El hombre que se quedó en la puerta

Tengo un vicio antiguo y algo incómodo: leer de pie, junto a la ventana, los libros que todavía no sé si me voy a llevar a la mesa. Es mi manera de hacerles la pregunta que de verdad importa, que no es si están bien escritos —eso se ve en dos páginas y media— sino si aguantan sin butaca, sin café y sin la indulgencia del que ya se ha sentado. La mayoría no aguanta. Este me tuvo de pie hasta que se me durmió una pierna, y eso, en el oficio, equivale a un informe favorable.

Se titula Cuando falta la ansiedad, lo firma Daisel Lozada Fernández y lo publica Poesía eres tú. Es un primer libro en el sentido literal del término: su autor nació en Cuba en 1976, reside en Asturias, es licenciado en Idioma Inglés, periodista habilitado y traductor de artículos de prensa, y no trae detrás ni premios, ni antologías, ni esa carrerilla de plaquettes que algunos exhiben como galones en la bocamanga. Nada. Llega desarmado. Y por eso mismo conviene leerlo despacio, porque el que escribe sin red no suele hacerlo por capricho.

El asunto es la ansiedad, y digo el asunto y me quedo corto. La ansiedad no es aquí el tema: es el personaje. Lozada Fernández toma una decisión de las que se pagan caras —hablarle de tú a la enfermedad a lo largo de treinta y seis poemas— y no la suelta ni una sola vez. Le habla como se le habla a un ocupante que ha entrado sin llamar: «Te instalaste en sus sentidos / como un huésped clandestino». Ahí hay una intuición certera, señoras y señores, y es que estas enfermedades no se padecen del todo: se sufren como una invasión de territorio. El libro entero está levantado sobre esa idea y la sostiene con una terquedad que merece respeto.

La cosa avanza en cuatro secciones —la irrupción de lo invisible, el caos interior, la pérdida y la luz que regresa— y lo hace perdiendo la casa habitación por habitación, que es el modo más eficaz que conozco de contar un encierro. Primero el salón, luego la cocina, luego el dormitorio, luego el pasillo, y al final ni el cuarto de baño: «si camina hacia la cocina / la envuelves sin compasión». Cuando un poeta que empieza acierta con una estructura así, uno sospecha que la aprendió viviéndola y no leyéndola. Casi siempre resulta ser verdad.

Lo más raro del libro, y también lo más valiente, es la posición desde la que está escrito. No habla la enferma. Habla el que mira desde la puerta, el marido que la saca a caminar y comprueba que no sirve de nada: «La llevo a caminar, / a tocar la naturaleza, / a sentir el mundo sin ruido. / Pero la cabeza se aprieta». Hay mucha literatura escrita desde dentro del trastorno y poquísima escrita desde el umbral, que es donde se está peor, porque desde ahí no se puede hacer nada y encima hay que seguir en pie y con buena cara.

Hay un poema que sostiene el edificio entero, y es el que hace el número treinta y tres. El autor explica en su introducción por qué ese número y no otro; no se lo voy a destripar aquí. Baste decir que en él aparece la muerte de la madre, que el libro venía esquivando con un pudor de hombre antiguo, y que aparece en unos pocos versos secos, sin violines de acompañamiento. A partir de ese punto todo lo anterior se relee de otra manera. Es el movimiento más inteligente del volumen y está hecho sin subrayarlo, que tiene doble mérito.

Técnicamente conviven aquí dos maneras de escribir que no suelen darse la mano. Por un lado, la estrofa octosilábica de rima consonante, con su aire de cancionero viejo y de décima cubana; por otro, un verso libre de dicción analítica que se trae el vocabulario de la consulta médica y lo vuelve lírico sin ablandarlo. Lo primero funciona mejor de lo que cabría esperar, porque el encierro de la rima replica el encierro del que la padece. Lo segundo da los mejores hallazgos del libro: «un divorcio incomprendido» para nombrar la desconexión entre la cabeza y el cuerpo, «una sismología íntima» para el temblor del pecho, y esa definición de la oscuridad que se le queda a uno pegada: «No es ausencia de luz: / es una densidad que brilla».

Y ahora el reparo, que lo hay y no es menor. La rima le pasa factura más de una vez. Cuando la consonante manda, el verso obedece, y aparecen finales de estrofa que están ahí porque hacía falta un sonido y no porque hiciera falta esa palabra precisamente. Ocurre en las décimas de la primera sección y vuelve a ocurrir en alguna de la tercera. En el verso libre el problema es el contrario: el autor explica de vez en cuando lo que la imagen ya había dicho sola, y una imagen explicada es una imagen desactivada. Un lector con lápiz rojo le tacharía a este libro sesenta u ochenta versos, y el libro saldría ganando en la operación.

Dicho lo cual, lo que queda en pie es mucho. Queda, sobre todo, la honestidad del final, que es donde casi todos los libros de este asunto se estropean. Aquí no hay curación milagrosa ni moraleja de folleto de sala de espera: «Quedan dudas, quedan huecos, / quedan sombras por nombrar». El que ha pasado por una de estas cosas, o ha acompañado a alguien que la pasaba, sabe que eso es exactamente lo que queda cuando amaina, y agradece que no le vendan otra cosa.

Se me dirá que la cuarta sección resuelve demasiado, que el autor se enamora a ratos de su propia metáfora militar y que el libro tiene más confianza en la voluntad de la que la experiencia autoriza. Es cierto, y lo firmo. También lo es que a un primer libro se le juzga por lo que promete, y este promete una voz con sistema, con centro y con pudor, tres cosas que no abundan ni entre quienes llevan seis títulos publicados y dos fajas elogiosas por título.

Léanlo de pie, junto a la ventana, y siéntense después si les apetece. Y fíjense en la línea final, que el autor dejó suelta, fuera de todo poema, como quien deja una luz encendida en el pasillo por si alguien vuelve de madrugada: «Que la luz venza siempre, incluso cuando no se ve».

— Javier Pérez-Ayala

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