Lo que no firma la máquina

Conviene decirlo desde el principio: El arte de decirnos existí no es un libro de poemas sueltos, y quien lo lea así se equivocará de libro. Lo que Cristian Avecillas Sigüenza ha publicado en Ediciones Rilke es un único argumento desplegado en ocho partes, una tesis sobre para qué sirve la poesía cuando vivir se vuelve difícil, defendida con una insistencia que es a la vez su mayor virtud y su principal problema.

El libro acaba de llegar a las librerías y todavía no arrastra la conversación crítica que merece, de modo que conviene adelantarse a la lectura fácil que es probable que reciba. La contracubierta lo presenta como un poema-libro unitario, y es exacto. Pero esa etiqueta, que suena a elogio formal, corre el riesgo de esconder lo que el libro tiene de incómodo. Porque lo que Avecillas propone no es una arquitectura bonita, es una posición: la de alguien que se niega a aceptar que la poesía sea un adorno de la vida privada y la planta, en cambio, en el centro de una discusión sobre qué nos queda de humanos.

La tesis es esta: escribir no es expresarse, es existir delante de otro. El libro la enuncia de muchas maneras, pero la formulación más limpia está en la prosa titulada «Decir el pueblo»: «La belleza de decirnos “existí” es que alguien más pueda decirse.» Nada que ver con el yo lírico que se contempla. Aquí el yo es un tránsito, casi un estorbo necesario. En «Para ser» el poeta llega a escribir que «el tú nunca es un tú, / es un atajo», y en la sexta parte, «Conjuro y excelencia», afirma que el yo no sirve para hacer una era, que «sirve para deshacerla, / pero sobre todo sirve para que digamos tú».

Esto, que dicho así suena a buena intención, tiene en el libro un filo político que conviene no pasar por alto. Avecillas escribe contra una época concreta: la de la interfaz, el algoritmo y la atención automatizada. La palabra algoritmo aparece una y otra vez, y no como decorado futurista. En «Dejarse decir» se lee: «Donde todo se decide en algoritmos, / el futuro dice estuve y el ayer dice estaré.» En «El conocimiento», el poeta contrapone la necesidad humana de dioses al «bucle numeral» de las máquinas. Y en «Decir la época» condensa en dos frases una historia entera de la técnica: antes trepanábamos para que salieran los espíritus malignos; ahora, interconectados, les abrimos la puerta. Es una de las piezas más ingeniosas del libro.

Lo interesante es que el libro no se queda en la tecnofobia, que habría sido lo cómodo. En «La seducción» hace un movimiento más arriesgado: define la propia poesía como «una inteligencia artificial / que se hace más con la emoción / que con la inteligencia». Y en «La divinidad» imagina algo que «no existe todavía y está por existir / en una inteligencia artificial / que aún está planeando no sentirse artificial». Es decir: la máquina no es solo la amenaza, es también el espejo en el que el poema se reconoce como técnica, como artefacto. Ahí está lo mejor del libro. No en la denuncia, sino en la sospecha de que poesía y algoritmo compiten por el mismo territorio.

Hay una pieza, «La realidad», que lleva esa sospecha hasta el final. Imagina a un dios que «recién está creándose», que juega «al ajedrez entre conjuro y algoritmo», y la cierra con un verso seco que cambia la lectura de todo lo anterior: «y tiene dueño». Ahí el libro deja de hablar de metafísica y empieza a hablar de propiedad. Quién es dueño de lo que viene, quién lo programa, quién se queda con lo que decimos cuando ya no somos nosotros quienes lo decimos. Es la pregunta más política del volumen, y está formulada en tres palabras.

Ahora bien, hay que señalar las costuras, porque las tiene. La primera es de método. Un libro que quiere demostrar una tesis tiende a repetirla, y este la repite mucho. Las fórmulas sintácticas —el «Qué, sino», el «No es que», el «Echamos a perder», el «Nadie dice yo»— funcionan como dispositivos de insistencia, y a partir de cierto punto el lector ya no lee poemas sino variaciones del mismo enunciado. La segunda es de tono: hay sentencias que confunden contundencia con verdad. Escribir que «la inteligencia artificial sea robar con matemáticas» puede servir como consigna; como pensamiento, se queda corto, y el propio libro, en sus mejores páginas, es bastante más sutil que eso.

La tercera costura es estructural. La última parte, «Supervivencia poética: materia y gratitud», renuncia a la voz propia y se compone íntegramente de citas ajenas emparejadas: un nombre poco conocido junto a Mary Oliver, Walter Benjamin, Sun Tzu, Virginia Woolf, Dostoyevski o Machado. El gesto es coherente con todo lo anterior —si el tú es un atajo, el libro debe terminar disolviéndose en otros—, y entiendo que ese es el sentido. Pero la coherencia teórica no garantiza el efecto en la página: el cierre llega más como un agradecimiento que como un poema, y el lector que ha atravesado cien páginas de argumentación se queda sin la última palabra del autor. Precisamente la palabra que el libro pedía.

Hay que insistir, aun así, en lo que el libro consigue. Consigue una voz reconocible, con una sintaxis propia que no se parece a la de buena parte de lo que se publica hoy en poesía en español, más inclinada al fragmento confesional o a la imagen aislada. Consigue piezas en prosa de gran precisión, como «Decir identidad», que cabe en tres líneas y no necesita más: «El espíritu que tendríamos / si nadie nos hubiese hablado del espíritu.» Y consigue, sobre todo, devolver a la poesía una pregunta que la crítica suele despachar con cierta incomodidad: la de su utilidad. Avecillas no responde con el arte por el arte ni con el compromiso de pancarta. Responde con una ética de la relación: la poesía sirve porque nos nombra y nos obliga a nombrar.

Que esa respuesta sea discutible es lo mejor que puede decirse de ella. Este es un libro que merece lectores dispuestos a subrayarlo y a llevarle la contraria. La dedicatoria lo anticipa: el libro está escrito, entre otros, para unos amigos de una mesa, y una mesa es un sitio donde se conversa, no donde se asiente. Leído así, El arte de decirnos existí no pide adhesión. Pide respuesta. Y en un momento en que una voz sintética está dispuesta a contestarnos cualquier cosa sin que nadie, detrás, haya dicho existí, ese gesto tiene más peso político del que aparenta.

— Ana María Olivares

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