por | Jul 4, 2026 | Sin categoría
No es un libro sobre víctimas
Se ha dicho, o se dirá, que Detrás de ti es un poemario sobre la violencia de género. Lo es, desde luego, pero conviene decirlo con precisión: es sobre todo un libro sobre la identidad partida, y sobre lo que cuesta reconstruir un yo cuando alguien se ha dedicado a demolerlo. La diferencia no es menor. Reducirlo a su tema sería hacerle el mismo flaco favor que la crítica suele hacer a la poesía escrita por mujeres cuando la despacha como confesión.
Nadina Fernández Caurel escribe bien. No solo eso: escribe con una conciencia de la forma que desmiente la lectura fácil de su aparente sencillez. Hay que insistir en una cosa: la anáfora que estructura sus poemas no es un adorno emocional, es el armazón que sostiene el edificio. Cuando repite «Detrás de esa sonrisa» hasta desembocar en «sonrisa frontera, entre el bien y el mal», no está enfatizando: está pensando con la forma.
El libro toma partido, y lo hace sin panfleto. Dedica un poema a Gisèle Pélicot, inscribe la fecha del 25 de noviembre, y sin embargo no cae nunca en la consigna: trabaja por metáfora sostenida, deja que el horror se deduzca de sus efectos. Esa contención es una decisión política tanto como estética. Hay que decirlo, porque la poesía de denuncia que más se celebra suele ser la que más subraya, y esta hace justo lo contrario.
No basta con decir que es un buen debut. Lo interesante es dónde se sitúa. Frente a una tradición que ha hecho del cuerpo femenino territorio de deseo, Fernández Caurel escribe el cuerpo agredido y, a la vez, el cuerpo que se rehace: «Son las mil y unas vidas que te hacen ser Una y no otra más». La escisión no se resuelve por eliminación de una de las mitades —que es lo que pedía la tradición del doble— sino por suma. Ese desenlace integrador es lo más original del libro.
Vale la pena reparar en un detalle de composición que la lectura apresurada se pierde. El poema que da título al libro no está al principio, donde lo pondría un autor más obvio, sino casi al final. Esa decisión permite que la expresión «detrás de ti» llegue cargada de todos sus sentidos antes de que la autora la haga girar sobre sí misma. Es una jugada de estructura, no de inspiración, y demuestra que Fernández Caurel piensa el libro como un todo y no como una suma de arranques afortunados. Hay además un sustrato musical, flamenco, que la emparenta con Lorca sin subordinarla a él: el cante como cauce del dolor, el baile como cifra de un cuerpo que primero vivió y luego padeció. Ese anclaje cultural salva al libro del riesgo de la abstracción, que es donde suele morir la poesía de tesis.
Tiene costuras, claro. Algunos poemas de transición no aguantan la comparación con los mejores, y en los más largos sobra materia. Pero incluso cuando el libro flojea, se le nota la ambición, y la ambición en un primer poemario es una noticia mejor que la perfección tímida.
Este es el tipo de libro al que merece la pena dedicarle una discusión larga, y más de una: por lo que dice, por cómo lo dice y por el lugar desde el que lo dice. Se va a seguir leyendo. Y debería seguir discutiéndose, más allá del elogio de compromiso que se reserva a los temas incómodos. Porque lo que está en juego, cuando una mujer escribe su propio cuerpo agredido y consigue que sea literatura y no confesión, es exactamente la diferencia entre ser mirada y mirar. Fernández Caurel, en su primer libro, ya ha decidido de qué lado quiere estar.
— Ana María Olivares
por Antonio Graña Ojeda | May 10, 2026 | Sin categoría
La novela histórica española viene atravesando, desde hace al menos dos décadas, una fase de saturación documental que conviene observar sin alarmismos pero también sin complacencia. Se publica mucho —demasiado, a veces— bajo ese rótulo, y entre esa marea conviven proyectos de muy distinta ambición: desde la pura reconstrucción más cercana a la divulgación que al hecho literario, hasta tentativas más exigentes que aspiran a explorar las posibilidades formales del género. Zaida (Versos en la celda), la primera novela de Ángel Martín González publicada por Ediciones Amaniel, pertenece sin duda al segundo grupo y merece, por ello, un comentario detenido.
El planteamiento argumental se enuncia con economía. Año 713, Tarik bereber toma Ronda. Casado por pacto con Zaida —mujer culta, guerrera, ajena al matrimonio impuesto—, descubre que ella se ha enamorado de un esclavo cristiano, Pedro, y espera un hijo suyo. Tarik condena entonces a Zaida a una celda excavada en la roca al pie del Tajo, y a Pedro a recibir diez latigazos diarios en el patio del palacio. La hija que nace en la celda, Tayri, le es entregada al lugarteniente Said con la instrucción de que sea preparada «para luchar y para morir». Diez años cubre el relato: del 713 al 723. Y diez son los versos que Zaida escribe en los pergaminos arrojados por Tarik, uno por cada año de encierro, en lugar de la crónica de su muerte que el carcelero esperaba leer.
Lo que distingue a esta primera novela de otras del mismo cauce no es, conviene decirlo, su trama —la leyenda de Tarik y la celda de Ronda viene de antiguo y cuenta con una tradición narrativa propia—, sino la decisión formal que la sostiene. Martín González ha optado por interpolar en el cuerpo del relato un poemario completo. Los versos de Zaida funcionan, dentro de la novela, como núcleos líricos que detienen la progresión cronológica y obligan al lector a un cambio de respiración. No son ilustración de la prosa: son su contrapunto. Y el resultado, tomado en su conjunto, da forma a una pieza híbrida que recuerda más a tradiciones poéticas medievales —el cantar con interludios líricos, la prosa medieval que admite la canción— que a las convenciones contemporáneas de la novela histórica al uso.
Conviene detenerse en el modo en que esa interpolación funciona. Cada uno de los diez versos cierra el capítulo correspondiente al año narrado, de manera que el lector accede a la conciencia íntima de la protagonista solo después de haber atravesado la materia histórica del año: las campañas de al-Hurr, la derrota musulmana ante Constantinopla, la batalla de Covadonga, la implantación de las tabernas, el cultivo de los tintes, la sequía del año 721. La estructura, así dispuesta, descarga sobre la voz lírica el trabajo de la subjetividad: el verso es donde Zaida deja de ser un personaje histórico y se convierte en alguien que dice yo. Olas que bañan mis recuerdos / que inundan de espuma blanca / esta negra celda. La elección del verso libre, con tendencia al versículo y a la sintaxis paratáctica, encuentra antecedentes claros en la tradición elegíaca contemporánea española —cabe pensar en algún registro de Brines o, más cerca, en ciertas zonas de Gamoneda— sin que la deuda asfixie la voz propia.
Hay también, conviene apuntarlo, un segundo trazo lírico de gran interés que pasa más desapercibido: los dos versos que firma Tayri, niña entrenada para la guerra que escribe, primero a su madre desaparecida y después a su padre encadenado, en pergaminos que nadie va a recibir. Si los versos de Zaida sostienen la columna central del libro, los de Tayri funcionan como contrapunto generacional y aseguran el tránsito hacia el desenlace, en el que la figura femenina pasa de víctima a agente.
No todo es elogio. La progresión por años, eficaz como esqueleto cronológico, somete la novela en algunos tramos a la lógica de la crónica. Hay capítulos —especialmente los del 715 y el 720— en los que la materia documental sobre la organización de Al-Ándalus, el comercio textil o la cría del gusano de seda termina compitiendo con la narración íntima sin llegar a integrarse plenamente en ella. Es un riesgo conocido del subgénero y aquí no se sortea del todo. Cabe sospechar, sin embargo, que esta acumulación documental responde a una decisión consciente: la de no ahorrarle al lector la tela del tiempo histórico en el que la celda está suspendida. El equilibrio quedará para una segunda novela, si la hay.
Es, en definitiva, una primera incursión en la prosa de un autor —Ángel Martín González, jerezano de 1963— que llega a la novela con dos poemarios publicados y con la conciencia, poco frecuente entre debutantes en el género histórico, de que la verdad de un personaje no se mide por la cantidad de datos contextuales que lo rodean, sino por la temperatura de las palabras que lo dejan hablar. Zaida queda, así, como una novela menor en extensión y mayor en intención. Y queda, sobre todo, porque ha sabido construir, en pleno auge de la fabricación industrial de novelas históricas, una voz que se sostiene desde el silencio del verso.
— Antonio Graña Ojeda