La Z que se cuela en la palabra paz

Cuatro veces a lo largo de este libro la palabra paz aparece escrita con la zeta en mayúscula. «¿La paZ?», pregunta el hablante de «Negociaciones de paz» un verso después de mencionar una pistola apuntando a la frente. No es una errata de imprenta. Es la letra que el ejército invasor pintó en el costado de sus blindados en febrero de 2022, metida dentro de la palabra que esos mismos blindados decían venir a traer. El volumen arranca, además, con un poema titulado «La invasión Z». Conviene decirlo desde el principio: ese hallazgo es a la vez lo mejor y lo más problemático de La Resistencia, y explicar por qué lleva un rato.

Son sesenta y siete poemas en verso libre, de línea corta y respiración entrecortada, sobre la invasión de Ucrania. Los títulos funcionan como teletipos: «El hospital infantil de Mariupol», «Crímenes de lesa humanidad: la matanza de Bucha», «La estación de tren de Kramatorsk», «Central nuclear de Zaporiyia». Y ahí está la primera decisión importante del autor, que es también la más honesta: David García Gutiérrez no finge haber estado allí. Escribe desde Madrid, con el televisor encendido, y el libro lo admite sin coartadas en «Última hora: cuatro años de invasión, en directo», donde la enumeración de lo que se ve —sangre, muertos, cruces, odio, fuego— termina cuando el hablante cambia de canal y lo que encuentra «es mi propia sombra» / «reflejada en la pantalla». El pacto de lectura queda establecido de entrada: esto no es testimonio, es lo que la barbarie hace en quien la mira desde lejos. Casi todos los aciertos del libro vienen de ahí.

Los mejores poemas son los secos y los breves, y en ellos se nota que quien escribe es médico. «Comprar el pan en Chernigov» cuenta en veinte versos a alguien que sale a por pan y no vuelve: «he salido a comprar el pan» / «y no he vuelto.». Y entonces el poema hace algo que un poeta sin bata no habría hecho: en lugar de describir la herida, levanta acta de lo que la herida se llevó, con el orden exacto de un parte quirúrgico, hasta cerrar la lista en «las venas y los nervios.». El remate es una escena de absurdo administrativo —«y el vendedor me ha dicho» / «que no tiene harina» / «para desenterrar a los muertos»— que vale por diez poemas de indignación.

Esa mirada clínica produce el poema más singular del conjunto, que es precisamente el que nadie va a citar. «Invasión y metástasis» describe la ocupación de un país como un tumor que progresa: una raíz podrida junto a las costillas, células que metastatizan en los tejidos y, enumerados uno debajo de otro, el rubor, «el dolor,» «el calor,» «el tumor,» la impotencia funcional y el edema. Son los cinco signos cardinales de la inflamación tal y como se enseñan en primero de Medicina. Usarlos como descripción de una invasión no es un adorno: es una tesis. La guerra, viene a decir el poema sin decirlo, no es un acontecimiento sino un proceso, y los procesos se estadifican. A un libro que en otros momentos abusa del vocabulario heroico, este poema le pone un termómetro.

Hay más aciertos y conviene nombrarlos. «Geopolítica en la granja» cruza a Orwell con una canción infantil y consigue el único humor negro que el libro se permite: «En esta granja de mierda» donde los cerdos no comen pienso y «hasta los zorros» / «se mueren de hambre.». «La fortaleza» cabe en seis versos y formula la tesis entera sin un solo adjetivo: «Si no quisiera rendirme a la guerra,» / «dirías que estoy loco.», y en el verso siguiente gira, «¿Qué dirías si no quisiera» / «rendirme a la paz?». Y «Yo, el refugiado» sostiene una letanía de negaciones —no soy nada, no tengo nada, no represento nada— hasta un verso con eco inevitable de Machado, «Un caminante sin camino, sin huella.», que aquí funciona precisamente por gastado, y hasta la frase que el libro entero andaba buscando: «Porque yo no soy el enemigo.».

Dicho todo lo cual, el libro no sobrevive a su propia extensión. «El gran dictador» ocupa cuatro páginas, es el poema más largo del volumen y es también, con diferencia, el más flojo. Monta una maquinaria de resurrecciones ilustres: «Si Fiodor Dostoievski» levantase la cabeza reescribiría el Idiota; después le toca a Tolstói, que «reescribiría la paZ»; después a Kandinsky, a quien se consulta si restauraría su Cielo azul en blanco y negro o con pintura diluida. A la tercera, el procedimiento ha dejado de ser un hallazgo y se ha convertido en una fórmula, y el poema invierte dos páginas en explicar lo que los poemas de cinco versos ya habían dicho mejor. El cierre es directamente un preámbulo de organismo internacional: solo fortaleciendo los lazos de la ciencia, la investigación, la innovación, el desarrollo, la cultura y las artes universales «alcanzaremos» / «la marcha triunfal» / «para ganar esta guerra» / «y todas las guerras.». Nadie discute la intención. Pero eso no es un poema: es una declaración institucional con los versos partidos.

El mismo problema, en pequeño, alcanza al hallazgo del principio. La primera vez que la zeta se cuela en la palabra paz, el lector se detiene. La cuarta ya es un tic, y el poema «¿Paz o paz?» gasta en el título un efecto que el libro venía administrando con más tino. Algo parecido pasa con «A veinticinco kilómetros de Polonia», donde la invasión se narra en lenguaje futbolístico —el VAR, la pena máxima, el gol en propia puerta— y el poema se queda en la ocurrencia: la idea de una Europa que mira la guerra como quien espera una decisión arbitral es certera y es obscena, pero el libro ya la había formulado mucho mejor, y sin chiste, en «Última hora».

Vale la pena decir algo sobre cómo se leen estos libros, porque el riesgo aquí no es la mala crítica sino la crítica cómoda. La poesía escrita sobre una guerra en curso suele recibir dos tratamientos, y los dos son una manera elegante de no leerla: o se celebra el gesto ético y nadie habla de los versos, o se la despacha como poesía de urgencia y nadie los lee. La Resistencia merece la tercera opción, que es la única interesante: discutirla poema a poema, reconocer que sobran veinte y que hay seis o siete que aguantan una segunda lectura, y preguntarse por qué el registro clínico le sienta a este autor infinitamente mejor que el épico. Cada vez que García Gutiérrez levanta la voz —los dioses, los héroes, la marcha triunfal— el poema se hincha. Cada vez que baja a la anatomía, a la panadería, al canal de televisión, acierta.

El libro se cierra con «Una ventana al futuro», ocho declaraciones que empiezan todas por el mismo verbo, y ahí aparece la mejor línea del conjunto: «una ventana sin dioses.». Es una elección notable en un poemario que ha invocado a todos los dioses disponibles: los del Olimpo, el Señor Todopoderoso al que se encomiendan los refugios antiaéreos, el dios «siempre de espaldas al escenario de la vida» de «Luchemos». Un libro dedicado a las víctimas de las guerras y a los refugiados podía haber terminado en consuelo. Termina, en cambio, con una ventana y sin nadie al otro lado que arregle nada. Esa es la resistencia que da título al volumen. Y ese poema de ocho líneas debería haber marcado la extensión de todos los demás.

— Ana María Olivares

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