por Antonio Graña Ojeda | Nov 2, 2025 | Noticias
Himnos a Urlil, de Carlos Blanco
Carlos Blanco y la reinvención del himno: una propuesta poética contra el pragmatismo de nuestro tiempo
Hay libros que desafían el canon establecido y otros que, directamente, lo ignoran. Himnos a Urlil, de Carlos Blanco, pertenece a esta segunda categoría. En un panorama poético español donde predomina el verso contenido, la intimidad doméstica y el tono conversacional, Blanco se atreve con un proyecto que parece salido de otra época: escribir himnos en pleno siglo XXI. Y no himnos a cualquier cosa, sino a Urlil, una entidad que el propio autor inventa tomando prestado un nombre de la antigua mitología hitita para convertirlo en principio universal accesible a cualquier lector.
Este gesto fundacional merece detenerse en él. Blanco, conocido principalmente por su trabajo filosófico, construye una divinidad poética que funciona como recipiente vacío capaz de albergar las inquietudes trascendentes de un lector contemporáneo que ya no encuentra respuestas en las religiones tradicionales pero que tampoco se resigna al nihilismo que caracteriza buena parte de la producción cultural actual. Urlil no es Cristo ni Alá ni Buda: es una invención consciente que permite recuperar el discurso sobre lo sagrado sin las ataduras dogmáticas de las confesiones establecidas.
El lenguaje que emplea Blanco en este poemario resulta deliberadamente arcaizante, elevado, cargado de una solemnidad que choca frontalmente con los usos poéticos dominantes. Donde la mayoría de poetas contemporáneos buscan la naturalidad coloquial, Blanco opta por la densidad epitetaria que caracterizaba a los himnos de Píndaro: «Luz inextinguible, claridad desbordante, fulgor eterno». Esta acumulación de atributos no responde a un simple gusto ornamental sino que cumple una función específica: construir mediante la repetición y la variación una presencia que se va haciendo cada vez más tangible en la imaginación del lector.
La estructura del libro revela una ambición cosmopolita poco frecuente en la poesía española actual. Blanco no se limita a invocar a Urlil desde un espacio abstracto, sino que lo hace presente en geografías concretas que abarcan cuatro continentes. Estambul, Jerusalén, el Taj Mahal, las bibliotecas europeas, Marrakech, las cataratas del Iguazú, Machu Picchu: cada uno de estos espacios se convierte en escenario donde lo sagrado puede manifestarse. Lo que Blanco propone es una cartografía de lo trascendente que trasciende las fronteras culturales y religiosas para articular una espiritualidad genuinamente universal.
Esta operación conecta el libro con una tradición que arranca en Píndaro y atraviesa la mística española de San Juan de la Cruz, el romanticismo alemán de Novalis y Hölderlin, hasta llegar a nuestra época profundamente desacralizada. Blanco no imita servilmente a estos predecesores: los metaboliza, los reinterpreta, los actualiza. De Píndaro toma la elevación tonal pero rechaza el aristocratismo; de San Juan toma el vocabulario del anhelo pero se libera de la ortodoxia católica; de los románticos alemanes toma la intensidad visionaria pero evita la melancolía que los caracteriza.
El recurso sistemático a la anáfora, que atraviesa todo el poemario, merece especial atención. La repetición obsesiva de estructuras sintácticas idénticas al inicio de cada verso produce un efecto hipnótico que remite a las liturgias religiosas tradicionales. Esta técnica, lejos de ser un mero artificio retórico, cumple una función cognitiva: mediante la repetición, el lector va interiorizando progresivamente el contenido del himno hasta que la invocación deja de ser externa para convertirse en experiencia interior.
Las interrogaciones retóricas que pueblan el texto construyen un yo lírico que oscila entre la humildad del buscador y la autoridad del vidente. «¿Dónde te ocultas, luz que busco insaciable?» no es una pregunta que espere respuesta proposicional sino una forma de mantener viva la tensión entre búsqueda y encuentro, entre ausencia y presencia. Este equilibrio resulta especialmente productivo para articular una espiritualidad postsecular que no puede refugiarse en certezas dogmáticas pero que tampoco se resigna al escepticismo radical.
La apuesta de Blanco plantea interrogantes sobre la función de la poesía en nuestro tiempo. En una cultura dominada por el pragmatismo, donde el valor de cualquier actividad se mide por su utilidad inmediata, un libro como Himnos a Urlil reclama para la poesía una dimensión cognitiva que va más allá del entretenimiento o la catarsis emocional. Lo que el autor propone es que la poesía puede acceder a dimensiones de la realidad que permanecen vedadas tanto al discurso científico como al filosófico: la experiencia cualitativa de lo trascendente, la intuición estética de totalidades que resisten la fragmentación analítica, la construcción de sentido en un mundo que amenaza con perderlo definitivamente.
Este proyecto no está exento de riesgos. El lenguaje elevado puede percibirse como anacrónico o pretencioso; la densidad del texto exige un lector paciente y culto que reconozca las resonancias intertextuales; la seriedad sin ironía puede resultar incómoda en una época donde el distanciamiento irónico funciona como estrategia defensiva ante cualquier pretensión de trascendencia. Pero precisamente ahí radica el interés del libro: en su voluntad de arriesgar, de proponer algo que puede fracasar estrepitosamente pero que, si funciona, abre posibilidades que la poesía española contemporánea había clausurado prematuramente.
La cuestión de fondo que plantea Himnos a Urlil trasciende lo estrictamente literario para situarse en el terreno de las opciones existenciales. En un momento histórico donde las grandes narrativas se han desmoronado, donde las religiones tradicionales han perdido gran parte de su capacidad de convicción, donde el nihilismo se presenta como la única alternativa intelectualmente respetable, Blanco propone una tercera vía: ni recuperación nostálgica de ortodoxias caducas ni resignación ante el vacío, sino construcción deliberada de nuevos espacios simbólicos donde lo sagrado pueda seguir teniendo lugar. Que lo haga mediante la poesía, y no mediante la filosofía que es su territorio habitual, resulta significativo: sugiere que hay cosas que solo pueden decirse poéticamente, que existe una verdad estética irreductible al concepto filosófico o al dato científico.
Himnos a Urlil es, en última instancia, un libro incómodo. Incómodo para los defensores de una poesía testimonial anclada en lo cotidiano; incómodo para los practicantes del minimalismo expresivo que domina buena parte de la producción actual; incómodo para quienes consideran que toda pretensión trascendente es o ingenuidad o impostura. Pero quizá sea precisamente esa incomodidad lo que lo hace necesario. Porque si algo caracteriza a la buena literatura es su capacidad para poner en cuestión los consensos establecidos, para forzarnos a pensar de nuevo aquello que habíamos dado por definitivamente resuelto. Y Carlos Blanco, con este libro desmesurado y ambicioso, nos obliga a preguntarnos si realmente hemos renunciado definitivamente a la posibilidad de que la poesía diga algo sobre lo que importa, sobre aquello que trasciende la mera gestión eficiente de la existencia.
Antonio Graña Ojeda
por Antonio Graña Ojeda | Nov 1, 2025 | Noticias
Poesía transatlántica: cuando la amistad femenina construye el libro
Un firmamento de peces de Nuria Gázquez y Cecilia Guiter responde a una modalidad escasamente frecuentada en el panorama editorial español contemporáneo: la coautoría poética sostenida en vínculos afectivos profundos entre escritoras que habitan geografías separadas por el océano Atlántico. El volumen, publicado por Editorial Poesía eres tú del Grupo Editorial Pérez-Ayala, constituye materialización textual de conversaciones diarias mantenidas durante años entre dos mujeres cuya amistad se originó en los talleres literarios de Clara Obligado, donde Cecilia participó durante años, y que resistió el desplazamiento migratorio de Cecilia hacia Estados Unidos. Este dato biográfico no es anecdótico: configura la estructura misma del poemario, que se construye como diálogo implícito entre voz almeriense arraigada y voz expatriada que escribe desde Florida.
La arquitectura del libro se sustenta en alternancia sistemática entre poemas extensos desarrollados mediante verso libre y haikus que condensan instantes contemplativos. Esta hibridación formal no responde a eclecticismo caprichoso sino a búsqueda deliberada de ritmos complementarios: los poemas extensos despliegan narrativa, reconstruyen memoria familiar, documentan duelo por progenitores fallecidos, mientras que los haikus detienen temporalidad discursiva para capturar percepción instantánea. El conjunto configura respiración textual donde expansión y condensación se alternan generando dinamismo interno que sostiene coherencia del volumen.
La temática del libro gravita en torno a tres núcleos fundamentales que se entrelazan sin fusionarse completamente: memoria familiar y elaboración del duelo, experiencia migratoria contemporánea y sus paradojas, amistad femenina como anclaje identitario. Gázquez escribe elegías dedicadas a madre muerta que no caen en sentimentalismo ni melodrama, sino que reconstruyen figura materna mediante detalles precisos que la individualizan: «Morena eras, / de alegría salpicabas tus macetas», leemos en «La picarilla». Esta caracterización física y temperamental que podría parecer superficial adquiere densidad mediante acumulación de rasgos específicos que configuran retrato reconocible. La mención del pueblo almeriense «donde el sol quema y la tierra es seca» ancla elegía en geografía concreta que no es mero escenario decorativo sino condición material que moldea carácter de habitantes.
Guiter, desde Florida, construye poesía del exilio voluntario que no reproduce lamentos convencionales de expatriada nostálgica. Poemas como «Morir de calor» presentan Estado suroriental estadounidense mediante descripción que oscila entre admiración por exuberancia natural («Palmeras de cintura fina / que cantan y arrullan a la brisa») y extrañamiento cultural ante sociedad opulenta cuya riqueza material no disuelve sensación de inadaptación. El título del poema introduce ambivalencia: el calor que en superficie podría ser rasgo climático neutro se transforma en metáfora de incomodidad existencial. «Perdidos en Nueva York» reactualiza experiencia lorquiana documentada en Poeta en Nueva York: búsqueda imposible de sensibilidad mediterránea en metropolis que la niega, intento de localizar referencias culturales propias en ciudad que no las alberga.
La sencillez léxica del volumen merece análisis detenido. Gázquez y Guiter privilegian vocabulario cotidiano —mar, peces, estrellas, lluvia, flores, casa, brazos, nietos— construyendo mediante estas palabras de repertorio común significados que poesía hermética contemporánea frecuentemente persigue mediante oscuridad terminológica y complejidad sintáctica. Esta opción estilística reproduce poética de la desnudez expresiva juanramoniana: el despojamiento ornamental no empobrece sino que intensifica, porque obliga a extraer densidad semántica de palabras humildes sin recurrir a artificios retóricos que disfracen vacío conceptual. «Llueven los años / como hojas de otoño / sobre mi piel arrugada» condensa reflexión sobre temporalidad y envejecimiento mediante imagen vegetal accesible pero eficaz, evitando tanto abstracción conceptual como metaforización rebuscada.
El tema de la amistad femenina que vertebra el proyecto se manifiesta a lo largo de todo el poemario mediante una voz compartida que no necesita tematizarse mediante declaraciones grandilocuentes ni idealizaciones románticas. La persistencia del vínculo se afirma mediante la propia existencia del libro como proyecto común, testimonio de lealtad que atraviesa distancias geográficas y se materializa en palabra compartida. Esta economía expresiva resulta más potente que desarrollos explicativos extensos porque sugiere profundidad histórica del vínculo sin necesidad de documentarlo exhaustivamente.
Los haikus del volumen presentan flexibilización característica de adaptación hispánica del género japonés. «Danzan las nubes / deslumbrantes en su piel / pálidas novias» respeta proporción silábica canónica de 5-7-5, pero otros como «Marea sorda / se duermen los mares / la barca espera» introducen variación que preserva espíritu de condensación extrema sin reproducir mecánicamente parámetros métricos de lengua origen. Esta libertad adaptativa evidencia comprensión del haiku no como fórmula rígida sino como principio estético de brevedad y yuxtaposición imagística.
La dimensión autobiográfica del libro no se oculta ni se problematiza. La sinopsis declara explícitamente que el volumen constituye «diario secreto compartido» derivado de «conversaciones diarias» entre autoras, estableciendo desde paratextos pacto de lectura que invita a interpretar poemas como testimonio directo de experiencias vividas. Esta decisión de no ficcionalizar experiencia mediante distanciamiento literario inscribe Un firmamento de peces en tradición de escritura confesional que poesía femenina hispanohablante contemporánea ha desarrollado como estrategia de visibilización de experiencias históricamente silenciadas: duelo materno, migración voluntaria, amistad entre mujeres como relación constitutiva de identidad.
El contexto editorial del libro merece consideración. Editorial Poesía eres tú, sello que desde 2006 se especializa en descubrir voces nuevas de poesía contemporánea, publica mediante modelo de coedición profesional que responde a realidad estructural del mercado poético español donde ventas son escasas e inciertas. El catálogo de 402 títulos registrados evidencia actividad sostenida durante dos décadas privilegiando autores emergentes sin trayectoria consolidada previa. Un firmamento de peces se inscribe en esta línea editorial mediante publicación de dos autoras que no poseen nombre mediático consolidado en circuitos literarios institucionales pero que han construido proyecto poético riguroso sustentado en trabajo sostenido de años.
La lectura comparativa del volumen con corpus de poesía elegíaca española contemporánea revela continuidades y especificidades. La ausencia de consuelo metafísico que caracteriza elegías de Gázquez reproduce secularización del duelo característica de poesía española posterior a muerte de Dios: no hay promesa de reencuentro en otra vida ni sublimación del dolor mediante creencia en trascendencia del alma. El duelo permanece inmanente, terrenal, vinculado a tumbas concretas y cementerios visitables o inaccesibles. Esta inmanencia distingue elegías contemporáneas de tradición elegíaca clásica que recurría a compensación ultraterrena como estrategia de consuelo.
El proyecto colaborativo entre Gázquez y Guiter plantea interrogantes sobre autoría que libro no resuelve explícitamente. No existe atribución individual de poemas específicos a cada autora, generando ambigüedad sobre quién escribe qué. Esta indeterminación puede interpretarse como gesto deliberado de construcción de voz colectiva que trasciende individualidad autoral, o como simple decisión editorial de no fragmentar volumen mediante atribuciones que interrumpirían lectura. La sinopsis indica que el libro recoge más de 45 poemas de ambas autoras en 129 páginas, sugiriendo contribución cuantitativa aproximadamente equivalente, pero no especifica distribución concreta.
La comparación con otros proyectos de coautoría poética en panorama español reciente evidencia rareza de modalidad. Salvo excepciones puntuales —como Daniel de Piedad Bonnett y Chantal Maillard, coautoría del duelo entre dos madres cuyos hijos se suicidaron—, la poesía española contemporánea privilegia autoría individual. Un firmamento de peces representa así apuesta por colaboración literaria que no es frecuente en género históricamente asociado a expresión de subjetividad individual. El hecho de que coautoría se sustente en amistad femenina añade dimensión adicional: no se trata de colaboración puntual motivada por proyecto editorial específico sino de materialización textual de vínculo afectivo preexistente.
Un firmamento de peces constituye testimonio de que poesía puede construirse desde vínculos afectivos sostenidos en tiempo y resistentes a distancia geográfica. El libro no aspira a innovación formal revolucionaria ni a refundación del género poético. Su valor reside en honestidad expresiva, en capacidad de transformar experiencia cotidiana de amistad, duelo y migración en material poético sin grandilocuencia ni impostación. En panorama editorial saturado de publicaciones que persiguen visibilidad mediante estridencia formal o temática, este volumen propone sencillez trabajada, contención expresiva y confianza en poder evocador de palabra precisa. Esa modestia ambiciosa merece reconocimiento.
Antonio Graña Ojeda
por Javier Pérez-Ayala Huertas | Oct 27, 2025 | Noticias
El hombre que conversó con su soledad y volvió con luz en las manos
Hay libros que no se leen: se miden. Como quien tantea el aire antes de saltar de un acantilado o quien busca con los dedos el pulso del mar en mitad de la noche. Éter y crepúsculo de la existencia, de Francisco Martínez Izquierdo, pertenece a esa rara estirpe de obras que no se instalan en la biblioteca como un título más, sino que se te quedan mirándote desde el estante, con la paciencia de lo que ha sobrevivido a su propio autor.
No es un poemario amable. No lo pretende. En sus páginas el hombre se arrodilla ante su desgarradura y, a falta de templo, bendice la nada. El autor —un tipo al que la vida ha tratado a dentelladas— convierte el fracaso en rito, la enfermedad en catecismo, y su intento de suicidio en puerta de resurrección. No hay milagros, pero hay lucidez, que en estos tiempos es mucho más infrecuente.
Martínez Izquierdo escribe con la serenidad de quien ya ha visto el infierno y ha vuelto simplemente para contarlo. “Te crearon para amar la vida”, dice una voz en su poema más tremendo. Y uno, lector o simple espectador de naufragios ajenos, siente que esa frase lo clava al asiento como un arpón. Porque ahí está el meollo del asunto: este libro es una rendición ante la vida, pero rendición digna, con los brazos todavía manchados de barro y sangre.
El lenguaje —seca miel de ceniza— mezcla la elegancia mística de Valente, la fiebre de Hesse y la claridad de un soldado cansado de guerra. Nada de versos floridos: cada estrofa es una herida que respira. Hay imágenes que uno querría apuntar en la frente para no olvidarlas: “La soledad no conoce noche, es día en la noche”. O aquella otra, brutal y luminosa: “Mi cárcel es la ciencia”. He leído esa línea en voz alta tres veces y sigo sin saber si es reproche o declaración de amor al universo.
El libro está construido en tres tramos: la soledad, la comunión y la trascendencia. En cada uno el poeta abandona algo: primero la carne, luego el miedo, después su propio nombre. Al final no queda una voz, sino un eco; no una biografía, sino un soplo de existencia que podría pertenecerle a cualquiera de nosotros. En ese tránsito el escritor no busca a Dios: busca un interlocutor que soporte su silencio. Y lo encuentra, claro está, en el lector.
No hay impostura ni pose. Se nota que el hombre escribía porque era eso o dejar de respirar. De ahí la fuerza terapéutica de sus versos: no adornan, desinfectan. Uno no acaba Éter y crepúsculo con una sonrisa, sino con una calma terca, la de quien ha disparado todas sus balas y aún conserva la decencia de mirar al cielo.
No sé si este libro pasará a las antologías, y la verdad, me importa poco. No fue escrito para agradar ni para vender. Fue escrito —y se nota— para sobrevivir. Y eso ya lo convierte en una rareza en un tiempo de impostores con versos de saldo.
Francisco Martínez Izquierdo ha dejado en nuestras manos un mapa de fuego sobre el alma, un manual de supervivencia para cuando todo falla. No promete redención ni gloria, pero ofrece algo más arduo y necesario: la posibilidad de entenderse en mitad del naufragio.
Así que, si me apuran, lean este libro con cuidado. No por su belleza, que la tiene. Léanlo por respeto. Porque ante determinadas heridas uno no aplaude: se descubre la cabeza.
Javier Pérez-Ayala
por Javier Pérez-Ayala Huertas | Oct 25, 2025 | Noticias
La poesía como acto de supervivencia: sobre «Mis ruinas, Mi poesía» de Gema Bautista Quirós
Hay libros que no se escriben: se desangran. “Mis ruinas, Mi poesía” no nació del sosiego ni del deseo de hacer literatura; es el resultado de un derrumbe y la obstinación de volver a levantar las paredes con palabras. Gema Bautista escribe con la voz de quien ha entendido que todo lo que ama puede romperse y, aún así, decide conservar las astillas. Su poesía no busca consuelo ni hermosura impostada: busca verdad, aunque duela. Eso ya es una forma de valentía.
El poema en Bautista no es una oración, es una autopsia. En cada verso desentierra lo que el amor dejó bajo los escombros: la entrega absoluta, el sacrificio, la dependencia emocional convertida en sistema de vida. “Dar más de lo que tengo”, confiesa, “hasta quedarme vacía”. No hay metáfora que salve esa imagen: el yo poético arde de sinceridad, como si cada palabra saliera de una herida recién abierta. Lo notable es que nunca hay victimismo. Se reconoce víctima y verdugo, culpable de amar demasiado, de volcar todo el mar en una vasija rota. Poesía de autoconciencia, no de lamento.
Bautista pertenece a esa generación que aprendió a desnudarse emocionalmente en público sin pedir perdón. Su escritura, empapada de psicología y de lenguaje terapéutico, traduce a verso lo que antes sólo se decía en consulta. La poeta no teme nombrar la codependencia, los límites, la ansiedad, la autocompasión. Lo hace con una sencillez que incomoda a los puristas y conmueve al resto: escribir sin afeites, llamar a cada cosa por su nombre y dejar que sea la claridad, no la oscuridad, la que duela. No habla de amor en abstracto, sino de costumbre, apego y heridas que repiten patrón. Es un espejo donde cualquiera puede encontrarse si ha amado sin medida.
Pero bajo esa aparente desnudez hay una construcción inteligente y medida. Bautista controla el pulso del poema con precisión, evita caer en el sentimentalismo blando que arruina a tantos contemporáneos. Cada imagen está calibrada: ni un adjetivo de más, ni una emoción fingida. Su verso parece hablar con voz llana, pero detrás hay una conciencia de ritmo y lenguaje que revela a la poeta que ha pensado su dolor tanto como lo ha sentido. Su “economía afectiva”, tesis central de los críticos que la estudian, describe no sólo lo que dice, sino cómo lo dice: una contabilidad exacta de lo que se da, lo que se recibe y lo que se pierde en toda transacción amorosa.
El libro se articula como un viaje: del desgarro inicial al reconocimiento, del caos al orden nuevo. Hay un arco narrativo, casi terapéutico, que recuerda a las fases del duelo: negación, ira, negociación, tristeza, aceptación. Y cuando el lector cree que la autora ha cerrado el círculo, el último poema deja claro que la herida se ha cerrado, sí, pero con cicatriz visible. No hay moraleja, sólo la constatación de que sobrevivir también es una forma de belleza.
“Mis ruinas, Mi poesía” es, en definitiva, un testimonio generacional. Habla por quienes han dejado de ocultar su vulnerabilidad y han convertido el dolor en oficio. No es un libro para quienes buscan consuelo, sino para quienes valoran la verdad —esa que yergue con manos temblorosas los restos de un corazón destruido. Desde los mismos cimientos. Sin romanticismos, sin piedad. Porque, como parece decir Bautista entre líneas, sólo quien se atreve a mirar sus propias ruinas puede realmente escribir poesía.
Javier Pérez-Ayala
por Javier Pérez-Ayala Huertas | Oct 24, 2025 | Noticias
La brújula rota del alma
Hay libros que no se leen: se atraviesan. Almas errantes, de Kim Lemmen, pertenece a esa clase de obras que uno no pasa, sino que lo desgarran por dentro, como una marea lenta que arrastra certezas y devuelve dudas. No hay capítulo ni poema que se refugie en el consuelo de lo decorativo. Lo que ofrece Lemmen es otra cosa: una poética del desgarro, un viaje sin mapa por los fragmentos de uno mismo.
Desde su primer verso, el libro actúa como un espejo roto en el que cada pedazo refleja una identidad distinta. Su autora —antropóloga y poeta neerlandesa afincada en Galicia— sabe de lo que habla: ha hecho del análisis de la identidad su oficio, y del lenguaje, su arqueología emocional. Las tres partes del poemario, Dispersión, Dualismo y Bricolaje, no son simples títulos, sino estaciones de paso en la ruta hacia la comprensión del yo. Todo empieza con la pérdida, sigue con el diálogo imposible entre opuestos y concluye con una reconstrucción, precaria pero luminosa, de lo que significa ser.
Los poemas de Lemmen tienen algo de agua y de herida. Fluyen, se abren, dejan cicatrices. No buscan la belleza complaciente, sino una verdad que duele. “Vuelvo a ser lo que nunca he sido ni seré jamás”, escribe, con la lucidez de quien ha aprendido que la identidad no es puerto sino naufragio. Y en esa aceptación del naufragio está el milagro del libro: no hay redención, pero sí una forma callada de libertad, la que nace cuando uno se reconoce errante.
El estilo de Lemmen huye del exhibicionismo y se sostiene en un hilo de contención verbal que recuerda a ciertos poetas del exilio, de esos que aprendieron que escribir es una manera de regresar a ningún lugar. Entre lo filosófico y lo sensorial, su voz transita desde los pliegues más íntimos del pensamiento hasta los rincones del paisaje —mares, caminos, ríos— que funcionan como metáforas de movimiento interior. No hay lamento ni proclama: hay conciencia. Y eso, en los tiempos de la impostura emocional, se agradece.
Almas errantes no pretende cambiar la poesía —bastante tiene con hablar desde un sitio honesto—, pero le devuelve a la palabra su dimensión de búsqueda. No responde, pregunta. No grita, murmura. No promete alivio, ofrece compañía en la incertidumbre. Es un libro para quienes han estado perdidos alguna vez y comprendieron que perderse era, en realidad, la única forma de encontrarse.
Lemmen escribe con la serenidad de quien ha aceptado que la vida no se entiende, se sobrevive. En eso hay grandeza. Leerla es un acto de complicidad con la fragilidad humana. Es, también, una forma de mirar al espejo sabiendo que no todo lo que devuelve pertenece a uno mismo. Porque, al final, como sugiere cada página de este viaje lírico y brutalmente honesto, el alma —esa vieja palabra que olvidamos pronunciar sin ironía— no se posee: se busca. Siempre se busca.
Javier Pérez-Ayala
por Javierpah | Oct 20, 2025 | Noticias
El poeta peruano que escribe desde Alemania como si se le fuera la vida en cada verso
Me tropecé con Leyendas Peruanas de Miguel Torres Morales casi por casualidad, y confieso que no tenía ni idea de con qué me iba a encontrar. Pensé que sería un poemario más sobre la nostalgia de la patria perdida, ya sabéis, esas cosas que escriben los exiliados desde la distancia, mitad autobiografía mitad melancolía. Pero no. Esto es otra cosa. Esto es un tipo que lleva treinta años viviendo en Alemania, enseñando filosofía en un instituto alemán, y que cada noche se sienta a escribir sobre Barranco, un distrito de Lima al que probablemente no volverá nunca.
Y lo hace con un lenguaje que te obliga a pararte cada tres versos porque no entiendes qué diablos acaba de decir. Torres Morales escribe como si Góngora se hubiera reencarnado en un poeta peruano con ganas de complicarnos la vida. Hipérbaton violento, palabras rarísimas que nunca habías visto («ornitofitólatra», «clepsidra», «agerasia»), metáforas que se encadenan unas con otras hasta que pierdes el hilo y tienes que volver atrás a ver qué pasó. Y te preguntas: ¿por qué hace esto? ¿Por qué no escribe en cristiano como todo el mundo?.
Luego te das cuenta de que ahí está la clave. No es pedantería. Es apropiación política. Torres Morales está demostrando que un poeta peruano puede escribir español tan culto, tan complejo, tan perfecto como cualquier español de los de aquí, y llenarlo de contenido específicamente peruano. Hace hablar a Pachacámac, una deidad precolombina, con vocabulario del Siglo de Oro: «Insuperable Altísimo de fibra interminable». Y esa mezcla te descoloca porque te plantea una pregunta incómoda: ¿de quién es el idioma? ¿De los que conquistaron o de los que fueron conquistados?.
El libro se presenta como si fuera una recuperación de textos del siglo XVIII aparecidos en la Gazeta de Lima, imitando lo que hizo Ricardo Palma con sus Tradiciones Peruanas. Es decir, Torres Morales finge que está rescatando documentos antiguos cuando en realidad se los está inventando. Y lo justifica con una frase que me pareció brillante: «porque a los peruanos nos han robado muchos libros y nos han incendiado mil archivos, pero no podrán quitarnos nuestra historia porque nosotros mismos somos nuestra historia». Si te quemaron los archivos, invéntalos de nuevo. Si te robaron los libros, escríbelos otra vez. Me parece una respuesta perfecta al saqueo cultural.
Los personajes que aparecen son fantasmas. Mariano Melgar hablando justo antes de que lo fusilen en 1815, preguntándose para qué pulir versos hermosos si de todos modos vas a morir, si de todos modos Silvia te va a rechazar, si de todos modos el pelotón te va a matar. Juan del Valle y Caviedes, el poeta satírico colonial que escribía desde la pobreza extrema. El Inca Garcilaso, atrapado entre dos mundos que lo rechazan simultáneamente. Y todos repiten el mismo diagnóstico doloroso: «los peruanos aniquilan / a las almas más nobles». Desde Melgar hasta Arguedas pasando por Vallejo, el Perú ha destruido sistemáticamente a sus mejores escritores.
Y Torres Morales se sitúa en esa genealogía. Escribe desde Alemania porque sabe que si volviera a Lima lo invisibilizarían, lo olvidarían, acabaría dando clases en alguna universidad precaria. Su exilio no es sólo geográfico sino estratégico: escribe el Perú desde fuera para no ser devorado por dentro.
Lo que más me gusta es que no idealiza nada. No pinta el pasado colonial como maravilloso ni el Perú contemporáneo como terrible. Denuncia a los «Encomenderos» de ahora que siguen expoliando el país como los conquistadores expoliaban a los indios. Escribe sobre la fundación mítica de Barranco pero también sobre su destrucción mediante la especulación inmobiliaria. Las casas de madera demolidas, los acantilados erosionándose, la garúa gris que define Lima. Todo eso construye un Barranco que existe más plenamente en el verso que en la realidad.
Y hay algo entrañable en todo esto, algo que me conmueve. Torres Morales lleva treinta años escribiendo este libro. Treinta años componiendo fascículos manuscritos desde pueblos alemanes que nadie conoce. Treinta años construyendo una patria de palabras más sólida que cualquier geografía. Y lo hace sabiendo que probablemente será ignorado por la industria literaria, que su libro complicado y hermético no venderá mucho, que la crítica académica no le hará caso. Pero lo hace igual. Porque no puede no hacerlo.
Me pregunto qué pensará cuando vea en Facebook cómo Barranco se gentrifica, cómo ponen bares hipster donde había casas coloniales, cómo el Perú que él recuerda se va convirtiendo en otra cosa. Desde Alemania, conectado por internet, ve desaparecer su patria en tiempo real. Y responde escribiendo. Escribiendo versos incomprensibles, barrocos, densos. Como si la complejidad del lenguaje pudiera frenar la simplificación del mundo.
No es un libro fácil, ya lo aviso. Exige trabajo, paciencia, diccionarios. Pero los buenos libros siempre exigen. Y éste es un libro importante, creo, porque demuestra que se puede escribir sobre identidad nacional sin caer en el folklore barato. Que se puede fusionar lo mejor de la tradición española con lo más profundo de la memoria andina. Que la poesía, aunque no salve al poeta del olvido, preserva la memoria de los poetas sacrificados.
Dentro de cincuenta años, cuando las modas actuales hayan pasado, alguien descubrirá este libro y dirá: aquí había un poeta verdadero escribiendo cuando nadie prestaba atención. Y eso, al final, es lo que distingue la literatura de verdad de todo lo demás.
Aixa Delgado Sepulveda