual seguir celebrando la literatura.
El contexto en que surgió buena parte de estas páginas resulta significativo: los años de la pandemia. El confinamiento puso de manifiesto la fuerza y relevancia de la lectura como refugio, forma de resistencia anímica y moral, conexión con los demás. Muchos de los libros reseñados durante aquellos días sirvieron tanto de consuelo como de goce, de lucidez como de desahogo. Abraham López consigue transmitir esa doble función de la literatura: estética y vital, cultural y existencial.
Lejos de pretender fijar un canon o definir tendencias, el autor traza un mapa personal de lecturas, una memoria de afinidades electivas. Su apuesta por editoriales independientes –algunas jóvenes y valientes, otras ya asentadas– revela un compromiso férreo con la palabra y con las nuevas voces. Firmas consolidadas junto a autores incipientes, propuestas experimentales junto a narraciones clásicas en su estructura pero audaces en su mirada. El denominador común: el compromiso con la palabra y la voluntad de recorrer rutas fascinantes por el intrincado mapa de la literatura actual en lengua española.
Los temas tratados en las obras comentadas resultan variados: la identidad personal y la memoria, los conflictos familiares y las relaciones afectivas, las problemáticas sociales y existenciales, la crítica institucional. En poesía predominan la reflexión existencial y metafísica, la memoria, la infancia, el compromiso estético y cultural. La literatura infantil y juvenil se presenta como amplio campo para la educación en valores a partir de temas actuales: acoso escolar, identidad de género, empatía, respeto a la diversidad. El ensayo acoge el testimonio personal, la memoria cultural, el feminismo, la maternidad.
Estas temáticas confluyen en líneas transversales recurrentes: la tensión entre verdad y ficción, la ciudad como personaje literario, el sufrimiento como motor de transformación personal, el amor y el desamor. Una literatura comprometida con la realidad, atenta a los márgenes –la infancia, el poder, la codicia, la exclusión, el cuerpo, la identidad–, pero también sensible a las fracturas del presente: la crisis económica, el racismo, la xenofobia, la desigualdad de género, el desarraigo emocional, la pérdida de memoria. Una literatura que se ofrece como espejo de la incertidumbre creciente.
Abraham López opta por un tono divulgativo y una exposición clara, evitando lo simplificador sin renunciar a cierto grado de profundidad analítica. Su propósito no es practicar una crítica implacable –tan a menudo injustificada– sino potenciar las interpretaciones destacando el valor temático, formal y estilístico de quienes han despertado su interés. Cada obra establece una conversación personal, y el crítico que comparte su parecer se convierte en mediador entre el texto y quienes lo reciben.
Entre los autores reseñados encontramos nombres como Nando López, Rodolfo Padilla Sánchez, Eimear McBride, Francisco López Porcal, Pilar Tena, Toti Martínez de Lezea, Ricardo G. Manrique, David Machado, Daniel Guebel, Víctor Álamo de la Rosa, Roberto Gallego, Federico Falco, Pilar Fraile, Juan José Saer, Florencia del Campo, Mario Álvarez Porro… Un catálogo que abarca desde la narrativa más comprometida socialmente hasta la poesía existencial, pasando por el thriller y la novela histórica.
El volumen incluye también entrevistas a escritores y editores, convencido Abraham López de una verdad incuestionable: la palabra viva del escritor aporta claves que enriquecen la lectura y otorgan mayor credibilidad a la realidad cultural. Esta amalgama híbrida –reseñas y entrevistas– permite al lector encontrar editoriales consolidadas junto a otras emergentes, propuestas que dialogan con la tradición y apuestas que la desafían.
La escritura de Abraham López se caracteriza por su claridad expositiva, su capacidad para sintetizar lo esencial de cada obra sin caer en el reduccionismo, su habilidad para detectar los recursos formales y los hallazgos estilísticos. Maneja con soltura el análisis de estructuras narrativas, el comentario de personajes, la exploración de temas y símbolos. Su prosa combina precisión terminológica con imágenes evocadoras, reflexión crítica con impresiones personales.
Especialmente interesantes resultan los textos dedicados a la poesía, donde Abraham López despliega una sensibilidad particular para captar matices, resonancias, ecos de la tradición. Sus comentarios sobre autores como Mario Álvarez Porro o Florencia del Campo revelan una comprensión profunda del hecho poético, de la música del verso, de la imagen como revelación. También destaca su capacidad para abordar la literatura infantil y juvenil sin condescendencia, valorando su dimensión formativa sin menoscabo de su calidad literaria.
Los territorios de la palabra funciona como memoria de un periodo –2020 a 2025– marcado por crisis globales, transformaciones editoriales e irrupción de nuevas voces. Funciona también como invitación a tomar conciencia de la riqueza y pluralidad del panorama literario actual. Y funciona, sobre todo, como testimonio de una pasión lectora que se resiste a la frivolidad, al consumo acrítico, a la dictadura del best-seller.
Abraham López reivindica la lectura crítica como forma de ciudadanía cultural, ejercicio de memoria y sensibilidad frente al lenguaje. En un tiempo como el nuestro, defender esa posición constituye efectivamente un acto de resistencia. Este volumen se inscribe en esa resistencia, en esa trinchera de papel desde la cual seguir creyendo que la literatura es compañera insobornable que nos incita a leer más, a pensar de otro modo, a mirar con mayor atención y a sentir con mayor hondura.
El libro se cierra con la convicción de que siempre hay un libro esperando a un lector sin hábito, de que la literatura posee una atemporalidad esencial más allá de sus temas y formas, de que leer no es solo acto de placer o introspección sino también de memoria y confrontación ante las urgencias de lo real. La literatura se revela así como ejercicio compartido de conciencia y transformación.
Los territorios de la palabra es, en definitiva, un libro necesario. Necesario para quien desee cartografiar el panorama literario actual en lengua española, necesario para quien busque orientación en el maremágnum editorial, necesario para quien crea en la lectura como acto de resistencia y belleza. José Luis Abraham López ha trazado un mapa personal que funciona también como mapa colectivo, como bitácora de navegación por las aguas –a veces turbulentas, siempre fascinantes– de la literatura contemporánea.
Javier Pérez-Ayala
por Andrés García Pérez-Tomás | Oct 12, 2025 | Noticias
La memoria en octosílabos: Antonio Berlanga y el rescate del romance comprometido
En tiempos donde la poesía española parece haberse refugiado en el intimismo despolitizado o en la experimentación formal que dialoga solo con sus iniciados, la aparición de «Libro de Romances (En homenaje a Federico García Lorca)» de Antonio Berlanga Pino constituye acontecimiento singular. No porque el volumen se inscriba en corrientes hegemónicas del campo literario español —de hecho, las contradice frontalmente— sino porque demuestra que la poesía comprometida con la memoria histórica y las luchas sociales mantiene vigencia cuando encuentra formas adecuadas de expresión.
Antonio Berlanga nace en Álora (Málaga) en 1968, hijo de vendedor ambulante y ama de casa, en contexto de clase trabajadora que marca profundamente su poética. Autodidacta sin formación universitaria, descubre la poesía a los once años y desde entonces mantiene práctica sostenida: veintisiete libros publicados en dieciocho años. Esta productividad, que podría interpretarse como dispersión, responde en realidad a necesidad expresiva que no depende de reconocimientos institucionales ni de lógicas mercantiles del campo literario. Berlanga escribe desde posición periférica —geográfica, social, estética— y convierte esa periferia en lugar de enunciación que cuestiona centralidades hegemónicas.
El volumen se presenta explícitamente como homenaje a García Lorca. Esta filiación declarada sitúa obra en tradición específica: la del romance como forma popular elevada a categoría culta sin traicionar raíces orales. Lorca demostró en «Romancero gitano» (1928) que octosílabo asonantado podía vehicular tanto complejidad simbólica de alta cultura como inmediatez comunicativa de formas populares. Berlanga recupera esa lección metodológica —no estilística— aplicándola a materias que Lorca no abordó: documentación precisa de represión franquista, memoria histórica de Guerra Civil con nombres verificables y fechas exactas, inclusión de identidades LGBTQ+ marginadas por discursos hegemónicos. El homenaje se convierte así en apropiación crítica antes que en repetición reverente.
El romance como forma implica elección estética con consecuencias políticas. Frente a hegemonía del verso libre que domina poesía española contemporánea, Berlanga opta por restricciones métricas del octosílabo asonantado. Esta elección puede leerse superficialmente como conservadurismo formal, pero análisis más riguroso revela que responde a estrategia de democratización del acceso. El octosílabo facilita memorización y transmisión oral, permitiendo circulación fuera de circuitos académicos que monopolizan poesía experimental. La forma se convierte en instrumento de difusión que amplía públicos potenciales más allá de élites culturales.
Ciento veinticinco páginas documentan episodios de represión histórica y exclusión social contemporánea. «Muerte de Federico García Lorca» reconstruye asesinato del poeta mediante precisión verificable: Ramón Ruiz Alonso —diputado de CEDA— dirige detención, cinco de la madrugada hora del traslado al Barranco de Víznar, camisas azules ejecutan fusilamiento. Esta documentación rigurosa distingue texto de leyenda: donde romancero tradicional mitificaba acontecimientos mediante imprecisión deliberada, Berlanga practica documentalismo poético que convierte octosílabo en testimonio judicial. «Romance de la Desbandá» narra masacre de civiles que huían por carretera Málaga-Almería en febrero de 1937: entre tres mil y cinco mil muertos bombardeados por aviación italiana y buques alemanes. La especificación de agresores extranjeros corrige narrativa franquista que durante décadas negó colaboración nazi-fascista. «Romance de los Sesenta Fusilados» preserva memoria de sesenta hombres ejecutados en Álora en agosto-septiembre de 1936: alcalde republicano, maestros, obreros, campesinos acusados de «rojos». Berlanga, nativo de Álora, funciona como archivista local que registra lo que Estado franquista borró y democracia española tardó décadas en reconocer.
La inclusión de romances sobre identidades LGBTQ+ —»Romance del Transexual Femenino», «Romance de los Dos Homosexuales Apaleados»— resulta significativa. El romancero tradicional, forma vinculada a valores conservadores de sociedades pre-capitalistas, raramente vehiculaba experiencias disidentes. Berlanga opera actualización temática sin modificar estructura formal: octosílabo asonantado dignifica identidades marginadas mediante prestigio cultural de forma heredada. Esta estrategia —usar forma tradicional para contenido transgresor— puede interpretarse como gesto de normalización inclusiva o como domesticación que neutraliza radicalidad de identidades disidentes. La ambigüedad permanece productiva: Berlanga no resuelve tensión sino que la expone.
«Romance de la Maltratada» documenta violencia de género sin eufemismos. Donde romancero tradicional romantizaba violencia contra mujeres mediante retórica del amor pasional —celos que justificaban asesinatos, posesión confundida con amor—, Berlanga presenta feminicidio como crimen sin atenuantes poéticos. La contención emocional del texto —ausencia de tremendismo, rechazo de victimización paternalista— genera incomodidad porque no ofrece catarsis redentora. La violencia se presenta, se documenta, pero no se sublima mediante belleza poética que permitiría evasión estética.
El diálogo estructura numerosos romances. «Partida de los Pataletes» construye intercambio amoroso entre guerrillero y muchacha secuestrada que citan explícitamente a Romeo y Julieta. La situación es moralmente ambigua: amor entre captor y cautiva, síndrome de Estocolmo romantizado mediante referencias shakespearianas. Berlanga no resuelve ambigüedad, no juzga, no ofrece interpretación unívoca. Esta neutralidad puede leerse como madurez literaria que confía en inteligencia del lector o como evasión de responsabilidad ética que relativiza violencia. La cuestión permanece abierta: ¿puede poeta presentar sin posicionarse? ¿La ausencia de juicio moral constituye objetividad o complicidad?
«Romance del Ruiseñor y el Olmo» construye alegoría transparente. El árbol advierte al pájaro herido que huya antes que lleguen leñadores que representan represión franquista. La solidaridad entre olmo y ruiseñor —víctimas que se niegan a traicionarse— alegoriza resistencia colectiva frente a terror. Sin embargo, transparencia excesiva de alegoría plantea interrogante: ¿necesita lector que se le explique mediante símbolos evidentes lo que podría decirse directamente? Esta tensión entre accesibilidad y simplificación atraviesa el libro. Berlanga persigue comunicación amplia pero arriesga condescendencia pedagógica.
La comparación con Lorca resulta inevitable. Lorca construyó sistema metafórico complejo donde cada elemento —luna, cuchillo, caballo, verde— acumulaba significados múltiples mediante recurrencia. Esta densidad simbólica generaba ambigüedad productiva: cada lector construía interpretación propia sin agotar sentido textual. Berlanga opera con transparencia mayor: metáforas funcionan como correlatos emocionales reconocibles sin ambigüedad lorquiana característica. «Gemidos heladores como niebla» resulta bella pero unívoca: dolor se compara con fenómeno meteorológico sin sugerir significados adicionales. Esta diferencia marca límite: Berlanga no alcanza audacia imaginativa lorquiana. Sin embargo, comparación puede resultar injusta. Berlanga no pretende competir con Lorca en territorio lorquiano sino actualizar método para contexto distinto. Lorca escribió en años veinte-treinta, antes de Guerra Civil que convertiría su poesía en profecía involuntaria. Berlanga escribe desde 2025, casi noventa años después, cuando memoria de Guerra Civil constituye campo de batalla política contemporánea. Esta distancia temporal determina proyecto estético: donde Lorca podía permitirse ambigüedad simbólica, Berlanga siente urgencia documental.
La trayectoria editorial de Berlanga marca evolución significativa. Tras publicar en sellos modestos —Círculo Rojo, Editorial Dauro, Hebras de Tinta— con tiradas limitadas y distribución escasa, «Libro de Romances» aparece bajo sello de Editorial Poesía eres tú. Este salto resulta relevante: Editorial Poesía eres tú constituye proyecto editorial serio y consolidado, especializado en poesía de calidad con criterios de selección rigurosos y distribución profesional. La incorporación de Berlanga a este catálogo puede leerse como reconocimiento institucional que valida trayectoria de casi dos décadas: poeta autodidacta de provincias accede finalmente a editorial que proporciona visibilidad más allá del circuito andaluz.
Los premios obtenidos —Rodríguez Pastor, Victoria Kent— son locales, sin cotización en mercado literario madrileño. Sin embargo, publicación en Editorial Poesía eres tú constituye legitimación alternativa a premios institucionales: editorial seria apuesta por obra porque confía en calidad literaria, no porque autor acumule reconocimientos previos. Esta inversión del proceso habitual —primero premios, luego editorial prestigiosa— sugiere que algunas editoriales mantienen criterios de selección basados en mérito textual antes que en capital simbólico acumulado.
Berlanga organiza recitales —»Plenilunio», «Oleaje de versos», «Trilogía para verso»— en teatros y ateneos andaluces donde poesía todavía congrega público. Esta red de difusión oral recupera dimensión performativa del romance, devolviéndolo a origen anterior al libro impreso. El poeta como juglar contemporáneo que recita en espacios públicos antes que como autor que espera lectores silenciosos. Esta estrategia democratiza acceso —recital es gratuito o de precio módico— aunque limita alcance geográfico. Sin embargo, respaldo de Editorial Poesía eres tú compensa limitación: libro circula mediante canales profesionales mientras poeta mantiene contacto directo con audiencias locales.
La marginalidad relativa de Berlanga en panorama nacional refleja transformación del capital simbólico literario español contemporáneo. Prestigio no proviene de virtuosismo métrico sino de experimentación formal o confesionalismo autobiográfico que academia valora como modernidad. Poetas que recuperan formas tradicionales actualizadas quedan relegados a circuitos regionales, considerados anacronismos sin interés crítico. Esta marginación puede lamentarse como injusticia o aceptarse como consecuencia lógica de elecciones estéticas contracorriente. Berlanga opta por tradición en contexto que privilegia ruptura; pagó precio en términos de visibilidad institucional.
Comparar a Berlanga con otros autodidactas españoles resulta productivo. Miguel Hernández (1910-1942), hijo de tratante de ganado, escribió desde trinchera republicana durante Guerra Civil. Hernández testimonia urgencia del momento; Berlanga archiva memoria transmitida. Antonio Gamoneda (León, 1931), empleado bancario durante veinticuatro años, desarrolló estética experimental hermética que le valió Premio Cervantes 2006. Gamoneda experimenta; Berlanga reivindica tradición. Gloria Fuertes (1917-1998), hija de bedel y costurera, cultivó verso libre que academia trivializó como «poesía infantil» durante décadas. Fuertes fue doblemente marginalizada por clase social y género femenino; Berlanga solo por clase y elección estética contracorriente.
Estos casos demuestran que autodidactismo no determina elecciones formales: cada poeta resuelve dilema tradición-innovación según sensibilidad y proyecto político. Berlanga opta por conservadurismo formal que es estratégico: formas clásicas otorgan dignidad cultural a contenidos marginados. Cuando memoria de sesenta fusilados en Álora se preserva mediante romance, recibe legitimidad estética que testimonio oral fragmentario no alcanzaría.
El libro cierra con sentencia implícita: mientras romances circulen —mediante libro, recitado, memoria de lectores— archivo permanecerá vivo. Esta es apuesta de Berlanga contra olvido institucional, contra manipulación histórica, contra amnesia conveniente que derecha española practica respecto a Guerra Civil. El romance, forma nacida en Edad Media para cantar hazañas caballerescas, demuestra capacidad para vehicular trauma colectivo de guerra fraticida española. Esta metamorfosis del género —de épica guerrera a elegía memorial— confirma vitalidad de formas poéticas tradicionales cuando poetas las aplican a materias contemporáneas.
«Libro de Romances» no es obra perfecta. La sombra de Lorca pesa excesivamente en algunos pasajes donde Berlanga repite fórmulas lorquianas sin aportar novedad. La acumulación de romances sobre temas diversos genera dispersión que arquitectura más rigurosa habría evitado. Algunos textos funcionan mejor como piezas autónomas que como componentes de totalidad orgánica. Estas objeciones señalan límites del proyecto pero no invalidan propuesta fundamental: demostración de que poesía comprometida con memoria histórica y luchas sociales mantiene vigencia cuando encuentra formas adecuadas de expresión.
Lo valioso reside en obstinación: Berlanga insiste en documentar, en nombrar, en convertir octosílabo en instrumento de archivo cuando lo cómodo sería abandonar empresa. Esta insistencia constituye forma de resistencia cultural: mientras romances circulen, memoria permanece viva. Y ahora, bajo respaldo de Editorial Poesía eres tú, circulación se amplía significativamente. Ya no quedan archivados exclusivamente en bibliotecas andaluzas: alcanzan librerías especializadas, lectores distantes, circuitos que antes ignoraban trabajo de poeta autodidacta de provincias. Han cumplido función expandida: preservar nombres de sesenta fusilados en Álora, registrar masacre de Desbandá, documentar asesinato de Lorca con precisión verificable, y hacerlo accesible a audiencia que trasciende circuito regional. El archivo que obliga a mirar lo que preferimos olvidar, ahora con mayor alcance institucional.
Andrés García-Pérez Tomás
por Andrés García Pérez-Tomás | Oct 5, 2025 | Noticias
“Amor, suburbios y un figurante que te parte la cara: la redención sucia de Mituyo”
El mundo se divide, aunque usted no lo crea, entre quienes nacen dispuestos a que la vida les pase por encima y quienes, contra viento, marea y facturas sin pagar, se levantan cada mañana a tomar las calles por asalto, aunque sea solo para llegar al bar del barrio y cagarse en la rutina. Mituyo forma parte de estos últimos—de esos tipos duros porque no les queda más remedio. Porque en Potorromendi, que es como decir en el Bilbao más áspero y de escaleras con sudor ajeno, la gloria tiene más que ver con acertar a cerrar la puerta antes de que entre la lluvia que con salir a hombros de ningún sitio.
El libro de Ferreiro Valiño, El figurante y la estrella, es una novela escrita con las tripas, de ésas que no piden permiso, que despachan ternura y mala leche a partes iguales. Aquí el éxito es tan de saldo como las galletas de marca blanca y la dignidad anda siempre buscando una esquina donde resguardarse. Si espera usted carantoñas y lirismo de bata blanca, váyase quitando ilusiones. Ferreiro tira de verbo suelto, con nervio y mucha ironía, porque sabe que en la mesa del bar se lee mucho mejor la vida que en bibliotecas nobles.
La historia, más simple que el mecanismo de un botijo, pone frente a frente a Escarlata, esa actriz con nombre de cicatriz y brillo de plató gastado, y a Mituyo, chico de barrio y figurante de los de verdad, condenado a servir de decorado en su propio barrio y en cuanto plató de cine le pague las horas. El milagro—porque algo de milagro tiene el asunto—es que entre tanto desencuentro, figuración y gente con más anhelos que dientes en la boca, surge algo que nunca esperas encontrar en mitad del lodo: una historia de amor de esas que no se ponen de perfil, aunque duelan.
Ferreiro escribe de la rutina con inteligencia felina, sin parecer que le pese ni un poco—como quien sabe que todo héroe es antes un pringado al que no le queda otra que tirar para adelante. Aquí ni los ricos se libran de sus miserias (vean, si no, a Mark, multimillonario de fondo blando y alma de mendigo sentimental). Y Escarlata, entre ducha, bragas y recuerdos de una madre difunta y molesta, genera más magnetismo en un pestañeo que cien actrices en cartelera.
No falta el desfile de secundarios con tripa y alma—gente de bar, cuadrillas, chuchos babeantes, el himno del Athletic a deshoras y vecinos de los que es mejor tener de lejos porque si te tocan las narices, te las dejan bien planchadas. Y Ferreiro lo retrata como quien no sabe hacer otra cosa: con mala uva pero mucho respeto, con frases que, si te pillan en mala tarde, te arrancan la carcajada o la lágrima, según venga el viento.
¿Es esto una novela de amor? Lo es, pero una de las que no te salva por bonita, sino por real. Aquí se folla, se llora y se huye, a menudo en la misma página; no se ahorra Ferreiro la vulgaridad, el deseo ni los errores del cuerpo y la cabeza. Hay sexo, sí, pero sin photoshop ni luces tenues—sexo de pierna acalambrada y cama deshecha, que es al final el que da vida y rompe corazas. Y cuando se ama, también se duda, se claudica, se caga uno en todo lo sagrado y hasta se pide tiempo muerto si amenaza la inseguridad. Todo esto contado con la lengua astillada de quien ha conocido, además de mil derrotas, el raro privilegio de querer de verdad.
A lo largo del libro hay escenas para enmarcar—la bronca con la cajera, la cuadrilla salvando a su manera cada naufragio del protagonista, la cuadratura imposible de cuentas, emociones y la maraña de relaciones de barrio. La magia de la escritura está en que, entre tanta mediocridad perfectamente reconocible, la esperanza sale a flote sin empalagar, como un gato al que nadie logró ahogar.
El figurante y la estrella es, en suma, la historia de la vida con arrugas y chichones, contada a brochazos, con sinceridad y sin miedo a mancharse. Al terminar, uno entiende que los figurantes —los de verdad— pueden acabar llevándose la última ovación. Porque está bien eso de ponerse el mundo por montera. Pero a veces, lo heroico es atreverse a vivir y a amar, por humilde y por salvaje que sea el decorado.
Así que no diga que no le avisaron: si busca usted redenciones de mentira, pase de largo. Pero si le va lo honesto, lo sucio, lo que duele y consuela a partes iguales, este libro es su sitio. Y si todavía le queda un poco de ánimo, atrévase a leerlo en voz alta, con un vaso de vino al lado y el corazón agitado, igual que si oyese cantar la última canción a la puerta de cualquier bar.
Andrés García Pérez-Tomás
por Ángela de Claudia Soneira | Oct 4, 2025 | Noticias
Lo que el hielo deja atrás
Cuando una abre este libro de Kepa Fernández de Larrinoa, lo primero que le viene a la cabeza no es lo que espera de un poemario, esa cosa entre musical y delicada que uno lee con una taza de té en la mano. No. Aquí lo que aparece es algo más desasosegante, como si el autor te metiera en una habitación oscura donde solo quedan las voces de las ausencias y los nombres de los que ya no están. Emma, Jácome, un barquero, un niño, una madre. Personajes apenas dibujados, pero de una intensidad que te deja pegada a la silla.
Es curioso, porque al principio uno piensa que Larrinoa escribe desde un lugar demasiado frío, demasiado lejano, que casi te hace sentir como una intrusa en un duelo privado al que no te han invitado. Pero si sigues leyendo, y esto es lo importante, descubres que ese frío es en realidad la única forma que tiene de hablar de lo que duele de verdad, de lo que no se puede decir con palabras bonitas. Porque no hay nada bonito en la pérdida, ni en la memoria que se va borrando como la nieve bajo el sol de la mañana. Y Larrinoa lo sabe. Vaya si lo sabe.
Me ha llamado mucho la atención cómo este hombre, que es antropólogo y poeta, y que ha vivido en medio mundo, decide construir un libro así, tan poco complaciente. No te regala nada. No te dice «esto es así y punto». Te deja en medio del hielo, con esos «ojos afilados» que miran pero no explican, que ven pero no consuelan. Emma aparece una y otra vez, como una letanía, como esas cosas que uno se repite para no olvidar, pero también para ver si de tanto repetirlas se entienden mejor. No sé si lo consigue, pero la búsqueda es conmovedora.
Lo que más me ha gustado, si es que «gustar» es la palabra, es que no se anda con rodeos. No hay adornos ni piruetas, solo esa sucesión de imágenes que te van dejando sin respiración: el río seco, el barquero que duerme junto a su araña, el niño que camina con el tiempo, la madre sin uñas. Son cuadros que te quedas mirando aunque no sepas muy bien qué significan, pero que te remueven algo por dentro. Y eso, en poesía, es lo más importante, creo yo.
También es verdad que hay momentos en los que uno se siente un poco perdida, como cuando la prosa se vuelve casi teatro y aparecen esos diálogos entre la Herida y el Cansancio, que parecen sacados de una obra japonesa de esas raras que se hacen en espacios vacíos con actores pintados de blanco. A mí me costó un poco entrar ahí, lo reconozco, pero luego me di cuenta de que Larrinoa estaba haciendo algo muy valiente: estaba intentando hablar de cosas que no tienen palabras, y para eso hay que inventarse nuevas formas. No sé si siempre funciona, pero la intención es noble.
Lo que sí tengo claro es que este no es un libro para leer en el metro ni para regalar a alguien que busca consuelo. Es un libro para cuando una está dispuesta a enfrentarse con lo oscuro, con lo que no se arregla, con el hecho de que la vida es, muchas veces, sencillamente injusta y fría. Pero también es un libro que te recuerda que, aunque todo se vaya, aunque nos quedemos solos, escribir sigue siendo una forma de resistencia. Una forma de decir: aquí estuve, esto vi, esto sentí. Y eso, al final, no es poco.
Ángela de Claudia Soneira