El piropo que ya nadie se atreve a decir
Cuando yo tenía catorce o quince años, en Madrid todavía había obras con andamios en casi todas las calles, y desde los andamios bajaban cosas que hoy no se pueden repetir en un periódico. Mi madre me enseñó a no contestar y a seguir andando con la barbilla alta. Pero un día, volviendo de la compra con ella por Embajadores, un señor mayor, que no era albañil sino un vecino que tomaba el sol en una silla de enea, le dijo a mi madre al pasar: «Usted sí que sabe llevar un abrigo». Ella se puso colorada, le dio las gracias y estuvo de buen humor toda la tarde. Me acuerdo de que en casa, mientras pelaba patatas, lo repitió dos veces, como quien se guarda una moneda en el bolsillo del delantal. Aquello no tenía nada que ver con lo que gritaban desde arriba. Era otra cosa: alguien se había fijado en ella y se había tomado la molestia de decírselo bien.
Me he acordado de ese señor de la silla de enea leyendo Cien poemas de amor, el libro que José Carlos Turrado de la Fuente acaba de publicar en Ediciones Rilke. Turrado es de Valladolid, nacido en 1980, da clase de Lengua y Literatura en un instituto de Laguna de Duero y lleva más de cuarenta libros a la espalda, que se dice pronto. El planteamiento es sencillo de contar y nada sencillo de hacer: cien poemas, y cada uno lleva por título el nombre de una mujer. Diosas y musas griegas, ninfas, mujeres de la Biblia, deidades egipcias, celtas y nórdicas, hadas de los libros de caballerías. Heket abre el libro y Clitia lo cierra, y entre medias están Rut, Calíope, Isis, Morgana, Freya, Dalila. Un santoral entero de mujeres a las que alguien, por fin, les dice algo bonito.
Lo dice, además, con todas las de la ley. Los poemas están medidos, rimados en consonante de la primera página a la última, organizados en esas estrofas breves que una estudió en el instituto y luego olvidó con alivio: liras, serventesios, cuartetas, octavas reales. Hay un único soneto, el de Sirona, y lleva estrambote, como si al poeta le hubieran sobrado ganas. Al frente, una cita de Ortega sobre los que lloran la muerte de la cultura sin haber movido un dedo por ella. Lo digo porque explica mucho: este libro está escrito por alguien que no quiere llorar nada, sino ponerse a trabajar.
Lo que más me ha llegado, sin embargo, no es la destreza, que se da por supuesta a estas alturas, sino el personaje que habla. Porque quien canta a todas estas mujeres no es un galán seguro de sí mismo, sino un enamorado que se sabe poca cosa y lo confiesa sin ningún pudor. «Con el cálamo soy torpe y con la tinta», le dice a Morgana. A Faetusa le cuenta, con una gracia que me hizo reír sola en la cocina, que ha ido probando apelativos y ninguno le sirve: «mi serrana, por rural, me suena chusco». Y a Rosmerta, con una humildad que no sé si es pose o verdad (sospecho que un poco de las dos), le confiesa: «no soy un genio, sólo corrección». Hay algo muy tierno en ese hombre que se presenta ante una diosa con el sombrero en la mano y pide perdón de antemano por lo mal que lo va a hacer. Y que luego, claro, lo hace muy bien.
Mis poemas preferidos son los que bajan a las diosas a la tierra, o mejor dicho, los que descubren que las mujeres de la tierra ya eran diosas. En el poema de Rebeca, el poeta la mira avivar el brasero: «Te observo utilizando la badila», escribe, y a mí me vino de golpe el olor de las casas de mis abuelas en invierno. Rebeca no lleva joyas, va con la ropa de andar por casa, y precisamente por eso la encuentra más hermosa. En el de Isabel, la Virgen y su prima comen «gachas de cebada con almorta» y se pasan los días abrazadas, y yo pensé en tantas mujeres de mi familia que se acompañaron así, con un plato de comida sencilla y la conversación de siempre. Y en el de Nemea el poeta contrapone su gruta pobre al paraíso de ella con un verso que es casi una cocina entera: «Huele a pebre en mi morada y ajo y pan». Ahí, entre el ajo y la badila, es donde este libro me ha parecido más verdadero.
Hay también poemas que se apartan del piropo y van por caminos más oscuros, y conviene avisarlo. Tamar, Herodías o Idía, la madre que intenta en vano retener a Medea, son voces de mujer heridas, furiosas o desesperadas, y alguna de ellas usa palabras que a una le hacen levantar la vista del libro. Y hay un poema, el de Hestia, que me ha dejado pensando más que ninguno: el poeta lleva a su amada a la alcoba un capazo de albahaca, menta y jazmines y le pide que no se asome a la ventana, porque fuera, dice, «que está ardiendo Roma, amor, y las hogueras». Me pareció la mejor explicación de todo el libro. El mundo se quema, y él se empeña en llevarle flores a alguien. Puede parecer una huida. A mí me pareció más bien una forma de resistencia, de esas que no salen en los telediarios.
Ahora bien, no voy a hacer como que todo me ha resultado fácil, porque no es verdad. Turrado tiene un amor por el diccionario que a veces se le desborda, y hubo poemas en los que tuve que tener el móvil a mano para saber qué era una aniaga, un pispajo o un espolique. No me molesta aprender palabras, al contrario, pero en ocasiones la palabra rara se pone delante de la emoción y la tapa, como una visita que se queda en la puerta y no te deja ver quién viene detrás. También diría que cien poemas en la misma postura, la del amante pequeñito ante la mujer inmensa, acaban pesando un poco si se leen de corrido. Yo lo aprendí por las malas: el primer día me leí cuarenta seguidos y llegué a Freya algo mareada. Este es un libro para tener en la mesilla y abrir de tres en tres, como quien se toma unas almendras.
Leído así, despacio, el libro va soltando cosas. Una de ellas es una idea que el propio poeta deja caer en el poema de Erató, cuando se compara con los poetas finos y viene a decir que da igual no tener las palabras exactas si el cariño es sincero: «¿qué más da saber decir azul o zarco». Me gusta esa pregunta porque desarma todo lo anterior, todo el vocabulario raro, toda la métrica, y lo deja en lo que importa, que es tener a alguien delante y querer decirle algo bonito. Y otra idea, que es la que me ha acompañado estos días, es que hemos ido perdiendo la costumbre de embellecernos los unos a los otros con palabras. No me refiero a lo que bajaba de los andamios, que eso no se ha perdido del todo y ojalá se pierda, sino a lo otro: al elogio desinteresado, al «qué bien te queda», a la frase que alguien te regala sin pedirte nada a cambio.
Turrado ha escrito cien de esas frases, con rima y con medida, y las ha repartido entre mujeres que llevan siglos esperando a que alguien se las diga en castellano. Lo ha hecho con un oficio que ya casi nadie practica y con una timidez que, quizá sin querer, es lo más bonito del libro. Yo pensé, cerrándolo, en aquel señor de la silla de enea, del que nunca supe el nombre. Y en mi madre pelando patatas, con la barbilla todavía un poco alta, repitiendo en voz baja lo del abrigo.
— Ángela de Claudia Soneira




