por Javierpah | Oct 23, 2026 | Noticias
El verde todavía respira
Hay un verso en Afectos en tierra herida que podría servir de lema para todo el libro: «El verde todavía respira». Lo escribe José Escolano Gil en la sección que dedica a la naturaleza, y lo escribe sin énfasis, como quien se asoma a la ventana y constata que el árbol sigue ahí. Es un verso modesto y es un verso exacto. Dice, en cinco palabras, que algo está en peligro y que aún no está perdido, y esa mezcla de alarma y de terquedad es la que atraviesa las doscientas cuarenta páginas de este poemario que Editorial Poesía eres tú publica en 2026.
El libro se despliega en cuatro estaciones: Amor, Desamor, Ecopoesía y Desarmonías vivenciales. Como suele ocurrir con las estaciones, no se separan del todo. El mar, que en la primera parte es el cuerpo del deseo, vuelve en la tercera como paisaje amenazado y en la cuarta como horizonte de esperanza, y esa recurrencia permite que lo íntimo y lo público no se sientan como dos libros pegados. «Anoche soñé que era el mar» abre el recorrido con una imagen de ternura casi infantil: la voz que se hace mar, los niños que excavan castillos en la arena de su cuerpo, los piratas que peinan sus cabellos en busca del tesoro hundido. Es un poema de amor sin pudor ni ironía, y se agradece.
El desamor tiene su propia música, y es, literalmente, una música de ruidos. «Adiós forever» se compone de onomatopeyas, de «Tic, tac» y «Toc, toc, toc», de un «Riiiiiing» que se estira hasta la desesperación y de una palabra, «tac», que termina deshaciéndose en tres letras sueltas una debajo de otra. Pocas veces la poesía en español reciente ha representado la espera con tan poca retórica. Lo que hace el poema es retirar las palabras para que el silencio de después se oiga más. Es el hallazgo formal más claro del libro, y quizá el que mejor demuestra que Escolano Gil sabe cuándo callar.
En la sección de ecopoesía, la dicción se vuelve más seca. El verde que respira se opone a la «gris tierra de ceniza» que un día será, y la voz acusa sin dar nombres a quienes buscan «beneficios de oficio inmediato». Cierra el poema con un deseo que es también una imagen: un mar solidario que con su amorosa fuerza apague el incendio. No hay en estos versos la voluntad de convencer por acumulación, y es lo que los hace creíbles.
Con la cuarta parte, la más larga, el libro cambia de ritmo. Aquí abundan los poemas de denuncia y también las listas, los adjetivos encadenados, las abstracciones. Algunos de estos textos pierden la fuerza que sí tienen los poemas que se apoyan en una sola figura, como «Sobre la guerra», que repite cuatro veces «Nunca habrá paz» y condiciona cada vez esa paz a algo distinto, hasta terminar con las rosas de la justicia lanzadas hacia el mar de la libertad, o como «El día del libro», que enumera días conmemorativos con un polisíndeton incansable y se quiebra con un «pero» que invierte la lista en una letanía de ausencias. Cuando el poema deja trabajar a la imagen, la convicción se hace verso. Cuando la anticipa, se queda en proclama. Esta es la objeción principal que cabe hacerle al libro: en los textos más extensos de la última parte, la voz dice lo que el poema ya había mostrado.
Hay también una veta de fábula que merece mención. «Libre espíritu» cuenta la historia de una hormiga atada a la cadena establecida que decide correr por otros senderos, y la cuenta en tercera persona y sin moraleja, hasta que el último verso, el más largo del poema, la deja ver «la verdadera luz en las alturas conquistadas». Es un poema que no necesita explicación y que admite varias lecturas, de la emancipación personal a la colectiva. En esa distancia está lo mejor de Escolano Gil: cuando se retira un paso del alegato, la imagen trabaja sola.
El autor nació en Vergel, Alicante, en 1954. Fue profesor de francés en secundaria y es maestro de taichí, y entre sus libros anteriores figuran los poemarios Más allá del mar azul, Undécimas endecasílabas y En el nombre del Amor. Se nota en este volumen la serenidad de quien escribe sin urgencia de brillar. Hay un deseo de claridad que a veces roza la literalidad, pero que casi siempre se mantiene del lado de la verdad emocional.
Afectos en tierra herida es, al final, un libro de afecto y de conciencia, y las dos cosas se miden mutuamente: el afecto es lo que permite ver el daño, y el daño es lo que da urgencia al afecto. No es un libro que pretenda renovar la lírica; es un libro que quiere ser entendido, y lo consigue con una constancia que merece respeto. Quien busque un poemario donde el amor y la denuncia convivan en la misma lengua encontrará aquí un buen lugar.
Está disponible en https://librodepoesia.com/libro/afectos-en-tierra-herida-jose-escolano-gil/ y en https://gepa.es/producto/afectos-en-tierra-herida-jose-escolano-gil/ (Editorial Poesía eres tú, 2026, ISBN 979-13-87806-52-1, 18 euros). Ficha editorial con cinco poemas del libro: https://poesiaerestu.com/afectos-en-tierra-herida-jose-escolano-gil/.
— Ana María Olivares
por | Oct 22, 2026 | Noticias
Una novela corta cosida con puntadas largas
La poesía narrativa ha tenido en la tradición española una presencia más discreta de lo que su historia merecería, desplazada casi siempre por la lírica de la intimidad, que se presta mejor al poema breve y a la antología. Cuando reaparece, suele hacerlo de manera oblicua: como serie de piezas que, leídas en orden, dejan entrever un relato que ninguna de ellas cuenta por separado. Sinencuentro, el libro que firman Enrique Graciani Constante y Eloísa Zapata Tinajero, pertenece a esa familia, aunque con una singularidad que conviene examinar despacio: el relato se cuenta dos veces, primero en verso y después en prosa, por las dos personas que lo vivieron.
El propio autor declara el género en la carta abierta que precede al volumen, cuando pide al lector que lea «esta novela corta» (p. 7), y lo define poco después con una imagen de costura que funciona como poética: «Historia hilvanada, / cosida con puntadas / largas, siempre espaciadas.» (p. 9). Las puntadas son poemas de ocasión escritos a lo largo de varios años —felicitaciones navideñas, cartas a los Reyes Magos, una velada en el patio de un restaurante, una noche de tormenta— y el hilo que las une no aparece hasta la página 27, cuando un estribillo empieza a encabezar cada pieza: «Todo pasó y… no fue nada. / Nada pasó y… fue todo.» (p. 28). El quiasmo, con sus puntos suspensivos, convierte lo que eran saludos en estaciones de una memoria. Merece la pena subrayar que la antítesis no es aquí un adorno sino el principio constructivo del libro; ya estaba en uno de los primeros poemas, el fechado el día de los Inocentes, «Todo es verdad, / nada es verdad.» (p. 16), y reaparece en el “Acta Notarial”: «La realidad será todo un sueño. / El sueño se hará una realidad.» (p. 19).
Conviene situar el libro en la trayectoria de su autor. Graciani Constante, químico de formación e investigador durante décadas en el Instituto de la Grasa de Sevilla, ha publicado en la misma editorial Elucubraciones (2020), Retratos (2022), Un ramillete de palabras (2023) y Sevilla en primavera (2026), del que toma explícitamente el criterio que aquí declara: «La imaginación al poder» (p. 7). Hay además una continuidad de imágenes que las notas finales documentan con la minuciosidad de quien ha pasado la vida citando fuentes. La lamparilla nocturna que en “El ¡Beso!” custodia los mensajes recibidos —«Su sitio está en la peana / de la lamparilla que cada noche / lucha con mis tinieblas,» (p. 30)— procede, según esas notas, de un poema de Elucubraciones. El prólogo se inspira en Tagore, el juego de finales alternativos en las cartas de mujeres de Jacinto Benavente, y el poema “El Duende” en la conferencia de García Lorca. Son referencias de lector, no de erudito, y están bien integradas en el tejido del libro.
El centro formal del volumen es el poema narrativo que le da título, en las páginas 47 a 49. Ahí el verso se acorta y se acerca con frecuencia al octosílabo, la medida del romance, que es la medida natural del relato en nuestra lengua: «Vidas cuasi paralelas.» (p. 47), «Trabajo y jubilación.» (p. 47), «Maldito reloj que corres.» (p. 49). La comida, el paseo y la terraza se suceden con una economía que contrasta con la dispersión de las piezas anteriores, y el poema alcanza su mejor momento cuando describe el paso del lenguaje oral al corporal: «Sentir, nada hay que decir.» (p. 48). No obstante, el hablante se detiene antes del desenlace y se declara incapaz de narrarlo, con una modestia que es también una elección estética: «No soy buen versificador,» (p. 50). La historia, dice, no interesa al público; quizá a los protagonistas.
Es entonces cuando el libro introduce su dispositivo más elaborado: la carta de un lector que reprocha al autor su visión parcial, la respuesta de este y una nota de la redacción que corta la polémica. El reproche formula con precisión el límite de la primera parte: «escribes solo negro sobre blanco, / te comportas como un daltónico.» (p. 63). Y abre paso a la segunda voz. La prosa de Eloísa Zapata Tinajero, novelista con una obra propia que arranca en 2006, no imita el registro de él ni lo discute: lo traduce. Frase corta, enunciativa, casi sin metáfora. Donde el verso necesitaba varios poemas para rodear la tormenta, ella necesita una línea: «Hace poco, al salir de una de nuestras comidas, el cielo pareció encabritarse con todo su poder de rayos y truenos.» (p. 77). Y retoma el estribillo de él para devolverlo convertido en prosa: «Nada pasó y pasó tanto. Nada cambió y lo cambió todo.» (p. 78). Ese eco es la mejor prueba de que la segunda parte no es un apéndice sino la otra mitad de la arquitectura.
Merece una consideración aparte “El Duende”, situado después de la parte de ella a modo de coda. Lorca había hablado del duende como de una fuerza que sube desde la planta de los pies y no se deja domesticar; Graciani lo sienta en una azotea sevillana al atardecer, entre la ropa tendida: «Las señoras recogen la colada / tras un día soleado de invierno.» (p. 84). El duende aparece, se queda y se marcha, «El Duende surge, permanece, se va.» (p. 83), y lo que deja es una forma de compañía en silencio entre dos personas que contemplan lo mismo. Es probable que sea el poema más logrado del conjunto, precisamente porque no pretende resolver nada.
La valoración debe ser templada. La primera parte es desigual: varias piezas de ocasión —las felicitaciones de las páginas 23 y 37, por ejemplo— se leen como lo que fueron y aflojan el hilo, y la versificación alterna aciertos rítmicos con hipérbatos de sabor arcaizante que no siempre se justifican. El autor lo reconoce en el epílogo con una franqueza que desarma la objeción sin anularla: «Siempre encuentro problemas, / a la hora de versificar.» (p. 85). La segunda parte, en cambio, es breve hasta el punto de dejar al lector con la sensación de que la voz de ella podría haber sostenido más páginas.
Lo que permanece, una vez cerrado el libro, es la idea de composición: dos géneros y dos voces sobre unos mismos hechos, de modo que la segunda corrige a la primera sin anularla. No es frecuente encontrar en la poesía narrativa reciente una reflexión tan directa sobre el punto de vista, y menos aún una que acepte, dentro del propio libro, que la versión del poeta no era la única posible.
— Antonio Graña Ojeda
por | Oct 22, 2026 | Noticias
Los ruidos de la cocina
La otra noche, esperando a que hirviera el agua de la pasta, me puse a contar los ruidos de la cocina. El zumbido de la nevera, que solo se oye cuando una se queda quieta. El grifo que gotea desde hace un mes y que nadie arregla. La radio de la vecina, que escucha siempre la misma emisora a la misma hora, como si fuera una cita. Me di cuenta de que esos ruidos son mi casa más que los muebles, y de que si un día me faltaran no sabría decir qué echo de menos. Tenía al lado, abierto bocabajo sobre la encimera, De entre sonidos, el poemario de David García Lamela, y pensé que de eso va este libro. De lo que se oye sin querer y de lo que se queda cuando deja de oírse.
García Lamela es gaditano, del 72, vive en San Fernando y trabaja como educador social con personas mayores y con niños. Lo cuento porque se nota. Hay en el libro una atención a las voces pequeñas, a las que no mandan, que no se aprende en los manuales. En “Lecciones de tiza” (p. 18) mira a unos chavales en un aula y escribe algo que a mí me dejó un rato con el libro en el regazo: «Nunca sabrán / lo que un adulto debe callar» (p. 18). Es una frase de alguien que ha pasado muchas horas con niños de verdad, con sus mocos y sus preguntas a destiempo, y no de quien da discursos sobre la infancia. Hay ternura y hay también una pena muy tranquila, la de quien sabe que eso que calla el adulto acabará llegando, tarde o temprano, sin que nadie lo invite.
El libro está dividido en tres partes, de la persona, de la sociedad y de la naturaleza, y a mí la que más me ha llegado es la primera, que es la de la infancia y la familia. Hay un poema, “Goma de nata” (p. 26), que empieza con una tarde gris de domingo en el sofá y de golpe se llena de olores de colegio, del pegamento seco entre los dedos, de los lápices de cera muy ordenados en su caja. Y entonces el hombre adulto que está tumbado hace un gesto que yo he hecho mil veces sin saber por qué: «Mis manos aprietan involuntariamente / esos quietos dedos adultos» (p. 26). Me gustó mucho que lo dijera así, sin explicar nada, porque así es como vuelve la infancia, por el cuerpo y no por la cabeza. El poema termina con una pregunta que tiene algo de niño que se asoma a la ventana: «¿No viene de allá?» (p. 26).
También hay humor, y lo agradezco, porque los libros sobre la memoria a veces se ponen muy serios, como si recordar fuera un acto de luto obligatorio. En “Nada ha cambiado, Wisława” (p. 50), que es un homenaje a Szymborska, la que habla es una gata que se ha quedado sola en casa y que espera a la dueña que ya no vuelve con una mezcla de dignidad y rencor que me hizo reír y luego no tanto. Amenaza, la pobre, con no ronronear en las faldas extrañas que aparezcan por casa y con recibir a la ausente, si vuelve, como se merece: «y te juro que te bufaré con las patas levantadas» (p. 50). Una sabe que ese bufido es la manera que tiene el animal de decir que echa de menos, y el poeta lo sabe también y no lo subraya. Ahí está lo mejor del libro, me parece a mí: cuando la pena se dice de lado, como quien no quiere molestar.
Me ha gustado también “Desterrada del rincón angosto” (p. 62), dedicado a una tal Mari a la que no sé poner cara pero que, por lo que cuenta el poema, ya no está en su casa. Es un poema sobre una habitación que se queda esperando a alguien, y tiene un final que me recordó a la casa de mi abuela el verano en que la cerramos: «que de tanto vacío y silencio / se está muriendo su casa» (p. 62). Las casas se mueren así, es verdad, de no oír a nadie. A mí me pasó con aquella, que olía a cerrado a los tres días y que nunca volvió a sonar como antes aunque la abriéramos.
En el libro hay más cosas, claro. Está la parte del medio, que es la más dura, con un poema largo sobre los niños que mueren en el mar y otro sobre el hambre, y están los poemas de la naturaleza del final, con muchos pájaros y mucho campo. Me gustó en esa parte uno de los más pequeños, “Ajeno lenguaje” (p. 96), que cuenta algo que cualquiera que haya paseado por un camino de tierra sabe y casi nunca se dice, que a los pájaros les damos exactamente igual: «Tampoco les importa nuestro lenguaje / ni nuestro silencio» (p. 96). Me pareció una forma muy humilde de terminar de pensar sobre el silencio, que es el asunto de todo el libro: reconocer que el mundo suena sin nosotros.
Y como no quiero hacerle a este libro el favor de quererlo sin condiciones, que es un favor que no le sirve a nadie, diré también lo que me ha costado. Hay poemas en los que la palabra alma, o la palabra silencio, aparecen tantas veces que dejan de pesar, y a una le entran ganas de pedirle al poeta un poco más de cocina y un poco menos de cielo. Cuando García Lamela cuenta lo que ve y lo que oye, la nevera, el timbre del colegio, el gato en la silla, el libro se me queda dentro. Cuando se pone a explicar qué significa todo eso, se me escapa un poco. Es una cuestión de confianza, creo. El poeta tiene buenas imágenes y a veces no se fía de ellas lo suficiente como para dejarlas solas.
Pero las tiene, y eso no es poco. Hay en “Amanecer sonoro” (p. 34) un hombre que, todavía en la cama, se pregunta por dónde le llegará el primer ruido del día, si del levante en las persianas o del colchón, y que al final decide quedarse un rato más entre las sábanas con una frase que me apunté en la libreta para decírmela algunas mañanas: «Que el día me espere…» (p. 34). Es lo que yo haría, y lo que haría casi todo el mundo si le dejaran.
Cuando el agua de la pasta por fin hirvió, había leído más de la mitad del libro y se me había olvidado echar la sal. No me importó. Me quedé un ratito oyendo la cocina, que sonaba igual que antes, y a la vez de otra manera. Merece la pena que se dejen encontrar por estos poemas, sin prisa, en un momento de la tarde en que la casa esté tranquila y se pueda oír todo lo que normalmente no oímos.
— Ángela de Claudia Soneira
por Javierpah | Oct 15, 2026 | Noticias
Un soneto con demonio en la garganta
Esta semana las listas de poesía más vendida en España las encabezan, otra vez, cuadernos de frases breves pensadas para caber en la pantalla de un móvil. En esa misma semana me llega un libro que abre con una pregunta a bocajarro: «Es feo, ¿qué pretendes aportar?». No es una pregunta retórica ni una pose. Es el primer verso del soneto-prólogo con el que José Carlos Turrado de la Fuente abre Restauración de la Belleza (Ediciones Rilke, 2026), su décimo libro, y ese soneto funciona como lo que es, un manifiesto. Está escrito, además, en endecasílabos medidos y con rima consonante, y eso ya es en sí mismo una declaración de principios.
El soneto se dirige a un Narciso de nuestros días, somero, vacuo y satisfecho de la ruta que frecuenta. Termina con una afirmación que hoy suena casi escandalosa de tan antigua: «el arte es bello, bueno y sempiterno». En ese verso cabe Platón entero. Conviene detenerse en él, porque lo que Turrado propone no es una nostalgia de salón sino una tesis. Sostiene que la belleza, la bondad y la permanencia van unidas, y que la poesía que renuncia a la primera acaba perdiendo las otras dos. Se puede discrepar, pero hay que reconocerle el valor de decirlo sin rodeos en un tiempo en que lo habitual es pedir perdón por cualquier rima.
Lo primero que sorprende al recorrer sus ciento sesenta y dos páginas es el oficio. Turrado alterna el soneto clásico, con sus cuartetos abrazados y sus tercetos encadenados, con la lira, la décima y la octava. Lo hace con una soltura que no se improvisa. Tiene algo del artesano que ha pasado años en el taller y ya no necesita mirar la herramienta para saber dónde corta. El metro no le pesa, y hasta parece el lugar donde mejor respira. En la poesía española actual el verso libre se ha vuelto una convención tan rígida como lo fue el soneto en otros siglos, y por eso esta soltura en el metro tiene algo de disidencia.
Pero no se trata de un virtuosismo frío. El libro tiene un pulso biográfico, casi confesional, que asoma desde el primer poema: «Fantasmas del pasado me visitan, / certezas de mi joven nihilismo». El poeta mira atrás, al muchacho descreído que fue, y llega a una conclusión que me parece de las más hondas del volumen: «ya no me falta fe, sino energía». Es un verso de madurez. Lo escribe alguien que pasó por la intemperie, encontró algo en lo que creer y ahora teme no tener fuerzas para defenderlo. Esa tensión entre la convicción y el cansancio recorre todo el libro y le da su temperatura.
Porque Restauración de la Belleza es, en buena medida, un libro de combate. «Quedamos ya tan pocos…», escribe en el segundo poema, y la frase podría servir de epígrafe a todos los poetas que han seguido escribiendo en metro mientras el canon miraba hacia otro lado. «¡Alzad, raza poética, / los estandartes rotos al futuro!», arenga, y una no sabe si sonreír ante el tono épico o conmoverse ante tanta sinceridad. Yo me inclino por lo segundo. Hay algo de último de Filipinas en esta voz, la de quien defiende un fuerte que el resto del ejército ha abandonado. La imagen de los estandartes rotos es exacta, porque no se trata de restaurar un esplendor intacto sino de levantar lo que queda en pie.
En ese contexto se entiende el cuarto poema, dirigido contra la inteligencia artificial, que se cierra con una consigna: «di NO a la «inteligencia artificial»». Que esto se publique en 2026 no es anecdótico. Las editoriales debaten qué hacer con los textos generados por máquinas y los lectores empiezan a desconfiar de cualquier verso demasiado pulido. Turrado responde situando el último reducto de autenticidad en el oficio humano, es decir, en la medida contada con los dedos y la rima buscada durante horas. La paradoja es interesante, porque el poeta más preocupado por la perfección formal es el que más insiste en que esa perfección no se puede delegar.
Pero el libro no se queda en la trinchera. También hay un Turrado amoroso, y ahí están, a mi juicio, algunas de sus mejores páginas. «Amar es mi condena y mi alegría», empieza uno de los sonetos, y el cierre tiene la rotundidad de los clásicos del Siglo de Oro: «Y sin embargo yazco aquí, a tu lado, / a tu existencia suave condenado». Esa existencia suave es un hallazgo, porque convierte la condena en abrigo. Los sonetos eróticos repartidos por el volumen, que aparecen entre los primeros poemas y vuelven hacia el final, demuestran que la forma cerrada no está reñida con la sensualidad. Al contrario, la contención del molde intensifica lo que se dice dentro.
Y está España. No la España abstracta de los discursos, sino la de los lugares concretos. Está Níjar, el «campo agreste» al que «el alma escapa» dejando «la vida sucia atrás». Está Robledillo de Gata, que se vacía «al son de chirimías» mientras «zagales con coraza / ascienden a la cima». Son poemas de geografía sentimental en los que la infancia y la fiesta popular se funden con el paisaje. Hay además un momento delicioso, casi de humor, en el poema que empieza con una Grecia agotada «de escucharme» y termina con un suspiro ante un vinazo: «Esto es España, al fin y al cabo». Ahí Turrado se permite una ironía que ojalá abundara más en el libro, porque le sienta de maravilla.
Llego así a mi reparo, que no es menor. El tono de cruzada funciona en dosis medidas, pero aquí acaba por saturar. Cuando el poeta escribe «¡No leáis más, muchachos, ya, parad!» o proclama «no quiero ser banquero, y sí poeta», la arenga roza el panfleto. El lector que ya estaba convencido no gana nada, y el escéptico encuentra motivos para cerrar el libro. Al poema contra la inteligencia artificial, con su NO en mayúsculas, le pasa lo mismo, porque la idea es pertinente pero el verso se queda por debajo de ella. A eso se suma un vocabulario arcaizante que a veces ilumina y otras levanta un muro innecesario entre el poema y quien lo lee. Al volumen le habría venido bien una criba más severa, con menos poemas de declaración y más poemas que muestran en lugar de proclamar. La belleza que Turrado defiende con tanta razón también es una cuestión de proporción.
Dicho esto, hay un verso que lo explica todo y que quizá lo justifica: «¡Ahora o nunca!, es mi única certeza / en lo que representa mi escritura». Algo después llega ese «soneto con demonio en la garganta» que da título a esta reseña. Turrado escribe como quien sabe que el tiempo se acaba, y esa urgencia explica tanto sus excesos como sus aciertos. Aquí no hay cálculo ni estrategia de mercado. Hay alguien que tiene algo que decir y ha decidido decirlo en la lengua que considera digna de ello. «La soledad es fuerza y esperanza», escribe en otro poema, y una intuye que no es una frase hecha sino algo vivido.
¿Qué significa publicar un libro así en la España de hoy? Quizá que la tradición no es un museo sino un taller abierto, y que hay quien sigue trabajando en él aunque nadie se asome a mirar. Restauración de la Belleza no convencerá a quienes creen que el soneto murió hace medio siglo, pero sí recordará a muchos lectores por qué lo amaron alguna vez. Las máquinas ya escriben sin cansarse. Un poeta que confiesa que le falta energía y aun así sigue escribiendo es, por eso mismo, un argumento.
— Ana María Olivares
por Ana María Olivares | Oct 15, 2026 | Noticias
Clitemnestra es la gran acusada de la tragedia griega y, curiosamente, la que menos ha podido hablar en sus propios términos. Se ha dicho muchas veces que su historia es la de una esposa traicionada o la de una asesina ambiciosa; rara vez, que es la de una madre a la que se le niega el duelo. El poema dramático de Juan Antonio Muñoz Herrera, publicado este año por Editorial Poesía eres tú, parte de esa tercera lectura, y conviene decir desde el principio que no la formula como tesis sino como voz.
El prólogo de Mario Hamlet-Metz es útil para situar el libro en la larga tradición del ciclo de los Atridas, de Esquilo a Strauss y de Yourcenar a las versiones de este siglo, y tiene el mérito de nombrar lo que distingue a esta: en las obras anteriores la acción avanza hacia el desenlace, y aquí la protagonista habla desde el umbral posterior a su muerte. Menos convincente me parece su insistencia en que el autor trata a sus personajes «sin someterlos a modelos filosóficos, movimientos intelectuales o corrientes sociales», y en que el feminismo que atribuye a la versión de José María del Castillo le resulta innecesario. Ningún texto está libre de posición, y este tampoco.
¿Dónde está la posición? En quién construye el relato. El canto de Helena es el más explícito: Clitemnestra no defiende a su hermana por afecto, sino porque ve cómo funciona una atribución de culpa. «Los hombres construyeron Troya. / Los hombres incendiaron Troya.» El gesto es de una contundencia que el verso corto ayuda a sostener, porque no necesita subordinadas. Y la conclusión llega envuelta en una teología sin consuelo: «Los dioses no aman. / Los dioses utilizan.» Quien lea aquí un panfleto se equivoca: nada en el poema es consigna. Pero quien lea solo un lamento tampoco ha leído bien.
Hay, además, una crítica del discurso heroico que recorre el libro y que me parece su aportación más interesante. La gloria, en boca de la reina, no es un valor sino una divinidad que consume, y la reina la nombra con una crudeza que no deja dudas: «Esa prostituta sagrada / a la que ofrecen todo.» Y los poetas, que la cantan, quedan señalados en el canto de Orestes: «Los poetas son carroñeros. / Se alimentan de héroes muertos.» Que un poeta ponga esa frase en boca de su personaje no es un detalle: es una autocrítica del género y de la tradición literaria que el libro reescribe.
Queda la cuestión de la voz. Es un hombre quien escribe a una madre, y conviene no pasar por alto lo que eso implica. El autor, periodista cultural y dramaturgo, ha dedicado varias de sus obras recientes a figuras femeninas cargadas de relato previo: La última noche de Maria Callas (2023), Maria, Mater Dei (2024) y Mi madre, Ana Bolena (2025) figuran en su biografía. No se trata de ventriloquía, o no solo: el poema evita explicar a la reina y la deja decir lo que no sabe, como cuando reconoce una admiración incómoda por el hombre que la destruyó: «Hay amores / que nacen demasiado cerca / del espanto.» Esa franqueza, sin disculpa ni alegato, es lo que impide que el libro caiga en la rehabilitación sentimental.
El centro del libro, el canto del baño, es donde la posición se vuelve estructura. El crimen, que la tradición convirtió en clímax, ocurre aquí como una consecuencia: Clitemnestra ve en un mismo hombre al rey y al padre del altar, «Dos imágenes. / Un solo hombre. / Dos tiempos. / Una sola herida.» y la frase que da sentido al canto no es de victoria: «Incluso la venganza / es una forma del duelo.» Lo que sostiene la lectura es esa reinscripción de la venganza como forma de duelo. No es una defensa jurídica de la reina; es algo más incómodo, la negativa a separar la violencia de la pérdida que la origina.
El canto de Orestes lo confirma al desactivar la fórmula del matricidio: «Porque el odio / pertenece a los hombres. / Pero la obediencia / pertenece a los dioses.» Es una afirmación política, quiero decir: señala de dónde viene la violencia y de dónde no. Y obliga a leer la tragedia entera como lo que el libro sostiene que es, una cadena de obediencias.
Hay reparos. La insistencia en el punto tras cada verso, la anáfora y la negación en cadena producen un ritmo reconocible a las pocas páginas, y reconocible no es lo mismo que variado: el libro depende en exceso de un solo procedimiento, y hay cantos que recuerdan a otros ya leídos más de lo que añaden. El prólogo emparenta al autor con «Verlaine, Rimbaud y Laforgue»; es una filiación generosa que el texto no termina de sostener, porque lo que se oye aquí está más cerca del teatro que del simbolismo. Y la lengua, siempre limpia, tiende a la solemnidad cuando habla de los dioses y de la gloria; tolera menos el humor que el rencor.
Es un libro que admite discusión larga, y más de una. No porque descubra sobre Clitemnestra algo que Esquilo no hubiera sospechado, sino porque pregunta, con una paciencia poco frecuente, quién se queda con la última palabra cuando una historia se cuenta durante veinticinco siglos. Aquí la tiene ella, y eso ya es una posición.
— Ana María Olivares