Los ruidos de la cocina
La otra noche, esperando a que hirviera el agua de la pasta, me puse a contar los ruidos de la cocina. El zumbido de la nevera, que solo se oye cuando una se queda quieta. El grifo que gotea desde hace un mes y que nadie arregla. La radio de la vecina, que escucha siempre la misma emisora a la misma hora, como si fuera una cita. Me di cuenta de que esos ruidos son mi casa más que los muebles, y de que si un día me faltaran no sabría decir qué echo de menos. Tenía al lado, abierto bocabajo sobre la encimera, De entre sonidos, el poemario de David García Lamela, y pensé que de eso va este libro. De lo que se oye sin querer y de lo que se queda cuando deja de oírse.
García Lamela es gaditano, del 72, vive en San Fernando y trabaja como educador social con personas mayores y con niños. Lo cuento porque se nota. Hay en el libro una atención a las voces pequeñas, a las que no mandan, que no se aprende en los manuales. En “Lecciones de tiza” (p. 18) mira a unos chavales en un aula y escribe algo que a mí me dejó un rato con el libro en el regazo: «Nunca sabrán / lo que un adulto debe callar» (p. 18). Es una frase de alguien que ha pasado muchas horas con niños de verdad, con sus mocos y sus preguntas a destiempo, y no de quien da discursos sobre la infancia. Hay ternura y hay también una pena muy tranquila, la de quien sabe que eso que calla el adulto acabará llegando, tarde o temprano, sin que nadie lo invite.
El libro está dividido en tres partes, de la persona, de la sociedad y de la naturaleza, y a mí la que más me ha llegado es la primera, que es la de la infancia y la familia. Hay un poema, “Goma de nata” (p. 26), que empieza con una tarde gris de domingo en el sofá y de golpe se llena de olores de colegio, del pegamento seco entre los dedos, de los lápices de cera muy ordenados en su caja. Y entonces el hombre adulto que está tumbado hace un gesto que yo he hecho mil veces sin saber por qué: «Mis manos aprietan involuntariamente / esos quietos dedos adultos» (p. 26). Me gustó mucho que lo dijera así, sin explicar nada, porque así es como vuelve la infancia, por el cuerpo y no por la cabeza. El poema termina con una pregunta que tiene algo de niño que se asoma a la ventana: «¿No viene de allá?» (p. 26).
También hay humor, y lo agradezco, porque los libros sobre la memoria a veces se ponen muy serios, como si recordar fuera un acto de luto obligatorio. En “Nada ha cambiado, Wisława” (p. 50), que es un homenaje a Szymborska, la que habla es una gata que se ha quedado sola en casa y que espera a la dueña que ya no vuelve con una mezcla de dignidad y rencor que me hizo reír y luego no tanto. Amenaza, la pobre, con no ronronear en las faldas extrañas que aparezcan por casa y con recibir a la ausente, si vuelve, como se merece: «y te juro que te bufaré con las patas levantadas» (p. 50). Una sabe que ese bufido es la manera que tiene el animal de decir que echa de menos, y el poeta lo sabe también y no lo subraya. Ahí está lo mejor del libro, me parece a mí: cuando la pena se dice de lado, como quien no quiere molestar.
Me ha gustado también “Desterrada del rincón angosto” (p. 62), dedicado a una tal Mari a la que no sé poner cara pero que, por lo que cuenta el poema, ya no está en su casa. Es un poema sobre una habitación que se queda esperando a alguien, y tiene un final que me recordó a la casa de mi abuela el verano en que la cerramos: «que de tanto vacío y silencio / se está muriendo su casa» (p. 62). Las casas se mueren así, es verdad, de no oír a nadie. A mí me pasó con aquella, que olía a cerrado a los tres días y que nunca volvió a sonar como antes aunque la abriéramos.
En el libro hay más cosas, claro. Está la parte del medio, que es la más dura, con un poema largo sobre los niños que mueren en el mar y otro sobre el hambre, y están los poemas de la naturaleza del final, con muchos pájaros y mucho campo. Me gustó en esa parte uno de los más pequeños, “Ajeno lenguaje” (p. 96), que cuenta algo que cualquiera que haya paseado por un camino de tierra sabe y casi nunca se dice, que a los pájaros les damos exactamente igual: «Tampoco les importa nuestro lenguaje / ni nuestro silencio» (p. 96). Me pareció una forma muy humilde de terminar de pensar sobre el silencio, que es el asunto de todo el libro: reconocer que el mundo suena sin nosotros.
Y como no quiero hacerle a este libro el favor de quererlo sin condiciones, que es un favor que no le sirve a nadie, diré también lo que me ha costado. Hay poemas en los que la palabra alma, o la palabra silencio, aparecen tantas veces que dejan de pesar, y a una le entran ganas de pedirle al poeta un poco más de cocina y un poco menos de cielo. Cuando García Lamela cuenta lo que ve y lo que oye, la nevera, el timbre del colegio, el gato en la silla, el libro se me queda dentro. Cuando se pone a explicar qué significa todo eso, se me escapa un poco. Es una cuestión de confianza, creo. El poeta tiene buenas imágenes y a veces no se fía de ellas lo suficiente como para dejarlas solas.
Pero las tiene, y eso no es poco. Hay en “Amanecer sonoro” (p. 34) un hombre que, todavía en la cama, se pregunta por dónde le llegará el primer ruido del día, si del levante en las persianas o del colchón, y que al final decide quedarse un rato más entre las sábanas con una frase que me apunté en la libreta para decírmela algunas mañanas: «Que el día me espere…» (p. 34). Es lo que yo haría, y lo que haría casi todo el mundo si le dejaran.
Cuando el agua de la pasta por fin hirvió, había leído más de la mitad del libro y se me había olvidado echar la sal. No me importó. Me quedé un ratito oyendo la cocina, que sonaba igual que antes, y a la vez de otra manera. Merece la pena que se dejen encontrar por estos poemas, sin prisa, en un momento de la tarde en que la casa esté tranquila y se pueda oír todo lo que normalmente no oímos.
— Ángela de Claudia Soneira




