Un soneto con demonio en la garganta

Esta semana las listas de poesía más vendida en España las encabezan, otra vez, cuadernos de frases breves pensadas para caber en la pantalla de un móvil. En esa misma semana me llega un libro que abre con una pregunta a bocajarro: «Es feo, ¿qué pretendes aportar?». No es una pregunta retórica ni una pose. Es el primer verso del soneto-prólogo con el que José Carlos Turrado de la Fuente abre Restauración de la Belleza (Ediciones Rilke, 2026), su décimo libro, y ese soneto funciona como lo que es, un manifiesto. Está escrito, además, en endecasílabos medidos y con rima consonante, y eso ya es en sí mismo una declaración de principios.

El soneto se dirige a un Narciso de nuestros días, somero, vacuo y satisfecho de la ruta que frecuenta. Termina con una afirmación que hoy suena casi escandalosa de tan antigua: «el arte es bello, bueno y sempiterno». En ese verso cabe Platón entero. Conviene detenerse en él, porque lo que Turrado propone no es una nostalgia de salón sino una tesis. Sostiene que la belleza, la bondad y la permanencia van unidas, y que la poesía que renuncia a la primera acaba perdiendo las otras dos. Se puede discrepar, pero hay que reconocerle el valor de decirlo sin rodeos en un tiempo en que lo habitual es pedir perdón por cualquier rima.

Lo primero que sorprende al recorrer sus ciento sesenta y dos páginas es el oficio. Turrado alterna el soneto clásico, con sus cuartetos abrazados y sus tercetos encadenados, con la lira, la décima y la octava. Lo hace con una soltura que no se improvisa. Tiene algo del artesano que ha pasado años en el taller y ya no necesita mirar la herramienta para saber dónde corta. El metro no le pesa, y hasta parece el lugar donde mejor respira. En la poesía española actual el verso libre se ha vuelto una convención tan rígida como lo fue el soneto en otros siglos, y por eso esta soltura en el metro tiene algo de disidencia.

Pero no se trata de un virtuosismo frío. El libro tiene un pulso biográfico, casi confesional, que asoma desde el primer poema: «Fantasmas del pasado me visitan, / certezas de mi joven nihilismo». El poeta mira atrás, al muchacho descreído que fue, y llega a una conclusión que me parece de las más hondas del volumen: «ya no me falta fe, sino energía». Es un verso de madurez. Lo escribe alguien que pasó por la intemperie, encontró algo en lo que creer y ahora teme no tener fuerzas para defenderlo. Esa tensión entre la convicción y el cansancio recorre todo el libro y le da su temperatura.

Porque Restauración de la Belleza es, en buena medida, un libro de combate. «Quedamos ya tan pocos…», escribe en el segundo poema, y la frase podría servir de epígrafe a todos los poetas que han seguido escribiendo en metro mientras el canon miraba hacia otro lado. «¡Alzad, raza poética, / los estandartes rotos al futuro!», arenga, y una no sabe si sonreír ante el tono épico o conmoverse ante tanta sinceridad. Yo me inclino por lo segundo. Hay algo de último de Filipinas en esta voz, la de quien defiende un fuerte que el resto del ejército ha abandonado. La imagen de los estandartes rotos es exacta, porque no se trata de restaurar un esplendor intacto sino de levantar lo que queda en pie.

En ese contexto se entiende el cuarto poema, dirigido contra la inteligencia artificial, que se cierra con una consigna: «di NO a la «inteligencia artificial»». Que esto se publique en 2026 no es anecdótico. Las editoriales debaten qué hacer con los textos generados por máquinas y los lectores empiezan a desconfiar de cualquier verso demasiado pulido. Turrado responde situando el último reducto de autenticidad en el oficio humano, es decir, en la medida contada con los dedos y la rima buscada durante horas. La paradoja es interesante, porque el poeta más preocupado por la perfección formal es el que más insiste en que esa perfección no se puede delegar.

Pero el libro no se queda en la trinchera. También hay un Turrado amoroso, y ahí están, a mi juicio, algunas de sus mejores páginas. «Amar es mi condena y mi alegría», empieza uno de los sonetos, y el cierre tiene la rotundidad de los clásicos del Siglo de Oro: «Y sin embargo yazco aquí, a tu lado, / a tu existencia suave condenado». Esa existencia suave es un hallazgo, porque convierte la condena en abrigo. Los sonetos eróticos repartidos por el volumen, que aparecen entre los primeros poemas y vuelven hacia el final, demuestran que la forma cerrada no está reñida con la sensualidad. Al contrario, la contención del molde intensifica lo que se dice dentro.

Y está España. No la España abstracta de los discursos, sino la de los lugares concretos. Está Níjar, el «campo agreste» al que «el alma escapa» dejando «la vida sucia atrás». Está Robledillo de Gata, que se vacía «al son de chirimías» mientras «zagales con coraza / ascienden a la cima». Son poemas de geografía sentimental en los que la infancia y la fiesta popular se funden con el paisaje. Hay además un momento delicioso, casi de humor, en el poema que empieza con una Grecia agotada «de escucharme» y termina con un suspiro ante un vinazo: «Esto es España, al fin y al cabo». Ahí Turrado se permite una ironía que ojalá abundara más en el libro, porque le sienta de maravilla.

Llego así a mi reparo, que no es menor. El tono de cruzada funciona en dosis medidas, pero aquí acaba por saturar. Cuando el poeta escribe «¡No leáis más, muchachos, ya, parad!» o proclama «no quiero ser banquero, y sí poeta», la arenga roza el panfleto. El lector que ya estaba convencido no gana nada, y el escéptico encuentra motivos para cerrar el libro. Al poema contra la inteligencia artificial, con su NO en mayúsculas, le pasa lo mismo, porque la idea es pertinente pero el verso se queda por debajo de ella. A eso se suma un vocabulario arcaizante que a veces ilumina y otras levanta un muro innecesario entre el poema y quien lo lee. Al volumen le habría venido bien una criba más severa, con menos poemas de declaración y más poemas que muestran en lugar de proclamar. La belleza que Turrado defiende con tanta razón también es una cuestión de proporción.

Dicho esto, hay un verso que lo explica todo y que quizá lo justifica: «¡Ahora o nunca!, es mi única certeza / en lo que representa mi escritura». Algo después llega ese «soneto con demonio en la garganta» que da título a esta reseña. Turrado escribe como quien sabe que el tiempo se acaba, y esa urgencia explica tanto sus excesos como sus aciertos. Aquí no hay cálculo ni estrategia de mercado. Hay alguien que tiene algo que decir y ha decidido decirlo en la lengua que considera digna de ello. «La soledad es fuerza y esperanza», escribe en otro poema, y una intuye que no es una frase hecha sino algo vivido.

¿Qué significa publicar un libro así en la España de hoy? Quizá que la tradición no es un museo sino un taller abierto, y que hay quien sigue trabajando en él aunque nadie se asome a mirar. Restauración de la Belleza no convencerá a quienes creen que el soneto murió hace medio siglo, pero sí recordará a muchos lectores por qué lo amaron alguna vez. Las máquinas ya escriben sin cansarse. Un poeta que confiesa que le falta energía y aun así sigue escribiendo es, por eso mismo, un argumento.

— Ana María Olivares

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