Renacida en mi calma de Lucía García Ramos.

Renacida en mi calma de Lucía García Ramos.

LOS DÍAS QUE NO BRILLAMOS Y ESTÁ BIEN

Me llega Renacida en mi calma de Lucía García Ramos y me pasa lo que me suele pasar con ciertos libros: los abro con cierta prevención, con ese recelo de quien ya ha leído demasiada poesía que promete sanación y acaba sonando a manual de autoayuda mal versificado, y de repente me encuentro subrayando versos, asintiendo con la cabeza como una tonta, reconociéndome en experiencias que creía solo mías. Porque eso tiene la buena poesía, ¿no? Que te hace creer que alguien ha estado husmeando en tus cajones cuando no mirabas.

La autora es joven, nacida en el año 2000, de Jumilla, y este es su segundo poemario después de Ama desde tus adentros. Pertenece a esa generación que ha crecido entre crisis, trabajos precarios y la dictadura del postureo en redes sociales. Una generación a la que le ha tocado construirse sola porque las estructuras que sostenían a sus padres ya no existen, o existen mal, o de forma tan intermitente que no te puedes fiar. Y se nota en los versos. Cuando escribe «Soy el lugar donde descanso, / el refugio que tantas veces busqué afuera», no está haciendo poesía bonita. Está documentando una necesidad real, urgente, de convertirse en casa propia porque fuera no hay dónde cobijarse.

El libro está organizado con una pulcritud que se agradece: cinco secciones, veinticinco poemas, cinco por sección. Renacer, Raíces, Alas, Puentes, Horizontes. Podría parecer demasiado calculado, demasiado perfecto, pero funciona porque García Ramos entiende que el caos emocional necesita estructura para no ahogarse en sí mismo. Es como cuando ordenas tu habitación no porque seas una maníatica del orden sino porque necesitas encontrar algo en medio del desastre. La estructura de este libro es eso: una forma de no perderse mientras exploras territorios que dan vértigo.
Lo que más me gusta de este poemario es que no te engaña. No te promete que vas a renacer para siempre y convertirte en una versión mejorada e infalible de ti misma. No te vende esa felicidad de anuncio de yogur que tanto se estila ahora. García Ramos es más honesta que todo eso. En cada sección, justo cuando ya te estás creyendo el cuento del crecimiento personal, aparece un poema que te dice: espera, que tampoco es tan fácil. «Los días que no soy luz», «Cuando me permito caer». Y ese gesto, ese reconocimiento de que hay días en que no puedes con todo y está bien, me parece más valiente que todos los discursos motivacionales que nos bombardean.

Hay un verso que me ha quedado grabado: «Hay días que no puedo, / y está bien». Cinco palabras que desmontan toda esa presión terrible de tener que estar siempre bien, siempre luminosa, siempre radiante. ¿No estamos hartas ya de esa exigencia? ¿De tener que fingir fortaleza constante como si fuéramos superheroínas de cómic? García Ramos te da permiso para ser humana, para caerte, para no llegar algunos días. Y ese permiso, créeme, es más necesario de lo que parece.
La autora tiene un don para convertir lo abstracto en algo que puedes tocar. No hace esa poesía de conceptos flotantes que no sabes muy bien qué quieren decir. Escribe «Me quito la piel que ya no me sirve» y sabes exactamente de qué habla porque tú también te has quitado pieles que ya no te servían, aunque no supieras ponerle palabras. Escribe «Me temblaban las manos / pero la voz salió firme» y reconoces esa sensación de miedo físico y determinación simultánea, esa contradicción que es pura verdad. Escribe «He cargado piedras que no eran mías» y piensas en todas las veces que has cargado con expectativas ajenas, con dolores heredados, con responsabilidades que nunca te correspondieron.

El lenguaje es sencillo sin ser simple, que no es lo mismo. García Ramos no necesita palabras rimbombantes ni metáforas rebuscadas para decir cosas importantes. Habla claro, como quien te cuenta algo importante en una conversación de sobremesa, pero sin perder la intensidad poética. Usa imágenes que todos entendemos: la casa, las raíces, las alas, los puentes. Son metáforas viejas como la poesía misma, es verdad, pero ella las hace suyas, las habita desde su experiencia, les da una vuelta que las renueva.

Me gusta especialmente cómo trata la memoria de Benedetti. En el último poema escribe «Recuerdo a Benedetti, / la alegría se defiende». No es una cita pedante para demostrar que ha leído, es más bien como invocar a un maestro cuya voz te sostiene cuando la tuya flaquea. Y tiene sentido, porque Benedetti también escribía esa poesía directa, sin artificios, que te habla al corazón sin pasar por el manual de instrucciones. García Ramos se inscribe en esa tradición de poetas que prefieren ser entendidos antes que admirados por su complejidad.
Ahora bien, no todo es perfecto. El poemario tiene sus limitaciones y sería trampa no mencionarlas. Todos los poemas hablan desde la misma calma, desde esa serenidad de quien ya ha procesado el dolor. Y a veces echo de menos el durante, el caos sin resolver, la rabia en bruto, la confusión que todavía no tiene nombre. García Ramos escribe desde el después de la tormenta, cuando ya has limpiado los cristales rotos y puedes mirar el desastre con perspectiva. Y está bien, pero también me pregunto qué pasaría si se atreviera a escribir desde el centro mismo de la tormenta, cuando todavía no sabes si vas a sobrevivir.

También es cierto que formalmente no hay mucho riesgo. El verso libre que emplea es efectivo pero conservador. No juega con la disposición visual de los poemas, no rompe ritmos, no experimenta con formas que nos saquen de la zona de confort. Es poesía que se lee fácil, que fluye sin obstáculos, y eso está bien para lo que pretende, pero a veces me gustaría que se atreviera a poner alguna piedra en el camino del lector.

Y luego está esa cosa que me incomoda un poco: todo es muy personal, muy íntimo, muy hacia dentro. No hay ni rastro de lo político, de lo social, de las estructuras que nos condicionan. Como si bastara con trabajarse a una misma para resolver problemas que tienen raíces colectivas. Entiendo que no es ese el libro que quería escribir, que su búsqueda es otra, pero en alguien de su generación, tan golpeada por la precariedad estructural, esa despolitización total me llama la atención. Aunque quién soy yo para decirle a nadie sobre qué debe escribir.
Pero estas objeciones no invalidan lo que el libro tiene de valioso. Para muchas lectoras, especialmente mujeres jóvenes que están atravesando procesos de reconstrucción personal, este poemario puede ser exactamente lo que necesitan. Esa validación de que no estás loca, de que otras han pasado por lo mismo, de que hay palabras para experiencias que parecían innombrables. La poesía también sirve para eso, para acompañar, para sostener, para recordarte que no estás sola en el desastre.

Me acuerdo de cuando tenía veintitantos años y necesitaba desesperadamente libros que me dijeran que era normal sentir lo que sentía, que no había una sola forma correcta de ser mujer, que podías caerte mil veces y levantarte mil y una. Este libro habría sido importante para mí entonces. Y sé que será importante para muchas lectoras ahora. No porque sea una obra maestra que entrará en todas las antologías futuras, sino porque es un libro honesto escrito desde necesidad real.
García Ramos no finge saberlo todo, no adopta pose de gurú que tiene todas las respuestas. Simplemente comparte su proceso, sus descubrimientos, sus recaídas. «Me hago un café, / me quedo quieta / y dejo pasar las horas», escribe en uno de los poemas. Y esa imagen doméstica, pequeña, casi insignificante, contiene toda una filosofía del autocuidado que no necesita ser espectacular para ser efectiva.

Lo que me llevo de este libro es precisamente eso: el permiso para ser pequeña, para no brillar todos los días, para caerme sabiendo que mañana volveré «el doble de clara, / el doble de yo». Ojalá más poetas jóvenes escribieran con esta honestidad, sin pretender ser lo que no son, sin vendernos curaciones milagrosas. Ojalá más libros nos recordaran que está bien no estar bien siempre, que la vulnerabilidad no es debilidad sino parte de la experiencia humana.

Renacida en mi calma no va a revolucionar la poesía española, pero tampoco pretende hacerlo. Es un libro que acompaña, que sostiene, que valida. Y en tiempos de tanto ruido y tanta exigencia, esa calma que propone el título se agradece. Lucía García Ramos es una voz que seguir, una poeta que escribe desde verdad y no desde pose. Su camino apenas empieza y será interesante ver cómo evoluciona, qué nuevos territorios explora, si se atreve a adentrarse en zonas más oscuras y complejas. Pero mientras tanto, este segundo poemario cumple con lo que promete: recordarnos que renacer no es dejar de caerse, sino aprender a levantarse cada vez con un poco más de nosotras mismas.

Y eso, créeme, ya es bastante.

Ana María Olivares

María Navas, Poemas en el bolso: Las palabras que llevamos en el bolso

María Navas, Poemas en el bolso: Las palabras que llevamos en el bolso

Las palabras que llevamos en el bolso

El otro día vi a una mujer en el metro que rebuscaba desesperada en su bolso. Sacaba pañuelos arrugados, un boli sin capuchón, tickets viejos, caramelos pegajosos. La miraba fascinada porque reconocía en ese gesto algo profundamente femenino y universal: el bolso como archivo de la vida, ese desorden íntimo que nadie ve pero que dice tanto de nosotras. Y entonces me acordé de este libro de María Navas, Poemas en el bolso, que lleva en el título esa misma imagen tan cotidiana y tan poderosa.

Me acuerdo de cuando leí por primera vez «He borrado tu nombre del wasap / y toda nuestra historia se volvió una cifra». Sentí un escalofrío. ¿Quién no ha hecho eso alguna vez? ¿Quién no ha borrado un nombre creyendo que así se borra también el dolor, la rabia, la ausencia? María Navas escribe sobre las cosas que nos pasan a todas, pero lo hace con una precisión que te deja sin respiración. No hay artificio. No hay pose. Solo una mujer contando lo que le duele, lo que le falta, lo que la sostiene.

Hay un poema que me partió el alma. Se titula «Soledad de mariliendre» y habla de la muerte de un amigo gay. Dice: «No encuentro mi lugar en este duelo / porque más allá de la amistad, no tengo un nombre». Yo leí eso y pensé en todas las veces que los afectos que construimos fuera de la familia no tienen sitio en los protocolos del dolor. ¿Cómo llamas a ese vacío cuando pierdes a alguien que no era tu hermano pero lo era todo? María Navas le pone palabras a esa orfandad que no aparece en ningún formulario. Y lo hace sin sentimentalismo, con una rabia tierna que te abraza y te sacude a la vez.

Lo que me gusta de esta poeta es que no finge. No se pone la máscara de la artista atormentada ni escribe como si estuviera en un pedestal. Escribe como hablamos entre amigas cuando nos quitamos la coraza: «Mi piel es de uva, / con un roce se desuella». Esa vulnerabilidad sin vergüenza es lo que hace que sus poemas funcionen. Te reconoces en ellos aunque no hayas vivido exactamente lo mismo. Porque todas hemos querido tener una piel más gorda, «de lajas de pizarra / que brillen al sol», para aguantar mejor los golpes.

Y luego están los poemas que hablan del amor, ese amor del bueno que tanto cuesta encontrar. «Me da amor del bueno. / Bueno como el pan tierno / que venden en las tiendas hipsters, / del que no inflama las tripas después de haberte saciado». Me reí con eso. Porque es verdad, ¿no? Pasamos media vida tragando amores que nos sientan fatal, que nos hinchan, que nos dejan rotas. Y cuando por fin llega uno que no duele, que «calienta y no aprieta», casi no sabemos qué hacer con él. María Navas escribe sobre ese amor posible, el que no necesita drama para existir. Y en estos tiempos de precariedad emocional, donde todo parece diseñado para que nos hagamos daño, leer sobre un amor que sostiene sin apretar es casi revolucionario.

El libro es un viaje geográfico y emocional. Va del sur al norte, de la luz mediterránea a la niebla asturiana, del «rosa de las rosas rosas / en el jardín de mi abuela Margarita» a la Virgen de la Cueva en Infiesto. Pero sobre todo es un viaje hacia dentro, hacia esa extrañeza de quien se ha mudado de vida y ya no sabe quién es. «Un día despertó periférica y absurda, / sin entenderse en el espejo». ¿No les pasa a ustedes también? Esa sensación de haberse vuelto extraña en tu propia piel, de no reconocerte cuando te miras.

Hay un poema que se llama «Ahora callo» y es demoledor. Habla de todas las palabras que te tragas, que «circulan solas, de mi cabeza al estómago, / sin detenerse en los labios». Todas hemos vivido eso: el silencio impuesto, el silencio elegido, el silencio que enferma. «Tengo muchas palabras. / Lo que no tengo es voz». Esa última frase es un puñetazo. Porque tener palabras y no tener voz es la historia de demasiadas mujeres, la nuestra y la de nuestras madres y la de nuestras abuelas.

María Navas escribe también sobre la maternidad truncada, sobre ese hijo que no llegó pero que habitó una cuna sin llegar a abrigar en ella. Lo hace con una delicadeza brutal, sin caer en la autocompasión ni en el dramatismo vacío. «La ropa de tu cuna / no te abrigaba». Son poemas que duelen físicamente, que te obligan a mirar lo que casi nadie quiere ver.

Me gusta que haya decidido llamar al libro Poemas en el bolso y no Poemas del alma o cualquier otra cosa grandilocuente. Porque los poemas en el bolso son esos que viven con nosotras entre lo urgente y lo olvidado, entre el chicle rancio y el caramelo pegajoso, entre la lista de la compra y el boli sin capuchón. Son poemas que respiran nuestro mismo aire contaminado de ciudad, que huelen a metro y a prisa y a café frío. No están en una urna de cristal. Están donde tiene que estar la poesía: en medio de la vida.

No sé si este libro les cambiará la existencia. No sé si después de leerlo verán el mundo de otra manera. Lo que sé es que María Navas ha escrito algo verdadero, sin imposturas, sin trampas. Y en un mundo literario lleno de poses y de gente que escribe como si quisiera impresionar a un tribunal de eruditos, encontrar una voz así es un alivio. Una voz que habla como hablamos, que siente como sentimos, que sangra como sangramos.

Ana María Olivares

Afouteza & Certeça de Sabela Gondulfes: Con la bayoneta calada y el alma en los dientes

Afouteza & Certeça de Sabela Gondulfes: Con la bayoneta calada y el alma en los dientes

Afouteza & Certeça de Sabela Gondulfes

Con la bayoneta calada y el alma en los dientes

Uno termina harto de tanta pamplina de escaparate, de tanto versito inocuo diseñado para no ofender a la tropa de ofendiditos que patrulla las redes sociales y de tanta literatura de autoayuda camuflada de profundidad ontológica. Vivimos tiempos blandos, líquidos, donde la estupidez se ha hecho fuerte en las trincheras de la cultura y donde a cualquier zascandil con un micrófono le llaman poeta. Por eso, cuando cae en las manos un artefacto como este Afouteza & Certeça, uno no tiene más remedio que cuadrarse, pedir otra copa y reconocer que todavía queda gente con redaños en este valle de lágrimas. Sabela Gondulfes, que así firma la autora, no ha venido aquí a hacer amigos ni a darnos palmaditas en la espalda, sino a poner las cartas sobre la mesa con esa honestidad brutal, casi suicida, de quien sabe que la vida es una pelea de perros donde casi siempre se pierde, pero donde la dignidad es lo único que no te pueden quitar si no te da la gana.

El título ya es toda una declaración de principios, una patente de corso para navegar por las aguas turbias de este siglo XXI que nos ha salido rana. «Afouteza», esa palabra gallega tan sonora y tan intraducible que es mucho más que coraje; es la disposición de ánimo de quien se planta frente a la adversidad con la barbilla alta, sin lloriqueos, dispuesto a vender cara la piel. Y eso es lo que hay en estas páginas: una mujer que se ha pateado el mundo, desde su Galicia natal hasta el Chile de Neruda, y que vuelve con las botas manchadas de barro y los bolsillos llenos de piedras y de semillas. Me gusta cómo se despacha a gusto contra los mercaderes del templo en esa «Carta abierta a la Barbarie», soltando verdades como puños sobre esos cuatro sinvergüenzas que manejan el cotarro político y económico mientras nosotros, imbéciles integrales, les seguimos bailando el agua. No hay aquí ese buenismo empalagoso que tanto se estila, sino la mala leche necesaria del que ha visto cómo desahucian al vecino o cómo nos roban el futuro a la cara.

Pero donde la autora te agarra de las solapas y no te suelta es cuando baja a la trinchera de los afectos, al cuerpo a cuerpo con la muerte y el olvido. Nada de metáforas alambicadas para hablar del alzhéimer de un padre o de la muerte de una madre; aquí hay carne, hay fluidos, hay esa «memoria resbaladiza» que duele más que un navajazo. Gondulfes escribe como quien respira después de haber estado a punto de ahogarse, con la urgencia de los supervivientes. Se nota que ha leído a los viejos maestros, a Celaya, a Miguel Hernández, a esos tipos que sabían que la poesía es un arma cargada de futuro y no un adorno de salón burgués. Hay en sus versos un eco de esa España y de esa América que sudan y sangran, una conexión telúrica con la tierra —la PachaMama, la llama— que suena a verdad antigua, a sabiduría de aldea y de marineros que saben que el mar no tiene amigos. En tiempos donde la lealtad es una moneda devaluada, ella la reivindica como único salvoconducto posible, lealtad a los suyos, a su estirpe, a esa «prístina célula» de la que venimos.

No es un libro para leer con prisas en el metro, sino para digerirlo despacio, con un vaso de vino recio al lado, dejando que las palabras se asienten como el poso de una vida vivida sin concesiones. Es reconfortante, en medio de tanta mediocridad y tanto ruido, encontrar una voz que no impostada, una voz de mujer que se reconstruye «a cachitos» y que tiene el valor de confesar que ha muerto y ha resucitado las veces que han hecho falta. Afouteza & Certeça es un manual de resistencia para náufragos, un recordatorio de que, aunque nos pinten bastos y la realidad se empeñe en ser un lugar inhóspito gobernado por canallas, siempre nos quedará la palabra precisa, el compromiso firme y el valor de mantenerse en pie cuando todo alrededor se derrumba. Y eso, oigan, en los tiempos que corren, es mucho más de lo que ofrecen la mayoría de esos libros que se apilan en las mesas de novedades.

Andrés García Pérez-Tomás

«Job en Gaza», de Juan Argelina. Cuando la poesía deja de ser adorno y se convierte en puñetazo.

«Job en Gaza», de Juan Argelina. Cuando la poesía deja de ser adorno y se convierte en puñetazo.

Cuando la poesía deja de ser adorno y se convierte en puñetazo

Les voy a contar una cosa, señoras y señores: hay libros que se leen cómodamente instalado en el sillón con una copa de vino al lado, y hay libros que te obligan a levantarte, caminar por la habitación y preguntarte dónde carajo guardaste la conciencia porque hace tiempo que no la usabas. «Job en Gaza», de Juan Argelina, pertenece a esta segunda categoría, y no precisamente porque el autor sea un psicópata literario, sino porque ha tenido los arrestos de escribir poesía sobre algo que la mayoría preferiríamos ignorar mientras nos tomamos el café del desayuno mirando Instagram. Que conste que no es el primer poemario sobre conflictos políticos, ni el más experimental, ni el que va a ganar el Nacional de Poesía, pero es un libro necesario, y lo necesario siempre es incómodo, lo cual en estos tiempos de literatura narcótica y poesía para frigoríficos de imanes ya es bastante.

Argelina es historiador, arqueólogo, uno de esos tipos que desenterraron la teoría queer en España cuando todavía había que explicarle a la gente qué significaba la palabra, y ahora a los sesenta y cinco años publica su primer poemario tomando el mito bíblico de Job y transportándolo a Gaza sin pedirle permiso a nadie. Y ojo, que cuando digo transportar no me refiero a ese juego posmoderno de referencias culturales que tanto gusta en los talleres literarios, sino a algo mucho más bestia: Argelina coge la estructura completa del Libro de Job, con sus ocho secciones, sus diálogos entre Dios y el diablo, su apuesta divina sobre el sufrimiento del justo, y lo convierte en alegoría directa, explícita, sin matices ni medias tintas, del sufrimiento palestino. No hay equidistancia aquí, no hay «ambos bandos tienen razón», no hay esa cobardía intelectual tan de moda. Hay un pueblo que sufre, hay quienes lo hacen sufrir, y hay un mundo que mira hacia otro lado porque es más cómodo. El libro te lo dice en la cara y si no te gusta, ahí tienes la puerta.

La estructura es ambiciosa, hay que reconocerlo: prólogo sobre la apuesta divina, ocho secciones que van desde el origen del dolor hasta la búsqueda de memoria, y un epílogo que conecta Gaza con Troya porque, claro está, todas las ciudades sitiadas se parecen y la historia es ese borracho que se empeña en contarnos la misma anécdota una y otra vez esperando que esta vez sí aprendamos algo, aunque nunca lo hacemos. Argelina alterna fragmentos líricos con prosa ensayística, mete datos históricos entre versos, te habla de Shabra y Chatila, del hospital Al-Ahli bombardeado, de Amnistía Internacional, de políticas de asentamientos, y todo eso podría convertirse en un infumable panfleto político si no fuera porque el tipo sabe escribir y, sobre todo, porque ha elegido el verso libre como arma y la metáfora bíblica como escudo. «Las cunas quedaron abiertas como bocas sin voz», escribe, y ahí te das cuenta de que no estás ante un activista con vocación poética sino ante un poeta con vocación testimonial, que no es lo mismo.

El problema —o la virtud, según se mire— es que Argelina no te deja respirar. Página tras página insiste: «Miradme y espantaos», «Alza tu voz», «¿Tienes tú ojos de carne?», y uno querría decirle oye Juan, tranquilo, que ya nos hemos enterado de que Gaza es un horror, pero el libro no para porque Job tampoco paró de clamar y porque, seamos sinceros, si el autor te diera un respiro aprovechas para irte a hacer un café y olvidar que acabas de leer sobre niños convertidos en cifras y casas convertidas en tumbas. La anáfora es el recurso técnico dominante aquí, esa repetición obsesiva de «Me alcanzaron días de aflicción / me alcanzaron noches interminables» que reproduce formalmente la insistencia del testigo que debe repetir su testimonio porque nadie escucha la primera vez, ni la segunda, ni probablemente la vigésima. Es poesía martillo, poesía que golpea hasta que duele, y si al lector le molesta pues mala suerte, porque el objetivo no es gustar sino despertar, que son verbos muy distintos aunque la industria editorial los haya confundido hace décadas.

Técnicamente el libro es sólido pero irregular, que es lo que cabría esperar de un primer poemario de alguien que ha dedicado la vida a escribir ensayos académicos. Hay versos memorables («Yo nací con lamento en la lengua / y sin embargo mi llanto fue semilla») y hay pasajes donde la prosa ensayística diluye la concentración poética y uno piensa que Argelina debería haber confiado más en la metáfora y menos en la explicación. La métrica es libre, como debe ser cuando se testimonia desde el caos, con versos cortos que jadean y versos largos que se derraman como el propio sufrimiento, y esa irregularidad formal no es torpeza sino coherencia: no se puede testimoniar el horror en endecasílabos perfectos porque el horror no tiene ritmo regular, el horror es arrítmico, impredecible, y la forma debe reproducir esa arritmia si quiere ser honesta.

La elección del mito de Job como matriz estructural es inteligente porque universaliza sin deshistorizar, que es la cuadratura del círculo de toda poesía política. Job es el inocente que sufre sin razón aparente, Gaza es el pueblo sitiado que no sabe qué hizo para merecer esto, y ambos preguntan al cielo por qué carajo pasa lo que pasa y el cielo, como es costumbre, no contesta o contesta con más bombas, que viene a ser lo mismo. Argelina sostiene el paralelismo durante todo el libro sin caer en la obviedad ni en el didactismo, salvo en algunos momentos donde uno quisiera decirle «ya lo pillamos, Juan, no hace falta que nos lo expliques», pero son pecados menores en un libro que se juega mucho más que la elegancia formal. Y luego está esa conexión final con Troya, con Príamo llorando por Héctor igual que las madres palestinas lloran por sus hijos, que es ese tipo de paralelismo histórico que funciona si lo haces bien y aquí funciona porque Argelina conoce sus clásicos y sabe que Homero ya contó esta historia hace casi tres mil años, solo que entonces teníamos la decencia de llamarla tragedia y ahora la llamamos «conflicto complejo de larga data», que es la forma cobarde que tienen los periodistas de no tomar partido.

Ahora bien, y aquí viene la parte que probablemente no les va a gustar a algunos, este libro no es para todo el mundo. Si ustedes buscan poesía que los consuele, que los haga sentir bien consigo mismos, que puedan leer en voz alta en un recital con fondo de guitarrita y todos aplauden emocionados, váyanse a otra parte porque esto no es eso. «Job en Gaza» es poesía que interpela, que acusa, que señala con el dedo y dice «tú también eres cómplice si callas», y ese tipo de acusación no es popular en una sociedad que ha convertido la neutralidad en virtud y el silencio en prudencia. Argelina escribe desde una posición moral clara: hay víctimas y hay verdugos, hay quien bombardea hospitales y hay quien muere en esos hospitales, y si esa claridad te parece simplificación excesiva es probable que seas de los que nunca han tenido que elegir entre mirar o apartar la vista cuando pasan cosas feas, lo cual, créanme, es un privilegio que no todo el mundo tiene. El libro no busca matices porque los matices, en según qué situaciones, son una forma elegante de lavarse las manos, y Argelina claramente decidió que no iba a lavarse las manos ni aunque le ofrecieran la palangana de plata de Pilatos.

La voz poética es profética pero no religiosa, testimonial pero no panfletaria, combativa pero no histérica, que es un equilibrio difícil de mantener cuando escribes sobre injusticia flagrante sin caer en el sermón o en el grito. Argelina maneja el registro bíblico sin caer en pastiche, usa expresiones como «Ahora pues, alza tu voz» o «Si pesasen mi queja y mi tormento» que podrían sonar ridículas en boca de otro pero aquí funcionan porque todo el libro está construido sobre esa tensión entre el mito antiguo y la realidad contemporánea, entre Job sentado en cenizas en la tierra de Uz y Job sentado en escombros en Gaza, que al final son la misma ceniza y los mismos escombros porque el sufrimiento del inocente no ha cambiado nada en tres mil años, solo hemos perfeccionado las armas y los eufemismos. Cuando el autor escribe «¿Tienes tú ojos de carne?» preguntándole a Dios si puede ver el sufrimiento humano con vulnerabilidad humana, está haciendo teología política de la buena, de esa que cuestiona el orden establecido desde las propias categorías del poder, que es la única forma efectiva de cuestionarlo.

Les diré una cosa más antes de terminar: este libro va a molestar a mucha gente, y eso es buena señal. Va a molestar a quienes creen que la poesía debe hablar de pajaritos y atardeceres, va a molestar a quienes piensan que criticar a Israel es antisemitismo, va a molestar a quienes prefieren que Gaza sea esa cosa lejana que sale de vez en cuando en las noticias entre el fútbol y el tiempo, y va a molestar especialmente a esos poetas acomodados que llevan treinta años escribiendo sobre su ombligo mientras el mundo se desmorona. Bien por Argelina. Necesitamos más libros molestos y menos libros amables, más poetas con arrestos y menos poetastros con carreras académicas que defender. «Job en Gaza» no es un libro perfecto, tiene sus caídas de ritmo y sus momentos de didactismo excesivo, pero es un libro valiente, y en estos tiempos de cobardía generalizada eso ya es suficiente. Si la poesía no sirve para sacudir conciencias entonces que alguien me explique para qué carajo sirve, porque adornar paredes y quedar bien en presentaciones de libros con cava barato me parece poco.

Así que ahí lo tienen, señoras y señores: «Job en Gaza», de Juan Argelina, publicado por Editorial Poesía eres tú, que al menos tuvo el coraje de publicarlo cuando otros sellos probablemente habrían salido corriendo al ver el tema. Léanlo si tienen el estómago preparado, y si no lo tienen léanlo de todas formas porque los libros incómodos son los que más nos hacen falta, aunque nos cueste admitirlo. Y si después de leerlo siguen pensando que la poesía debe hablar solo de cosas bonitas, pues nada, sigan con sus haikus sobre cerezos en flor, que para gustos se hicieron colores. Pero no digan que no se lo advertí.

Andrés García-Pérez Tomás

Alabanzas de esto y de lo otro, de José Soriano Recio. Cuando la poesía deja de ser poesía y se convierte en artefacto mental

Alabanzas de esto y de lo otro, de José Soriano Recio. Cuando la poesía deja de ser poesía y se convierte en artefacto mental

Cuando la poesía deja de ser poesía y se convierte en artefacto mental

He aquí un libro que no pide permiso para existir. Alabanzas de esto y de lo otro, de José Soriano Recio, es uno de esos textos que aparecen de vez en cuando para recordarnos que la literatura española no está del todo muerta, solo un poco aletargada entre tanta complacencia editorial. Digo esto porque estamos hartos de poemarios que parecen escritos con plantilla, donde la emoción viene envasada al vacío y la palabra exacta se sustituye por el gesto bonito. Soriano Recio, en cambio, no busca complacer. No le interesa que le entiendan de inmediato. Lo suyo es otra cosa: construir un lenguaje que piense, que se mire a sí mismo mientras te mira a ti, y que te obligue a leer despacio o a dejarlo en la mesilla con cierta inquietud.

El libro abre con unos cerditos de cuento que ya no son de cuento, con un lobo que huyó de Troya y con un caserón lleno de marcas de otras narrativas rotas. No es capricho. Es declaración de principios. Soriano Recio te avisa desde el primer poema que vas a entrar en un territorio donde los personajes han perdido sus cuentos, donde las formas geométricas condicionan la percepción y donde un lenguado adaptándose al fondo marino es, en realidad, un tratado sobre la memoria y la identidad. Porque resulta que este autor no usa los animales para hacer fábulas morales. Los usa como variables epistemológicas, como piezas de un laboratorio donde se prueban hipótesis sobre cómo conocemos, cómo recordamos y cómo el lenguaje nos construye mientras creemos que construimos con él.

Hay que decirlo sin rodeos: este no es un libro fácil. No porque sea oscuro o pretencioso, sino porque exige. Exige atención, paciencia y cierta disposición a que te descoloquen. Los poemas no cuentan historias al uso. Más bien plantean problemas: qué pasa cuando un triángulo condiciona el cielo, cómo se comporta una mente que solo se alimenta de conceptos, de qué forma la memoria es una catedral excavada en el cerebro, qué significa jugar cuando jugar es la única realidad posible. Y todo esto lo hace con una prosa poética que a veces parece matemática, a veces filosofía, a veces bestiario, a veces juego, pero que siempre funciona como artefacto que piensa.

Porque de eso va esto: de pensar. No de sentir bonito ni de conmover con la metáfora justa. Aquí las metáforas son operaciones lógicas. Un cerdito no simboliza la domesticación; es la domesticación. Un mono no representa lo liminal; lo ejecuta. Un lenguado que tuerce el ojo para ver el cielo no es imagen poética, es demostración de que cambiar las reglas del cuerpo cambia las reglas de la realidad. Soriano Recio ha leído a Wittgenstein, a Huizinga, a Caillois, y los ha digerido sin academicismo, sin pose erudita, simplemente dejando que esas ideas respiren dentro de la poesía y la transformen.

La sección central del libro, titulada «Alabanzas», es donde el asunto se pone serio. Aquí el autor se mete de lleno en la paradoja del lenguaje: cómo nombrar lo innombrable, cómo describir sabiendo que toda descripción es construcción, cómo habitar los límites del decir sin caer en el silencio ni en la palabrería. Cada alabanza es un poema que se mira a sí mismo, que cuenta sus propias palabras, que se convierte en sistema descriptivo que nace, crece, se reproduce y muere. Y no es juego gratuito. Es rigor filosófico disfrazado de poesía, o al revés, tanto da. Lo importante es que funciona, que te hace pensar, que te obliga a releer para entender cómo diablos ha conseguido que un poema sobre un envase de yogurt caducado te haga reflexionar sobre la relación entre lenguaje y experiencia.

He leído en los últimos años demasiada poesía que se conforma con emocionar, con decir lo justo para que el lector asiente y se sienta comprendido. Eso no está mal, pero tampoco es suficiente. La literatura, cuando funciona de verdad, incomoda, desplaza, obliga a repensar. Y este libro incomoda. Te saca de tu zona de lectura habitual y te mete en un territorio donde las reglas son otras, donde un poema puede repetir «punto recta» ciento cincuenta veces y eso no es locura sino demostración formal de un problema matemático. Donde personajes de distintos cuentos se cruzan en escenarios imposibles porque sus narrativas originales colapsaron. Donde la geometría no es decorado sino sintaxis del pensamiento.

No voy a decir que este sea un libro para todos. No lo es. Requiere lector dispuesto a jugar el juego que propone, a aceptar que la poesía puede ser laboratorio, que puede pensarse a sí misma sin dejar de ser poesía. Requiere también cierta paciencia con una prosa que a veces se enreda en sus propias ramificaciones, que no teme la repetición ni la estructura serial ni el poema que parece inconcluso porque su inconclusión es parte del sentido. Pero para quien esté dispuesto a entrar en esa lógica, el libro ofrece recompensas inusuales. Te devuelve la sensación de que la poesía todavía puede descubrir algo, de que no todo está dicho ni escrito, de que quedan territorios por explorar más allá del yo emotivo y la anécdota bien contada.

Soriano Recio ha escrito un libro raro. Y lo raro, en estos tiempos de uniformidad editorial, es casi un acto de resistencia. Un libro que no busca público masivo ni premio fácil ni reseña condescendiente. Un libro que simplemente existe porque tenía que existir, porque había algo que decir y la única forma de decirlo era esta. Con cerditos que han perdido su cuento, con lenguados que adaptan su percepción, con triángulos que condicionan el cielo, con monos que esperan junto a Huizinga y Estragón, con memoria excavada en catedrales topológicas, con lenguaje que se envasa a sí mismo y transforma lo que nombra. Todo eso está aquí, esperando al lector que sepa qué hacer con ello. O al lector que no lo sepa pero esté dispuesto a intentarlo, que al final es lo mismo.


Andrés García-Pérez Tomás

Cuatro estaciones, versos para ella de Ángel Jesús Martín González

Cuatro estaciones, versos para ella de Ángel Jesús Martín González

Cuatro estaciones de la ausencia: el libro que convierte el ciclo estacional en crónica íntima

Desde el primer verso, Ángel Jesús Martín González entrega un libro que no se limita a describir estaciones, sino que hace de ellas el espejo de la memoria, del amor y la ausencia. Cuatro estaciones, versos para ella es una colección de poemas que navega entre la realidad y el anhelo, entre lo palpable y lo soñado, entre lo que ya fue y lo que sigue. El libro, arquitectado en cuatro partes, empareja el calendario de la naturaleza con el calendario de la emoción, y convierte el paisaje andaluz en escenario de duelos y esperanzas.

La voz del poeta es directa, precisa, sin florituras vacías ni pretensiones de complicación innecesaria. Habla de la soledad desde una ventana, de la nostalgia en los jardines desiertos, de la vivacidad de los recuerdos en los patios llenos de ecos. El lenguaje no se exonera, permite la claridad y la transparencia, pero sin renunciar a la belleza sutil de lo que se siente y no se dice. Los colores no decoran, ordenan el alma: el verde espera, el oro calienta, el blanco protege y el malva acompaña en la transición. El libro decide no esconder las ausencias, las pone en el centro, frente a la luz, y las vuelve versos, rituales, cápsulas de tiempo.

La elegancia del poemario no está en la erudición, sino en la capacidad de Martín González de encontrar, entre los símbolos tradicionales y la arquitectura de la poesía, el tono justo para cada estación, para cada sentimiento. El lector no se enfrenta a enigmas, sino a situaciones: el silencio de un invierno, la inquietud de una primavera, la piel erizada por los recuerdos, el eco de una voz que ya no llega.

No se trata de un libro de invenciones caprichosas, sino de un retrato íntimo, sincero, que descubre la belleza de lo que ha sucedido y lo que ya no sucede. La poesía corta caminos, brinda sentimientos, propone evocaciones, y deja al lector, al final, con la certeza de que el ciclo de la naturaleza y el de la vida pueden, y deben, leerse juntos. El libro de Martín González, en este sentido, cumple la tarea fundamental de la poesía: hacer fácil lo más difícil de expresar y hacer amable lo que duele recordar.

Javier Pérez-Ayala

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