“Amor, suburbios y un figurante que te parte la cara: la redención sucia de Mituyo”

“Amor, suburbios y un figurante que te parte la cara: la redención sucia de Mituyo”

“Amor, suburbios y un figurante que te parte la cara: la redención sucia de Mituyo”

El mundo se divide, aunque usted no lo crea, entre quienes nacen dispuestos a que la vida les pase por encima y quienes, contra viento, marea y facturas sin pagar, se levantan cada mañana a tomar las calles por asalto, aunque sea solo para llegar al bar del barrio y cagarse en la rutina. Mituyo forma parte de estos últimos—de esos tipos duros porque no les queda más remedio. Porque en Potorromendi, que es como decir en el Bilbao más áspero y de escaleras con sudor ajeno, la gloria tiene más que ver con acertar a cerrar la puerta antes de que entre la lluvia que con salir a hombros de ningún sitio.

El libro de Ferreiro Valiño, El figurante y la estrella, es una novela escrita con las tripas, de ésas que no piden permiso, que despachan ternura y mala leche a partes iguales. Aquí el éxito es tan de saldo como las galletas de marca blanca y la dignidad anda siempre buscando una esquina donde resguardarse. Si espera usted carantoñas y lirismo de bata blanca, váyase quitando ilusiones. Ferreiro tira de verbo suelto, con nervio y mucha ironía, porque sabe que en la mesa del bar se lee mucho mejor la vida que en bibliotecas nobles.

La historia, más simple que el mecanismo de un botijo, pone frente a frente a Escarlata, esa actriz con nombre de cicatriz y brillo de plató gastado, y a Mituyo, chico de barrio y figurante de los de verdad, condenado a servir de decorado en su propio barrio y en cuanto plató de cine le pague las horas. El milagro—porque algo de milagro tiene el asunto—es que entre tanto desencuentro, figuración y gente con más anhelos que dientes en la boca, surge algo que nunca esperas encontrar en mitad del lodo: una historia de amor de esas que no se ponen de perfil, aunque duelan.

Ferreiro escribe de la rutina con inteligencia felina, sin parecer que le pese ni un poco—como quien sabe que todo héroe es antes un pringado al que no le queda otra que tirar para adelante. Aquí ni los ricos se libran de sus miserias (vean, si no, a Mark, multimillonario de fondo blando y alma de mendigo sentimental). Y Escarlata, entre ducha, bragas y recuerdos de una madre difunta y molesta, genera más magnetismo en un pestañeo que cien actrices en cartelera.

No falta el desfile de secundarios con tripa y alma—gente de bar, cuadrillas, chuchos babeantes, el himno del Athletic a deshoras y vecinos de los que es mejor tener de lejos porque si te tocan las narices, te las dejan bien planchadas. Y Ferreiro lo retrata como quien no sabe hacer otra cosa: con mala uva pero mucho respeto, con frases que, si te pillan en mala tarde, te arrancan la carcajada o la lágrima, según venga el viento.

¿Es esto una novela de amor? Lo es, pero una de las que no te salva por bonita, sino por real. Aquí se folla, se llora y se huye, a menudo en la misma página; no se ahorra Ferreiro la vulgaridad, el deseo ni los errores del cuerpo y la cabeza. Hay sexo, sí, pero sin photoshop ni luces tenues—sexo de pierna acalambrada y cama deshecha, que es al final el que da vida y rompe corazas. Y cuando se ama, también se duda, se claudica, se caga uno en todo lo sagrado y hasta se pide tiempo muerto si amenaza la inseguridad. Todo esto contado con la lengua astillada de quien ha conocido, además de mil derrotas, el raro privilegio de querer de verdad.

A lo largo del libro hay escenas para enmarcar—la bronca con la cajera, la cuadrilla salvando a su manera cada naufragio del protagonista, la cuadratura imposible de cuentas, emociones y la maraña de relaciones de barrio. La magia de la escritura está en que, entre tanta mediocridad perfectamente reconocible, la esperanza sale a flote sin empalagar, como un gato al que nadie logró ahogar.

El figurante y la estrella es, en suma, la historia de la vida con arrugas y chichones, contada a brochazos, con sinceridad y sin miedo a mancharse. Al terminar, uno entiende que los figurantes —los de verdad— pueden acabar llevándose la última ovación. Porque está bien eso de ponerse el mundo por montera. Pero a veces, lo heroico es atreverse a vivir y a amar, por humilde y por salvaje que sea el decorado.

Así que no diga que no le avisaron: si busca usted redenciones de mentira, pase de largo. Pero si le va lo honesto, lo sucio, lo que duele y consuela a partes iguales, este libro es su sitio. Y si todavía le queda un poco de ánimo, atrévase a leerlo en voz alta, con un vaso de vino al lado y el corazón agitado, igual que si oyese cantar la última canción a la puerta de cualquier bar.

Andrés García Pérez-Tomás

Lo que el hielo deja atrás: leer a Kepa Fernández de Larrinoa sin anestesia

Lo que el hielo deja atrás: leer a Kepa Fernández de Larrinoa sin anestesia

Lo que el hielo deja atrás

Cuando una abre este libro de Kepa Fernández de Larrinoa, lo primero que le viene a la cabeza no es lo que espera de un poemario, esa cosa entre musical y delicada que uno lee con una taza de té en la mano. No. Aquí lo que aparece es algo más desasosegante, como si el autor te metiera en una habitación oscura donde solo quedan las voces de las ausencias y los nombres de los que ya no están. Emma, Jácome, un barquero, un niño, una madre. Personajes apenas dibujados, pero de una intensidad que te deja pegada a la silla.

Es curioso, porque al principio uno piensa que Larrinoa escribe desde un lugar demasiado frío, demasiado lejano, que casi te hace sentir como una intrusa en un duelo privado al que no te han invitado. Pero si sigues leyendo, y esto es lo importante, descubres que ese frío es en realidad la única forma que tiene de hablar de lo que duele de verdad, de lo que no se puede decir con palabras bonitas. Porque no hay nada bonito en la pérdida, ni en la memoria que se va borrando como la nieve bajo el sol de la mañana. Y Larrinoa lo sabe. Vaya si lo sabe.

Me ha llamado mucho la atención cómo este hombre, que es antropólogo y poeta, y que ha vivido en medio mundo, decide construir un libro así, tan poco complaciente. No te regala nada. No te dice «esto es así y punto». Te deja en medio del hielo, con esos «ojos afilados» que miran pero no explican, que ven pero no consuelan. Emma aparece una y otra vez, como una letanía, como esas cosas que uno se repite para no olvidar, pero también para ver si de tanto repetirlas se entienden mejor. No sé si lo consigue, pero la búsqueda es conmovedora.

Lo que más me ha gustado, si es que «gustar» es la palabra, es que no se anda con rodeos. No hay adornos ni piruetas, solo esa sucesión de imágenes que te van dejando sin respiración: el río seco, el barquero que duerme junto a su araña, el niño que camina con el tiempo, la madre sin uñas. Son cuadros que te quedas mirando aunque no sepas muy bien qué significan, pero que te remueven algo por dentro. Y eso, en poesía, es lo más importante, creo yo.

También es verdad que hay momentos en los que uno se siente un poco perdida, como cuando la prosa se vuelve casi teatro y aparecen esos diálogos entre la Herida y el Cansancio, que parecen sacados de una obra japonesa de esas raras que se hacen en espacios vacíos con actores pintados de blanco. A mí me costó un poco entrar ahí, lo reconozco, pero luego me di cuenta de que Larrinoa estaba haciendo algo muy valiente: estaba intentando hablar de cosas que no tienen palabras, y para eso hay que inventarse nuevas formas. No sé si siempre funciona, pero la intención es noble.

Lo que sí tengo claro es que este no es un libro para leer en el metro ni para regalar a alguien que busca consuelo. Es un libro para cuando una está dispuesta a enfrentarse con lo oscuro, con lo que no se arregla, con el hecho de que la vida es, muchas veces, sencillamente injusta y fría. Pero también es un libro que te recuerda que, aunque todo se vaya, aunque nos quedemos solos, escribir sigue siendo una forma de resistencia. Una forma de decir: aquí estuve, esto vi, esto sentí. Y eso, al final, no es poco.

Ángela de Claudia Soneira

El Instante Perpetuo: Cuando la Poesía Reconoce a Sus Verdaderos Herederos

El Instante Perpetuo: Cuando la Poesía Reconoce a Sus Verdaderos Herederos

El Instante Perpetuo: Cuando la Poesía Reconoce a Sus Verdaderos Herederos

Existe un momento específico en la vida de todo lector experimentado donde se produce una forma particular de reconocimiento: aquel en que las palabras de un desconocido adquieren la autoridad silenciosa de lo que ya sabíamos sin saber que lo sabíamos. Pedro Carbajal García logra esta alquimia extraña en «Hogar de Ninfas», su debut poético a los 64 años, convirtiendo cincuenta haikus en lo que solo puede describirse como una expedición hacia la médula misma de lo contemplativo.

Habría que comenzar diciendo que la poesía tardía posee una cualidad específica que la distingue de aquella otra, más urgente y quizás más ruidosa, de los veintipocos años. Carbajal García escribe desde una perspectiva que ha tenido tiempo de sedimentarse, donde cada palabra ha sido sometida al juicio implacable de décadas de experiencia. Su formación jurídica —que podría parecer antagónica a la sensibilidad poética— se revela como una ventaja: cada haiku ha sido construido con la precisión de quien conoce el peso específico de las palabras, la importancia de lo no dicho, la economía expresiva que convierte el silencio en significado.

El libro traza un calendario emocional completo, desde la piel de abedul que inaugura la colección hasta esa niebla final que opaca el cerebro para convertirlo en niña. Entre estos dos extremos se despliega una sensibilidad que ha aprendido a encontrar lo extraordinario en la observación paciente: el asturcón negro donde «el misterio galopa bajo la piel», la lluvia suave que funciona como «respiro de los prados», esa lechuza quieta sobre rama de haya que genera «miedo sagrado».

No es casual que Carbajal García haya elegido el haiku como vehículo de expresión. Esta forma poética, nacida en el Japón del siglo XVII, requiere una sensibilidad específica para la contemplación que casa perfectamente con su perspectiva vital madura. Cada poema funciona como una instantánea sensorial donde el tiempo se detiene: «Gotas de lluvia / atravesadas de sol, / nimbo de color». La imagen surge completa, sin explicaciones, invitando al lector a completar el sentido desde su propia experiencia contemplativa.

Hay en estos haikus algo que trasciende la mera observación naturalística. El paisaje asturiano —con sus abedules, robles, asturcones y cortezas húmedas— se convierte en territorio simbólico donde cada elemento natural funciona como espejo de estados interiores. Cuando Carbajal García escribe «Vieja encina, / susurro de la tierra, / hogar de ninfas», está construyendo una geografía emocional donde lo mítico convive naturalmente con lo cotidiano, donde la memoria cultural se hace presente sin artificio.

La progresión estacional del libro permite seguir un ciclo completo que trasciende lo meramente temporal. Existe una sabiduría específica en la organización de estos poemas: desde el despertar primaveral hasta el silencio invernal, el lector asiste a una educación sentimental donde cada estación aporta su enseñanza específica. El otoño trae «rojo y ocre» que «tiñen el viejo bosque», el invierno presenta esos lobos que aúllan bajo «gélida luna», mientras la primavera ofrece la imagen esperanzadora del potro que «nace, / se levanta, se cae, / dulce relincho».

La verdadera contemporaneidad de «Hogar de Ninfas» reside precisamente en su capacidad para proponer una temporalidad alternativa. En una época caracterizada por la aceleración constante y la fragmentación de la experiencia, estos haikus funcionan como pequeñas cápsulas de desaceleración consciente. Cada poema requiere una lectura lenta, contemplativa, que vaya contra los ritmos impuestos por la cultura digital. Son poemas para ser meditados más que consumidos, para ser experimentados más que analizados.

Carbajal García demuestra además una comprensión profunda de la tradición del haiku occidental. No cae en el error de la imitación superficial ni en el exotismo ornamental. Sus poemas respetan la estructura métrica tradicional (5-7-5 sílabas) pero adaptan orgánicamente el contenido a su paisaje cultural específico. El kigo o palabra estacional aparece naturalmente: las flores de cerezo, la nieve, los frutos del castaño situando cada poema en su momento del ciclo natural sin artificiosidad.

Hay momentos en la colección donde la precisión descriptiva alcanza intensidad casi visionaria: «En la corteza, / un champiñón morado / brota despacio». La lentitud del proceso se hace presente en la propia estructura del verso, mientras la especificación cromática del champiñón convierte la observación en pequeña revelación. Es esa capacidad para encontrar belleza en fenómenos aparentemente menores lo que dota a estos haikus de su poder contemplativo específico.

El aspecto más logrado del libro es quizás su capacidad para universalizar lo local sin perder especificidad. Los elementos del paisaje asturiano —el asturcón, los robles, la niebla atlántica— funcionan como referencias concretas que cualquier lector puede trasladar a su propio entorno contemplativo. Cuando leemos «La hoja seca / sobre la hierba verde. / Rara belleza», experimentamos no solo la observación específica del poeta sino la invitación a encontrar esa misma revelación en nuestro paisaje inmediato.

«Hogar de Ninfas» pertenece a esa categoría de libros que llegan en el momento preciso para recordarnos capacidades que creíamos perdidas: la pausa, la observación detenida, la capacidad de asombro ante lo inmediato. Pedro Carbajal García ha construido con estos cincuenta haikus un pequeño manual de resistencia poética contra la velocidad y la distracción, demostrando que la madurez puede ser, paradójicamente, el mejor momento para recuperar la mirada asombrada de la infancia.

El último haiku cierra la colección con una imagen que condensa toda la sabiduría contemplativa del libro: «La fina niebla / opacó su cerebro. / Se hizo niña». En esas pocas palabras está contenida la proposición estética completa de Carbajal García: la contemplación como forma de retorno a una percepción originaria donde el mundo se revela en su inmediatez poética, anterior a las categorías del análisis y la interpretación. Es, finalmente, una invitación a habitar ese estado de disponibilidad contemplativa donde cada instante puede convertirse en poesía.

Andrés García Pérez-Tomás

El economista que le ha devuelto la dignidad al romance castellano

El economista que le ha devuelto la dignidad al romance castellano

El economista que le ha devuelto la dignidad al romance castellano

José Carlos Balagué Doménech ha conseguido algo que parecía imposible. Un hombre que se dedica a la auditoría y los números se sienta a escribir 790 versos octosílabos y el resultado no es un pasatiempo de jubilado sino una obra que remueve algo muy adentro. «Romance de las cristianas raptadas» llega a nosotros desde esa rara estirpe de libros que no necesitan gritar para que les prestemos atención. Te pones a leer y al segundo verso ya sabes que estás ante alguien que entiende lo que hace.

La historia que cuenta Balagué tiene esa sencillez que engaña. Cinco cristianas de Toledo son raptadas por bereberes en el otoño de 1491, cuando Granada está a punto de caer. Lo que empieza como una violenta sustracción se convierte, a lo largo de un año completo, en una exploración del síndrome de Estocolmo más convincente que cualquier tratado de psicología. Porque este autor ha intuido algo fundamental las grandes verdades humanas no necesitan ropajes modernos para seguir siendo actuales.

Hay algo hipnótico en la manera en que Balagué maneja el octosílabo asonantado. Lees versos como «día a día, poco a poco, / ganaron su confianza, / transformándose en afecto / el rencor que les guardaban» y te das cuenta de que estás ante alguien que no está jugando a ser poeta. Conoce los secretos de la métrica clásica, pero no los exhibe como un prestidigitador enseñando sus trucos. Los usa como lo que son respiración natural del poema, música inevitable de la historia que está contando.

El verdadero hallazgo de esta obra está en haber comprendido que el rapto de estas cinco mujeres funciona como metáfora perfecta de cualquier proceso humano de adaptación a lo adverso. La evolución emocional de Isabel, la protagonista, desde el terror hasta la aceptación y finalmente el amor, se desarrolla con una verosimilitud que convence porque está fundada en la observación precisa de cómo funcionamos por dentro. No hay psicologismo barato ni sentimentalismo. Solo la descripción exacta de cómo el alma humana encuentra maneras de sobrevivir y hasta de florecer en las circunstancias más impensables.

Abdullah, el jeque bereber protagonista, es uno de esos personajes que se quedan contigo. Balagué lo construye muy lejos de los estereotipos al uso, como un hombre de notable complejidad humana. Su cortesía, su respeto hacia las mujeres cristianas, su capacidad de seducción intelectual y emocional lo convierten en un contrapunto perfecto a la brutalidad de los esposos cristianos que llegan a rescatar a sus mujeres. Hay una inteligencia especial en todo esto, porque el autor está reflexionando, sin didactismo pero con honda sabiduría, sobre la complejidad de las identidades mestizas y la tragedia de los fundamentalismos excluyentes.

La elección del marco histórico resulta extraordinariamente acertada. Los meses que van del otoño de 1491 al invierno de 1492-93 marcan el final de ocho siglos de convivencia entre cristianos y musulmanes en la península. Balagué aprovecha este momento de cambio civilizatorio para hablar de nuestro propio tiempo, de nuestras propias crisis identitarias, de nuestras propias maneras de recomponer lealtades cuando el mundo se nos viene abajo. El episodio de la cruz y la media luna que Isabel acepta llevar juntas funciona como símbolo perfecto de esa hibridación identitaria que caracteriza nuestra época.

El uso del léxico arabizante constituye otro de los grandes aciertos del romance. Términos como alfareme, tarbea, almadraques, azagaya no funcionan como arqueologismo complaciente sino como elementos necesarios para crear el universo poético de la obra. El glosario que acompaña al texto demuestra el rigor documental del autor, pero lo importante es que estas voces árabes se integran orgánicamente en el flujo del verso sin entorpecer la comprensión ni quebrar el ritmo.

Si algo se le puede reprochar a esta obra es cierta tendencia a la descripción minuciosa que en algunos momentos ralentiza el ritmo narrativo. Las descripciones de estancias y vestimentas, aunque hermosas y documentadas, a veces pesan más de lo necesario sobre la línea argumental. También es cierto que las cuatro cristianas que acompañan a Isabel en su cautiverio permanecen algo desdibujadas, funcionando más como coro que como personajes individualizados. Pero estos son reproches menores ante la solidez del conjunto y la originalidad del planteamiento.

«Romance de las cristianas raptadas» demuestra que la tradición métrica española conserva una vitalidad expresiva que permite abordar temas actuales sin necesidad de renunciar a la herencia formal. Balagué ha logrado escribir una obra que honra tanto el pasado literario como las inquietudes del presente, creando esa síntesis difícil entre tradición e innovación que caracteriza a las obras que permanecen. En un panorama poético frecuentemente dominado por la experimentación formal vacua o la confesión narcisista, esta obra recuerda que la verdadera originalidad consiste en hacer que las formas clásicas digan algo que nunca habían dicho antes. El romance ha encontrado en Balagué Doménech no solo un continuador técnicamente solvente, sino un renovador auténtico que demuestra cómo la mejor manera de ser contemporáneo es, a veces, recuperar lo eterno.

Antonio Graña Ojeda

Ver sin ilusiones: cuando la poesía se vuelve testimonio vehemente en ‘Ver es para ciegos’

Ver sin ilusiones: cuando la poesía se vuelve testimonio vehemente en ‘Ver es para ciegos’

Ver sin ilusiones: cuando la poesía se vuelve testimonio vehemente en ‘Ver es para ciegos’

 

Leer a Alex Romero de la Osa Díaz es adentrarse en una memoria tan cruda e inevitable como necesaria. ¿Qué nos dice de nosotros como sociedad que un joven de dieciséis años haya tenido que escribir un libro como «Ver es para ciegos»? La pregunta me persigue mientras avanzo por sus páginas, porque estamos ante un testimonio que trasciende la literatura para convertirse en documento de una época que prefiere mirar hacia otro lado.

Su escritura se mueve entre la urgencia y la precisión, como quien trata de encontrar sentido a un pasado que desgarra el presente. Hay en cada verso la voluntad de nombrar lo imposible, de poner palabras en aquello que usualmente queda suspendido en la sombra. ¿No es esto, al final, lo que toda buena literatura debe hacer: iluminar aquello que preferimos no ver?

El poeta no ofrece consuelo ni explicaciones edulcoradas. Al contrario, se enfrenta a la realidad de frente, sin importarle el repliegue de quien no quiere mirar. Porque en esta obra la ceguera es una metáfora que denuncia una complicidad social quizás más dolorosa que la violencia misma. Como él mismo advierte en su nota preliminar: «la verdadera ceguera no está en la retina, sino en la voluntad de no ver».

La cadencia de la poesía de Alex recuerda a una conversación que se pierde entre el susurro y el grito, que se acerca y se aleja, que asoma la verdad sin adornos. Es una escritura que desafía y conmueve, que pone el cuerpo en palabras sangrantes, en imágenes que no se olvidan. Cuando escribe «Guardaste un océano en la garganta. / Ahora, cada ola que te tragaste está / impresa en estas páginas», está hablando no solo de su propia experiencia, sino de la de toda una generación que ha aprendido a callar lo que debería gritar.

Poemas como «No lo noté» o «El demonio y yo dados de la mano» son ejemplos donde la violencia se instala en el cuerpo y en la memoria, y el poeta logra transmitir con una claridad brutal esa experiencia interior y exterior. ¿Cómo se escribe sobre el trauma sin caer en la pornografía del dolor? Alex encuentra la respuesta en la transformación del sufrimiento en conocimiento, en la capacidad de hacer que lo individual se vuelva colectivo.

Pero no todo es un grito de dolor. También hay una fuerza que atraviesa las páginas, una resistencia que se afirma en la voluntad de contar y en la dignidad de la palabra. «36% (al borde del precipicio)» es el testamento de esa lucha, un balance entre la sombra y la luz, un lugar donde la estadística se vuelve carne y la palabra salva tanto como condena.

Me pregunto si no hay en estos poemas algo de lo que la literatura latinoamericana ha sabido hacer mejor: convertir el testimonio personal en denuncia social, transformar la experiencia límite en literatura que no solo conmueve sino que interroga. Alex pertenece a esa tradición, pero con una diferencia fundamental: donde otros testimoniaron sobre la violencia política, él testimonia sobre la violencia íntima, doméstica, esa que ocurre en el espacio que se supone más seguro.

Este libro de Alex no solo es una muestra singular de lo que la poesía contemporánea puede y debe hacer, sino un llamado a la acción, una invitación a no cerrar los ojos a las realidades incómodas y a romper los silencios que legitiman la violencia. Leerlo es aceptar la invitación a mirar, aún cuando nos duela, porque solo desde la honestidad y la confrontación es posible la esperanza.

Antonio Graña Ojeda

Cuando las palabras se desnudan

Cuando las palabras se desnudan

Cuando las palabras se desnudan

Me llegó este libro de Figu García y pensé que se trataba de alguna broma. «Prendas Íntimas (Catálogo Unisex)», decía la portada, y yo, que he visto de todo en esta profesión, me dije: «Aquí viene otro que confunde la provocación con la poesía». Qué equivocado estaba.

Resulta que José García Guadalupe —que así se llama en realidad este hombre— ha conseguido algo que pocos: hacer que un artificio literario funcione como un corazón. Porque eso es lo que es este poemario, un corazón que late disfrazado de catálogo comercial, con sus advertencias, sus instrucciones de lavado y sus ofertas de temporada.

Hay algo tremendamente honesto en la forma en que García aborda la intimidad. No es esa intimidad impostada que tanto se lleva ahora, esa confesión exhibicionista que confunde lo personal con lo íntimo. No. Aquí hay una verdadera desnudez, la que duele y la que sana. «Ocurre que, no siempre sé si escribo, o si me desvisto sobre una página en blanco», dice en el primer poema, y uno entiende inmediatamente que está ante alguien que sabe de qué habla.

Me gusta especialmente cómo maneja las referencias cultas. Schrödinger, Einstein, Dostoyevski aparecen en sus versos sin pedantería, como invitados naturales a una conversación sobre el amor y la existencia. En «Bajo las sábanas de Schrödinger» convierte la física cuántica en una metáfora perfecta para esas relaciones que existen y no existen, que son y no son hasta que alguien las mira. Es inteligente sin ser pretencioso, cosa que ya es un mérito en estos tiempos.

Y luego está el mar. Ay, el mar de García. No es el mar tópico de la poesía española, ese mar de postal que tanto hemos visto. Es un mar que se mete en las venas, que forma parte del ADN del poeta. «Si yo te hablara del mar te estaría mostrando, en todas mis lenguas, aquello que tú ya conoces», escribe, y uno siente que está hablando desde las tripas, no desde el manual de lugares comunes.

Los prospectos que incluye al final de cada sección son una genialidad. «Productos altamente inflamables, conservar lejos del pudor», advierte en la sección de Lencería, y uno sonríe porque entiende que detrás de la broma hay una verdad como un puño. García sabe que la poesía, cuando es de verdad, quema, incomoda, remueve. Y él no se esconde detrás de eufemismos.

Me ha emocionado especialmente su «Carta a Fiódor», donde le dice a Dostoyevski que ya no puede envidiarles porque «poco queda ya de aquel liberté, égalité, fraternité». Hay una melancolía política ahí, una nostalgia por un mundo que se desmorona, que me parece muy justa y muy necesaria. García no es un poeta que viva en una burbuja; tiene los ojos bien abiertos al mundo que le rodea.

Claro que no todo es perfecto. A veces la metáfora textil se fuerza un poco, especialmente en algunos momentos del «E=mc²» aplicado al amor. Pero son tropiezos menores en un libro que, en general, mantiene un pulso firme y una voz reconocible.

Lo que más me convence de este García es que no teme el sentimiento. En tiempos en que la poesía española anda a la defensiva, entre el intelectualismo vacío y la pose cool, él se permite sentir y hacer sentir. «Abrázame, por favor, abrázame», escribe sin rubor, y uno agradece esa valentía.

«Prendas Íntimas» es un libro que se lee con placer y se recuerda con cariño. García ha conseguido que su artificio conceptual no mate la emoción, sino que la potencie. Y eso, créanme, no está al alcance de cualquiera.

Antonio Graña Ojeda

 

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