Una novela corta cosida con puntadas largas

La poesía narrativa ha tenido en la tradición española una presencia más discreta de lo que su historia merecería, desplazada casi siempre por la lírica de la intimidad, que se presta mejor al poema breve y a la antología. Cuando reaparece, suele hacerlo de manera oblicua: como serie de piezas que, leídas en orden, dejan entrever un relato que ninguna de ellas cuenta por separado. Sinencuentro, el libro que firman Enrique Graciani Constante y Eloísa Zapata Tinajero, pertenece a esa familia, aunque con una singularidad que conviene examinar despacio: el relato se cuenta dos veces, primero en verso y después en prosa, por las dos personas que lo vivieron.

El propio autor declara el género en la carta abierta que precede al volumen, cuando pide al lector que lea «esta novela corta» (p. 7), y lo define poco después con una imagen de costura que funciona como poética: «Historia hilvanada, / cosida con puntadas / largas, siempre espaciadas.» (p. 9). Las puntadas son poemas de ocasión escritos a lo largo de varios años —felicitaciones navideñas, cartas a los Reyes Magos, una velada en el patio de un restaurante, una noche de tormenta— y el hilo que las une no aparece hasta la página 27, cuando un estribillo empieza a encabezar cada pieza: «Todo pasó y… no fue nada. / Nada pasó y… fue todo.» (p. 28). El quiasmo, con sus puntos suspensivos, convierte lo que eran saludos en estaciones de una memoria. Merece la pena subrayar que la antítesis no es aquí un adorno sino el principio constructivo del libro; ya estaba en uno de los primeros poemas, el fechado el día de los Inocentes, «Todo es verdad, / nada es verdad.» (p. 16), y reaparece en el “Acta Notarial”: «La realidad será todo un sueño. / El sueño se hará una realidad.» (p. 19).

Conviene situar el libro en la trayectoria de su autor. Graciani Constante, químico de formación e investigador durante décadas en el Instituto de la Grasa de Sevilla, ha publicado en la misma editorial Elucubraciones (2020), Retratos (2022), Un ramillete de palabras (2023) y Sevilla en primavera (2026), del que toma explícitamente el criterio que aquí declara: «La imaginación al poder» (p. 7). Hay además una continuidad de imágenes que las notas finales documentan con la minuciosidad de quien ha pasado la vida citando fuentes. La lamparilla nocturna que en “El ¡Beso!” custodia los mensajes recibidos —«Su sitio está en la peana / de la lamparilla que cada noche / lucha con mis tinieblas,» (p. 30)— procede, según esas notas, de un poema de Elucubraciones. El prólogo se inspira en Tagore, el juego de finales alternativos en las cartas de mujeres de Jacinto Benavente, y el poema “El Duende” en la conferencia de García Lorca. Son referencias de lector, no de erudito, y están bien integradas en el tejido del libro.

El centro formal del volumen es el poema narrativo que le da título, en las páginas 47 a 49. Ahí el verso se acorta y se acerca con frecuencia al octosílabo, la medida del romance, que es la medida natural del relato en nuestra lengua: «Vidas cuasi paralelas.» (p. 47), «Trabajo y jubilación.» (p. 47), «Maldito reloj que corres.» (p. 49). La comida, el paseo y la terraza se suceden con una economía que contrasta con la dispersión de las piezas anteriores, y el poema alcanza su mejor momento cuando describe el paso del lenguaje oral al corporal: «Sentir, nada hay que decir.» (p. 48). No obstante, el hablante se detiene antes del desenlace y se declara incapaz de narrarlo, con una modestia que es también una elección estética: «No soy buen versificador,» (p. 50). La historia, dice, no interesa al público; quizá a los protagonistas.

Es entonces cuando el libro introduce su dispositivo más elaborado: la carta de un lector que reprocha al autor su visión parcial, la respuesta de este y una nota de la redacción que corta la polémica. El reproche formula con precisión el límite de la primera parte: «escribes solo negro sobre blanco, / te comportas como un daltónico.» (p. 63). Y abre paso a la segunda voz. La prosa de Eloísa Zapata Tinajero, novelista con una obra propia que arranca en 2006, no imita el registro de él ni lo discute: lo traduce. Frase corta, enunciativa, casi sin metáfora. Donde el verso necesitaba varios poemas para rodear la tormenta, ella necesita una línea: «Hace poco, al salir de una de nuestras comidas, el cielo pareció encabritarse con todo su poder de rayos y truenos.» (p. 77). Y retoma el estribillo de él para devolverlo convertido en prosa: «Nada pasó y pasó tanto. Nada cambió y lo cambió todo.» (p. 78). Ese eco es la mejor prueba de que la segunda parte no es un apéndice sino la otra mitad de la arquitectura.

Merece una consideración aparte “El Duende”, situado después de la parte de ella a modo de coda. Lorca había hablado del duende como de una fuerza que sube desde la planta de los pies y no se deja domesticar; Graciani lo sienta en una azotea sevillana al atardecer, entre la ropa tendida: «Las señoras recogen la colada / tras un día soleado de invierno.» (p. 84). El duende aparece, se queda y se marcha, «El Duende surge, permanece, se va.» (p. 83), y lo que deja es una forma de compañía en silencio entre dos personas que contemplan lo mismo. Es probable que sea el poema más logrado del conjunto, precisamente porque no pretende resolver nada.

La valoración debe ser templada. La primera parte es desigual: varias piezas de ocasión —las felicitaciones de las páginas 23 y 37, por ejemplo— se leen como lo que fueron y aflojan el hilo, y la versificación alterna aciertos rítmicos con hipérbatos de sabor arcaizante que no siempre se justifican. El autor lo reconoce en el epílogo con una franqueza que desarma la objeción sin anularla: «Siempre encuentro problemas, / a la hora de versificar.» (p. 85). La segunda parte, en cambio, es breve hasta el punto de dejar al lector con la sensación de que la voz de ella podría haber sostenido más páginas.

Lo que permanece, una vez cerrado el libro, es la idea de composición: dos géneros y dos voces sobre unos mismos hechos, de modo que la segunda corrige a la primera sin anularla. No es frecuente encontrar en la poesía narrativa reciente una reflexión tan directa sobre el punto de vista, y menos aún una que acepte, dentro del propio libro, que la versión del poeta no era la única posible.

— Antonio Graña Ojeda

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