El corsario que llegó dos siglos tarde
Un hombre confiesa, ya en la última sección de este libro, que a veces lee sus propios poemas antiguos y los odia. La frase cierra en seco un texto de cinco versos —«Incluso leo mis poemas antiguos, y los odio.»— y conviene guardarla hasta el final, porque explica mejor que ningún preámbulo la clase de libro que Eusebio Navarro ha reunido en La Estirpe de la Bandera Negra. No estamos ante el cuaderno de un poeta que se admira, sino ante el de alguien que desconfía del oficio mientras lo practica. Esa desconfianza, cuando no se disfraza de falsa modestia, resulta ser lo más vivo que ofrecen estas páginas.
El propio autor firma el prólogo, cosa siempre arriesgada, y lo emplea para desactivar cualquier lectura sistemática. Los veintinueve poemas, avisa, llegaron sin calendario y sin encargo: «Ningún pirata encuentra tesoros con regularidad», escribe, y la comparación no es adorno, porque el imaginario corsario acabará recorriendo el libro entero. La ordenación en cinco secciones se presenta además como provisional —«No son escalones rígidos ni dogmas, sino estaciones, reflejos, ámbitos de tránsito»—, y la cautela resulta honesta, porque el trayecto que va del horizonte al crepúsculo, pasando por la intemperie, el deseo y la rebeldía, existe pero está sostenido con hilos flojos. Más de un poema podría cambiar de sección sin que el lector notase la mudanza.
Conviene decir además que la irregularidad no es aquí un defecto sobrevenido, sino el principio declarado de la obra: el autor escribe que los poemas le llegan de dos en dos o desaparecen durante años, y el volumen lleva esa respiración desigual impresa en su propio reparto, con seis poemas en la primera sección y solo cuatro en la cuarta. La primera parte se abre con una declaración de sequía. En «La tinta seca» el hablante se dirige a una interlocutora que nunca se nombra —la inspiración, una mujer, el tiempo— y le reprocha su ausencia con una imagen doméstica y exacta: «mi pluma, antes rica en matices, ha dejado secar su tinta». Dejar sin aclarar el destinatario es un acierto: el reproche funciona en los tres registros a la vez. Esa misma sección contiene el mejor verso suelto del conjunto, en «El camino», cuando el poema abandona la retórica de la encrucijada y se planta: «El polvo aún no ha pronunciado mi nombre entero.»
La segunda sección respira mejor porque baja al paisaje concreto. Hay una atención genuina al instante meteorológico, a la conciencia de que lo que se mira no volverá a mirarse igual: «pero este gris azulado de hoy es único, solemne, casi sagrado.» Y hay un hallazgo estructural en «Arquitectura de la ausencia», poema construido íntegramente sobre demostrativos, donde lo que se enumera son cosas que no llegaron a ocurrir —«ese libro que nunca firmé», «esas rimas que nunca escribiré»— hasta que el último verso aterriza de golpe en lo material con «ese inconfundible aroma a café.» El procedimiento es sencillo y el efecto, considerable: el título del poema deja de ser una metáfora vaga y se convierte en la descripción literal de lo que el texto hace.
Ese mismo procedimiento es, sin embargo, la trampa del libro, y aquí está mi principal reparo. Lo que en «Arquitectura de la ausencia» es letanía con sentido, en «Propósito de año viejo» se convierte en inercia. El poema encadena más de treinta sustantivos y participios atados por una rima en -ado que pronto suena a mecanismo: «Lo vivido, lo sentido, lo aprobado,» al principio, «lo llovido, lo bebido, lo secado,» más adelante, y entre medias una acumulación en la que las piezas podrían intercambiarse sin pérdida. El texto se salva a duras penas en el verso final, «todo lo daría yo, por seguir la vida a tu lado», que es donde por fin ocurre algo; pero llega tarde y no rescata lo anterior. Cuando Navarro enumera para nombrar lo que no sabe decir de otro modo, acierta. Cuando enumera por comodidad rítmica, el poema se vuelve inventario.
La tercera sección, dedicada al deseo, es la más desigual. Cuando el poema se conforma con consolar —»Tu sonrisa» es el ejemplo más claro— cae en fórmulas que cualquier lector ha leído muchas veces. En cambio «La dama desnuda» es el texto más incómodo y a la vez más logrado del bloque: a lo largo de casi todo el poema asistimos a un monólogo de dominio sobre un cuerpo comprado, desagradable a propósito, hasta que el último verso revela a quién se hablaba en realidad: «aún puedo pagar por otra maldita musa.» La crueldad iba dirigida a la escritura. El riesgo está calculado, aunque tiene un coste: el lector que abandone antes del final se llevará un poema distinto y bastante peor que el que Navarro escribió.
La bandera negra del título ondea sobre todo en la cuarta sección, entre estirpes de bribones y recuentos de una juventud gastada que el autor sitúa, sin nostalgia complaciente, en «y una insostenible sensación de vacío.» Pero el poema que mejor explica la operación entera está en la quinta: «Sin patente de corso». Tres estrofas de fanfarronería en condicional, con abordajes, botines y cantinas, y una cuarta que desmonta el disfraz sin piedad —«Pero no nací un par de siglos antes,», «afortunadamente para mi espalda,»— hasta dejar al hablante con lo único que de verdad tiene: «derramando venturas a golpe de versos.» La autoironía le sienta bien. Es el libro admitiendo que la épica era un traje de alquiler, y admitiéndolo con gracia en vez de con lástima.
El volumen se cierra, como se anunciaba, en calma, y hay un poema familiar, «Las cinco violetas», que introduce un registro de ternura paterna ajeno a todo lo demás y que, precisamente por inesperado, no desentona. Pero es la lucidez del corsario desarmado la que sostiene los dos textos finales, que son los que más me han durado. En «Café con ella» la muerte aparece como una visita a la que se prepara la casa sin llegar a nombrarla nunca —«aunque aún no te he visto la cara, siento tu presencia»—, y el poema mantiene el pudor hasta el último verso. Y «Los silencios opacos» abandona el verso por una prosa entrecortada, con un estribillo que regresa una y otra vez, «Cuántas veces quiero hablar conmigo mismo y no me encuentro.», y una definición de sí mismo que vale por medio libro: «soy aún un dandi con chaqueta del revés, apenas un precoz aprendiz de mí mismo.» Es el momento en que el autor deja de buscar el tono y simplemente lo tiene.
Navarro encabeza sus secciones con Juan Ramón, Mistral, Plath, Rimbaud y Yeats, una compañía que pocos libros sostienen enteros, y este tampoco lo hace. Lo que sí hace es algo menos vistoso y más difícil: conocer sus propios límites y trabajar dentro de ellos con una honestidad que no se compra. Hay desniveles, hay poemas que se conforman y hay un puñado de versos que cualquiera podría haber escrito; también hay ocho o diez que no. Para un lector que llegue sin prisa, y que acepte que el libro se ordena como él quiera ordenarlo, el saldo es claramente favorable. Quien venga buscando el brillo que la bandera negra promete encontrará menos del esperado, y a cambio bastante más verdad.
— Ana María Olivares
Este libro en el catálogo del Grupo Editorial Pérez-Ayala: La estirpe de la bandera negra, de Eusebio Navarro




